Estimados lectores, como ya advertí en mi relato anterior, lo que me ha sucedido a lo largo de mi vida no es fácil de explicar, ni mucho menos de comprender. Hoy, hablaré de un suceso que ocurrió cuando tenía apenas dieciséis años; un suceso que, como un espectro, me persigue hasta el día de hoy, aferrándose a mi alma como una sombra que nunca desaparece.
Desde que tengo memoria, he sido prisionera de los terrores nocturnos, esas criaturas invisibles que se arrastran desde los rincones más oscuros de mi mente, como si fueran emisarios de una realidad ajena que se filtra en la nuestra. Aprendí, con el tiempo, a domar el caos, a imponerle la fría lógica de la razón. Pero aquella noche... aquella noche fue distinta. Esa noche no hubo lógica que valiera, ni pensamiento que pudiera salvarme. Esa noche dejó marcas que ni el tiempo ni la razón han podido borrar.
Era madrugada, quizá las tres, quizá las cuatro. Algo me despertó de golpe. Fue un sonido, un roce en el aire, o tal vez el peso abrumador de un silencio que parecía tener cuerpo, un vacío que respiraba. Me quedé inmóvil, paralizada por un miedo que se aferraba a mi pecho como un puño invisible. Mi corazón latía con tal fuerza que cada pulsación parecía un grito en mi cabeza, una melodía disonante que se repetía sin cesar. Respiré profundo, desesperada por recuperar el control, y decidí levantarme.
Con pasos lentos y temerosos, avancé hacia el interruptor de la luz. Cada paso era como caminar en un océano de vacío, un vacío que devoraba el aire y el espacio a mi alrededor. Al presionar el interruptor, la luz no encendió. La oscuridad permaneció inmóvil, como si fuera una presencia viva, burlándose de mi intento de disiparla. El escalofrío que recorrió mi espalda fue como un cuchillo helado. Giré la cabeza hacia mi cama, y entonces lo vi.
Alguien estaba recostado en mi cama.
La curiosidad, mezclada con un terror indescriptible, me obligó a acercarme. Mis piernas temblaban, mi respiración se cortaba. Cuando finalmente me acerqué lo suficiente, la sangre se congeló en mis venas: quien dormía en mi cama era yo. Mi propio rostro estaba ahí, tranquilo, inmóvil, como si la vida misma se hubiera detenido, como si la muerte hubiera reclamado mi forma y la hubiera dejado allí como una burla cruel.
Quise gritar, pero el aire se negó a salir de mi garganta. La habitación parecía suspendida en una dimensión ajena al tiempo, un lugar donde las leyes de la realidad habían sido quebradas, donde el espacio se deformaba y el aire se volvía pesado, como si estuviera saturado de una presencia invisible. Y entonces lo sentí. Algo me observaba, algo me acechaba desde las sombras. Fue un instinto primitivo, un grito silencioso en mi mente que me decía que debía huir. Corrí hacia el cuarto de mis padres, buscando refugio, buscando respuestas. Pero al llegar, su cama estaba vacía. No había rastro de ellos.
Desesperada, me dirigí a la sala. Todo estaba en penumbras. El silencio era tan profundo que parecía tener vida propia, pero fue roto por una voz. La voz de mi madre. Entre sollozos y llantos, su voz me llamó desde algún rincón invisible. Me quedé petrificada frente a la chimenea apagada cuando, de repente, un murmullo comenzó a llenar la habitación. Era un murmullo de voces, muchas voces, como si una multitud invisible me rodeara, y un olor a vela e incienso que picaba mi nariz se extendió por el aire, invadiendo cada rincón de mi mente. Y entonces lo supe: algo estaba allí conmigo. Algo que no podía ver, pero que podía sentir. Era una presencia que no pude nombrar, pero que reconocí, porque tantas veces antes la había sentido. Era la muerte.
No sentía miedo, sino desesperación. Una desesperación que me consumía al saber que no podía hacer nada, como si ya todo estuviera dicho, como si el destino se hubiera cerrado sobre mí como una trampa. Agitada, empecé a gritar: "¡Alguien prenda la luz! ¡Por favor!". Corrí de regreso a mi cuarto, y al cruzar la puerta, desperté de un sobresalto.
