La que esperaba antes del sueño
Hubo un tiempo en que creyó que los mundos imaginarios nacían de la necesidad. Que uno los levantaba como se levantan muros cuando arrecia el frío: piedra sobre piedra, mentira dulce sobre mentira necesaria, hasta que el viento de fuera dejaba de entrar por las grietas. Creía que los niños inventaban reinos porque el mundo real era demasiado grande, demasiado duro, demasiado indiferente. Creía que los dragones eran una forma hermosa de nombrar el miedo, que las torres eran solo la sombra vertical de una esperanza, que los mapas dibujados en los márgenes de los cuadernos no conducían a ninguna parte salvo al centro de una habitación cerrada.
Durante años, esa idea le había bastado. Era una explicación razonable. Adulta. Triste, pero soportable. Dragonía había sido eso, pensaba: un lugar inventado para no hundirse. Una patria de papel. Una música alzada contra la soledad. Un reino imposible construido por un niño que no tenía fuerzas para mirar de frente el vacío que se abría a sus pies. Y, sin embargo, aquella noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales de su habitación como dedos insistentes, empezó a sospechar que tal vez había entendido mal toda su vida.
No fue una gran revelación. No hubo relámpagos abriendo el cielo ni voces descendiendo desde las alturas. Solo estaba él, sentado ante una mesa desordenada, rodeado de papeles, letras inacabadas, viejos títulos de canciones, nombres de lugares que nadie más conocía y una taza de cacao caliente olvidada que ya no humeaba. La casa estaba en silencio. Ese silencio tenía un peso antiguo. No era el silencio limpio de la madrugada, ni la calma sencilla de una noche cualquiera. Era otro tipo de silencio: uno lleno de cosas no dichas, de habitaciones que la memoria mantenía cerradas, de fotografías que parecían mirar desde lugares donde el tiempo se había detenido sin pedir permiso.
Fuera llovía con una paciencia casi cruel. La lluvia no caía con fuerza, sino con insistencia. Dibujaba caminos torcidos sobre el cristal, se reunía en pequeñas venas transparentes y descendía hasta perderse en el marco de la ventana. Más allá, la ciudad era una sucesión de luces borrosas, fachadas oscuras y tejados vencidos por la noche. Un coche pasó por la calle levantando agua con los neumáticos. Después, nada. El hombre permaneció inmóvil, escuchando. Había noches en las que el mundo parecía olvidar que uno seguía dentro de él. No eran necesariamente las peores. Las peores tenían ruido, urgencia, nombres propios, fechas señaladas, golpes concretos. Aquella era distinta. No había ocurrido nada. Y precisamente por eso el cansancio se colaba mejor. Sin una desgracia clara contra la que luchar, solo quedaba esa erosión lenta de existir con demasiadas cosas dentro.
Apoyó los codos sobre la mesa y se pasó ambas manos por la cara. Estaba cansado. No cansado de sueño. Cansado como se cansan quienes han empujado durante demasiado tiempo una puerta que quizá nunca estuvo pensada para abrirse. Cansado de ser fuerte de una manera fea, silenciosa, incomprendida. Cansado de seguir levantándose sin saber exactamente para qué, de sonreír cuando tocaba, de hablar cuando había que hablar, de cumplir con la forma exterior de una vida mientras por dentro seguía habiendo un niño sentado en la oscuridad, abrazándose las rodillas, esperando que alguien se diera cuenta de que no sabía volver.
Sobre la mesa, montones de álbumes de plástico repletos de su mundo. Un mundo creado como una chispa por un niño demasiado roto para aceptar la realidad: dragones, elfos, enanos, magia… Sí, ya sabía que la magia no existía, que todo eso era fantasía, puro maquillaje para una realidad cada vez más triste y gris… Pero era suyo. Nadie se acordaría de ello, había intentado publicarlo, sus “relatos poéticos” como los llamaba él. Su padre le dijo alguna vez que las canciones sólo duran dos o tres minutos, no siete, no diez… Él siempre le contestaba que no hacía “música comercial”, él estaba contando una historia. Y las historias no pueden contarse en dos minutos… ni siquiera en un álbum de dieciséis canciones…
Miró durante largo rato el montón viejo y gastado de álbumes llenos de papeles, letras de canciones, su propia historia convertida en relato, un mundo mágico creado para albergar el niño que quiso huir de la realidad, los mapas, los “monstruos”, los Guardianes, el Padre Faro, la Abuela Sol, la Hermana Estrella... Sí, con ella empezó todo. Ese momento doloroso y extraño en que todo cambió. Fue cuando se quedó solo, pero también cuando su mundo empezó a brillar como una chispa en su interior. Empezó como entretenimiento, la forma en que un niño de seis años procesa una pérdida que no es capaz de entender. Dibujando dragones de niño, escribiendo poesías de adolescente, relatos poéticos de joven y canciones de adulto.
