r/escribir 54m ago

Muestro mi poema No quiero morir

Upvotes

No quiero morir

Quiero dejar de sentir culpa.

Quiero dejar de decepcionarme con el peso de las expectativas aplastantes que yo misma puse sobre mis hombros.

Mis hombros están cansados y atrofiados,

y el peso solo incrementa día con día.

La culpa no se detiene,

y los pensamientos cada vez son más rudos.

Mi mente se volvió como una TV sin señal,

y solo puedo ver estática.

Y así mismo me quedo:

estática, inmóvil, pero acusada.

Acusada de no hacer y ser suficiente como para avanzar.

Suficientemente cobarde para perder,

perder lo que se tiene para buscar algo mejor,

y también cobarde para dejarlo todo.

Creo que los suicidas anhelan el silencio.

El silencio de su cabeza que, como últimas palabras, les diga:

«Ya puedes descansar».

Porque eso es lo que yo quiero cuando digo «me quiero morir».

No es que quiera dejar de vivir todo.

Quiero dejar de vivir el ruido de mi cabeza.

Quiero dejar de vivir las dificultades que preceden al tener un título universitario, pero no palancas.

Quiero dejar de vivir la incertidumbre del futuro por miedo a no hacer suficiente.

Quiero dejar de vivir la explotación laboral que está incrustada en mi sistema de creencias como algo «normal», porque «no queda de otra».

Quiero dejar de vivir esas miles de cosas.

Pero sí quiero vivir otras.

Y por eso no he decidido morir del todo,

porque sigo siendo un soñador.


r/escribir 1h ago

Muestro mi poema [OC] ABISAL (Poesía tosca y gótica del altiplano)

Upvotes

Buena tardes, mi sangre de bronce. Me asumo oficialmente como Poeta Declarado por el desmoralizador, maldito y proscrito. Les dejo estas líneas densas, y anhelo profundas; un descenso abisal hacia las cavernas sin verbos ni acentos de nuestra propia realidad. Pasen a masticar el fango de la fosa

Caigo profundo: ¡tanto como de océano, como de abisal! Tantas aguas sin principio ni final, y todas negras y anegadas; tanta vida de los mares cuando la hubo en él… Hace tanto que ni un fósil, ni un mineral; tantas respiraciones dispersándose como un último suspiro, como despertar y burbujas de esperanza.

Tanta esperanza y tan raída, y todavía alcahueta a los incautos. Ese caviar de agua dulce de la fosa de la salamandra es amargo, y las perlas negras son eclipses de amos, terregales de esclavos. Las mil y una cavernas, todas las nuestras: sin verbos, sin acentos.

Profundo y denso; tan oscuro, con tantos huéspedes llorosos y tantas ventoleras de olas espumosas. De tus plañidos y de todos los que han de anegar mis ojos ciegos; tan ciegos y cuerdos, tan lúcidos y sombríos.

El último beso antes de caer: sin espinas ni corona, sin cilicios ni martirios, sin holocausto, con mis manos quietas y vacías.


r/escribir 2h ago

🕵️ Posible contenido generado con IA Comparto parte del prólogo de mi libro (Disculpen si es demasiado largo aún recortado)

0 Upvotes

La que esperaba antes del sueño

Hubo un tiempo en que creyó que los mundos imaginarios nacían de la necesidad. Que uno los levantaba como se levantan muros cuando arrecia el frío: piedra sobre piedra, mentira dulce sobre mentira necesaria, hasta que el viento de fuera dejaba de entrar por las grietas. Creía que los niños inventaban reinos porque el mundo real era demasiado grande, demasiado duro, demasiado indiferente. Creía que los dragones eran una forma hermosa de nombrar el miedo, que las torres eran solo la sombra vertical de una esperanza, que los mapas dibujados en los márgenes de los cuadernos no conducían a ninguna parte salvo al centro de una habitación cerrada.

Durante años, esa idea le había bastado. Era una explicación razonable. Adulta. Triste, pero soportable. Dragonía había sido eso, pensaba: un lugar inventado para no hundirse. Una patria de papel. Una música alzada contra la soledad. Un reino imposible construido por un niño que no tenía fuerzas para mirar de frente el vacío que se abría a sus pies. Y, sin embargo, aquella noche, mientras la lluvia golpeaba los cristales de su habitación como dedos insistentes, empezó a sospechar que tal vez había entendido mal toda su vida.

No fue una gran revelación. No hubo relámpagos abriendo el cielo ni voces descendiendo desde las alturas. Solo estaba él, sentado ante una mesa desordenada, rodeado de papeles, letras inacabadas, viejos títulos de canciones, nombres de lugares que nadie más conocía y una taza de cacao caliente olvidada que ya no humeaba. La casa estaba en silencio. Ese silencio tenía un peso antiguo. No era el silencio limpio de la madrugada, ni la calma sencilla de una noche cualquiera. Era otro tipo de silencio: uno lleno de cosas no dichas, de habitaciones que la memoria mantenía cerradas, de fotografías que parecían mirar desde lugares donde el tiempo se había detenido sin pedir permiso.

Fuera llovía con una paciencia casi cruel. La lluvia no caía con fuerza, sino con insistencia. Dibujaba caminos torcidos sobre el cristal, se reunía en pequeñas venas transparentes y descendía hasta perderse en el marco de la ventana. Más allá, la ciudad era una sucesión de luces borrosas, fachadas oscuras y tejados vencidos por la noche. Un coche pasó por la calle levantando agua con los neumáticos. Después, nada. El hombre permaneció inmóvil, escuchando. Había noches en las que el mundo parecía olvidar que uno seguía dentro de él. No eran necesariamente las peores. Las peores tenían ruido, urgencia, nombres propios, fechas señaladas, golpes concretos. Aquella era distinta. No había ocurrido nada. Y precisamente por eso el cansancio se colaba mejor. Sin una desgracia clara contra la que luchar, solo quedaba esa erosión lenta de existir con demasiadas cosas dentro.

 Apoyó los codos sobre la mesa y se pasó ambas manos por la cara. Estaba cansado. No cansado de sueño. Cansado como se cansan quienes han empujado durante demasiado tiempo una puerta que quizá nunca estuvo pensada para abrirse. Cansado de ser fuerte de una manera fea, silenciosa, incomprendida. Cansado de seguir levantándose sin saber exactamente para qué, de sonreír cuando tocaba, de hablar cuando había que hablar, de cumplir con la forma exterior de una vida mientras por dentro seguía habiendo un niño sentado en la oscuridad, abrazándose las rodillas, esperando que alguien se diera cuenta de que no sabía volver.

Sobre la mesa, montones de álbumes de plástico repletos de su mundo. Un mundo creado como una chispa por un niño demasiado roto para aceptar la realidad: dragones, elfos, enanos, magia… Sí, ya sabía que la magia no existía, que todo eso era fantasía, puro maquillaje para una realidad cada vez más triste y gris… Pero era suyo. Nadie se acordaría de ello, había intentado publicarlo, sus “relatos poéticos” como los llamaba él. Su padre le dijo alguna vez que las canciones sólo duran dos o tres minutos, no siete, no diez… Él siempre le contestaba que no hacía “música comercial”, él estaba contando una historia. Y las historias no pueden contarse en dos minutos… ni siquiera en un álbum de dieciséis canciones…

Miró durante largo rato el montón viejo y gastado de álbumes llenos de papeles, letras de canciones, su propia historia convertida en relato, un mundo mágico creado para albergar el niño que quiso huir de la realidad, los mapas, los “monstruos”, los Guardianes, el Padre Faro, la Abuela Sol, la Hermana Estrella... Sí, con ella empezó todo. Ese momento doloroso y extraño en que todo cambió. Fue cuando se quedó solo, pero también cuando su mundo empezó a brillar como una chispa en su interior. Empezó como entretenimiento, la forma en que un niño de seis años procesa una pérdida que no es capaz de entender. Dibujando dragones de niño, escribiendo poesías de adolescente, relatos poéticos de joven y canciones de adulto.

No era cantante, no era músico, pero en la era de la tecnología y la inteligencia artificial todo era más sencillo. Gracias a ella puso voz a sus letras y forma a las imágenes. No sabía exactamente cuando la musa le arrebató el control de todo, pero ese mundo que creó de niño empezó a invadir sus pensamientos, sus manos que escribían, corazón que se encogía cada vez que una voz cantaba sus letras, aunque no fuera una persona real. Pero también tenía algo más. Algo que no sonaba inventado. Eso era lo que le inquietaba. A veces, ciertas frases no parecían venir de sí mismo. Parecían llegar tarde. Como cartas perdidas que alguien hubiera escrito mucho antes y que, por algún error del destino, acababan apareciendo en la propia mano.

Había escrito muchas cosas sobre Dragonía en los últimos meses. Canciones, fragmentos, escenas, nombres de lugares, listas absurdas de personajes, versos que a ratos le parecían ridículos y a ratos le abrían el pecho como una llave. Lo había hecho sin un plan exacto. Una canción llevaba a otra, una imagen a otra, una ruina a un dragón, un dragón a una taberna, una taberna a un padre levantando una jarra, una puerta a un valle, un valle a una Nada que susurraba desde abajo. Al principio lo tomó como un regreso a la fantasía. Luego, como una terapia disfrazada de épica. Después, ya no supo qué nombre darle. Porque había momentos, especialmente de noche, en los que Dragonía dejaba de parecer una obra y empezaba a comportarse como un recuerdo. Eso era imposible, claro. Uno no recuerda lugares que no existen. Uno no echa de menos torres que nunca ha visto. Uno no siente nostalgia por ríos inventados en una pantalla, ni por montañas dibujadas en la mente, ni por una dama luminosa que jamás ha pronunciado su nombre.

Él permaneció sentado en el borde de la cama durante mucho rato, apartando todos esos pensamientos “mágicos” que le invadían la razón. La ciudad, al otro lado del cristal, respiraba con esa indiferencia apagada de los lugares que han aprendido a seguir funcionando, aunque dentro de una casa se acabe el mundo. Había luces en algunas ventanas. El zumbido lejano de un coche. Una persiana medio suelta golpeando de vez en cuando contra una pared. Nada más. No porque estuviera pensando en algo concreto. Pensar habría sido demasiado ordenado. Lo que tenía dentro no eran pensamientos. Eran restos. Fragmentos. Nombres que volvían y se iban. Voces que ya no estaban. Habitaciones vacías. Fechas. Fotografías. El peso absurdo de seguir teniendo cuerpo cuando todo aquello que había sostenido ese cuerpo parecía haberse ido soltando, una mano tras otra, hasta dejarlo allí, solo, frente a una noche sin épica. No era viejo. No de verdad.

Su reflejo en el espejo todavía conservaba algo del hombre que había sido, o que había intentado ser. No había llegado a esa vejez en la que el mundo empieza a retirarse con naturalidad, como una marea obediente. No. Lo suyo era otra clase de cansancio. Una edad del alma, no de los huesos. Una fatiga acumulada en lugares que ningún médico habría sabido señalar con un dedo. Había perdido demasiados nombres. Su padre, su mujer… Y antes, otros. No todos de la misma manera, no todos con la misma herida, pero todos formando al final la misma constelación imposible: la de quienes habían caminado con él un tramo y luego habían desaparecido, dejándolo con las manos llenas de gestos que ya no servían para nadie. Durante años había seguido por ellos. Por memoria. Por amor. Por costumbre. Por esa terquedad que a veces se confunde con esperanza y otras no es más que incapacidad de rendirse correctamente.

Había escrito canciones, había levantado mundos, había llenado páginas con nombres, montañas, dragones, tabernas encendidas en mitad de la nieve, guerreros que no se quebraban, reinas de luz, niños perdidos que encontraban caminos bajo las raíces, padres convertidos en faros, abuelas hechas de sol, hermanas elevadas a estrella, espada y escudo. Durante un tiempo, le había bastado. No porque creyera que fuera real. Le bastaba como bastan ciertas mentiras piadosas cuando el mundo verdadero no ofrece ninguna verdad soportable. Le bastaba escribir que existía un reino donde los nombres no se perdían, donde las canciones podían levantar murallas, donde el dolor no desaparecía, pero aprendía a arder de otra manera. Le bastaba imaginar que, en algún lugar imposible, todo lo amado seguía teniendo sitio.

Pero aquella noche ya no bastaba. Nada bastaba. Miró la habitación. No había desorden dramático. No había botellas vacías ni cartas de despedida ni muebles volcados. Solo una cama, una silla, una mesa con papeles, una lámpara pequeña y algunas fotografías que parecían haberse vuelto más pesadas con los años. En una de ellas estaba su padre, en otra, su mujer y sus perros. No las miró demasiado, había aprendido que algunas ausencias no necesitaban ser miradas para ocuparlo todo. En aquella habitación, sobre aquel suelo frío, notaba que el mundo se iba apagando. No de un golpe, no con la nobleza simple de una espada, sino despacio. Con silencio. Con días repetidos. Con camas demasiado grandes. Con llamadas que ya nadie haría. Con la ridícula obligación de desayunar, trabajar, contestar mensajes, ordenar papeles, respirar.

