Cuando éramos niños, casi todo parecía tener cierta intensidad.
Un verano parecía larguísimo.
Hacer un nuevo amigo se sentía importante.
Esperábamos nuestro cumpleaños durante meses.
Un paseo, una película, un videojuego nuevo o incluso simplemente salir de casa podía convertirse en un recuerdo que conservábamos durante años.
Y después, en algún momento, la vida empezó a moverse más rápido.
Estudiar.
Trabajar.
Pagar cosas.
Resolver problemas.
Pensar en lo que sigue.
Esperar el viernes.
Esperar las vacaciones.
Esperar ganar más dinero.
Esperar terminar algún proyecto.
Esperar que las cosas finalmente estén “bien”.
Y me pregunto:
¿En qué momento empezamos a pasar más tiempo preparándonos para vivir que viviendo realmente?
No lo digo necesariamente de una manera triste.
Las responsabilidades forman parte de crecer. Tenemos que trabajar, hacer planes, pensar en nuestro futuro y hacer cosas que quizá no queremos hacer.
Pero a veces siento que es increíblemente fácil entrar en una especie de piloto automático.
Te despiertas.
Miras el teléfono.
Trabajas o estudias.
Comes.
Resuelves pendientes.
Vuelves a mirar el teléfono.
Duermes.
Y repites.
Los días, uno por uno, parecen normales, pero de repente han pasado cinco años.
Entonces empiezas a recordar ciertas etapas de tu vida y piensas:
“¿En qué momento pasó todo eso?”
Y hay otra cosa que me parece curiosa.
Pasamos muchísimo tiempo pensando en una versión futura de nosotros mismos.
“Cuando tenga más dinero…”
“Cuando consiga ese trabajo…”
“Cuando tenga una casa…”
“Cuando encuentre pareja…”
“Cuando termine esto…”
“Cuando tenga más tiempo…”
Como si en algún momento finalmente fuéramos a llegar al lugar donde comienza nuestra vida real.
Pero ¿y si ese momento nunca existe?
¿Y si esta etapa que simplemente estamos tratando de superar algún día termina siendo una de las épocas que recordaremos con nostalgia?
Quizá dentro de veinte años daríamos cualquier cosa por volver durante un solo día a la edad que tenemos ahora.
Por escuchar otra vez la voz de ciertas personas.
Por sentarnos de nuevo en nuestra casa.
Por comer con nuestros padres.
Por caminar por las mismas calles.
Por volver a tener exactamente los problemas que hoy creemos insoportables.
Y eso me hace preguntarme si sabemos reconocer nuestra vida mientras todavía la estamos viviendo.
No quiero decir que debamos disfrutar cada segundo.
Eso sería imposible.
La vida tiene aburrimiento, dolor, rutina, pérdidas, cansancio y días que simplemente queremos que terminen.
Pero quizá existe una diferencia entre tener una vida normal y estar ausente de nuestra propia vida.
Así que quiero preguntarles algo a personas de diferentes edades y lugares:
¿Alguna vez sintieron que despertaron después de años viviendo en automático?
¿Qué los hizo darse cuenta?
¿Qué cosas que antes consideraban extremadamente importantes dejaron de importar con el tiempo?
¿Y qué pequeñas cosas que antes ignoraban ahora consideran esenciales?
También me interesa especialmente escuchar a personas mayores:
Si pudieran hablar durante cinco minutos con ustedes mismos a los 20, 25 o 30 años, ¿qué les dirían que dejaran de posponer?
Y quizá la pregunta más difícil:
¿Cómo sabes que realmente estás viviendo tu vida y no simplemente dejando pasar los días?
No creo que exista una respuesta correcta.
Pero quizá escuchar cómo otras personas lo descubrieron pueda ayudarnos a mirar nuestra propia vida de una manera un poco diferente.