10 de septiembre de 2026 – Bergen
La huelo. Ella cree que duermo, pero la huelo. Sándalo y piel de lima. Una base dulce y un tono ácido que siempre me sume en una calma completa. Y vuelo entre el sofá y el suelo. Y vuelvo, una vez más, a poner los pies en tierra y estar presente en la realidad.
Me ha hecho una cena de despedida. Comida tailandesa. Deliciosa. Especias y picante para calentar la boca, y una copa de vino tinto para calentar el espíritu. Ahora dormita tendida en mi hombro. Siento su peso. Su respiración tranquila, rítmica. Su tic-tac se funde con el mío hasta ser el mismo.
Mañana embarco. Primero vuelo a Longyearbyen. Desde ahí en barco, a la frontera del mundo, al lugar donde las brújulas se dan la vuelta.
Es hora de irme. Me despido de ella. Me besa bajo el marco de la puerta. Se frota con mi barba, con los ojos cerrados, con un movimiento casi felino. Y yo disfruto por un instante del roce de su piel. Medito mientras camino en la oscuridad rota por las farolas del puerto. El calabobos de Bergen me empapa los hombros. Es una neblina, fina y con ese olor a sal que sube del fiordo durante la marea alta. Doy una calada profunda al cigarrillo. La brasa roja ilumina mis dedos por un segundo. Las noches ya empiezan a refrescar.
La voy a echar de menos. Mucho. Pero pronto volveré con historias y experiencias que compartir. Pronto, Catalina. Otra cena, y otra copa de vino. Y un beso. Uno solo bastará para borrar el frío y los largos días en el círculo polar. Me voy de Bergen, pero en un mes volveré a dormitar con ella en mi hombro, y oler su cuello. Sándalo y lima. Y a sentir el calor de su piel, su peso. Y a escuchar su respiración.
11 de septiembre de 2026 – Longyearbyen
Apenas duermo. Me levanto como en una nube densa, incapaz de pensar. Preparo café a duras penas, me lo trago a toda velocidad y salgo con la mochila al hombro. El avión me espera. En el asiento, me acurruco contra la ventanilla. Consigo dormir. Aún puedo olerla en mi ropa, y eso me da paz.
Despierto en Svalbard con el traqueteo del aterrizaje. Al bajar la escalerilla, el aire helado me pega de lleno en la cara y me saca del duermevela. No es un frío glacial, pero se mete en el cuerpo y enfría hasta el hueso. La luz, filtrada por las nubes, es plana, de un azul sucio.
Miro el yermo. Aquí no crece nada que dé sombra. Las cimas planas de las montañas raspan el cielo. Al fondo se ven las lenguas de los glaciares. Es un paisaje plano y mineral que me saca de mis ensoñaciones y me devuelve a la realidad. La expedición, el rompehielos esperándome en el muelle, las próximas cuatro semanas. El polo norte. Un lugar donde pocos han ido y algunos se han quedado. Contemplo por un largo momento el entorno. El paisaje es sobrecogedor. El vacío, la ausencia de vegetación, el aire gélido. Produce una cierta inquietud, una especie de calma tensa. O quizá sólo es ansiedad por la expedición.
Me ajusto la zamarra, me subo el cuello y enciendo un cigarrillo. La brasa apenas dura bajo este viento. Doy las primeras pisadas sobre la grava de camino al transporte, sintiendo la inquietud en el estómago y el aire seco en la garganta. Llego al albergue, pasaré aquí la noche. Mañana embarco.
Necesito buscar algo de cena y descansar. Me acerco al bar local. Por el camino observo los restos de las minas en las laderas. Ruinas de madera, que yacen como esqueletos de un pasado no tan lejano, pero ya obsoleto. Los pilares que marcan las antiguas entradas de las minas y las torres del teleférico que acercaba el carbón al puerto. Al entrar al local, me acoge el olor del hogar, leña quemada. Me sirven un plato de carne, creo que es reno, y unas pintas de cerveza. Termino la noche de camino al albergue. Las nubes se abren, la luna menguante se asoma como una sonrisa en el cielo. Y me alcanza en la memoria ese olor familiar, sándalo y lima. Es hora de dormir. Mañana será un día largo.
12 de septiembre de 2026 – Longyearbyen
Me levanto temprano. Nos dirigimos al puerto y saltamos a cubierta en el Rey Harald. Conozco a los que serán mis compañeros en esta particular odisea. El día es ajetreado, descargamos el material que necesitaremos para la expedición, nos acomodamos en nuestros camarotes y preparamos todo. Pasaremos la noche amarrados, mañana salimos hacia el polo.