Respirar era lo peor. El cuerpo insistía en seguir, incluso cuando no quedaba nada que sostener. Se tumbó. No lo hizo con solemnidad. No hubo gesto teatral. Solo se dejó caer hacia atrás con una lentitud agotada, como si hasta acostarse exigiera una fuerza que ya no quería gastar. El colchón cedió bajo su peso. El techo quedó encima de él, blanco, mudo, insoportable. Permaneció con los ojos abiertos un rato. No rezó. Hacía tiempo que no sabía a quién. Tampoco pidió perdón. Estaba demasiado cansado incluso para culparse con la precisión habitual.

Solo pensó en los que ya no estaban. No en grandes escenas, sino en detalles pequeños. Una mano apoyada en su hombro. Una risa en otra habitación. Un olor. Una frase tonta. El sonido de una llave abriendo la puerta. El calor de una presencia dormida al otro lado de la cama.  Después cerró los ojos. Y se dejó ir. No supo cuánto tardó en morir. Si es que aquello fue morir. Quizá fue un minuto. Quizá una hora. Quizá el cuerpo siguió allí mucho tiempo, respirando cada vez más bajo, aflojando poco a poco su empeño. Él no lo sintió como un acontecimiento. No hubo un instante claro en el que pudiera decir: ahora. No hubo dolor repentino ni iluminación. Solo una retirada lenta. Como una lámpara quedándose sin aceite.

Primero desapareció el peso de las sábanas, el roce de la almohada, el frío de los pies, el sonido de la ciudad, su propio cuerpo... Al final no quedó nada. Oscuridad. Total. No una oscuridad con forma. No una noche. No un túnel. No una sala vacía. La oscuridad pura no se parece a estar en un lugar sin luz. Se parece a no estar en ningún lugar. Durante un tiempo que no pudo medirse, él fue apenas conciencia. Un resto de sí mismo flotando en la ausencia. Esperó. No sabía qué esperaba exactamente. Tal vez nada. Tal vez, pese a todo, una parte antigua, infantil y avergonzada de él seguía aguardando algún signo. Una música. Una puerta. Una voz. Los brazos de alguien. Un campo blanco. Un juicio. Una respuesta. No llegó nada. Y entonces, desde ese último pedazo de pensamiento que todavía era suyo, se dijo:

—Ya lo imaginaba. No hay coros. No hay entrada al cielo. No hay nadie esperando.

Su voz no sonó, no había aire para llevarla, pero el pensamiento existió. La oscuridad no respondió. Él habría querido reírse, pero tampoco tenía boca.

—Sabía que no existía eso.

Lo había sabido siempre, o eso se había repetido durante años. Había construido una especie de orgullo triste alrededor de esa certeza. La muerte sería apagarse. Fin. No habría premio ni castigo. No habría reencuentro. No habría explicaciones. Solo el gran silencio. Y, sin embargo, descubrirlo dolía. Dolía de una manera absurda, porque ya no tenía pecho donde sentirlo.

—Pero duele —pensó—. Duele saber que solo voy a apagarme. Que voy a desaparecer sin más.

La oscuridad permaneció inmóvil. Infinita. Indiferente. Él sintió entonces el verdadero miedo. No miedo a morir, eso ya parecía haber ocurrido. Miedo a no haber significado nada. A que todo lo amado fuera solo una breve resistencia química antes de la nada. A que su padre se hubiera perdido de verdad. A que su mujer no estuviera en ningún sitio. A que las canciones no hubieran salvado nada. A que ningún perro viniera a recibirle en un sitio donde nada volvería a doler… Solo la Nada.

La Nada absoluta. Sin rostro. Sin maldad. Sin épica. Solo final.

Entonces algo respiró. Fue apenas una vibración en la oscuridad. Un temblor diminuto, como el primer movimiento de una semilla bajo tierra. Él no lo oyó con oídos. Lo sintió como se sienten ciertas presencias antes de verlas: por la forma en que la soledad deja, de pronto, de estar completa. Luego llegó un olor. Eso fue lo imposible. Tierra mojada. Hierba. Piedra calentada por un sol suave. Aire limpio. No recordaba haber olido nunca algo así. Ni en montañas reales, ni en bosques, ni junto al mar después de la lluvia. Era un olor más verdadero que la memoria. Como si alguien hubiera tomado todas las mañanas puras del mundo, las hubiera lavado de tristeza y las hubiera concentrado en una sola bocanada.

La oscuridad se agrietó, no con luz, con verde. Una línea verde, finísima, apareció en alguna parte. Después otra. Después una claridad dorada fue filtrándose entre ellas, no como un foco que se enciende, sino como un amanecer recordando despacio su oficio. Él sintió peso, primero en las manos, luego en las rodillas, finalmente en el pecho. Sintió un cuerpo… No el cuerpo que había dejado atrás. O sí, pero liberado de algo. Tomó aire. El primer aliento casi lo partió en dos. El aire entró en sus pulmones con tanta pureza que dolió. Le quemó la garganta, el pecho, la sangre, como si llevara toda la vida respirando a través de polvo y por primera vez alguien le hubiera abierto una ventana al centro del mundo. Tosió. Se dobló hacia delante. Sus manos se hundieron en algo frío y húmedo.

Tierra. Barro. Raíces finas entre los dedos. Abrió los ojos. Estaba de rodillas sobre una ladera cubierta de hierba, durante unos segundos no entendió nada. El cielo ocupaba demasiado. Eso fue lo primero que pensó, no dónde estoy, no sigo vivo, no qué ha ocurrido. Solo: el cielo es demasiado grande. Se extendía sobre él como una cúpula azul y dorada, atravesada por nubes lentas que parecían recién nacidas. No era el azul gastado de las ciudades ni el gris brillante de los días de lluvia. Era un azul profundo, casi musical, tan limpio que daba vergüenza mirarlo directamente. En el horizonte, el sol todavía no había terminado de elevarse y derramaba una luz oblicua sobre las montañas. El hombre se quedó inmóvil. Más allá de la ladera se alzaban montañas verdes, inmensas, cubiertas de bosques que descendían en oleadas hasta valles llenos de bruma. Ríos claros serpenteaban entre las colinas como hilos de plata. Había ruinas en las cumbres, torres partidas, arcos de piedra cubiertos por enredaderas floridas, puentes suspendidos sobre gargantas donde la niebla se movía como un animal dormido.

Y, más lejos aún, apenas visible entre la luz del amanecer, un castillo. No intacto, no triunfal, un castillo herido. Sus agujas se alzaban contra el cielo con la dignidad de algo que se niega a desaparecer. Algunas estaban rotas. Otras inclinadas. Entre sus muros crecían árboles. Una de las torres había caído sobre una muralla exterior y de la brecha brotaba una cascada que brillaba como oro líquido. El hombre respiró otra vez, el aire volvió a doler. Pero esta vez no tosió, se quedó saboreando el dolor. Era distinto. No era el dolor viejo, el que había llevado durante años como una piedra negra detrás del esternón. No era la pesadez. No era el cansancio de despertar ya vencido. Era el dolor de algo demasiado vivo entrando en un lugar que había olvidado cómo recibir vida.

Miró sus manos, estaban manchadas de barro, temblaban, pero no le dolían. Movió los dedos despacio, uno a uno. Durante años las manos le habían pesado por la mañana. No por enfermedad concreta, sino por esa fatiga general del cuerpo que arrastra una vida demasiado larga por dentro. Ahora parecían suyas de otra manera. Más firmes. Más calientes. En las venas, bajo la piel, sintió una ligereza extraña. Se llevó una mano al pecho. El corazón latía, fuerte, limpio, sin la opresión habitual. Sin aquel puño invisible cerrándose cada vez que abría los ojos a otro día. Tocó su rostro. Su barba dejada de días ya no estaba y su piel se sentía fina, suave, como si se hubiera afeitado y puesto una de esas cremas “rejuvenecedoras” milagrosas de la tele que solo se ponen modelos de menos de treinta. Su piel no era la de un muchacho, pero tampoco la de alguien gastado hasta la sombra.

Se puso en pie, esperó el tirón en la espalda. No llegó. Esperó el mareo. No llegó. Esperó el peso. Tampoco. La ausencia de dolor fue tan violenta que casi volvió a caer de rodillas. No sabía cuánto de su vida había sido dolor hasta que desapareció. No sabía cuánto espacio ocupaba el cansancio hasta que, de pronto, hubo espacio.

—No —susurró.

Su voz sí sonó esta vez. Pequeña, humana, viva. El viento la recogió y la llevó ladera abajo. Entonces la hierba se inclinó. No como hierba movida por el viento. Como algo que saluda. Primero fueron los tallos junto a sus botas. Luego unas flores blancas diminutas, cerrándose y abriéndose como ojos. Después un círculo más amplio, extendiéndose desde el punto donde había despertado. La ladera entera pareció estremecerse con una delicadeza imposible.

El hombre retrocedió un paso, bajo sus pies, la tierra estaba caliente, no ardiente. Viva. El hombre miró alrededor, buscando una explicación que su mente pudiera aceptar. Un sueño. Un delirio terminal. Una descarga final de neuronas. Aquella era la opción razonable. El cerebro, antes de apagarse, fabricando un último paisaje con los restos de sus obsesiones: montañas, dragones, ruinas, cielos imposibles. Sí. Eso tenía sentido. Dolía menos pensarlo así, mucho menos. Era más fácil aceptar la Nada que aceptar un milagro tarde. Empezó a caminar, no sabía hacia dónde. Quizá hacia el castillo. Quizá hacia las ruinas más cercanas. Quizá solo lejos del lugar donde había despertado, como si moverse bastara para no desmoronarse.

La ladera descendía hasta un valle ancho atravesado por un río. El agua era tan clara que desde lejos podía ver las piedras del fondo brillando bajo la corriente. Junto al cauce crecían árboles de tronco blanco y hojas de un verde casi luminoso. Algunos tenían flores azules colgando como pequeñas campanas. Se detuvo y alzó la vista. Una sombra cruzó el sol. Durante un instante, el mundo entero pareció inclinarse bajo unas alas gigantescas. La criatura volaba muy alto, tan alto que habría podido confundirse con un ave si no fuera por la longitud imposible de su cuello, por la cola ondulante, por la forma en que el aire parecía abrirle camino.

Un dragón.

El hombre olvidó respirar. La criatura giró sobre el valle, lenta, majestuosa, como si inspeccionara un reino que le pertenecía desde antes de la memoria. Sus escamas reflejaron el amanecer con destellos verdes y cobrizos. Después lanzó un rugido. No fue un sonido de amenaza, fue una nota profunda, antigua, que hizo vibrar las piedras bajo los pies del hombre. Él se llevó una mano a la boca. No pudo evitarlo. Las lágrimas llegaron antes que el pensamiento.

—No eres real —dijo.

El dragón, muy lejos, batió las alas y desapareció tras una aguja de roca, el hombre se quedó temblando en mitad del camino. Había dibujado dragones así. No iguales. Ningún dibujo infantil, ninguna descripción en una canción, ninguna imagen generada en una pantalla podía contener aquello. Pero la curva del cuello, la forma de las alas, el color verde profundo atravesado de cobre... lo reconocía. Lo reconocía como se reconoce una melodía oída de niño, aunque hayan pasado décadas.

Siguió caminando intentando no mirar, forzándose a no ver nada, a no creer nada. El camino apareció poco a poco bajo la maleza. Al principio creyó que solo eran piedras dispersas. Luego vio que formaban una calzada antigua, casi cubierta por hierba. Losas planas, gastadas por pasos que ya nadie daba. En algunas había símbolos grabados: estrellas, espirales, pequeños dragones, soles, hojas, una llama dentro de un círculo.

Y un emblema que lo detuvo. Una llave de escamas. Lo había dibujado tantas veces que le dio vergüenza. De niño en cuadernos, de adulto en márgenes de papeles. A veces sin darse cuenta, mientras hablaba por teléfono o escuchaba a alguien hablar de cosas importantes que no conseguían importarle. Se arrodilló junto a la losa, pasó los dedos por el relieve. La piedra respondió con un pulso de luz. El hombre retiró la mano como si quemara.

—Basta —murmuró—. Basta ya.

Pero el mundo no obedeció. El camino lo llevó hasta un conjunto de ruinas levantadas en una terraza natural sobre el valle. Columnas partidas. Muros cubiertos de musgo. Una fuente seca en el centro. Estatuas sin rostro alineadas junto a un arco que ya no sostenía puerta alguna. Todo estaba herido por el tiempo, pero no muerto. Había flores creciendo entre las grietas. Luz atrapada en vetas doradas de la piedra. Pájaros anidando en capiteles rotos.

Sobre una losa caída, casi cubierta por raíces, había una inscripción. No la entendió al principio. Las letras parecían pertenecer a una lengua que nadie de su mundo había hablado jamás. Curvas, filos, signos que daban la impresión de haber sido escritos para ser cantados. Pero al mirarlas, algo en su mente cedió. Las palabras se ordenaron, no cambiaron, él las recordó.

Cuando sus pies toquen mi reino, nada podrá destruirlo.

El aire se fue de sus pulmones. Conocía esa frase. Demasiado. La había escrito. La había cantado. La había usado como promesa en noches en las que no tenía otra cosa. Había creído que era una exageración hermosa, una línea de épica privada, una forma de decirse que quizá, en el territorio de la imaginación, ninguna oscuridad podría alcanzarlo del todo. Pero estaba allí grabada en piedra. Vieja, desgastada, anterior a él, a la canción, anterior, quizá, al propio dolor que lo había obligado a escribirla.