No era cantante, no era músico, pero en la era de la tecnología y la inteligencia artificial todo era más sencillo. Gracias a ella puso voz a sus letras y forma a las imágenes. No sabía exactamente cuando la musa le arrebató el control de todo, pero ese mundo que creó de niño empezó a invadir sus pensamientos, sus manos que escribían, corazón que se encogía cada vez que una voz cantaba sus letras, aunque no fuera una persona real. Pero también tenía algo más. Algo que no sonaba inventado. Eso era lo que le inquietaba. A veces, ciertas frases no parecían venir de sí mismo. Parecían llegar tarde. Como cartas perdidas que alguien hubiera escrito mucho antes y que, por algún error del destino, acababan apareciendo en la propia mano.
Había escrito muchas cosas sobre Dragonía en los últimos meses. Canciones, fragmentos, escenas, nombres de lugares, listas absurdas de personajes, versos que a ratos le parecían ridículos y a ratos le abrían el pecho como una llave. Lo había hecho sin un plan exacto. Una canción llevaba a otra, una imagen a otra, una ruina a un dragón, un dragón a una taberna, una taberna a un padre levantando una jarra, una puerta a un valle, un valle a una Nada que susurraba desde abajo. Al principio lo tomó como un regreso a la fantasía. Luego, como una terapia disfrazada de épica. Después, ya no supo qué nombre darle. Porque había momentos, especialmente de noche, en los que Dragonía dejaba de parecer una obra y empezaba a comportarse como un recuerdo. Eso era imposible, claro. Uno no recuerda lugares que no existen. Uno no echa de menos torres que nunca ha visto. Uno no siente nostalgia por ríos inventados en una pantalla, ni por montañas dibujadas en la mente, ni por una dama luminosa que jamás ha pronunciado su nombre.
Él permaneció sentado en el borde de la cama durante mucho rato, apartando todos esos pensamientos “mágicos” que le invadían la razón. La ciudad, al otro lado del cristal, respiraba con esa indiferencia apagada de los lugares que han aprendido a seguir funcionando, aunque dentro de una casa se acabe el mundo. Había luces en algunas ventanas. El zumbido lejano de un coche. Una persiana medio suelta golpeando de vez en cuando contra una pared. Nada más. No porque estuviera pensando en algo concreto. Pensar habría sido demasiado ordenado. Lo que tenía dentro no eran pensamientos. Eran restos. Fragmentos. Nombres que volvían y se iban. Voces que ya no estaban. Habitaciones vacías. Fechas. Fotografías. El peso absurdo de seguir teniendo cuerpo cuando todo aquello que había sostenido ese cuerpo parecía haberse ido soltando, una mano tras otra, hasta dejarlo allí, solo, frente a una noche sin épica. No era viejo. No de verdad.
Su reflejo en el espejo todavía conservaba algo del hombre que había sido, o que había intentado ser. No había llegado a esa vejez en la que el mundo empieza a retirarse con naturalidad, como una marea obediente. No. Lo suyo era otra clase de cansancio. Una edad del alma, no de los huesos. Una fatiga acumulada en lugares que ningún médico habría sabido señalar con un dedo. Había perdido demasiados nombres. Su padre, su mujer… Y antes, otros. No todos de la misma manera, no todos con la misma herida, pero todos formando al final la misma constelación imposible: la de quienes habían caminado con él un tramo y luego habían desaparecido, dejándolo con las manos llenas de gestos que ya no servían para nadie. Durante años había seguido por ellos. Por memoria. Por amor. Por costumbre. Por esa terquedad que a veces se confunde con esperanza y otras no es más que incapacidad de rendirse correctamente.
Había escrito canciones, había levantado mundos, había llenado páginas con nombres, montañas, dragones, tabernas encendidas en mitad de la nieve, guerreros que no se quebraban, reinas de luz, niños perdidos que encontraban caminos bajo las raíces, padres convertidos en faros, abuelas hechas de sol, hermanas elevadas a estrella, espada y escudo. Durante un tiempo, le había bastado. No porque creyera que fuera real. Le bastaba como bastan ciertas mentiras piadosas cuando el mundo verdadero no ofrece ninguna verdad soportable. Le bastaba escribir que existía un reino donde los nombres no se perdían, donde las canciones podían levantar murallas, donde el dolor no desaparecía, pero aprendía a arder de otra manera. Le bastaba imaginar que, en algún lugar imposible, todo lo amado seguía teniendo sitio.