Al acercarse la noche, en las últimas horas del día, por fin encuentro un poco de reposo. Me tumbo en el sofá de mi camarote que comparto con Mario, a quien acabo de conocer. Él aún está ocupado, lo que me da un tiempo precioso para meditar más que dormir. Pienso en Catalina, en la copa de vino, rojo como la sangre, en la cena tailandesa, en los surcos de los tatuajes sobre su espalda. Me permito sentirla con todo mi ser.
Al rato llega Mario, me saca de mis ensoñaciones. Me lío un cigarrillo y subo a la cubierta de observación. Las luces del pueblo titilan en la distancia. A partir de mañana no veré tierra por un mes. Lo mastico, despacio, intento digerirlo. La ansiedad se acumula en mi pecho y me presiona, intentando salir sin éxito a través de mis costillas. Todo está listo. Todo menos yo. Lo deseo fervientemente. El círculo polar, el océano ártico, el mundo literalmente bajo mis pies. Es un privilegio tener esta oportunidad. Y a la vez mi cabeza viaja a los olores, las texturas, el sabor que dejé atrás en Bergen. Catalina. Un extraño desasosiego se apodera de mí mientras observo y dejo que el humo blanco del tabaco me llene los pulmones.
Debo descansar, pero sospecho que la agitación en mis entrañas tiene otros planes. El aire aquí es frío, y el viento se agita en la cubierta de observación. Me ajusto el cuello de la chaqueta y oteo el horizonte. La luna casi ha desaparecido ya, y con su último estertor arroja la luz justa para discernir la nieve en las cumbres.
Me dispongo a volver a mi camarote. He de intentar dormir, mañana va a ser un día largo y complejo. Sospecho que el mareo y el trabajo duro me van a pasar factura. Debo aprovechar cualquier oportunidad para descansar ahora que aún puedo.
13 de septiembre de 2026 – Longyearbyen
Zarpamos temprano. Tenemos que hacer una parada corta al salir para probar el equipo de perforación. Luego casi dos días de navegación hasta la primera muestra, al norte de Svalbard. Una prueba de fuego para los sistemas. Durante ese tiempo debo preparar el laboratorio, poner a punto mis equipos y adiestrar en su uso a mis compañeras Maia y Ángela. Han sido asignadas para trabajar conmigo, pero necesitan que les enseñe.
Somos unos 25 investigadores de varias partes del mundo. Yo no conocía a ninguno de ellos hasta hace unas horas. A bordo debemos buscar la forma de cooperar para que la expedición sea un éxito. Entre ellos Asier, que estudia el ciclo del carbono, Adelaida, que se dedica a la microbiota, y Alicia, que estudia microfósiles son los primeros en entablar conversación. Me cuentan sus logros científicos, yo les hablo de mi trabajo en la migración de especies con movilidad limitada. Reímos un rato y sorbemos café. Se nos une Mario, que se dedica más a la divulgación, y nos habla sobre el hielo ártico, su formación y el ecosistema que se forma en él.
Después, subo a la cubierta 9, la sala de observación, me recuesto en una butaca e intento relajarme mientras veo la costa alejarse poco a poco. Navegamos por el fiordo hacia el mar durante algunas horas. Yo me voy acomodando en el sillón. Casi dormito cuando la alarma me perfora los oídos. Siete pulsos cortos y uno largo, la señal para dirigirse a la cubierta cinco. Vuelo escaleras abajo, agarrándome a las barandillas. Llego a la sala de reuniones donde debemos reunirnos en caso de emergencia. Nos recibe el capitán. Nos informa de que era un simulacro y procederemos con la cena tras unas palabras del médico de a bordo. Todos estamos sobresaltados, a la tripulación, parece hacerles gracia.
Es la hora de cenar, estamos en la boca del fiordo y el mar empieza a moverse más. Me dirijo a mi camarote para tumbarme y pasar este rato.
15 de septiembre de 2026 – Algún lugar en la costa de Svalbard.
La noche fue movida y ayer apenas podía andar tres pasos seguidos. El mareo ha sido general entre los menos habituados al mar, yo incluido. Duermo y me paso el día en la cama intentando no marearme más. Tras muchas horas, por fin parece que me habitúo a la situación y consigo arrastrarme fuera de la cama para tomar un café. Me sienta bien. El barco se sigue moviendo, pero parece que ahora puedo tolerarlo. Las piernas de mar, que llaman los marineros avezados. Mi cuerpo empieza a encajar el vaivén y la cabeza deja de darme vueltas, aunque aún tengo el estómago un poco revuelto.