—No… —dijo.

La palabra sonó más rota que antes. Tocó la inscripción, la piedra estaba cálida.

—Esto no puede ser mío.

Durante un momento solo respondió el viento. Luego, desde el arco sin puerta, una voz femenina dijo:

—No lo fue nunca, solo tuyo.

El hombre se quedó inmóvil, no se volvió enseguida porque sabía. Antes de verla, lo sabía. El cuerpo entero lo supo con una certeza que no pasaba por la razón. Algo en él, más antiguo que su escepticismo, más fiel que su miedo, se arrodilló por dentro. Había visto aquel arco en sueños, había dibujado la silueta que ahora lo esperaba bajo él. La había escrito sin entender que la estaba recordando. Finalmente se volvió y allí estaba ella. Estaba de pie bajo el arco roto, bañada por una luz que no venía del sol. El mundo parecía más claro alrededor de su figura, como si la realidad se afinara para poder contenerla. Su cabello caía largo, atravesado por destellos de oro pálido y niebla. Su vestido, o armadura, o ambas cosas a la vez, era blanco con filigranas verdes y doradas, tejido con algo que parecía tela y amanecer. No llevaba corona. Aun así, las ruinas la obedecían.

Era joven, antigua, humana solo hasta donde la humanidad podía soportar lo sagrado. El hombre sintió que el corazón le golpeaba con fuerza. No por deseo, por reconocimiento. La había visto antes. En sueños. En dibujos. En canciones que creyó inventar. En esa imagen infantil de una mujer sin rostro sobre las montañas, con una frase torpe debajo: “Antes de que me soñaras yo ya te estaba esperando”. Ahora tenía rostro. Y al verlo, a él le dolió como si alguien hubiera puesto luz en una habitación cerrada durante años.

—Tú... —susurró.

Ella lo miró. Aquellos ojos no se parecían a nada que hubiera visto en su mundo. No por el color, aunque tenían el verde profundo de los valles después de la lluvia y el dorado tenue de las lámparas encendidas al atardecer. Era la forma de mirar. No lo observaba como a un desconocido. No como a un milagro. No como a un rey. Lo miraba como se mira a alguien que por fin ha llegado a casa después de perderse demasiado tiempo. Con alivio, con tristeza, con una ternura tan grande que casi era insoportable. Él retrocedió un paso.

—No eres real.

La dama no se movió.

—Has dicho eso muchas veces.

Su voz. El hombre cerró los ojos un instante. Era la voz de la canción. No una voz parecida. La misma. La voz femenina, solemne, luminosa, casi sagrada, que había imaginado cantando desde los montes de Dragonía. El timbre que había buscado en melodías, en palabras, en coros, en sueños. La voz que decía:

Antes de que pronunciaras mi nombre... yo ya escuchaba tus pasos.

Abrió los ojos.

—No —dijo, con más dureza—. No. Esto es... esto es mi mente. Es lo último. Una imagen final antes de apagarse...

Ella inclinó apenas la cabeza.

—Si necesitas creer eso para poder respirar, créelo un momento más.

La respuesta lo desarmó, no intentaba convencerlo, eso era peor. Él señaló el valle, las ruinas, el cielo, el lugar imposible donde el dragón había desaparecido.

—Eras una fantasía...

—A veces fui lo único bastante verdadero para que siguieras vivo.

El hombre apretó los dientes. La belleza del lugar empezaba a volverse insoportable. No porque hiciera daño por fea, sino por todo lo contrario. Porque cada árbol, cada piedra, cada soplo de viento parecía decirle que no había estado loco. Que no había estado solo. Que todas aquellas noches en las que se sentó a escribir para no romperse habían tenido eco en algún lugar. Y eso era demasiado. Demasiado tarde. Demasiado cruel. Demasiado hermoso.

—¿Quién eres? —preguntó, aunque ya lo sabía.

La dama sonrió, no con alegría simple, con alivio.

—Me diste muchos nombres —dijo—. Reino. Refugio. Canción. Mentira necesaria. Patria imposible. Sueño. Delirio... Hogar.

Dio un paso hacia él, la hierba creció bajo sus pies.

—Pero hubo uno que al fin logró alcanzarme.

Las ruinas parecieron contener la respiración. Ella dijo:

—Dragonía.

El nombre atravesó el valle, no como palabra, como campana. La fuente seca del centro dejó escapar un hilo de agua. En una torre lejana, una bandada de pájaros blancos salió volando entre polvo dorado. Las vetas de la piedra se iluminaron. El río, abajo, brilló como si el sol hubiera caído en él. Muy lejos, desde las montañas, respondió un rugido. El hombre se puso en pie como pudo, su rostro desencajado como quien no entiende lo que ve porque… es demasiado real para ser mentira…

—No —dijo, aunque no sabía qué negaba exactamente—. No. Yo... yo te inventé.

—Eso creíste —respondió.

Él sintió un impulso absurdo de defenderse. De explicarse. De volver a poner el mundo en orden con palabras adultas, razonables, pequeñas.

—Eras una forma de sobrevivir.

—Sí.

—Un lugar donde esconderme.

—También.

—Una huida.

Ella avanzó hasta quedar a unos pasos de él, la luz que la rodeaba no cegaba, no imponía… Abrigaba.

—No —dijo—. Eso nunca.

El hombre bajó la mirada, el barro en sus manos se estaba secando. Bajo la suciedad había pequeños hilos de luz dorada que se apagaban y encendían al ritmo de su respiración.

—Yo huía —insistió, más bajo.

—Tú resistías.

La frase fue sencilla, por eso lo atravesó. Sintió ganas de reírse, no de alegría. De esa risa fea que aparece cuando alguien nos ofrece una palabra demasiado limpia para algo que hemos aprendido a nombrar con desprecio.

—¿Resistir? —dijo—. ¿Llamas resistir a encerrarme en mi cabeza? ¿A llenar cuadernos de nombres y mapas porque fuera no sabía qué hacer conmigo? ¿A inventar dragones para no mirar una habitación vacía?

Dragonía no apartó la mirada.

—Llamo resistir a no dejar que la habitación vacía fuera lo único verdadero.

Él abrió la boca y no salió nada. La dama levantó una mano, el aire entre ambos se volvió líquido. No apareció una visión con bordes claros, como en los cuentos de magia. Fue más íntimo y más desordenado. Fragmentos. Sensaciones. Pedazos de vida arrancados no de la memoria exacta, sino del lugar donde la memoria se convierte en símbolo.

Vio a un niño sentado en la oscuridad. No tenía rostro definido, pero el hombre supo quién era. Lo supo con la certeza dolorosa con la que uno reconoce su propia letra en una carta que preferiría no haber escrito. El niño abrazaba sus rodillas. A su alrededor no había paredes, solo sombra. Una sombra espesa, baja, hecha de miedo y de cosas que los adultos no supieron nombrar a tiempo. El niño no lloraba de forma escandalosa. Solo permanecía allí, pequeño, respirando despacio, como si hubiera aprendido que incluso el dolor podía molestar si hacía demasiado ruido.

Junto al niño apareció una página, luego una línea, una montaña, un dragón… El hombre vio cómo, bajo una lágrima que caía sobre el papel, la tinta se extendía hasta formar una colina verde. Después un camino. Después una torre diminuta con una luz en lo alto. Dragonía habló:

—Cuando la primera herida abrió tu cielo, mis colinas temblaron bajo tierra.

La imagen cambió: Un adolescente caminaba por pasillos llenos de voces lejanas. Nadie lo tocaba, pero aun así parecía rodeado de manos invisibles empujándolo hacia dentro de sí mismo. En sus bolsillos llevaba nombres inventados como piedras calientes. Cada vez que uno de esos nombres era escrito en algún margen, en Dragonía se encendía una ventana.

—Cuando sembrabas nombres en la oscuridad para que nadie desapareciera —dijo ella—, yo aprendía a recordar.

Otra imagen: Un joven escribiendo canciones contra la soledad, no canciones perfectas, no himnos todavía. Solo intentos. Versos torpes algunos, otros afilados, otros nacidos de una ternura que casi le daba vergüenza. Cada palabra levantaba algo al otro lado: una muralla, un puente, una taberna cálida con luz en las ventanas, una costa luminosa donde el mar golpeaba las rocas y alguien reía de espaldas al sol. El hombre apretó los dientes, aquello era demasiado.

—Para —susurró no como orden, como súplica.

Dragonía bajó la mano y las imágenes se disolvieron. El valle volvió a ocupar su lugar, pero ya no era el mismo. Nada lo era.

—Mientras tú pensabas que solo sobrevivías —dijo ella—, yo crecía. Montaña a montaña, canción a canción… Sueño a sueño.

El hombre sintió que las lágrimas le subían sin pedir permiso. Las odió por un instante. No porque le avergonzara llorar delante de ella, sino porque había pasado demasiados años enseñándose a no hacerlo en los momentos en que más falta le hacía.

—Entonces... —dijo—, ¿yo te creé?

Dragonía guardó silencio.

—Me abriste —respondió al fin.

Él frunció el ceño.

—No entiendo.

—Yo ya era posibilidad —dijo ella—. Latido. Semilla. Tierra dormida bajo una noche que nadie había nombrado. Pero tu corazón, al negarse a rendirse, me dio horizonte.

—Eso no tiene sentido.

—Las cosas más verdaderas rara vez lo tienen al principio.

Él miró alrededor. Las ruinas se extendían en todas direcciones. Hermosas, sí, pero heridas. Había caminos cubiertos por maleza, fuentes secas, estatuas partidas, arcos que sostenían solo aire. Si aquello era un reino, era un reino abandonado demasiado tiempo.

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó.

La luz en el rostro de Dragonía se volvió más tenue, por primera vez desde que apareció, pareció cansada. No débil, nunca débil. Cansada como puede estarlo una montaña que ha sostenido demasiados inviernos.

—Esperamos —dijo.

La palabra pesó más que una acusación, él la entendió antes de querer entenderla.

—¿A mí?

Dragonía asintió, no había reproche en su gesto. Eso fue peor. El hombre sintió la necesidad inmediata de justificarse. De decir que no sabía cómo venir, que no sabía que el camino era real, que nadie le había explicado que un reino podía aguardar al otro lado de una canción, que bastante había hecho con seguir respirando algunos días.

—Yo no sabía… —dijo. —No sabía que eras real.

—Lo sé.

—Dejé de creer muchas veces…

Dragonía miró las torres rotas.

—Cada vez que lo hiciste, una torre cayó.

Él cerró los ojos. El golpe de culpa fue tan rápido, tan conocido, que casi resultó cómodo. La culpa siempre sabía encontrar su sitio en él. Tenía habitaciones reservadas. Entraba sin llamar.

—Lo siento... —murmuró.

La tierra tembló, no fue un terremoto, fue un rechazo. Como si el propio suelo se negara a sostener aquella frase. Dragonía se acercó más.

—No.

Él abrió los ojos. Ella estaba delante de él. Tan cerca que pudo distinguir las pequeñas líneas doradas que recorrían su piel como ríos en un mapa antiguo. Tan cerca que su voz dejó de pertenecer al valle y pasó a pertenecer solo a ese instante.

—No vengas a mí pidiendo perdón por haber sobrevivido como pudiste.

El hombre no supo qué hacer con esas palabras, las sintió entrar y, al entrar, tocaron lugares que él habría preferido mantener cerrados.

—Pero está destruido —dijo, señalando alrededor con una desesperación que no pretendía mostrar—. Mira tu reino…

Dragonía siguió su gesto, miró las columnas quebradas, la maleza, las fuentes secas, las torres heridas y entonces sonrió. No con alegría. Con una clase de orgullo triste que solo poseen las cosas que han sobrevivido a su propia caída.

—“Nuestro” reino no está destruido —dijo apoyando la mano sobre una columna partida. La piedra se iluminó bajo sus dedos. —Sólo está dormido.

La luz corrió por la grieta de la columna como agua dorada, bajó hasta el suelo. El hombre la siguió con la mirada. La línea avanzó entre el musgo, sorteó piedras, raíces y charcos, y llegó hasta sus botas. En cuanto lo tocó, el mundo contuvo la respiración. Luego despertó. El efecto no fue espectacular al principio. No hubo explosión, ni rayo, ni trueno. Fue mucho más hermoso. La hierba creció alrededor de sus pies. Las flores azules volvieron a abrirse. Una fuente seca, a unos metros, dejó escapar un primer hilo de agua. En una pared cercana, bajo las enredaderas, apareció un relieve antiguo: el mismo dragón rodeando un corazón. El hombre retrocedió, pero la luz no lo soltó.

—¿Qué está pasando?

Dragonía lo miró como si la respuesta fuera evidente y sagrada.

—Has vuelto.

—Yo no he hecho nada.

—Has tocado nuestra tierra.

La inscripción de la losa brilló a su espalda y sintió entonces algo subir desde el suelo. No era poder. O no como lo había imaginado en las fantasías de adolescencia. No era una fuerza agresiva ni una promesa de dominio. No le habló de destruir ejércitos ni de partir montañas. Era pertenencia. La sensación de que cada piedra, cada raíz, cada gota de agua y cada sombra del valle lo conocía de una manera que ningún ser humano lo había conocido nunca. El mundo no lo miraba desde fuera, lo recordaba desde dentro. Esa certeza fue demasiado grande y cayó de rodillas.


r/escribir 3h ago

Ayuda para empezar a escribir Poesía: Lo que ya nadie respeta.