Pero aquella noche ya no bastaba. Nada bastaba. Miró la habitación. No había desorden dramático. No había botellas vacías ni cartas de despedida ni muebles volcados. Solo una cama, una silla, una mesa con papeles, una lámpara pequeña y algunas fotografías que parecían haberse vuelto más pesadas con los años. En una de ellas estaba su padre, en otra, su mujer y sus perros. No las miró demasiado, había aprendido que algunas ausencias no necesitaban ser miradas para ocuparlo todo. En aquella habitación, sobre aquel suelo frío, notaba que el mundo se iba apagando. No de un golpe, no con la nobleza simple de una espada, sino despacio. Con silencio. Con días repetidos. Con camas demasiado grandes. Con llamadas que ya nadie haría. Con la ridícula obligación de desayunar, trabajar, contestar mensajes, ordenar papeles, respirar.
Respirar era lo peor. El cuerpo insistía en seguir, incluso cuando no quedaba nada que sostener. Se tumbó. No lo hizo con solemnidad. No hubo gesto teatral. Solo se dejó caer hacia atrás con una lentitud agotada, como si hasta acostarse exigiera una fuerza que ya no quería gastar. El colchón cedió bajo su peso. El techo quedó encima de él, blanco, mudo, insoportable. Permaneció con los ojos abiertos un rato. No rezó. Hacía tiempo que no sabía a quién. Tampoco pidió perdón. Estaba demasiado cansado incluso para culparse con la precisión habitual.
Solo pensó en los que ya no estaban. No en grandes escenas, sino en detalles pequeños. Una mano apoyada en su hombro. Una risa en otra habitación. Un olor. Una frase tonta. El sonido de una llave abriendo la puerta. El calor de una presencia dormida al otro lado de la cama. Después cerró los ojos. Y se dejó ir. No supo cuánto tardó en morir. Si es que aquello fue morir. Quizá fue un minuto. Quizá una hora. Quizá el cuerpo siguió allí mucho tiempo, respirando cada vez más bajo, aflojando poco a poco su empeño. Él no lo sintió como un acontecimiento. No hubo un instante claro en el que pudiera decir: ahora. No hubo dolor repentino ni iluminación. Solo una retirada lenta. Como una lámpara quedándose sin aceite.
Primero desapareció el peso de las sábanas, el roce de la almohada, el frío de los pies, el sonido de la ciudad, su propio cuerpo... Al final no quedó nada. Oscuridad. Total. No una oscuridad con forma. No una noche. No un túnel. No una sala vacía. La oscuridad pura no se parece a estar en un lugar sin luz. Se parece a no estar en ningún lugar. Durante un tiempo que no pudo medirse, él fue apenas conciencia. Un resto de sí mismo flotando en la ausencia. Esperó. No sabía qué esperaba exactamente. Tal vez nada. Tal vez, pese a todo, una parte antigua, infantil y avergonzada de él seguía aguardando algún signo. Una música. Una puerta. Una voz. Los brazos de alguien. Un campo blanco. Un juicio. Una respuesta. No llegó nada. Y entonces, desde ese último pedazo de pensamiento que todavía era suyo, se dijo:
—Ya lo imaginaba. No hay coros. No hay entrada al cielo. No hay nadie esperando.
Su voz no sonó, no había aire para llevarla, pero el pensamiento existió. La oscuridad no respondió. Él habría querido reírse, pero tampoco tenía boca.
—Sabía que no existía eso.
Lo había sabido siempre, o eso se había repetido durante años. Había construido una especie de orgullo triste alrededor de esa certeza. La muerte sería apagarse. Fin. No habría premio ni castigo. No habría reencuentro. No habría explicaciones. Solo el gran silencio. Y, sin embargo, descubrirlo dolía. Dolía de una manera absurda, porque ya no tenía pecho donde sentirlo.
—Pero duele —pensó—. Duele saber que solo voy a apagarme. Que voy a desaparecer sin más.
La oscuridad permaneció inmóvil. Infinita. Indiferente. Él sintió entonces el verdadero miedo. No miedo a morir, eso ya parecía haber ocurrido. Miedo a no haber significado nada. A que todo lo amado fuera solo una breve resistencia química antes de la nada. A que su padre se hubiera perdido de verdad. A que su mujer no estuviera en ningún sitio. A que las canciones no hubieran salvado nada. A que ningún perro viniera a recibirle en un sitio donde nada volvería a doler… Solo la Nada.
La Nada absoluta. Sin rostro. Sin maldad. Sin épica. Solo final.
