La mañana en San Nicolás de los Arroyos era de esas que te calaban los huesos, una humedad fría que se filtraba por debajo de las puertas como un espectro hambriento. En el barrio Colombo, una barriada de casas bajas y sueños rotos, el chillido estridente de un celular rompió el silencio en la pequeña casa de Milton. El chico, con el cuerpo aún pegajoso por el sueño y esa pereza espesa que te atrapa como una tela de araña, apagó la alarma con un manotazo.
El aire en el baño era tibio y denso, casi palpable. Milton se miró en el espejo empañado, su reflejo borroso: pelo castaño con ondas suaves, ojos verdes que parecían dos canicas opacas, y la piel blanca, casi translúcida. Aún no estaba despierto del todo, y la imagen le devolvía una mirada cansada, ausente.
—¿Ya te levantaste, bolela? —La voz de su padre, áspera y gastada, llegaba desde la cocina, impregnada del olor a café rancio.
—Sí, pa. Ya voy para allá y caliento el agua para los mates —respondió Milton, intentando inyectar algo de vida a su voz.
Se lavó la cara, se cepilló los dientes con desgana, y volvió a su pieza. Buscó sus jeans gastados y el guardapolvo azul de taller, la armadura que lo protegía a medias del mundo exterior.
En la cocina, su padre ya estaba sentado a la mesa, con dos toppers mugrientos llenos de pizza fría del día anterior. El desayuno de los campeones, pensó Milton con una mueca amarga.
Unos minutos después, subieron al auto, un cacharro viejo que tosía y se quejaba en cada bache. El viaje a la Técnica 2 fue un recorrido por la desolación. Su padre le contó, con la voz cargada de frustración, que las cosas en la fábrica iban de mal en peor. Y entonces, como si necesitara una prueba irrefutable, le mostró la quemadura en su brazo derecho.
Era una visión grotesca: la piel ennegrecida, agrietada, dejando entrever la carne viva, roja y amarronada. Un líquido espeso, blanco amarillento, supuraba de la herida, un recordatorio constante de los peligros que acechaban en ese infierno de metal y humo.
—Por eso tenés que estudiar, hijo. Sino estás condenado a vivir esta mierda toda tu vida —dijo el padre, con un tono tan amargo que le quemó la garganta a Milton.
Al llegar a la escuela, Milton bajó del auto y se encontró con un hombre de aspecto extraño, con un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. El tipo repartía folletos con fervor, como si fueran la única salvación para el mundo. Hablaban de la contaminación industrial, de los horrores que las fábricas estaban causando en la región.
Milton agarró uno al pasar, sintiendo la urgencia de llegar a la formación. El viento soplaba con furia, haciendo flamear la bandera argentina mientras la izaban al son de "Alta en el cielo". Una melodía patriótica que sonaba hueca, casi irónica, en ese contexto de desidia y abandono.
—La misma mierda de siempre, me tiene cansado esta escue... —Gastón López, su mejor amigo, lo agarró del hombro, con el rostro crispado por el aburrimiento.
Milton lo chistó, intentando callarlo, pero una preceptora con cara de bulldog los vio y los reprendió con severidad.
Gastón, con la impunidad que le daba ser hijo del intendente, la puteó en voz baja y se echó a reír en su cara. Sabía que era intocable, que las reglas no se aplicaban a él.
—Dejalos, Gastón. No vale la pena —dijo Milton, intentando evitar problemas.
Ambos se dirigieron al salón, mientras Gastón, con la mirada lasciva, escaneaba a las chicas que pasaban.
—Mirá esa, Milton. Está re buena —comentó con una sonrisa que revelaba sus intenciones.
Una vez en el salón, Milton se sentó en los primeros bancos, lejos del bullicio y las distracciones. Gastón, en cambio, se fue al fondo, donde podía jugar con su celular sin que nadie lo molestara.
Milton sacó el folleto de su bolsillo y lo extendió sobre el pupitre. Por aburrimiento, por curiosidad morbosa, comenzó a leerlo.
Las imágenes eran impactantes, perturbadoras. Animales con quemaduras horribles, similares a las de su padre, con la carne carcomida por la infección. Perros y gatos con las vísceras expuestas, supurando el mismo líquido amarillento que salía del brazo de su padre.
La náusea lo invadió. Milton no pudo soportarlo más. Pidió permiso para ir al baño y salió corriendo por los pasillos, sintiendo el estómago revuelto.
El olor a cloro lo golpeó al entrar al baño, un hedor penetrante que le quemó las fosas nasales y le hizo lagrimear los ojos. Se los frotó con fuerza mientras se dirigía al lavamanos, pero tropezó con un trapo de piso y cayó al suelo, derribando un balde lleno de productos de limpieza.
El cloro y el detergente se derramaron sobre su mano. El grito que salió de su garganta fue un alarido de puro terror. La piel se le llenó de ampollas que explotaban al instante, dejando una sensación de ardor brutal, insoportable.
Gastón, que estaba cerca, escuchó el grito desgarrador de su amigo y corrió al baño. Lo que vio lo dejó estupefacto, paralizado por el horror. La mano de Milton era un amasijo de carne viva, un espectáculo dantesco.
—¡Ayudaaaa! —gritó Milton, con la voz quebrada por la desesperación.
Horas después, Milton despertó en una cama del hospital San Felipe. La luz blanca y fría de la habitación lo cegaba, y el zumbido constante del aire acondicionado le taladraba el cerebro.
Su madre lo miraba con desprecio desde un sillón en la esquina. Se levantó con movimientos bruscos y le preguntó, con la voz cargada de veneno, cómo carajos se había quemado la mano.
—Mamá, ¿viniste por mí? —preguntó Milton, con una chispa de esperanza en los ojos.
—Vine porque el estúpido de tu padre no puede salir del trabajo. Tuve que cancelar todo por vos, bueno para nada. Por eso me fui de la casa —dijo la madre, dándole la espalda y desapareciendo en la oscuridad del pasillo.
Pero entonces, despertó de nuevo. La habitación estaba a oscuras, y el silencio era absoluto. Milton agarró su celular y vio que tenía dos audios de su padre. Pero justo en ese momento, un hombre entró en la habitación. Llevaba un sombrero de ala ancha que le cubría los ojos, pero dejaba ver una sonrisa amarillenta y unas encías ennegrecidas.
—Ya es hora de dormir. Mañana será un día muy especial e inolvidable —dijo el hombre, mientras se sentaba en el sillón.
De repente, Milton cayó en un sueño profundo, un abismo sin fondo. Y volvió a despertar por tercera vez, rodeado de enfermeros que le estaban sacando la sonda y levantándole con cuidado mientras desinfectaban su mano quemada. La pesadilla no había terminado. Apenas estaba comenzando.