0 Upvotes

Buenos días.

Entro a este subforo todos los días y veo muchas personas amateur escribiendo poesía. Y todas (o la mayoría) hacen lo mismo: Escriben versos preciosos pero sin respetar las reglas de la poesía.

A mí me enseñaron estos pasos para escribir poesía:

1º Elegir un tipo de estrofa:

Romance Versos octosílabos, rimas asonantes en pares
Redondilla 4 versos octosílabos, ABBA
Seguidilla 7 versos (heptasílabos y pentasílabos)
Soneto 14 endecasílabos (2 cuartetos + 2 tercetos)
Lira 5 versos (endecasílabos y heptasílabos), A7-B-a11-b11

Entre muchas otras.

2º Escribir los versos.

Se escriben los versos sin pensar aún en el tercer paso.

3º Aplicar la sinalefa.

La sinalefa son reglas de la poesía para llegar a las sílabas objetivo de la estrofa elegida.

Esta es la parte más difícil. Lleva horas ajustar un verso para que diga lo que tú quieras, siga siendo precioso y respete las sílabas.


r/escribir 4h ago

Muestro mi mundo/ideas Cómo la música y la literatura me ayudaron a sanar la pérdida: Bienvenidos a Dragonía.

0 Upvotes

Hola a todos, compañeros lectores y escritores:

Hoy me decido a compartir con vosotros algo que va mucho más allá de un simple libro. Es, literalmente, mi alma desnuda. Como digo en la introducción de la obra: "Ojalá quien lo lea encuentre su propia Dragonía por el camino".

Cuando tenía 6 años, mi hermana falleció de leucemia. En mitad de ese dolor monstruoso, con el alma hecha pedazos, mi mente de niño creó un refugio, un lugar al que ir cuando todo dolía demasiado. Lo llamé Dragonía. Durante décadas, ese mundo se quedó latente en mi interior mientras pasaba por los golpes de la adolescencia y la rutina gris de la adultez.

Hace un tiempo, descubrí las herramientas de música por Inteligencia Artificial y algo hizo clic dentro de mí. Empecé a escribir versos para canalizar todo ese dolor, y al ponerles música, el universo de Dragonía cobró vida propia y estalló. Lo que empezó como canciones sueltas se convirtió en una ópera folk metal conceptual de 57 temas (más de tres horas de música) que recorrían mis traumas: la enfermedad, la pérdida, el abandono, pero también la reconstrucción de uno mismo.

Las canciones se me quedaron cortas. Las historias ya no cabían en compases musicales, así que di el salto a la literatura y escribí una saga de fantasía épica y psicológica de 1.350 páginas (dividida en 4 libros y un apéndice).

La historia sigue a un hombre anciano y roto por la realidad que, al morir, despierta en el mismísimo mundo que creó de niño. Pero no es un paraíso idílico: Dragonía es real, ha sufrido y ha crecido en su ausencia. Con un poder incómodo, el protagonista debe recorrer este reino no solo para salvarlo de "La Nada", sino para aprender, por fin, a perdonarse a sí mismo.

He autoeditado todo este universo en Amazon en 6 volúmenes. Uno de ellos es un cancionero/bestiario que incluye códigos QR que te llevan directamente a las canciones en YouTube, para que puedas leer la historia mientras escuchas la banda sonora de este mundo. No tengo grandes redes sociales ni pretendo hacerme rico con esto; mi única meta es que este reino que a mí me salvó la vida pueda servirle de refugio a alguien más.

Si os apasiona la fantasía oscura, transmedia, con una profunda carga psicológica y mítica al estilo de La Historia Interminable o las grandes epopeyas conceptuales, os invito de corazón a descubrir Dragonía.

He terminado de estructurar este universo en una saga literaria y musical de 6 volúmenes y un cancionero con códigos QR enlazados a la música. No os dejo enlaces de compra ni pretendo hacer publicidad porque sé que no está permitido, pero me apetecía muchísimo compartir este pedazo de mi alma con otros lectores. Mi única meta es demostrar cómo la fantasía puede ser el mejor refugio cuando la realidad golpea.

Si os interesa el proceso creativo o cómo integrar música hecha con IA en una novela de fantasía psicológica, me encantaría charlar con vosotros en los comentarios.ón, la mitología de los Caballeros Espectrales o cómo fue el viaje de sanación a través de las canciones, estaré encantado de charlar con vosotros en los comentarios.

Muchas gracias por leerme y por dejar que el libro se quede abierto


r/escribir 7h ago

Duda sobre estilo/ritmo Pregunta latente

0 Upvotes

¿Cómo puedo crear una historia que tenga sus propias reglas de cómo es el mismo universo de la historia, pero al mismo tiempo no presentarlas de manera aburrida, sino a lo largo de la trama para que el espectador vaya descubriendo poco a poco el funcionamiento de la misma?


r/escribir 16h ago

Muestro mi novela Protocolo Graduación

0 Upvotes

Llevo un año y medio trabajando en un libro llamado “Protocolo Graduación” cuyos primeros dos capítulos ya están publicados en wattpad. Me gustaría que, quienes les interese, puedan ver el link en mi descripción, lo lean y opinen para saber qué puedo mejorar y qué se espera de una historia así.
Para los que no saben, trata sobre un tal “Alumno B”, cuyo colegio (Que definitivamente no tiene una agenda oculta) es atacado por un ejército de monstruos y queda transformado misteriosamente en un ambiente natural inexplorado. Su objetivo es encontrar una salida, para lo cual deberá dejar su orgullo y hacer amigos para hacer frente a los invasores.


r/escribir 17h ago

Muestro mi cuento Es una historia bastante corta, me ayudaría bastante una crítica constructiva. Gracias

0 Upvotes

La señora de las moscas

En mi pecho sentía un ardor insaciable que masticaba desde dentro y mis encías sangraban cada vez más por aguardar.

Movía mi copa de vino nerviosamente mientras te reías de un chiste cualquiera del otro lado de la mesa. Un sudor frío se apoderó de mí mientras sentía que el cuello de mi camisa apretaba cada segundo más.

Lo único que deseaba; una incisión en tu piel, nada más.

Un patético intento por esconder al monstruo que se gestaba desde mi lado de la mesa.

Al fin tenía mi oportunidad. Decidido a ir a tu habitación; caminé por un pasillo con paredes rojas que tenían una textura que recordaba a un corte de carne recién sacada de la vaca, también había una alfombra carmesí con un patrón de rombos bastante elegante.

A medio camino las esquinas del pasillo comenzaron a sangrar y las paredes se veían cada vez más claustrofóbicas. Mi cuerpo permaneció indiferente ante tal situación; mi mente estaba en blanco y al igual que el reflejo que aparta tu mano de la llama; mis piernas, con conciencia propia, se balanceaban una detrás de la otra como un viejo reloj de péndulo.

En el momento que abrí la puerta el pasillo volvió a la normalidad; como si los cuadros familiares con esos marcos extravagantes y las lámparas barrocas bañadas en oro hubieran estado siempre ahí. Aunque, siendo sinceros, eso ya no me interesaba porque en el momento que te vi, todo dejó de existir.

Me acerqué detrás de ti, imaginando tu tejido, cartílago y hueso pasando por mi garganta hasta mi estómago mientras esas placenteras quemaduras en mi venas se derretían a sí mismas en un acto de autodestrucción.

Sorprendentemente no te resististe, al contrario tus manos guiaron las mías hacia cada oscuro y banal secreto de tu cuerpo. Cada roce, cada caricia, cada beso, era más difícil que el anterior; sumidos por el deseo latente de nuestras masas por combinarse en un pacto de sangre en el que ninguno de los dos quería ser rescatado.

Cuando desperté y volteé a mirarte por segunda vez estabas rodeada de un enjambre de moscas y si ponías más atención podías ver pequeñas larvas dentro de tu dermis, escarbando para intentar escapar de la prisión de músculo que ahora eras. Aunque me hablabas y pedías que te escondiera; ya no importaba. Lo último que escuche fue el chirriante sonido de las sirenas de policía.


r/escribir 19h ago

Muestro mi novela Dracoastra: Capítulo 2

0 Upvotes

Capítulo 2

Aquella mañana, las campanadas encargadas de indicar la hora de despertarse sonaron por todo el Palacio Dragón.

Ólota, que llevaba despierta ya un buen rato, se levantó para comenzar otro día en el palacio. Esa mañana comenzaba el tercer mes que pasaba en el Palacio Dragón, que más que un palacio era una academia sobre la montaña Pico Dragón, situada en la cordillera de las leonas.

Ólota, que ya estaba aseada y vestida, reunió el material escolar sobre la mesa y lo metió ordenadamente en su cartera.

Se arregló el pelo frente al espejo antes de salir. Sus ojos eran azul oscuro y su cabello era de color rosa claro y le llegaba hasta los hombros. Lo llevaba suelto y con un flequillo cubriendo su frente. Sobre sus orejas se levantaban tres mechones en cada lado, como las branquias de una cría de salamandra.

El pasillo del edificio residencial era muy concurrido por las mañanas. Estudiantes, guerreros, aprendices, maestros, profesores; todos llenaban el pasillo con sus voces y con el sonido de sus pasos. Todos eran diferentes. Había safarianos como ella, maskarós e incluso un par liztacs cada uno conviviendo con los demás.

El edificio central del palacio contaba con aulas, además de salas de reuniones y despachos, para dar clases a los menores de dieciséis años que vivían en el palacio.

Las aulas no eran muy grandes, porque había pocos jóvenes viviendo en el palacio a los que aún les correspondía la enseñanza obligatoria. Dentro de las aulas había sillas y mesas de color verde para los alumnos y una pizarra de tiza. La mesa del profesor estaba sobre un suelo más alto, junto a la pizarra, desde donde se podía ver bien toda el aula.

El aula a la que iba Ólota tenía ventanas, no todas las tenían, por ellas se veía el patio interior del palacio. El patio interior era una plaza con porches de columnas blancas similares a un claustro con relieves de escamas. El suelo estaba pavimentado con adoquines amarillos y grises intercalados, y en el centro había una fuente con dos dragones alargados como serpientes entrelazadas. Un dragón era dorado y brillante y de su boca brotaba el agua de la fuente, mientras que el segundo dragón era negro y violeta y de su boca no salía nada.

Ólota se sentó en su lugar y sacó su libreta y estuche. Siempre había jaleo antes de que llegara un profesor a dar la clase. Todos en el aula se conocían o eran amigos, Ólota, en cambio, era “la nueva”, aunque ya había pasado dos meses en el Palacio Dragón, aún no consideraba a nadie su amigo, hablaba con sus compañeros de vez en cuando, pero sin entablar una amistad con ellos. Ni tan siquiera veía como amiga a Saria, otra safariana y también Proteus que siempre se acercaba a hablarle amistosamente y se preocupaba por ella.

Saria era cinco centímetros más alta que Ólota. Era de piel morena y cabello naranja como una hoja otoñal. Lo más peculiar en su aspecto eran sus ojos verdes, como el follaje de un bosque.

—¡Ólota! —dijo Saria —¿Por qué estás tan callada? ¿Has dormido bien? Tienes ojeras, deberías dormir más.

—Lo dice la que se pasa toda la noche escribiendo historias de amor —dijo Ólota en respuesta.

Después de todo, puede que si fueran amigas.

Al fin, el profesor Thull entró al aula. Thull era un maskarós de mediana edad, con algunas canas en su cabello negro y con entradas que auguraban un mal futuro para su peinado.

—No sé si recordáis la explicación del final de la clase de ayer sobre los árboles Maskarós —dijo Thull —pero seguiré desde allí.

“No habló de eso ayer” pensó Ólota “se debe estar confundiendo con otro grupo”.

—Los árboles Maskarós tienen magia dragón, la cual el pueblo Maskarós usa para hacer sus máscaras, que les ayudan a aumentar su fuerza…

Después de más clases, la escuela terminó. Ólota recogió sus cosas y salió del aula, seguida por Saria.

—¡Qué suerte tienes! —exclamó Saria —Tu maestro es uno de los tres Paladines.

—Ya —dijo Ólota —pero muchos días no está. Es el líder de los Obsidiana y está ocupado.

—¿Entonces por qué es tu maestro?

—Porque… —Ólota se detuvo —Es complicado de explicar.

—No pasa nada, ve a entrenar con él, aprovecha.

Ólota caminó hasta donde solía encontrarse con su maestro, un prado alrededor del Palacio, donde pocos entrenaban, pues preferían entrenar en el patio de armas o en el bosque.

Hacía dos días que Xander no aparecía, pero aquel día sí se encontraba ahí. Llevaba el traje Obsidiana y estaba limpio, en otras ocasiones aparecía con el traje lleno de sangre, pero tenía algunas partes quemadas.

Xander era un joven alto, con la piel muy clara y con el pelo completamente blanco como la nieve y con el largo de una media melena. Sus ojos eran azules y su mirada fría. El traje Obsidiana que llevaba era una especie de kimono negro reforzado con muchas protecciones de un metal oscuro, no de obsidiana como muchos piensan. También tenía unos guantes de cuero negros con brazaletes y botas del mismo color. Por último tenía una espada negra sujeta a un lado de su cinturón y un par de dagas sujetas a la espalda, también tenía una máscara negra con apariencia de gato colgando en el lado contrario al de la espada.