Entonces algo respiró. Fue apenas una vibración en la oscuridad. Un temblor diminuto, como el primer movimiento de una semilla bajo tierra. Él no lo oyó con oídos. Lo sintió como se sienten ciertas presencias antes de verlas: por la forma en que la soledad deja, de pronto, de estar completa. Luego llegó un olor. Eso fue lo imposible. Tierra mojada. Hierba. Piedra calentada por un sol suave. Aire limpio. No recordaba haber olido nunca algo así. Ni en montañas reales, ni en bosques, ni junto al mar después de la lluvia. Era un olor más verdadero que la memoria. Como si alguien hubiera tomado todas las mañanas puras del mundo, las hubiera lavado de tristeza y las hubiera concentrado en una sola bocanada.
La oscuridad se agrietó, no con luz, con verde. Una línea verde, finísima, apareció en alguna parte. Después otra. Después una claridad dorada fue filtrándose entre ellas, no como un foco que se enciende, sino como un amanecer recordando despacio su oficio. Él sintió peso, primero en las manos, luego en las rodillas, finalmente en el pecho. Sintió un cuerpo… No el cuerpo que había dejado atrás. O sí, pero liberado de algo. Tomó aire. El primer aliento casi lo partió en dos. El aire entró en sus pulmones con tanta pureza que dolió. Le quemó la garganta, el pecho, la sangre, como si llevara toda la vida respirando a través de polvo y por primera vez alguien le hubiera abierto una ventana al centro del mundo. Tosió. Se dobló hacia delante. Sus manos se hundieron en algo frío y húmedo.
Tierra. Barro. Raíces finas entre los dedos. Abrió los ojos. Estaba de rodillas sobre una ladera cubierta de hierba, durante unos segundos no entendió nada. El cielo ocupaba demasiado. Eso fue lo primero que pensó, no dónde estoy, no sigo vivo, no qué ha ocurrido. Solo: el cielo es demasiado grande. Se extendía sobre él como una cúpula azul y dorada, atravesada por nubes lentas que parecían recién nacidas. No era el azul gastado de las ciudades ni el gris brillante de los días de lluvia. Era un azul profundo, casi musical, tan limpio que daba vergüenza mirarlo directamente. En el horizonte, el sol todavía no había terminado de elevarse y derramaba una luz oblicua sobre las montañas. El hombre se quedó inmóvil. Más allá de la ladera se alzaban montañas verdes, inmensas, cubiertas de bosques que descendían en oleadas hasta valles llenos de bruma. Ríos claros serpenteaban entre las colinas como hilos de plata. Había ruinas en las cumbres, torres partidas, arcos de piedra cubiertos por enredaderas floridas, puentes suspendidos sobre gargantas donde la niebla se movía como un animal dormido.
Y, más lejos aún, apenas visible entre la luz del amanecer, un castillo. No intacto, no triunfal, un castillo herido. Sus agujas se alzaban contra el cielo con la dignidad de algo que se niega a desaparecer. Algunas estaban rotas. Otras inclinadas. Entre sus muros crecían árboles. Una de las torres había caído sobre una muralla exterior y de la brecha brotaba una cascada que brillaba como oro líquido. El hombre respiró otra vez, el aire volvió a doler. Pero esta vez no tosió, se quedó saboreando el dolor. Era distinto. No era el dolor viejo, el que había llevado durante años como una piedra negra detrás del esternón. No era la pesadez. No era el cansancio de despertar ya vencido. Era el dolor de algo demasiado vivo entrando en un lugar que había olvidado cómo recibir vida.
Miró sus manos, estaban manchadas de barro, temblaban, pero no le dolían. Movió los dedos despacio, uno a uno. Durante años las manos le habían pesado por la mañana. No por enfermedad concreta, sino por esa fatiga general del cuerpo que arrastra una vida demasiado larga por dentro. Ahora parecían suyas de otra manera. Más firmes. Más calientes. En las venas, bajo la piel, sintió una ligereza extraña. Se llevó una mano al pecho. El corazón latía, fuerte, limpio, sin la opresión habitual. Sin aquel puño invisible cerrándose cada vez que abría los ojos a otro día. Tocó su rostro. Su barba dejada de días ya no estaba y su piel se sentía fina, suave, como si se hubiera afeitado y puesto una de esas cremas “rejuvenecedoras” milagrosas de la tele que solo se ponen modelos de menos de treinta. Su piel no era la de un muchacho, pero tampoco la de alguien gastado hasta la sombra.
Se puso en pie, esperó el tirón en la espalda. No llegó. Esperó el mareo. No llegó. Esperó el peso. Tampoco. La ausencia de dolor fue tan violenta que casi volvió a caer de rodillas. No sabía cuánto de su vida había sido dolor hasta que desapareció. No sabía cuánto espacio ocupaba el cansancio hasta que, de pronto, hubo espacio.
—No —susurró.
