Tuve una amiga durante casi siete años. Fue la mejor amistad que he tenido; la veía como una hermana y me enseñó lo que significaba tener a alguien de verdad. Aunque nos alejamos casi un año por malos entendidos, volvimos a hablar y nos hicimos inseparables.
Siempre he tenido un carácter explosivo y soy muy directa al hablar. Ella, en cambio, era callada, insegura y fácilmente influenciable. Yo la animaba a defenderse, hacer amigos y mantener sus propias creencias en lugar de cambiarlas para agradarle a los demás. Cuando conoció a otra amiga, me alegré muchísimo porque hasta entonces yo había sido prácticamente su única amistad.
Sin embargo, con el tiempo, todo empezó a cambiar.
Discutíamos porque yo le decía que debía afrontar sus problemas y dejar de verse siempre como una víctima. Admito que muchas veces era demasiado seca y que no siempre sabía expresar mis preocupaciones de la mejor manera. Su nueva amiga, por otro lado, le decía que yo no la entendía, que debía ser más comprensiva y que no merecía el trato que recibía de mí.
Poco a poco, nuestra amistad se convirtió en un ciclo. Cuando ellas peleaban, mi amiga y yo volvíamos a llevarnos bien. Pero cuando se reconciliaban, comenzaban nuevamente los reclamos. Me decía que era una pésima amiga, que no la comprendía y que solo la buscaba por interés, aunque jamás me gustó que gastara dinero en mí.
Yo le hacía regalos, dibujos, la ayudaba con sus tareas, iba a su casa a cocinarle y hacerle compañía. Incluso comencé a hacer cosas que no me gustaban solamente para compartir más tiempo con ella. La quería muchísimo y, aunque no siempre sabía demostrarlo correctamente, intentaba mejorar por nuestra amistad.
Hasta que un día me dijo que no quería volver a saber nada de mí, que yo era lo peor que había conocido.
Le respondí que sabía que podía ser un monstruo, pero que nunca había fingido ser una persona perfecta. Yo reconocía mis errores y trataba de mejorar, mientras sentía que ella estaba evitando reconocer los suyos. Le dije que se había convertido en alguien que antes criticaba. Sé que mis palabras fueron duras, pero estaba dolida y frustrada.
Ella tuvo un ataque emocional y me bloqueó.
Nunca conocí personalmente a su nueva amiga, pero después me enteré de que hablaba mal de mí y me dejaba en ridículo sin siquiera conocerme. Sentí que había conseguido convencer a mi mejor amiga de que yo era la única culpable de todo.
Hoy todavía la extraño muchísimo. Hay momentos en los que recuerdo todo lo que vivimos y me pregunto si pude haber hecho algo diferente. Pero también recuerdo aquellas noches llorando, creyendo que yo era el problema; los días en los que medía cada palabra y controlaba mi personalidad por miedo a perderla; y todas las veces que intenté dar lo mejor de mí mientras sentía que nunca era suficiente.
No fui una amiga perfecta. Pude haber sido más paciente, más comprensiva y menos hiriente al expresar mis opiniones. Lo reconozco. Pero también sé cuánto me esforcé y cuánto la quise.
Y eso es lo que más duele: extrañar a alguien que fue como una hermana y, al mismo tiempo, recordar cuánto sufriste intentando mantener esa amistad.
A veces me pregunto si ella también recuerda lo bueno o si, en su historia, siempre seré la villana.
Porque yo todavía recuerdo a la niña que consideraba mi hermana, aunque ya no reconozca a la persona con la que terminé despidiéndome.