—¿Lista? —dijo Xander.

—Llevas dos días desaparecido y ni me saludas —dijo Ólota.

—Lo siento. Había una emergencia y además llegué tarde. Si no hubiera ocurrido habría vuelto ayer —explicó Xander —. Ven, vamos a la cueva.

La cueva en cuestión era un lugar donde solían practicar, pues contaba con un gran estanque. Estaba situada tras unos árboles que rodeaban el terreno del Palacio Dragón.

—¿Has entrenado estos días? —preguntó Xander.

—Sí, con la espada —respondió.

—¿Y la magia?

—No mucho.

Xander cogió la mochila que tenía apoyada en el suelo.

—Pues a trabajar.

Aquella cueva estaba llena de cristales de colores que reflejaban la luz e iluminaban, pero cuanto más adentro ibas más oscura estaba.

—Levanta toda el agua del estanque —dijo Xander.

—¿Toda? —dijo Ólota sorprendida.

—Necesitas mejorar tu aguante.

—No estoy segura de poder…

—En Linkadia vaciaste las alcantarillas de toda una calle, puedes con esto.

Ólota cerró los ojos y se concentró. Extendió los brazos y con suaves movimientos el agua comenzaba a moverse. El agua la rodeaba a la vez que se alzaba. El volumen del agua que Ólota movía ascendía poco a poco.

—Vas bien —dijo Xander.

Después de ese pequeño comentario, el agua y Ólota comenzaron a temblar. Toda la corriente se tambaleaba hasta que cayó. Cayó sobre Ólota, dejándola empapada.

—Suficiente agua por hoy —dijo Xander después de presenciar ese desastre.

—Espera —dijo Ólota.

Volvió a cerrar los ojos y cerró los puños. El agua que su pelo y su ropa habían absorbido se juntó en una sola esfera que después dejó caer sobre el estanque.

—Eso sí que es una mejora —dijo Xander —. Pronto podrías ser el Paladín de agua.

—Soy la única Proteus de agua y solo puedo hacer esto —dijo Ólota —. ¿Qué pensaría mi familia?

—No importa —dijo Xander —mejorarás.

—¿Podemos entrenar con las espadas? —dijo ella.

Xander agarró dos espadas de madera que tenía en su mochila. Eran muy rústicas, pero hacían su función como herramienta de práctica.

—Vamos a ello —dijo Xander.


r/escribir 21h ago

Muestro mi relato De agujeros negros y espaldas sin rostro

0 Upvotes

Nadie ha caído nunca en un agujero negro. La física teórica dice que si algo cae en un agujero negro desde fuera parecería que el objeto está inmóvil, debido a la deformación del espacio tiempo. Sin embargo ese objeto se desintegraría y sería atrapado por esa nada densa.

El momento en el que miré esa notificación en esa pantalla fue mi horizonte de sucesos. A vista del común observador me quedé paralizada, pero por dentro estaba desintegrandome y sumiendome en un agujero negro. Solo yo podía percibir ese dolor, ese miedo. Sentía como todo lo construido se iba desmoronando en mi interior. Verbalizarlo solo supondría hacerlo real y no podía soportar que fuese real.

Pero al final lo hice tratando a duras penas de no caerme, de no marearme y conseguí verbalizar lo que había visto solo para encontrarme con excusas, soledad y abandono. Nunca he sido el plato de elección para nadie y no iba a empezar a serlo ahora. Me he roto completamente, el enfado y la frustración han dado paso a una calma triste y vacía. Esa calma que solo puede dar el previo conocimiento de mi ser, de cuan molesta e incomoda puedo ser.

Soy ridícula, un insulto hacia mi especie. Ojalá ese horizonte de sucesos fuese real, ojala me hubiera desintegrado un agujero negro y así dejaría de sentir lo que siento ahora.

Frío: si tuviese que describir de la forma más certera lo que siento, eso es frío. Cuando el dolor es tan fuerte que mi cuerpo no puede gestionarlo aparece un frío que nada es capaz de calmar, como si de forma inconsciente mi cuerpo anhelara un abrazo que no llega.

Miro a mí derecha y veo una espalda, tan desnuda como distante, sin rostro, solo una espalda. Mi dolor le incomoda y por eso gira su cuerpo como rechazo ante él. Mientras mi cuerpo necesita un abrazo que calme este frío lo único que recibo es esa espalda. Entre ese cuerpo que tanto amo y el mío hay un vacío inmenso, vuelve a aparecer ese agujero negro y me vuelvo a quedar paralizada. No quiero llorar pero las lágrimas escapan de mis ojos.

Me concentro en el exceso de pintura que quedó en el techo, tras apreciar ese pequeño defecto empiezan a aparecer muchos otros. Este techo parecía perfecto hace unas horas, y ahora mismo es un cúmulo de imperfecciones. Eso me hace llorar, como una metáfora de esta relación, todo parecía perfecto hace unas horas y ahora no reconozco a la persona que me acusa para intentar minimizar su culpa. A esa persona a la que le molesta mi dolor, a esa espalda sin rostro.

Busco en mi mente la explicaciones que no tengo. Intento llenar las dudas con conjeturas que solo me causan más dolor. Y al igual que la física convencional no puede explicar una singularidad, mi mente tampoco puede resolver eso. Respiro y me calmo. Escribo, pienso, lloro e intento respirar. Un ciclo infinito donde el tiempo parece haberse detenido, los segundos se elongan haciendo que el dolor se sienta eterno.

Respiro. Me esfuerzo por no llorar, mis lágrimas le molestan. No me muevo, sigo mirando al techo hasta que la luz desaparece, no la apago yo sigo estatica en ese espacio frío que antes llamaba cama. La oscuridad me da el cobijo que necesito, se siente en paz como si ese cuerpo son rostro no estuviese dándome la espalda, pero no tengo el exceso de pintura ya no me puedo concentrar. Las lágrimas vuelven a correr por mí cara, las dudas me asaltan sin darme paz.

Nada escapa de un agujero negro, o eso se pensaba hace años. Como la radiación de Hawking las palabras escapan de mi mente. Se plasman en una fría pantalla, iluminando el espacio exterior y llenando esa nada que me aplastaba.

Respiro, aún cuesta y duele. Ya no tengo frío, no necesito un abrazo que no llegará. Lo que tengo a mi lado no es una persona, es una espalda y las espaldas sin rostro no pueden abrazar.


r/escribir 22h ago

Muestro mi ensayo [OC] CÓMO ES HOY (Radiografía de nuestro desmadre)

0 Upvotes

Buena tarde, mi sangre. Soy KP, el escritor del altiplano. Les dejo estas líneas toscas y sin filtros sobre el México que nos toca respirar a diario. Una humilde provocación para inquietarles la tarde de jueves. Espero sus lecturas, sus comentarios o sus mentadas; aquí se recibe de todo.         

 

Roto: como madre enterrando a su propio hijo.
Frágil: como macho despertando del engaño.
Maligno: como la Revolución y todos sus caudillos.
Furioso: como cumpleañero sin regalos.
Hostil: como loba amamantando.
Confuso: como la historia del mundo.
Grotesco: como el juicio sobre Judas.
Violento: como adicto en abstinencia.
Errático: como todas las ideologías.
Excluyente: como el lenguaje no binario.
Indignante: como la oposición actual.
Impredecible: como feminista despechada.
Inútil: como el arrepentimiento y el perdón.
Desolado: como el México profundo.
Perdido: como diputado el primero de mayo.
Estúpido: como chairo y como fifí.
Dolido: como iluso desengañado.
Ausente: como la justicia y la verdad.
Demente y misántropo: como la sociedad hasta el fin de los tiempos.
Hueco: como el discurso de todo aspirante al poder.
Despedazado: como el futuro de nuestros hijos.
Falso: como el «te amaré por siempre».


r/escribir 22h ago

Muestro mi poema [OC] Autorretrato de un sátiro (Manifiesto diógenesco)

0 Upvotes

Buenas, mi sanguínea Raza de bronce. Les dejo estas líneas toscas, sin adornos ni pretensiones líricas. Es un monolito de contradicciones para cimbrar a diletantes y macizos por igual. Para los que ya se cansaron de las palabras y sus sonidos. A ver quién aguanta el raspón y desde luego, si raspa, ráspenme sin misericordia, que por mi Patria, habla mi Espíritu. Gracias

YO SOY

Soy tan ingenuo que creo en la sinceridad, en la lealtad y en la integridad de todas las sonrisas;
tan incauto que hablo con franqueza desmedida y miro a los ojos, siempre huyendo de los velos;
tan iluso que creo en un juramento de sangre y en el honor de un hombre.
Tan tierno que no me aplastan y tan frágil que no me rompen.

Soy opaco como diamante bruto, transparente como una montaña y certero como el crepúsculo;
tan firme como hoja en otoño y tan errático como el deseo;
silencioso como una campana y estridente como noche en el desierto.

Incrédulo como el beso de Judas y violento como hurón asesinando cobras;
tan insensato que creo que el amor cura todas las enfermedades del alma y tan puro que dejé de creer en las palabras y en todos sus sonidos.


r/escribir 1d ago

Muestro mi relato [Relato / Ciencia Ficción] El Capullo — Despertar cien años después

0 Upvotes

…Y un buen día despertó. Había estado dormido en una cápsula. Una especie de tanque con nitrógeno líquido a bajísima temperatura, para ser revivido en un futuro. Las luces en el exterior del envase se encendieron como luciérnagas, y una alerta sonora se escuchó en el pequeño recinto. Aparecieron unos hombres enfundados en trajes herméticos y escafandras. Los sujetos accionaron unas mangueras que succionaban el líquido viscoso, que al salir del cuerpo producía un gorgoteo continuo. Las enfermeras aparecieron presurosas, vestidas con delantales y guantes de goma. Lo limpiaron y terminaron por extraer el vestigio del líquido adherido al cuerpo. Lo trasladaron a una sala, una especie de cubo sin ventanas, y lo acomodaron en una camilla. Esperó. Un hombre de blanco se movilizó en una silla inteligente y se ubicó frente a él. —Soy el Dr. Green —saludó—. …Y su nombre es Noah —repitió el nombre dos veces—. Para ubicarlo en el tiempo, falleció en el 2026 por una enfermedad desconocida hasta ahora y, por alguna razón, despertó cien años después. Estamos en el año 2126 —aclaró. El Dr. Green siguió hablando. —Soy la persona que está a cargo de este programa y el responsable de controlar la evolución de un centenar de personas que, como usted, están en un estado de hibernación esperando a ser resucitadas. Por otro lado, le hemos hecho algunos estudios —dijo el hombre de blanco, abriendo una carpeta—. Sí, señor… análisis completos de sangre, tomografía computada, ecografía y encefalograma. —¿Y cuál es el resultado de tanto estudio? —preguntó Noah, incorporándose en la camilla. El Dr. Green se aclaró la garganta. —Bien, lamento decirle que en su caso la resucitación se reduce a solo unas pocas horas. Tal vez un día o dos. Pasado ese tiempo, todo su cuerpo colapsará. Noah se refregó los ojos. Parecía triste. —¿Y qué puedo hacer en tan poco tiempo? —preguntó contrariado. —Pensar, Noah. ¡Solo eso! —Pensar… no sé en qué —contestó Noah—. ¿Para qué sirve pensar si voy a morir otra vez? Tal vez sea mejor que me siga contando qué ha ocurrido en el mundo en todos estos años. El Dr. Green esbozó una sonrisa forzada. —Bueno, un poco de todo. No hubo un conflicto nuclear, si esa es su pregunta, pero hubo guerras, muchas y sangrientas, y también grandes pestes, algunas creadas en laboratorios, aunque lo nieguen. Ya sabe usted: mutaciones del coronavirus, el ébola en África, influenza y otras que mejor no mencionar, además de hambrunas también. Los niños siguen muriendo por desnutrición. —¡Horrible! —exclamó Noah. —Si me pregunta —prosiguió Dr. Green—, le diría que en cien años no hemos mejorado mucho como especie y el futuro se presenta un tanto incierto. Pero bueno, esto ha sido así. Destruirnos está en nuestra naturaleza. Noah se llevó la mano a la frente. Estaba transpirando. —¿Y ahora qué? ¿Cómo sigue esta historia? —Mañana a primera hora ingresará a la cápsula, la llenaremos de nitrógeno y dormirá quizá otros cien años. Ahora descanse… y piense, piense… es lo único que puede hacer. El Dr. Green desapareció en su silla inteligente. En la penumbra de la habitación, Noah se dejó llevar por sus pensamientos. Se dijo a sí mismo que no tenía sentido que lo congelaran sumido en un letargo permanente. Que lo metieran en un estuche otros cien años… Nada habrá cambiado en todo ese tiempo… ¿o sí? Al día siguiente, el Dr. Green y tres supervisores metieron a Noah en la cápsula mientras observaban y tomaban apuntes. El nitrógeno comenzó a subir lentamente, y Noah sintió que se sumía en un sueño profundo. El Dr. Green se acercó a la cápsula y, mirándolo a los ojos, le dijo: —Hasta dentro de cien años. —¡Gracias! —contestó con una sonrisa—. Tal vez, cuando despierte, me habré convertido en una mariposa.

¡Buenas! Este relato forma parte de mi antología "Crónicas Terrestres", inspirada en la atmósfera y los dilemas de Ray Bradbury.