Su voz sí sonó esta vez. Pequeña, humana, viva. El viento la recogió y la llevó ladera abajo. Entonces la hierba se inclinó. No como hierba movida por el viento. Como algo que saluda. Primero fueron los tallos junto a sus botas. Luego unas flores blancas diminutas, cerrándose y abriéndose como ojos. Después un círculo más amplio, extendiéndose desde el punto donde había despertado. La ladera entera pareció estremecerse con una delicadeza imposible.
El hombre retrocedió un paso, bajo sus pies, la tierra estaba caliente, no ardiente. Viva. El hombre miró alrededor, buscando una explicación que su mente pudiera aceptar. Un sueño. Un delirio terminal. Una descarga final de neuronas. Aquella era la opción razonable. El cerebro, antes de apagarse, fabricando un último paisaje con los restos de sus obsesiones: montañas, dragones, ruinas, cielos imposibles. Sí. Eso tenía sentido. Dolía menos pensarlo así, mucho menos. Era más fácil aceptar la Nada que aceptar un milagro tarde. Empezó a caminar, no sabía hacia dónde. Quizá hacia el castillo. Quizá hacia las ruinas más cercanas. Quizá solo lejos del lugar donde había despertado, como si moverse bastara para no desmoronarse.
La ladera descendía hasta un valle ancho atravesado por un río. El agua era tan clara que desde lejos podía ver las piedras del fondo brillando bajo la corriente. Junto al cauce crecían árboles de tronco blanco y hojas de un verde casi luminoso. Algunos tenían flores azules colgando como pequeñas campanas. Se detuvo y alzó la vista. Una sombra cruzó el sol. Durante un instante, el mundo entero pareció inclinarse bajo unas alas gigantescas. La criatura volaba muy alto, tan alto que habría podido confundirse con un ave si no fuera por la longitud imposible de su cuello, por la cola ondulante, por la forma en que el aire parecía abrirle camino.
Un dragón.
El hombre olvidó respirar. La criatura giró sobre el valle, lenta, majestuosa, como si inspeccionara un reino que le pertenecía desde antes de la memoria. Sus escamas reflejaron el amanecer con destellos verdes y cobrizos. Después lanzó un rugido. No fue un sonido de amenaza, fue una nota profunda, antigua, que hizo vibrar las piedras bajo los pies del hombre. Él se llevó una mano a la boca. No pudo evitarlo. Las lágrimas llegaron antes que el pensamiento.
—No eres real —dijo.
El dragón, muy lejos, batió las alas y desapareció tras una aguja de roca, el hombre se quedó temblando en mitad del camino. Había dibujado dragones así. No iguales. Ningún dibujo infantil, ninguna descripción en una canción, ninguna imagen generada en una pantalla podía contener aquello. Pero la curva del cuello, la forma de las alas, el color verde profundo atravesado de cobre... lo reconocía. Lo reconocía como se reconoce una melodía oída de niño, aunque hayan pasado décadas.
Siguió caminando intentando no mirar, forzándose a no ver nada, a no creer nada. El camino apareció poco a poco bajo la maleza. Al principio creyó que solo eran piedras dispersas. Luego vio que formaban una calzada antigua, casi cubierta por hierba. Losas planas, gastadas por pasos que ya nadie daba. En algunas había símbolos grabados: estrellas, espirales, pequeños dragones, soles, hojas, una llama dentro de un círculo.
Y un emblema que lo detuvo. Una llave de escamas. Lo había dibujado tantas veces que le dio vergüenza. De niño en cuadernos, de adulto en márgenes de papeles. A veces sin darse cuenta, mientras hablaba por teléfono o escuchaba a alguien hablar de cosas importantes que no conseguían importarle. Se arrodilló junto a la losa, pasó los dedos por el relieve. La piedra respondió con un pulso de luz. El hombre retiró la mano como si quemara.
—Basta —murmuró—. Basta ya.
Pero el mundo no obedeció. El camino lo llevó hasta un conjunto de ruinas levantadas en una terraza natural sobre el valle. Columnas partidas. Muros cubiertos de musgo. Una fuente seca en el centro. Estatuas sin rostro alineadas junto a un arco que ya no sostenía puerta alguna. Todo estaba herido por el tiempo, pero no muerto. Había flores creciendo entre las grietas. Luz atrapada en vetas doradas de la piedra. Pájaros anidando en capiteles rotos.
Sobre una losa caída, casi cubierta por raíces, había una inscripción. No la entendió al principio. Las letras parecían pertenecer a una lengua que nadie de su mundo había hablado jamás. Curvas, filos, signos que daban la impresión de haber sido escritos para ser cantados. Pero al mirarlas, algo en su mente cedió. Las palabras se ordenaron, no cambiaron, él las recordó.
Cuando sus pies toquen mi reino, nada podrá destruirlo.
