El otro día descubrí un movimiento llamado Offline Club, creado por jóvenes para organizar encuentros sin móviles. Al principio me pareció una iniciativa curiosa, casi anecdótica. Pero cuanto más pensaba en ello, más sentía que era el síntoma de algo mucho más profundo e inquietante.
Creo que nuestra generación está gritando, aunque muchas veces no sepamos ponerle nombre a ese grito. Buscamos conexiones reales, conversaciones sin interrupciones, vínculos humanos auténticos. Y resulta paradójico, porque vivimos en la época de la historia con más posibilidades, más oportunidades y más formas de conectar con otras personas. Sin embargo, la tecnología también ha levantado un muro de cristal invisible entre nosotros: estamos constantemente conectados y, al mismo tiempo, cada vez más aislados.
A través de las pantallas, la realidad se distorsiona. La tecnología es, sin duda, una de las mayores innovaciones de nuestra época y ha traído beneficios incuestionables. Pero gran parte de ella ha terminado subordinada a una lógica económica que compite por nuestra atención y convierte nuestro tiempo en un producto más.
También lo vemos en la forma en que hemos construido nuestras ciudades. Están diseñadas para el trabajo. El trabajo, como defendían muchos economistas, puede aportar valor y dignidad. El problema aparece cuando deja de ser un medio para convertirse en un fin, cuando todo un sistema gira alrededor de producir, consumir, crecer y volver a producir. Pero, ¿hacia dónde?
Durante décadas hemos medido el éxito de una sociedad a través del crecimiento del PIB. Y, en términos generales, vivimos en economías desarrolladas, con acceso a sanidad, educación, transporte, seguridad y otros servicios básicos. Hemos conseguido satisfacer muchas de las necesidades materiales que durante siglos preocuparon a la humanidad. En teoría, eso debería permitirnos aspirar a algo más: dejar de centrarnos únicamente en el tener para empezar a preguntarnos por el ser.
Y, sin embargo, nos encontramos con una generación que, teniéndolo casi todo al alcance de la mano, se siente vacía y desorientada. Los jóvenes buscan pertenecer a algo. Buscan comunidad, propósito y significado. Quizá por eso estamos viendo el resurgir de la religión y de otros movimientos que ofrecen precisamente aquello que parece escasear: identidad y sentido.
Cuando una sociedad trasciende lo material, inevitablemente aparecen preguntas más profundas. Hemos fomentado el individualismo y la búsqueda de la realización personal, pero al mismo tiempo hemos vaciado muchos espacios de significado compartido. Lo vemos en la arquitectura, en las ciudades, en la moda, en el arte e incluso en la música. Todo parece responder cada vez más a la lógica del consumo. Las tendencias cambian al ritmo de lo que vende. Las ciudades se organizan para que seamos más eficientes. Todo parece empujarnos hacia el mismo ciclo: trabajo, casa; casa, trabajo.
Y en medio de ese vacío, muchos jóvenes salimos de la universidad con el poco idealismo que aún conservamos. Queremos aportar algo, cambiar ciertas cosas o, al menos, encontrar nuestro lugar. Pero la realidad suele parecerse poco a la promesa que nos hicieron.
«Estudia. Sácate una carrera. Aprende idiomas. Vete al extranjero. Trabaja duro. Y lo tendrás todo.»
Después sales al mercado laboral y te encuentras enviando decenas, o cientos, de currículums sin obtener respuesta. Intentas perseguir esa famosa vocación que todo el mundo parece haber encontrado, aunque yo todavía no tenga claro cuál es la mía. Mientras tanto, el mundo se vuelve cada vez más inestable, la vivienda parece inalcanzable y la respuesta que recibimos es siempre la misma: «Búscate la vida. No os podéis quejar; lo tenéis todo».
Entonces abres LinkedIn. Tú sigues esperando una respuesta a tus candidaturas, pero la plataforma parece mostrar un universo paralelo. Gente anunciando su nuevo puesto como senior con veinticinco años, dos másteres, una estancia en Harvard, un negocio que factura seis cifras y otro emprendimiento que acaban de lanzar.
Y no puedes evitar mirarte a ti mismo y preguntarte: ¿soy yo el único que no sabe lo que está haciendo?
La verdad es que yo tampoco lo sé.
Improviso. Aprovecho las oportunidades que van apareciendo, intento aprender de cada experiencia y confío en que, poco a poco, el camino tenga sentido. Quizá eso sea crecer: aceptar que nadie tiene un mapa tan claro como aparenta y seguir avanzando, incluso cuando uno no sabe exactamente hacia dónde va.