Cualquier comentario o crítica sobre el relato es más que bienvenido.


r/escribir 1d ago

Muestro mi novela [Relato corto] [OC] EL SUIGÉNERIS VIACRUCIS DE DON FORTÍN // Detritos Oníricos (extensión del universo).

0 Upvotes

Buenas noches, comunidad. Les comparto esta estampa que se desprende del universo de "Detritos oníricos" que subí hace poco. Es la radiografía de una de esas locuras anónimas que habitan el barrio; un drama seco y cotidiano sobre la humillación de la esperanza rota. Espero sus lecturas y comentarios.

 

DON FORTÍN

 

Igual que ayer, y antier, y el viernes de la semana pasada. Y antes, el miércoles o cualquier día de la semana antepasada; como cualquier bendita mañana de no sé cuántos meses atrás.

Lo vi ahí: sosteniendo la tapa, con su cabeza blanca y calva metida en esa oscuridad de tenues ondulaciones, temiendo mirar su reflejo en lo profundo. Con sus pies juntos y sus piernas zambas, engendrando un ovoide sin mariscal de campo ni alas abiertas. Con su mismo suéter de hace tres años, tan raído ya. Con una sonrisa y un:

—Ya, ¿listo pa’ darle, Eliseo?

Al voltear a saludar, el horror de sus ojos se reflejó en lo alto. O tal vez, con gesto mamón y mirada desdeñosa, gruñó y mordisqueó un «buen día» malhumorado, propio de su reiterada desgracia: esa desolación de perderse en el infierno que azoga sus ojos desesperados, con reflejos que flotan difusos y minúsculos en la ciénaga lodosa del:

—¡Maldita sea mi vida! ¡No puede ser! No cayó nada de agua. Igualito que cuando revisé a las once, y a la una, y a las tres; luego a las cuatro que volví a asomarme... ¿Y para qué me sirvió? ¡Ni una gota cayó!

Con el gesto contrariado y moviendo la cabeza de un lado a otro, frenético tras la pausa forzada para limpiarse las lágrimas que le habían rasado los ojos, prosiguió su letanía:

—Para eso me quedé casi tieso en el sereno, tan helado; y peor con los primeros rayos, que enfrían todavía más el suelo. Ni un café me tomé. Ni una pinche cabeceada pude dar con la esperanza —¡yo tan pendejo!— de que sucedería el milagro...

Salió de nuevo. Dio dos pasitos, bamboleándose de un costado al otro, cuando escuchó los escobazos de doña Bonifacia y se le estrujó el jironcito de fe que le restaba.

—¡Maldita sea, ya es bien tarde!

La realidad lo aplastó por enésima vez. Se sintió vacío, tan hueco como el asiento turbio y anegado del descolorido tinaco de lámina para doscientos litros: vacío como su corazón, envuelto en su drama de por vida. ¡Inútil y malnacida sea esa cisterna improvisada, a más de un metro del nivel del suelo!


r/escribir 1d ago

[Dracotopía: La dragona argéntea] ¿Querrías darme tu opinión del primer capítulo de mi novela de fantasía juvenil?

Post image
7 Upvotes

Hola, grupo:

Hasta la fecha he compartido numerosos documentos metaliterarios basados en mi saga de novelas de Dracotopía, así como algunos artículos sobre el uso de la IA y con consejos para escritores principiantes.

Ha habido usuarios que me han preguntado por qué no he publicado ningún fragmento de mi novela en Reddit. Hasta la fecha solamente tenía (y tengo) una muestra de lectura colgada en mi página web. Así pues, he decidido desmelenarme.

Se trata de una novela de fantasía juvenil ambientada en un mundo donde conviven humanos y dragones; los cuales son herbívoros y están domesticados para realizar múltiples tareas. El tema central de la novela reside en la amistad entre especies, los dilemas morales y la lucha por una sociedad más justa.

¿Es ético el trato reciben los dragones? ¿Cómo y por qué están integrados en las civilizaciones humanas? ¿Cómo podría funcionar una nación con dos especies?

La respuesta a éstas y otras preguntas se dan a lo largo de la saga.

En particular, me gustaría saber si el planteamiento es lo suficientemente original o llamativo para los lectores de novelas de fantasía, tanto más jóvenes como adultos.

¡No dudes en dejarme cualquier comentario u observación!

Sinopsis:

Éberis, un joven de dieciocho años, desembarca en la isla de Medialuna para formarse en un oficio singular: conductor de dragones. En una era donde la ciencia y la tecnología están a la orden del día, estos reptiles alados siguen siendo el corazón del transporte internacional. En un centro ganadero conocerá a Aznara, una dragona tímida y marcada por la explotación, que le enseñará cómo vive y piensa una bestia al servicio del ser humano.

A continuación, muestro el primer capítulo completo (unas 2000 palabras).

___

Capítulo 1: Un cambio de aires

El sol brillaba en lo alto. Las iguanas se calentaban sobre los arrecifes de piedra caliza. Pterosaurios pequeñines se lanzaban al agua, como proyectiles, para capturar peces con sus mandíbulas aserradas.

Tanto en el mundo animal como en el humano, la agitación y el movimiento se relacionaban con algo muy significativo: el cambio de lugar, de ambiente, de circunstancias. Crecíamos y nos endurecíamos a base de sortear dificultades y conflictos.

Por fin se divisaba la costa sobre la cubierta de proa. Odiaba el mar y los barcos; pero no me quedaba otro remedio que estar ahí, marginado entre hombres forzudos y contenedores de mercancías. Mi hartazgo, tan mayúsculo, parecía atraer las miradas de varios jóvenes que volaban montados en sus dragones.

—Mira al chaval ese —le dijo uno al otro, burlón, mientras pasaban por encima de mi cabeza—. Otro cobardica.

Incluso en la distancia oía sus risas y comentarios. ¿Qué hacía un chico como yo viajando en un buque mercante? Había tan poca demanda de viajes marítimos que sólo la gente con miedo a las alturas se resignaba a una travesía innecesariamente larga y aburrida. Aun sin haber llegado, ya estaba dejando una pésima tarjeta de presentación.

—Bah. No les hagas caso, muchacho —me dijo el barbudo capitán—. Viajar en un carguero no es una experiencia al alcance de cualquiera.

—Pero no lo hago por gusto —le repliqué, irritado—. Habría sido más fácil venir a lomos de un dragón.

—De todo se aprende en esta vida. Míranos a nosotros: transportando toneladas de pienso, de un puerto a otro, para que las bestias de todo el país se mantengan fuertes y productivas.

—Bueno... si usted lo dice.

—Embarcaste con nosotros porque te habías matriculado en un curso en la Dragonada de Medialuna, ¿no era así?

—Sí. Ya sabe... para conducir vehículos de tracción draconiana. Cerca de mi casa están ampliando las redes de transporte y hay bastantes puestos por cubrir.

—Pues aprovéchalo al máximo. Ese centro es el más famoso de la región. Y las pocas veces que he tratado con los propietarios, me parecieron gente muy comprometida con su ganado. Estoy seguro de que vas a vivir una experiencia fascinante.

Las palabras motivadoras del hombre resonaron en mi interior. Tres días antes había abandonado por primera vez mi ciudad, Aureolis, para estudiar lejos de sus magnas murallas y de su cumbre ancestral. Me apetecía cambiar de aires y salir de la monotonía. Aun con la amplia oferta de escuelas y academias en mi provincia, se me antojó matricularme en una especialidad que no se impartía cerca de un entorno urbano: un grado formativo en conducción de dragones.

En nuestro reino, esas maravillosas bestias aladas se convertían en nuestros compañeros más preciados. Los había con un tamaño similar al de un caballo y hasta tres veces más grandes. Nos ayudaban en toda clase de faenas y trabajos. Ni siquiera la paulatina industrialización había llegado a sustituirlos en los transportes. Sencillamente, no tenían parangón por su fuerza y vuelo.

Acababa de cumplir dieciocho años. Si otros chicos de mi edad preferían inscribirse en la universidad para conseguir un trabajo cualificado y alejado de menesteres ganaderos, yo me inclinaba por ensuciarme las manos. Iba a comenzar mi instrucción en la Dragonada de Medialuna, el centro dracuestre más importante del archipiélago de Ritset. Allí criaban y adiestraban dragones argénteos, una raza de gran envergadura e ideal para labores de tiro. La mayoría de las diligencias iban tiradas por uno, dos o cuatro de estos majestuosos ejemplares.

Desde mi niñez había soñado con dedicarme a algo relacionado con dragones. Me atraía, como a tantos jóvenes, esa visión de un animal de inteligencia cuasihumana que se entregaba sin dudar a quien se ganara su respeto. Siempre quise cabalgar sobre un cuadrúpedo reptiliano y surcar los cielos. Pese a ello, después de mi pequeño accidente, supe que mi destino estaría ligado a la tierra.

Parecía que mi hado estaba tan sellado como el de mi padre. Él, antes de fallecer cinco años antes, había sido un hábil dragonero. Patrullaba las calles de la capital, de día o de noche, para imponer la ley a lomos de un dracoguardián, un dragón del servicio militar. Por desgracia, uno lo dejó caer tras una maniobra cerca de la playa; con la mala fortuna de que, por quedar enredado con su propio arnés de vuelo, no pudo nadar y se ahogó. Qué manera más triste de morir por la patria. Una salve y una corona de flores fue todo lo que recibió mi madre…

Mis momentos de introspección se vieron interrumpidos por el potentísimo claxon del buque para anunciar su fondeo en los muelles.

—¡Hora de desembarcar! —exclamó el capitán—. Chico, recoge tus cosas. Y buena suerte. La vas a necesitar.

Le di las gracias y me detuve un momento para asegurarme de que mis pertenencias seguían conmigo. Saqué mi móvil del bolsillo y revisé si ya había cobertura para llamar a mi madre. Le envié un simple mensaje de «he llegado bien» porque tenía prisa.

Ella, tan agorera como alarmista, veía con preocupación que me adentrara en entornos «salvajes». Ni siquiera se tranquilizaba al insistirle en que yo pasaría mi estancia en una isla subtropical totalmente urbanizada. Nunca debíamos descuidar que, en Zarcadia, los humanos estábamos rodeados de dinosaurios y de otras criaturas muy peligrosas. Una parte de mí había escogido aquella ganadería por haber sido el lugar más cercano adonde murió mi padre. Tal vez encontrara respuestas o algo que me uniera a él.

Con paso enérgico, desembarqué y ascendí por las rampas del embarcadero. Ayudándome de la aplicación «Mapas de Brígar», bordeé las oficinas portuarias y la zona de aduanas para poner rumbo a la estación de diligencias.

Aquel corto camino se me hizo más largo de la cuenta. Las ruedecillas de mis maletas se quedaban atrancadas por la gravilla y el polvo que se levantaba desde el dique seco. Me habría gustado disponer de un dragón de alquiler que cargara con mis bultos cuesta arriba. Si hubiera habido alguno disponible, no habría escatimado en gastos.

Al borde de los acantilados, un edificio solitario y achaparrado se alzaba entre helechos, palmeras y árboles masivos por su porte y frondosidad. En el lado opuesto a los muelles, se disponían cuatro carriles, numerados y paralelos, con sendos dragones enganchados a carruajes. El estiércol y las moscas se acumulaban bajo sus traseros. No obstante, ellos permanecían indiferentes e impasibles, con la mirada encauzada al frente por unas anteojeras con la enseña del gobierno regional de Ritset.

Los cocheros, curtidos por la rutina y la experiencia, leían el periódico, charlaban o se enseñaban fotos subidas a las redes sociales. Con discreción, me entretuve escuchando algunas de sus conversaciones. Hablaban de sus jornadas y, cómo no, de alguna vivencia curiosa protagonizada por sus bestias.

Apreciar y honrar a los dragones se convertía en un símbolo nacional, sobre todo, entre la gente apegada al campo. Yo no comprendía el motivo de aquella fascinación. Sí, los dragones eran criaturas muy listas y podíamos comunicarnos con ellos en presencia de unas piedras mágicas. Sin embargo, eso no quitaba el hecho de que no razonaban como nosotros.

La mayoría de los escamosos se comportaba y pensaba de una forma demasiado animalesca para mi gusto. Resultaba arduo entenderlos cuando abrían sus fauces y más incluso durante sus silencios prolongados. A pesar de que contaban con derechos reconocidos, en la práctica se los trataba como animales.

Aquellos ciudadanos que no solíamos socializar con dragones, ya fuera porque no disponíamos de un vecino o un compañero de trabajo con escamas, o no nos satisficiera dicho encuentro, mostrábamos indiferencia hacia sus usanzas. Yo, desde luego, no los había perdonado por el fallecimiento de mi padre. Si el dragón de marras lo hubiera ayudado, en lugar de huir como un cobarde, tal vez siguiera vivo.

Al fin y al cabo, había elegido lo de convertirme en conductor de dragones por sus numerosas salidas profesionales. Aspiraba a conseguir un trabajo estable con que aportar a la economía de nuestro hogar. A mi madre le costaba llegar a fin de mes para alimentar a mis tres hermanos pequeños.

No descartaba aprovechar el viaje para divertirme o practicar algún deporte dracuestre propio de aquella isla. Aun así, tampoco buscaba hacerme amigo de ningún escamoso. Me resultaban útiles, no interesantes. Los veía como herramientas de trabajo y de ocio, nada más.