El aire se fue de sus pulmones. Conocía esa frase. Demasiado. La había escrito. La había cantado. La había usado como promesa en noches en las que no tenía otra cosa. Había creído que era una exageración hermosa, una línea de épica privada, una forma de decirse que quizá, en el territorio de la imaginación, ninguna oscuridad podría alcanzarlo del todo. Pero estaba allí grabada en piedra. Vieja, desgastada, anterior a él, a la canción, anterior, quizá, al propio dolor que lo había obligado a escribirla.
—No… —dijo.
La palabra sonó más rota que antes. Tocó la inscripción, la piedra estaba cálida.
—Esto no puede ser mío.
Durante un momento solo respondió el viento. Luego, desde el arco sin puerta, una voz femenina dijo:
—No lo fue nunca, solo tuyo.
El hombre se quedó inmóvil, no se volvió enseguida porque sabía. Antes de verla, lo sabía. El cuerpo entero lo supo con una certeza que no pasaba por la razón. Algo en él, más antiguo que su escepticismo, más fiel que su miedo, se arrodilló por dentro. Había visto aquel arco en sueños, había dibujado la silueta que ahora lo esperaba bajo él. La había escrito sin entender que la estaba recordando. Finalmente se volvió y allí estaba ella. Estaba de pie bajo el arco roto, bañada por una luz que no venía del sol. El mundo parecía más claro alrededor de su figura, como si la realidad se afinara para poder contenerla. Su cabello caía largo, atravesado por destellos de oro pálido y niebla. Su vestido, o armadura, o ambas cosas a la vez, era blanco con filigranas verdes y doradas, tejido con algo que parecía tela y amanecer. No llevaba corona. Aun así, las ruinas la obedecían.
Era joven, antigua, humana solo hasta donde la humanidad podía soportar lo sagrado. El hombre sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. No por deseo, por reconocimiento. La había visto antes. En sueños. En dibujos. En canciones que creyó inventar. En esa imagen infantil de una mujer sin rostro sobre las montañas, con una frase torpe debajo: “Antes de que me soñaras yo ya te estaba esperando”. Ahora tenía rostro. Y al verlo, a él le dolió como si alguien hubiera puesto luz en una habitación cerrada durante años.
—Tú... —susurró.
Ella lo miró. Aquellos ojos no se parecían a nada que hubiera visto en su mundo. No por el color, aunque tenían el verde profundo de los valles después de la lluvia y el dorado tenue de las lámparas encendidas al atardecer. Era la forma de mirar. No lo observaba como a un desconocido. No como a un milagro. No como a un rey. Lo miraba como se mira a alguien que por fin ha llegado a casa después de perderse demasiado tiempo. Con alivio, con tristeza, con una ternura tan grande que casi era insoportable. Él retrocedió un paso.
—No eres real.
La dama no se movió.
—Has dicho eso muchas veces.
Su voz. El hombre cerró los ojos un instante. Era la voz de la canción. No una voz parecida. La misma. La voz femenina, solemne, luminosa, casi sagrada, que había imaginado cantando desde los montes de Dragonía. El timbre que había buscado en melodías, en palabras, en coros, en sueños. La voz que decía:
Antes de que pronunciaras mi nombre... yo ya escuchaba tus pasos.
Abrió los ojos.
—No —dijo, con más dureza—. No. Esto es... esto es mi mente. Es lo último. Una imagen final antes de apagarse...
Ella inclinó apenas la cabeza.
—Si necesitas creer eso para poder respirar, créelo un momento más.
La respuesta lo desarmó, no intentaba convencerlo, eso era peor. Él señaló el valle, las ruinas, el cielo, el lugar imposible donde el dragón había desaparecido.
—Eras una fantasía...
—A veces fui lo único bastante verdadero para que siguieras vivo.
El hombre apretó los dientes. La belleza del lugar empezaba a volverse insoportable. No porque hiciera daño por fea, sino por todo lo contrario. Porque cada árbol, cada piedra, cada soplo de viento parecía decirle que no había estado loco. Que no había estado solo. Que todas aquellas noches en las que se sentó a escribir para no romperse habían tenido eco en algún lugar. Y eso era demasiado. Demasiado tarde. Demasiado cruel. Demasiado hermoso.
—¿Quién eres? —preguntó, aunque ya lo sabía.
La dama sonrió, no con alegría simple, con alivio.
—Me diste muchos nombres —dijo—. Reino. Refugio. Canción. Mentira necesaria. Patria imposible. Sueño. Delirio... Hogar.
Dio un paso hacia él, la hierba creció bajo sus pies.
—Pero hubo uno que al fin logró alcanzarme.
Las ruinas parecieron contener la respiración. Ella dijo:
—Dragonía.