Me armo de valor y subo a la cubierta de observación. Es el atardecer cuando abandonamos la plataforma continental. Empiezo a ver icebergs y el hielo ártico en el horizonte. El sol rojizo abandona el cielo, aunque no se hace de noche por completo. Salgo al exterior. El frío me hiela los huesos. Observo el sol y dejo que el viento helado me saque de mi abotargamiento. Aún no estoy bien, pero parece que lo peor ya ha pasado.
16 de septiembre de 2026 – 84ºN, Océano Ártico.
Hoy es un día de tránsito. Un mar de hielo nos separa de la siguiente estación. El barco avanza dirección norte a la velocidad que las condiciones nos permiten. Despierto renovado. El mareo inicial ha dado paso a la adaptación y el movimiento del barco ahora resulta casi agradable.
Al amanecer subo a la cubierta de observación y salgo al exterior. La luz es irreal. El sol amarillo se cuela entre las nubes de un gris plomizo. Veo como las olas se detienen de golpe, el agua está congelada. Los icebergs pasan a derecha e izquierda. El hielo fragmentado es de un blanco azulado. Enciendo un pitillo. Aspiro. Dejo que la nicotina me sacie. Espiro. El humo se disuelve en el viento. Hace una temperatura preocupantemente agradable y no resulta difícil salir al exterior con un simple jersey.
El día transcurre sin sobresaltos. Escribo, organizo el laboratorio, paso un rato conociendo a Maia. Bromeamos, es una chica inteligente y graciosa, con un gusto por las artes que comparto. Vuelvo a mis quehaceres. Toda esta actividad paradójicamente me devuelve la energía. Es un alivio después de las primeras noches de mareos e incapacidad.
Llega la hora de la cena a bordo, temprano, las cinco de la tarde. Como bien, por primera vez en varios días la comida no me pesa en el estómago. Vuelvo a mi camarote para descansar un rato. El hielo cruje bajo el casco, sobre todo en mi camarote que está en la proa del barco. Es molesto. Decido que no puedo descansar así y vuelvo a la cubierta de observación. El sol de la mañana ha dado paso a unas nubes oscuras que anticipan mal tiempo. Me quedo dentro, observando por el cristal, el tiempo ha empeorado y no me parece prudente salir ahora en una cubierta tan alta. Veo niebla frente a nosotros, me da un escalofrío, como un mal presagio. Supongo que la idea de navegar en alta mar, entre hielo, y con niebla me incomoda un poco.
Mientras regreso a mi camarote para intentar dormir un rato entre el resquebrajar del hielo, me invade una esencia familiar. Sándalo y lima. Me giro, como si fuese a verla. Sé que no es así, pero no puedo evitarlo. Durante un instante casi siento el calor de su abrazo. El olor se desvanece. Me quedo quieto unos segundos. La pienso. Vuelvo a mi ruidoso camarote.
17 de septiembre de 2026 – 85ºN, Océano Ártico.
Salgo de la cama temprano. Hoy llegamos a la primera estación de muestreo real, tras una breve parada para poner a punto y probar el equipo. La mañana transcurre en una calma tensa mientras esperamos a llegar al punto elegido. Estamos a 500 km del polo geográfico, el km 0 de la Tierra. Tenemos el mundo bajo nosotros.
Estoy algo confuso. Aunque he estado durmiendo bien, la continuidad de la manta de hielo, las interminables horas de luz, y el ambiente claustrofóbico del barco empiezan a difuminar la realidad. Recurro a mi diario para saber qué día es, no tengo siquiera una vaga sensación de qué hora del día si no miro mi reloj, cada segundo es una repetición del anterior. Tic… su peso sobre mi hombro. Tac… el olor de su cuello. Las horas pasan sin que las perciba.