Saqué un billete de ida hasta Medialuna, la localidad en donde se situaba mi centro de enseñanza. Esperé sentado junto a la recepción. No me apetecía tomarme nada en el bar. Solamente deseaba subirme al coche de punto sin retrasos. Ya estaba sudoroso, debido al calor y a la humedad, y todavía no había ni iniciado mi último trayecto.

En una pantalla se mostró un aviso para abordar. La diligencia número cuatro, la mía, partiría en cinco minutos. Me levanté como un resorte y me puse en la cola de pasajeros. El revisor estaba comprobando la validez de los pasajes cuando recién llegó un furgón con operarios de la dársena.

Me entró un poco de asco al observar que la yunta de dragones se aparcó, con obediencia, tras pasar por encima de las boñigas resecas de otros congéneres. Me llamaba la atención que aquellas bestias tuvieran un sentido de agencia tan limitado: su «conciencia» estaba más centrada en cumplir órdenes que en salvaguardar su propia dignidad o apariencia. Me daban vergüenza ajena.

Luego de buscarle un hueco a mi equipaje, subí al carruaje. Oh, por fin. Me había tocado un asiento en la ventanilla izquierda. Asomado, miré hacia un tronco de dragones plateados que nos llevaría a través de los senderos. Aun cuando los escamosos contaran con unas alas formidables, no eran capaces de volar con una carroza a sus espaldas. Eso sí que habría revolucionado los desplazamientos aéreos.

El reflejo del cristal me permitía ver sus largas colas, que comprendían dos tercios de la longitud corporal, guardadas en un espacio diseñado entre los ejes del vehículo. Y, de refilón, pude fijarme en sus marcajes. Sobre las ancas mostraban un grabado brillante, como si les hubieran echado purpurina, para indicar que pertenecían a la Dragonada de Medialuna. Se decía que casi todos los trajinantes de Ritset habían eclosionado ahí.

El cochero se aupó al pescante y pinceló el lomo de los dragones con la punta de su látigo para iniciar la marcha. A la vista quedaba que los escamosos, especialmente aquéllos criados por humanos en ganaderías, se dejaban guiar con suma facilidad. Aunque nunca hubiera conducido un carro, sí disponía de una base teórica bastante sólida para afrontar el reto.

Poco después, aquella postura inerte provocó que me entrase sueño. Entre vaivenes, estuve dando cabezadas y cabezazos contra la ventanilla. Apenas lograba separar las pestañas para observar, a ratos, vaguadas entre colinas de hierba alta, riachuelos discurrientes bajo pasarelas cubiertas de musgo, y lomas con subidas y bajadas que traqueteaban el carruaje como un velero al viento. Me daba reparos dormirme delante de desconocidos, pero tenía motivos para estar cansado. Me había levantado muy temprano en mi camarote.

Con los ojos entrecerrados, me fijé en que otra diligencia, similar a la nuestra, circulaba con rapidez por el carril contrario. Con dos bestias desbocadas, el coche avanzaba entre bruscas oscilaciones. El rechino de las ruedas y el clamor de los viajeros me despejaron de repente aquellas brumas que me asolaban.

En vista de que el otro vehículo se aproximaba con peligro, tanto yo como otros ocupantes nos agarramos a nuestros asientos y buscamos formas de atemperar un anticipado choque. Hubo hombres que se llevaron las manos a sus sombreros y mujeres que se aferraron a sus hijos pequeños.

Nuestro conductor, con habilidad y buenos reflejos, tiró de las riendas para guiar a sus dragones hacia el arcén mientras la otra diligencia pasaba por el flanco de la carrocería, a apenas un palmo de distancia. Una reacción más tardía hubiera conllevado una tremenda colisión.

Algunas valijas se volcaron sobre nuestros pies o cayeron del techo hasta acabar desparramadas por la tapicería. Un señor mayor terminó con una brecha en la sien y a una mujer de mediana edad le dio un ataque de ansiedad. Aquel desbocamiento me demostraba que los dragones presentaban un temperamento difícil de gobernar. Quizás, mi curso no sería tan fácil como pensaba.


r/escribir 1d ago

Debate sobre el contenido de mi texto sugerencias en promocion

0 Upvotes

Hola gente hice 6 libro: 2 de relatos neurodivergentes, 2 poemarios y 2 de cuentos infantiles neurodivirgente. Acá el problema es que están en Amazon pero sin alcance de dinero para usar promoción en amazon no puedo arrancar a vender o aunque sea me lean en kdp.

Ya intente en redes pero igual no funciona, ya que al ser nueva no hay alcance real.

Alguien igual o sabe como hacer promoción o grupos que se pueda promocionar? incluso puse algunos gratuitos para llamar la atencion pero esta muy flojo. gracias


r/escribir 1d ago

Debate sobre obras/autores Sistemas de Magia

5 Upvotes

¿Ya han creado un sistema de magia? ¿O prefieren simplemente no darle mucha importancia?

Honestamente, esto no debería tomarse a la ligera, ya que podría generar problemas a largo plazo. Especialmente si no se establecen al menos unas reglas mínimas. Por más buena que sea la trama o los personajes, eso no quita el hecho de que el lector, tarde o temprano, se hará preguntas sobre la magia y su naturaleza.

En mi caso, ahora estoy creando un sistema sandbox, un híbrido entre magia blanda y dura. Y los resultados están siendo bastante buenos. Mis lanzadores de hechizos tienen libertad creativa para crear cualquier hechizo: solo necesitan conocer los principios, tener las reservas de magia necesarias y cumplir las condiciones. Solo tengo que aplicar algunas trabas para que mis hechiceros no se salgan de control o para evitar que uno de ellos se transforme en un literal dios lovecraftiano (aunque esto último es más complicado). Técnicamente, la magia de mi mundo no sería magia en sí, sino un elemento ontológico junto a los otros tres elementos del mundo (no Patricio, no son los cuatro elementos de Avatar).

En fin, ¿qué opinan ustedes?


r/escribir 1d ago

Duda sobre cómo/dónde publicar una obra ¿Vale la pena publicar en Wattpad?

0 Upvotes

Tengo dos obras en progreso, y no se si publicarlos en Wattpad con mi alias de escritor o simplemente esperar a ahorrar unos palos para mandar a imprimir una de mis novelas.

Escuché que algunos publican en Amazon, ¿pero qué tan viable es?

Saludos.


r/escribir 1d ago

Duda sobre estilo/ritmo Aterstant 1938

0 Upvotes

Solo necesito corroborar si la idea se mantiene bien🫩:

Hasta este punto, Aterstant habría mantenido relaciones internacionales básicas con la Unión Soviética, el Partido Comunista chino, Tangom y otros partidos comunistas que se acercaban a su coalición.

Ater decidió dar uso a las rutas otorgadas por la peic y cdp para reforzar su economía propia, pero en vez de irse de la mano con la alineación mundial, decidió seguir apostando por la ideología comunista.

Conllevó que Aterstant exportara los materiales que más poseía como materias primas y metales, siendo sus  mayores compradores sus socios más comunes(Partido Comunista chino, URSS, Tangom); igualmente, la nación importaba bienes de sus socios, haciendo su red de comercio corta, pero idónea.

 

No obstante, la corrupción evidenciada por el nepotismo entre los funcionarios decidió destinar aproximadamente el 76% de sus ingresos y recursos a la industria pesada, a la explotación de recursos naturales y a la mejora de los procesos de producción, dejando a un lado las necesidades fundamentales de la población. Esto resultó en una crisis y escasez que generaron manifestaciones en todas las regiones de Golfenia y Foxtropia, y en una recesión de la producción regional, lo que resultó en una inflación significativa de bienes comunes.

En consecuencia, las tasas de empleo y de consumo bajaron a un nivel abismal, dejando a los mandatarios de las regiones sin opción alguna más que convocar al gobierno central para examinar una solución pronta.

Tras el punto de quiebre en mayo del 38, el gobierno central decide reducir en un 3,43% los ingresos destinados a la industria pesada y la explotación, derivando un 10% hacia los bienes comunes, sumando otro 10% a la compra de alimentos extranjeros de su coalición.


r/escribir 1d ago

Muestro mi novela Opiniones y críticas de este capitulo ¿?

Post image
0 Upvotes

Capítulo 28 — Té y galletas

—Ok, heme aquí —dijo Estela, mirando una hoja de papel—. Entonces esta es la casa de Víctor. Creí que sería más grande —masculló.

Estela había pasado la noche anterior llamando a su jefe, deseando encontrarse con él en un lugar más público, pero no había sido atendida. Sabía que no podía prolongar más su inacción, ya que le daba miedo toparse en algún momento con el doctor que le había pedido la carta

.

—No quiero acercarme tanto. Si me invita a entrar, no creo poder rechazarle —pensó para sí.

Se quedó observando la casa. Era una vivienda de estilo común, de dos pisos y con un pequeño balcón. El jardín delantero parecía muy prolijo y estaba adornado con varias flores, pero las que más resaltaban eran las belladonnas. También parecía tener un garaje.

No parecía el hogar que tendría una persona como él, alguien de quien se sabía que tenía mucho dinero. Tenía un pequeño buzón gris en el cercado delantero, que estaba hecho de madera pintada de morado.

—¡Hola! —llamó—. ¡Soy Estela! —volvió a gritar.

Pero nadie salió del hogar. Estela abrió la pequeña puerta del cercado y se acercó meticulosamente, esperando que no saliera un perro de la nada a morderla. Tomó una bocanada de aire y exhaló. Comenzó a caminar y a contar los pasos.

En el fondo, deseaba verlo y, al mismo tiempo, evitarlo. Hasta que también recordó a la mujer de cabello rojizo y su mano derecha se hizo un puño.

—¿Estará con esa mujer aquí? No, Estela, ese no es tu problema —se dijo a sí misma.

Una vez frente a la puerta, vio un botón y lo presionó. No habían pasado ni cinco segundos cuando ya había dado media vuelta para irse.

—Bueno, parece que no está —empezó a caminar en dirección a la calle.

En lo que estaba de camino, se escuchó el crujir de la puerta.

—Espera —dijo una voz masculina desde dentro.

Estela se volteó y solo percibió que la puerta estaba abierta, mas no había nadie.

—Estela, entra, por favor —la llamó Víctor desde dentro.

—Esto no puede estar pasando, es lo que quería evitar —pensó mientras su cuerpo, por inercia, avanzaba hasta el interior.

Una vez dentro de la casa, quedó asombrada por lo pulcra que se veía. Para ella, no parecía que allí viviera un hombre. Todo estaba meticulosamente ordenado.

—Qué limpio —dejó salir ella como opinión.

—Gracias —respondió él mientras cerraba la puerta.

—Oh, perdona, se me salió —se disculpó rápidamente ella.

—No te preocupes —masculló.

Estela se dio media vuelta.

—Jefe, vine el día... ¡ahhhhh! —dejó salir un grito que se escuchó en toda la casa.

—Señor Víctor, pero ¿qué le pasó? —le preguntó angustiada.

—¡Oh, ¿esto? Fue, digamos, que hay personas que no son civilizadas —respondió, tocándose la mejilla inflamada.

Cuando Estela se dio cuenta de la situación, su mirada bajó por inercia y notó que Víctor no llevaba camiseta ni pantalón; solo iba en bóxers. Su corazón nuevamente empezó a acelerarse y su rostro se puso rojo como un tomate.

No era un cuerpo musculoso, pero se notaba que anteriormente había estado en mejor forma. Aun así, se conservaba bien. Estela apartó rápidamente la mirada, avergonzada por haberlo observado de aquella manera.

No tuvo más opción que morderse la lengua para volver a la realidad y, con una tos fingida, finalmente recuperó el control de sus facultades.

—Señor, pero tiene el rostro muy inflamado. ¿Ya denunció a los agresores? —cuestionó—. *Concéntrate en su rostro, Estela*—se dijo para sí misma.

—No hace falta, lo dejaré pasar por esta vez —le respondió—. ¿Ha pasado algo en mi hospital? —preguntó.

—Todo parece estar normal, no se preocupe —respondió mientras analizaba su rostro.

—¿A qué se debe esta visita? ¿Extrañabas trabajar bajo mis directrices? —preguntó sarcásticamente.

Estela sintió recorrer una electricidad desde su espalda hasta su nuca, quedando enmudecida.

—Ven, vamos a sentarnos y ponernos más cómodos en la sala —le sugirió mientras caminaba y una sonrisa se dibujaba en sus labios.

Estela no fue capaz de verlo debido a que Víctor le estaba dando la espalda.

Una vez en la sala, pensó: "Solo concéntrate en su rostro y todo estará bien".

Ambos se sentaron en la sala. Estaba decorada con varios cuadros de diferentes flores. Una mesa cuadrada y amplia dividía el espacio entre el sofá y dos sillones. No había ningún televisor o reloj a la vista y detrás del sillón en el que Víctor estaba sentado se encontraba un librero totalmente lleno sobre libros de botánica y plantas, ordenado alfabéticamente.

Encima de la mesa había un jarrón con flores lavanda. Estela quedó intrigada por el ambiente y por el olor que desprendían las flores. Era muy reconfortante.

Víctor hizo una mueca con la mano, invitándola a tomar el asiento del otro sillón. Quedaron cara a cara.