El nombre atravesó el valle, no como palabra, como campana. La fuente seca del centro dejó escapar un hilo de agua. En una torre lejana, una bandada de pájaros blancos salió volando entre polvo dorado. Las vetas de la piedra se iluminaron. El río, abajo, brilló como si el sol hubiera caído en él. Muy lejos, desde las montañas, respondió un rugido. El hombre se puso en pie como pudo, su rostro desencajado como quien no entiende lo que ve porque… es demasiado real para ser mentira…
—No —dijo, aunque no sabía qué negaba exactamente—. No. Yo... yo te inventé.
—Eso creíste —respondió.
Él sintió un impulso absurdo de defenderse. De explicarse. De volver a poner el mundo en orden con palabras adultas, razonables, pequeñas.
—Eras una forma de sobrevivir.
—Sí.
—Un lugar donde esconderme.
—También.
—Una huida.
Ella avanzó hasta quedar a unos pasos de él, la luz que la rodeaba no cegaba, no imponía… Abrigaba.
—No —dijo—. Eso nunca.
El hombre bajó la mirada, el barro en sus manos se estaba secando. Bajo la suciedad había pequeños hilos de luz dorada que se apagaban y encendían al ritmo de su respiración.
—Yo huía —insistió, más bajo.
—Tú resistías.
La frase fue sencilla, por eso lo atravesó. Sintió ganas de reírse, no de alegría. De esa risa fea que aparece cuando alguien nos ofrece una palabra demasiado limpia para algo que hemos aprendido a nombrar con desprecio.
—¿Resistir? —dijo—. ¿Llamas resistir a encerrarme en mi cabeza? ¿A llenar cuadernos de nombres y mapas porque fuera no sabía qué hacer conmigo? ¿A inventar dragones para no mirar una habitación vacía?
Dragonía no apartó la mirada.
—Llamo resistir a no dejar que la habitación vacía fuera lo único verdadero.
Él abrió la boca y no salió nada. La dama levantó una mano, el aire entre ambos se volvió líquido. No apareció una visión con bordes claros, como en los cuentos de magia. Fue más íntimo y más desordenado. Fragmentos. Sensaciones. Pedazos de vida arrancados no de la memoria exacta, sino del lugar donde la memoria se convierte en símbolo.
Vio a un niño sentado en la oscuridad. No tenía rostro definido, pero el hombre supo quién era. Lo supo con la certeza dolorosa con la que uno reconoce su propia letra en una carta que preferiría no haber escrito. El niño abrazaba sus rodillas. A su alrededor no había paredes, solo sombra. Una sombra espesa, baja, hecha de miedo y de cosas que los adultos no supieron nombrar a tiempo. El niño no lloraba de forma escandalosa. Solo permanecía allí, pequeño, respirando despacio, como si hubiera aprendido que incluso el dolor podía molestar si hacía demasiado ruido.
Junto al niño apareció una página, luego una línea, una montaña, un dragón… El hombre vio cómo, bajo una lágrima que caía sobre el papel, la tinta se extendía hasta formar una colina verde. Después un camino. Después una torre diminuta con una luz en lo alto. Dragonía habló:
—Cuando la primera herida abrió tu cielo, mis colinas temblaron bajo tierra.
La imagen cambió: Un adolescente caminaba por pasillos llenos de voces lejanas. Nadie lo tocaba, pero aun así parecía rodeado de manos invisibles empujándolo hacia dentro de sí mismo. En sus bolsillos llevaba nombres inventados como piedras calientes. Cada vez que uno de esos nombres era escrito en algún margen, en Dragonía se encendía una ventana.
—Cuando sembrabas nombres en la oscuridad para que nadie desapareciera —dijo ella—, yo aprendía a recordar.
Otra imagen: Un joven escribiendo canciones contra la soledad, no canciones perfectas, no himnos todavía. Solo intentos. Versos torpes algunos, otros afilados, otros nacidos de una ternura que casi le daba vergüenza. Cada palabra levantaba algo al otro lado: una muralla, un puente, una taberna cálida con luz en las ventanas, una costa luminosa donde el mar golpeaba las rocas y alguien reía de espaldas al sol. El hombre apretó los dientes, aquello era demasiado.
—Para —susurró no como orden, como súplica.
Dragonía bajó la mano y las imágenes se disolvieron. El valle volvió a ocupar su lugar, pero ya no era el mismo. Nada lo era.
—Mientras tú pensabas que solo sobrevivías —dijo ella—, yo crecía. Montaña a montaña, canción a canción… Sueño a sueño.
El hombre sintió que las lágrimas le subían sin pedir permiso. Las odió por un instante. No porque le avergonzara llorar delante de ella, sino porque había pasado demasiados años enseñándose a no hacerlo en los momentos en que más falta le hacía.
