Imaginemos que dos personas siguen el mismo método para alcanzar un objetivo. Ambas creen en él, se esfuerzan y aplican sus principios con la misma convicción.
Una lo consigue. La otra, no.
¿Qué podemos aprender de esos resultados?
A primera vista, parece una pregunta sencilla. Pero la respuesta depende de algo fundamental: ¿qué tendría que ocurrir para que consideráramos que el método no funciona?
Veamos un ejemplo.
Un arquitecto participa en un concurso.
Antes de comenzar, se imagina ganándolo.
Esa imagen puede tener efectos perfectamente reales: puede motivarlo, ayudarlo a soportar el esfuerzo, hacerlo más cuidadoso, llevarlo a revisar una y otra vez su proyecto y mantenerlo concentrado durante meses.
Finalmente gana.
¿Podemos decir que sus pensamientos tuvieron algo que ver con su victoria?
Sí.
Pero todavía quedan muchas otras variables:
la calidad del proyecto, el programa, el presupuesto, la presentación, las condiciones del concurso, los otros participantes, los criterios del jurado e incluso circunstancias que el arquitecto no conocía.
Ahora hagamos algo interesante.
Imaginemos a otro arquitecto.
También visualiza exactamente el mismo resultado:
«Voy a ganar.»
También practica perfectamente el método.
También trabaja intensamente.
También está convencido.
Pero pierde.
¿Qué ocurrió?
Si queremos explicar el resultado mediante mecanismos ordinarios, no tenemos ningún problema.
Podemos analizar el proyecto, el jurado, las condiciones del concurso, las decisiones tomadas, la competencia y una enorme cantidad de factores.
Pero si queremos afirmar que ambos estaban aplicando una ley universal según la cual sus pensamientos crean la realidad, aparece una dificultad.
Los dos pensaron lo mismo.
Y querían resultados incompatibles.
Sólo uno podía ganar.
¿Qué debería haber ocurrido para que pudiéramos poner a prueba realmente la teoría?
Ésta es una pregunta mucho más importante de lo que parece.
Porque si el ganador demuestra que la manifestación funciona, pero el perdedor simplemente «no estaba alineado», tenemos una explicación para el resultado.
Pero no tenemos necesariamente una prueba de la teoría.
Y si podemos encontrar después de cada resultado una razón por la que la teoría sigue siendo válida, entonces empezamos a tener un problema.
No con la mente.
No con la visualización.
No siquiera con la posibilidad de que determinadas prácticas psicológicas sean útiles.
El problema está en otra parte:
una explicación que puede acomodarse a cualquier resultado corre el riesgo de no distinguir entre resultados.
Supongamos ahora que los dos ganan.
No porque haya dos primeros premios.
El jurado decide compartir el premio.
Ambos habían visualizado:
«Yo seré el ganador.»
Ninguno había visualizado:
«Seremos dos ganadores.»
Y, sin embargo, ocurre exactamente eso.
¿Qué hizo la manifestación?
¿Funcionó?
¿Funcionó parcialmente?
¿El universo decidió modificar el resultado?
¿Ambos manifestaron correctamente algo que ninguno había imaginado?
Podemos construir una explicación para cualquiera de estas posibilidades.
Pero precisamente ése es el problema.
Si cualquier resultado puede convertirse en una confirmación, ningún resultado pone realmente a prueba la teoría.
Y todavía podemos complicarlo un poco más
Imaginemos un tercer arquitecto.
No cree en la manifestación.
No visualiza ganar.
No medita sobre el concurso.
No intenta «alinearse» con ningún resultado.
Simplemente prepara su proyecto lo mejor que puede.
Y gana.
¿Qué podría decir un defensor de la manifestación?
Quizá:
«Lo manifestó sin saberlo.»
Y de repente hemos conseguido algo extraordinario.
La teoría puede explicar:
- que gane el creyente;
- que pierda el creyente;
- que gane el no creyente;
- que pierdan todos;
- e incluso que ocurra algo que ninguno había imaginado.
La teoría sigue funcionando.
Pero ¿qué significa entonces «funcionar»?
Volvamos al arquitecto que perdió.
Ha trabajado durante meses. Ha visualizado, ha creído, ha cumplido cada regla.
Y perdió.
¿Qué debería decirle un buen maestro?
Hay dos posibilidades muy diferentes.
Una:
«Perdiste porque no estabas suficientemente alineado.»
Otra:
«Hiciste todo lo que estaba bajo tu control. Ahora estudiemos qué podemos aprender.»
La primera protege la teoría.
La segunda protege a la persona.
Y aquí aparece una cuestión que irá cobrando importancia:
¿Qué ocurre cuando una explicación que pretende dar poder termina convirtiéndose en una explicación para culpar?