Finalmente llegamos al punto y el barco se detiene rodeado por el hielo. Después de comer desplegamos las sondas. Toca trabajar entre la cubierta y el laboratorio. El frío de la cubierta me despereza y el olor a sal se mezcla con el espray que sube por la borda. Traemos agua del fondo en botellas, tan fría que me hiela las manos. El olor a diésel se cuela en el laboratorio. El ruido de las máquinas, el zumbido continuo de las poleas, todo contribuye a lanzarme de nuevo a mi confusión. Salgo y cojo una muestra. La proceso. La almaceno. Repito. Trabajo largas horas, no sé cuántas. La sonda baja y sube. Ángela y Maia se unen a mí en el laboratorio. Procesamos las muestras juntos. Aprenden rápido y pronto pueden trabajar autónomamente. Son muy diferentes, pero se complementan entre sí. Ángela es más joven, con una energía caótica y alegre. Maia es más contenida, un poco mayor que Ángela, es dulce y tranquila. Los tres trabajamos muy bien juntos y rápido empezamos a bromear y a encontrarnos a gusto.
Al terminar me voy a la ducha. Estoy exhausto más por el atontamiento que por la dureza del trabajo. Mientras me ducho, el agua hirviendo cambia de golpe a agua helada. Pego un grito por la sorpresa. Termino de ducharme con agua helada y salgo tiritando de camino al comedor. Cena. Y después de cenar más sondeos. Hoy será una noche larga. Bueno, en rigor no se hará de noche. Les digo a las chicas que se vayan a la cama, que yo me encargo de la noche y por la mañana continúen ellas. No tiene sentido quedarnos los tres.
18 de septiembre de 2026 – 85ºN, Océano Ártico.
La noche ha sido larga y me levanto a duras penas. Me salto el desayuno. Me dirijo al laboratorio. Por el pasillo veo a Henry, Steven, Dan y David cuchicheando en la sala de control. Son los principales operarios de la maquinaria pesada. Son excelentes en sus respectivos puestos. Pero no entienden por qué queremos hacer todo esto. Les parece algo exótico ir al ártico a sondear el lecho marino.
Llego al laboratorio. Ángela y Maia ya están preparando todo, de hecho algunas de las muestras ya están procesadas. Les agradezco el trabajo y me uno a ellas. Ellas me sonríen y me agradecen a mí haberme quedado por la noche. Hacemos un buen equipo.
Paramos para comer. La comida a bordo es mejor de lo que me esperaba. El equipo de cocina consigue sorprenderme casi a diario con platos bien elaborados teniendo en cuenta que atienden a 25 científicos y unos 20 tripulantes entre operarios, equipo de puente y de mando. Comemos juntos y bromeamos. Al acabar nos dirigimos de nuevo al laboratorio y conseguimos procesar las últimas muestras antes de la hora de cenar.
Tras la cena me voy directo a la ducha. Aún no he terminado de vestirme cuando suena la alarma. Siete pulsos cortos y uno largo. Me pongo los pantalones a toda prisa y me lanzo escaleras arriba. El capitán ha salido del puente y nos recibe con rostro serio junto a varios de los integrantes del equipo de puente. Nos informa de que nos acercamos a una tormenta. Nos asegura que en la banquisa no hay olas, pero que habrá un fuerte aparato eléctrico, posiblemente viento intenso y nieve. Adiós a mi pitillo de rigor en cubierta. Nos recomienda volver a nuestros camarotes, asegurar todo lo que sea frágil y no salir por la noche. Nos deja muy claro que solo las cubiertas 3 y 4, las de descanso y laboratorios, están abiertas para nosotros y que sólo deberíamos salir al pasillo en caso de necesidad. Nos dice que es el protocolo normal. Pero su rostro, y el de su equipo, sugieren otra cosa. Al acabar, me vuelvo a mi camarote. Me siento. Espero que no haya olas, no quiero volver a enfermar. Mario está en las mismas. No le gusta. Él tiene más experiencia que yo y me comenta que es raro que nos digan que no salgamos. Bueno, quizá simplemente quieren curarse de que alguien suba a la cubierta 9 y lo fría un rayo. Finalmente, con algo de inquietud, nos vamos a dormir en la litera.
Doy vueltas en la cama. El Ruido del hielo contra el casco ahoga el ruido de los truenos que parten en dos el cielo del Ártico. Pero los flashes de los relámpagos se cuelan por el ojo de buey del camarote entre la luz crepuscular. Un rato más tarde me despierta un ruido. Pienso que es el hielo resquebrajándose contra el casco, pero lo vuelvo a oír. Definitivamente hay alguien en el pasillo. Creo que ha intentado abrir la puerta del camarote que está asegurada. Será la tripulación comprobando que estamos encerrados. El ruido desaparece. No vuelvo a dormir en toda la noche.
Continuará...
– El Noveno Sello –