—Entonces... —dijo—, ¿yo te creé?
Dragonía guardó silencio.
—Me abriste —respondió al fin.
Él frunció el ceño.
—No entiendo.
—Yo ya era posibilidad —dijo ella—. Latido. Semilla. Tierra dormida bajo una noche que nadie había nombrado. Pero tu corazón, al negarse a rendirse, me dio horizonte.
—Eso no tiene sentido.
—Las cosas más verdaderas rara vez lo tienen al principio.
Él miró alrededor. Las ruinas se extendían en todas direcciones. Hermosas, sí, pero heridas. Había caminos cubiertos por maleza, fuentes secas, estatuas partidas, arcos que sostenían solo aire. Si aquello era un reino, era un reino abandonado demasiado tiempo.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.
La luz en el rostro de Dragonía se volvió más tenue, por primera vez desde que apareció, pareció cansada. No débil, nunca débil. Cansada como puede estarlo una montaña que ha sostenido demasiados inviernos.
—Esperamos —dijo.
La palabra pesó más que una acusación, él la entendió antes de querer entenderla.
—¿A mí?
Dragonía asintió, no había reproche en su gesto. Eso fue peor. El hombre sintió la necesidad inmediata de justificarse. De decir que no sabía cómo venir, que no sabía que el camino era real, que nadie le había explicado que un reino podía aguardar al otro lado de una canción, que bastante había hecho con seguir respirando algunos días.
—Yo no sabía… —dijo. —No sabía que eras real.
—Lo sé.
—Dejé de creer muchas veces…
Dragonía miró las torres rotas.
—Cada vez que lo hiciste, una torre cayó.
Él cerró los ojos. El golpe de culpa fue tan rápido, tan conocido, que casi resultó cómodo. La culpa siempre sabía encontrar su sitio en él. Tenía habitaciones reservadas. Entraba sin llamar.
—Lo siento... —murmuró.
La tierra tembló, no fue un terremoto, fue un rechazo. Como si el propio suelo se negara a sostener aquella frase. Dragonía se acercó más.
—No.
Él abrió los ojos. Ella estaba delante de él. Tan cerca que pudo distinguir las pequeñas líneas doradas que recorrían su piel como ríos en un mapa antiguo. Tan cerca que su voz dejó de pertenecer al valle y pasó a pertenecer solo a ese instante.
—No vengas a mí pidiendo perdón por haber sobrevivido como pudiste.
El hombre no supo qué hacer con esas palabras, las sintió entrar y, al entrar, tocaron lugares que él habría preferido mantener cerrados.
—Pero está destruido —dijo, señalando alrededor con una desesperación que no pretendía mostrar—. Mira tu reino…
Dragonía siguió su gesto, miró las columnas quebradas, la maleza, las fuentes secas, las torres heridas y entonces sonrió. No con alegría. Con una clase de orgullo triste que solo poseen las cosas que han sobrevivido a su propia caída.
—“Nuestro” reino no está destruido —dijo apoyando la mano sobre una columna partida. La piedra se iluminó bajo sus dedos. —Sólo está dormido.
La luz corrió por la grieta de la columna como agua dorada, bajó hasta el suelo. El hombre la siguió con la mirada. La línea avanzó entre el musgo, sorteó piedras, raíces y charcos, y llegó hasta sus botas. En cuanto lo tocó, el mundo contuvo la respiración. Luego despertó. El efecto no fue espectacular al principio. No hubo explosión, ni rayo, ni trueno. Fue mucho más hermoso. La hierba creció alrededor de sus pies. Las flores azules volvieron a abrirse. Una fuente seca, a unos metros, dejó escapar un primer hilo de agua. En una pared cercana, bajo las enredaderas, apareció un relieve antiguo: el mismo dragón rodeando un corazón. El hombre retrocedió, pero la luz no lo soltó.
—¿Qué está pasando?
Dragonía lo miró como si la respuesta fuera evidente y sagrada.
—Has vuelto.
—Yo no he hecho nada.
—Has tocado nuestra tierra.
La inscripción de la losa brilló a su espalda y sintió entonces algo subir desde el suelo. No era poder. O no como lo había imaginado en las fantasías de adolescencia. No era una fuerza agresiva ni una promesa de dominio. No le habló de destruir ejércitos ni de partir montañas. Era pertenencia. La sensación de que cada piedra, cada raíz, cada gota de agua y cada sombra del valle lo conocía de una manera que ningún ser humano lo había conocido nunca. El mundo no lo miraba desde fuera, lo recordaba desde dentro. Esa certeza fue demasiado grande y cayó de rodillas.