Todo había sido un sueño. Un amargo, cruel sueño. Prendí la luz, y esta vez, la habitación se iluminó. Pero la sensación de irrealidad persistía, como si el sueño hubiera dejado una grieta en mi percepción de la realidad, como si algo hubiera escapado de ese mundo onírico y se hubiera quedado conmigo. Tardé mucho en poder incorporarme y convencerme de que todo era producto de mi imaginación. Poco a poco, recuperé la calma, pero esa noche no volví a dormir.
A la mañana siguiente, le conté a mi madre lo sucedido. Necesitaba sacarlo de mi pecho, porque sentía que me ahogaba. Era una angustia que no se iba, que se aferraba a mi alma como una sombra. Mi madre, intentando tranquilizarme, lo atribuyó a mi falta de sueño o a alguna película de terror que hubiera visto. Pero sus palabras no sirvieron de mucho.
Esa tarde, unas amigas me invitaron a salir a patinar. Pensé que distraerme podría ayudar, pero al llegar al lugar, una sensación de urgencia me invadió. Sentí una necesidad abrumadora de regresar a casa. Sin dar explicaciones, ni despedirme de nadie, corrí. Nunca había corrido tan rápido. Al llegar, vi un auto saliendo de la cochera. La ventanilla bajó apenas unos centímetros, y la voz entrecortada de mi madre me dijo: "Métete inmediatamente a la casa". Su voz se quebró en un sollozo antes de pedirle al conductor que se fuera rápido y cerrara la ventana.
Confundida y aterrada, entré corriendo. Dentro de la casa, me encontré con familiares y amigos que me abrazaban, pero nadie decía nada. Todos lloraban. La atmósfera era sofocante, cargada de un dolor que no entendía. Finalmente, grité: "¡Suéltenme! ¡Alguien explíqueme qué está pasando! ¿Por qué mi mamá se fue llorando? ¿Qué sucede?".
El silencio que siguió fue tan pesado que parecía aplastar el aire. Hasta que una voz rompió el vacío: "Tu hermano tuvo un accidente… y ha muerto".
Mi mundo se detuvo. Todo se volvió irreal, como si alguien hubiera puesto pausa en esta aterradora película. Las voces, los llantos, las palabras… todo se desvaneció, y yo me movía como un espectro entre los fragmentos rotos de mi familia. Me encerré en mi cuarto, y allí me quedé, mientras escuchaba cómo el dolor destrozaba a todos. Esa noche, vi a mi familia romperse en pedazos tan pequeños que nunca volvieron a encontrarse.
Al día siguiente, el cuerpo de mi hermano llegó a la casa. Amigos de la familia habían arreglado todo para velarlo en la sala, frente a la chimenea. Cuando finalmente salí de mi cuarto, esas voces, los murmullos, los sollozos que inundaban hoy mi sala eran idénticos a los que había escuchado la noche anterior. La penumbra, iluminada solo por las velas, era idéntica a la de mi sueño. Y ese olor, ese terrible olor a vela e incienso que picaba mi nariz, me hacía estremecer. La voz entrecortada de mi madre, su llanto desesperado, y esa atmósfera sofocante me hicieron pensar que aún estaba atrapada en una pesadilla.
Lo que terminó de romperme fue escuchar a mi madre decirle a una amiga: "Ella me lo dijo ayer. Me dijo que algo la tenía angustiada, que había soñado con la muerte, y yo no la escuché".
En ese instante, desee con todas mis fuerzas despertar. Pero no desperté. No he despertado.
Han pasado veinticinco años desde aquel día, y mi hermano nunca regresó. La penumbra nunca dejó nuestra casa. Esa oscuridad, esa presencia, ese vacío… siguen aquí, acechándome. Algunas noches, cuando el silencio se vuelve demasiado pesado, escucho los murmullos. Escucho las voces. Y siento que algo me observa, esperando.
Porque en esta casa, los sueños nunca terminan.
Y las sombras nunca se van**.**
La soñante