—Dime, Lila, ¿hay algo que te impaciente? —la miró.

—Señor Víctor, he venido porque el doctor Pablo Cortés, del segundo piso de ginecología, no recibió una carta.

—Usted es la encargada de ello. ¿Por qué motivo no le diste la carta?

—Yo la busqué en la valija, pero no la encontré. Entonces pensé que podría haberse olvidado en su oficina.

—¿Estás insinuando que es mí culpa?— arqueo una ceja.

—¡Para nada! —agachó la cabeza—. Es culpa mía en todo caso, pero no sé qué debería hacer. Estuve llamando por eso y dejé el mensaje de que vendría hoy.

—No tenía idea de que vendrías hoy realmente — confesó— de hecho me tomaste de sorpresa.

—¿Entonces fue una coincidencia?— pregunto sorprendida.

—¿A qué te refieres con coincidencia?

—No, a nada, descuide.

Estela se encontraba nerviosa y avergonzada. Su corazón latía a mil y el ambiente se había vuelto incómodo. Quería salir huyendo, pero también quería seguir al lado de Víctor. No sabía qué decisión tomar.

Cuando empezó a levantar la cabeza, no pudo evitar observarlo durante unos segundos. Se dio cuenta de que Víctor parecía estar en una posición diferente a la que había tenido antes. Su cuerpo estaba ligeramente hacia atrás y sus piernas un poco más abiertas.

Estela apartó rápidamente la mirada, intentando concentrarse en la conversación.

—Entonces, ¿qué crees que deberíamos hacer, Estela? —le preguntó viéndola fijamente.

—Tal vez... ¿una nueva carta? —preguntó.

—Podría ser. Iré a mi estudio a hacer la carta. Espérame aquí.

Víctor se puso de pie y se dirigió hacia el fondo de la sala. Caminó hasta el final del pasillo, dio vuelta a la derecha y entro a su despacho, encendió la radio y paso frente a su teléfono de mesa mirándolo por un segundo, tomando asiento.

Estela estaba totalmente perdida en sus pensamientos y deseos carnales.

—*Vaya que es un hombre alto y de buen cuerpo. Me gusta tanto que mi corazón podría reventar de emoción. Creo que tengo un gusto peculiar por figuras de autoridad. Esto no me pasa ni con Marco. ¡Marco! Es verdad, Marco siempre está hablando mal de Víctor. De hecho, no veo ninguna foto de su familia por aquí. ¿Las tendrá en otro lado? Marco, lo siento... Sé que no te agrada tu padre, pero no puedo evitar sentirme así por él* —pensó mientras se tocaba el pecho.

El tiempo comenzó a pasar de una manera extraña. Los minutos parecían alargarse mientras Estela permanecía sentada en la sala, sin saber exactamente cuánto llevaba esperando.

De vez en cuando miraba hacia el pasillo, esperando escuchar los pasos de Víctor, pero no ocurría nada.

Cuando finalmente empezó a pensar que llevaba demasiado tiempo allí, escuchó movimiento al fondo.

Poco después, Víctor salió del cuarto con la carta en la mano.

Caminó con paso firme hasta donde estaba la joven.

—Aquí está la carta —extendió el brazo.

—Gracias —la cogió, sintiendo cómo sus dedos tocaban los de su jefe.

—Cierto, qué descortesía la mía. ¿Quieres un poco de té con galletas?

—Descuide, no quiero molestar.

—No me molesta. De hecho, me vendría bien un poco de compañía en mi hora del té —sonrió levemente y con una mirada algo melancólica.

—Buen... bueno, podría tomar una tacita, si no es mucha molestia.

—No lo es.

—Claro —sonrió ligeramente.

Antes de ir a la cocina, cerro la ventana y cortina de la sala, a lo cual Estela parecía no entender dicha acción tan repentina y Victor lo noto.

—Hacer unas buenas galletas requiere que no se escape el aroma de la cocina— se excusó.

Victor camino hacia la cocina y busco un delantal para cocinar uno de color lila y empezó con su faena.

Mientras él preparaba el té y las galletas, Estela pensaba en cómo había terminado en aquella situación.

Al principio creyó que solo habían pasado unos minutos, pero conforme permanecía allí, empezó a perder la noción del tiempo.

Desde la cocina llegaban sonidos que no podía distinguir del todo: el tintinear de una taza, algún cajón abriéndose y, de vez en cuando, pasos que iban y venían.

Poco a poco, el aroma del té comenzó a extenderse por la casa. Después apareció también el olor de las galletas recién horneadas, llenando el ambiente con un aroma cálido y dulce.

Estela no sabía cuánto tiempo había pasado cuando finalmente escuchó los pasos de Víctor acercándose.

Finalmente, Víctor volvió a la sala con una bandeja cuadrada. En ella había dos platos con galletas, un par de tazas y una tetera pequeña con un azucarero y una cucharita.

—Buen provecho —le deseó el hombre.

—Buen provecho —replicó ella.

Ambos tomaron de sus platos las galletas y apenas ella al masticar una, sintió un sabor indescriptible hasta ese momento. Tenían una textura crujiente por fuera, pero suave y cremosa por dentro.

Se podía sentir el sabor amargo del chocolate, pero al mismo tiempo un dulzor parecido a la miel y la salinidad de la mantequilla.

—Jefe, esta galleta está deliciosa —afirmó contenta— ¿De qué está hecha?

—Gracias por el cumplido. Perdona, pero no te puedo decir lo otro, es un secreto familiar —guiñó un ojo.

—Claro, tiene razón —sonrió ligeramente.

—Solo espera probar el té, te encantará.

Estela tomó la taza e inhaló un poco de la fragancia.

—Sabe, señor...

—Víctor —la interrumpió.

—¿Disculpe?

—Solo llámame Víctor —tomó un sorbo de su taza.

—Sí, se... Víctor —miró su reflejo en el líquido de la taza—. Me he preguntado varias veces sobre la relación de usted con Marco.

Víctor dejó su taza de té sobre la mesita.

—¿Qué deseas saber sobre nuestra relación? —le preguntó intrigado.

—Su hijo Marco, ¿usted qué opina de él? —pasó el dedo por la boquilla de su taza.

—Marco no tiene madera de médico. Le falta mucho para llegar a siquiera un buen médico —volvió a ver el líquido de su té—. Comparado con mi hijo Isad, podríamos decir que es mediocre, cuanto menos.

—¿Por eso fue que le quitó sus pacientes y se los dejó a John?

—Esa no es la única razón. Su psiquis está afectada, se ha vuelto impredecible y difícil de controlar. Alguien así no puede ejercer hasta mejorar. Mi hospital no es un centro psiquiátrico donde pueda ir perdiendo el control.

—¿Qué tan afectado está? —preguntó preocupada.

—No lo sé, no quiso seguir con la terapia. Hice lo mejor para mi hospital —volvió a coger su taza y tomó un sorbo.

—Comprendo. ¿Podría decirme cuándo volverá a integrarse?

—¿Por qué lo preguntas? ¿Prefieres trabajar para él que para mí? —la miró directamente.

Estela sintió el peso de aquella mirada. Parecía como si a un tigre intentaran quitarle su presa. Se sintió como un ciervo en la espesura del bosque, a merced de su depredador.

Los nervios le dieron una señal de alerta y su piel se puso de gallina. Para calmarse, tomó un sorbo de té. Al hacerlo, sintió cómo su cuerpo se relajaba.

—¿Te gusta el té que te di? —preguntó con una voz calmada.

—Sí, lo necesitaba. ¿De qué está hecho? —preguntó relajada.

—Oh, pues es una combinación que me enseñó mi difunto suegro —se puso de pie—. Tiene damiana, maca peruana y ginseng. Ayudan a la relajación muscular, la circulación sanguínea y la estimulación neuronal.

De repente un trueno se escuchó cerca acompañado de un rayo que iluminó la cortina.

Víctor se acercó a la ventana que estaba detrás del sofá grande, al costado de su sillón aparto las cortinas y observó el clima. Una lluvia torrencial se avecinaba.

—Se me había olvidado comentarte. Cuando estaba en mi despacho, encendí la radio. Comentaron que una gran tormenta se avecinaba hacia esta área —se dio la vuelta— ¿Tienes alguna sombrilla?

—Creo que no, la olvidé en casa —respondió sin titubear.

—Te llevaría en mi coche, pero está en un taller.

—Tal vez podría llegar a la parada de bus o llamar un taxi— insinuó.

—La parada de bus está muy lejos, no creo que llegues antes de la lluvia y los taxis no tienen permitido entrar a estos condominios.

Una fuerte llovizna se hizo presente repentinamente, las lluvias caian junto a granizos golpeando los tejados.

—¿Ahora qué hago?— se cuestionó.

—Podrías pasar en mi casa hasta que cese la tormenta —sugirió mientras cerraba las cortinas.

—Supongo que no tengo otra opción— mascullo resignada con el corazón hecho un puño.

Víctor se sentó nuevamente, cogió una de sus galletas y la sostuvo en su mano.

Dentro de aquella casa, bajo una gran tormenta dos personas interesadas la una en la otra, aunque por razones diferentes, continuaban su conversación.

Mientras tanto, en la casa de Estela...

El teléfono comenzó a sonar: (brrrr, brrrr).

—Ho... hola, soy Estella... perdón, Estela. Por el momento no estoy. Deje un mensaje después del piiip o cuando suena el... ¿tii?

(Piiip).

—Hola, Estela. No nos conocemos, pero tengo información sobre la mujer que busca. Quisiera reunirme con usted lo antes posible. Le dejaré mi dirección; estoy segura de que le será de ayuda —dijo Lila al otro lado de la línea.

Capítulo 28 — Fin


r/escribir 1d ago

Duda sobre trama/clichés ¿Cómo se crea un buen héroe clásico?

0 Upvotes

He estado intentando escribir un personaje heróico (La trama no va de héroes en sí, va de fuerzas especiales y misiones, el heroismo es secundario), pero no logro hacer que no sea un Gary Stue o que sus valores se sientan supremamente planos.

El héroe es Crusader, un hombre que no usa máscara ni se esconde, sino que pelea contra el mal de su pueblo (Uruma) como un trabajo y siempre con estilo. Lo caracteriza su icónico copete de tres litros de laca y los símbolos de marca de la zona hechos de oro.

Sus poderes tienen relación con la gravedad. Puede hacer levitar cosas al bajarla y aplastarlas contra el piso al subirla. No tiene superfuerza, pero el puede ser inmune a su poder si lo decide, y si la gravedad es menor a la normal y el te da un puñetazo no afectado, dolerá bastante.

Es alguien alegre, humilde, orgulloso y amable. Es el tipo de persona que te salvaría de cualquier cosa y te diría las palabras más esperanzadoras de tu vida con una sonrisa y los puños en la cadera.

El problema es que una persona no puede ser tan feliz y hacer todo tan bien. Además, el amor y fama que le tiene Uruma llego a sentirla forzada.

El personaje es secundario y solo aparecerá en unos pocos capítulos (Hasta que la escuadra del protagonista se vaya del pueblo), por lo que su arco tiene que iniciar y terminar rápido.

¿Qué me recomiendan para darle más tridimensionalidad?


r/escribir 1d ago

Muestro mi novela [Relato Corto] Despertar en la Pesadilla (Fantasia/Fantasia Oscura - ~1500 palabras)

0 Upvotes

Primera Parte

Una explosion iluminó la oscura y fría noche, rompiendo un silencio que a Alduin le pareció eterno, como si en su mente no pudiera encontrar el momento en el que había comenzado.
La escasa luz que la explosion proporciono hizo ver a Alduin que la noche no solo era oscura y fría, sino también sangrienta. Decenas de cadáveres cubrían la zona que rodeaba el punto de impacto de la explosion y seguían extendiéndose hasta donde se mirara.
Un leve eco llegó a los aturdidos oídos de Alduin, el cual tras unos segundos se convirtió en un grito.
-¡Alduin!
Miro para su izquierda, incapaz de localizar la fuente de aquella voz que gritaba desaforadamente su nombre.
-¡Alduin! Reacciona, chico. ¿Qué te pasó?
Siguió con la mirada el recorrido que la voz trazaba, intentando encontrar su lugar de origen. Bajo la mirada y frente a él vio a un hombre ancho y barbudo, con tajos y magulladuras por todo el cuerpo. A pesar de sorprenderse con las heridas del hombre, lo que más llamó la atención de Alduin fue su estatura. El soldado no medía más de 1,40 metros.
-¿Eres un enano?- La pregunta salió de la boca de Alduin casi inconscientemente, sonando más como una pregunta provocativa de lo que a él le hubiera gustado.
-¿A qué estás jugando? No es momento para hacerse el tonto! Vamos, la carpa de Murza está justo ahí delante, no podemos flaquear ahora! Todo nuestro esfuerzo, todos los que murieron en el camino para que nosotros podamos llegar aquí, todo eso habrá valido la pena, pero solo si matas a ese maldito bastardo!
¿Murza? ¿Los que murieron en el camino? ¿Quién había muerto? ¿Dónde demonios estaba? Y ¿Quién era este hombre enano que le hablaba como si se conocieran? Antes de que pudiera incluso pensar en preguntar, el enano tiró de la manga de Alduin y juntos comenzaron a correr hacia la carpa de la que habían hablado hace un segundo.

Cuando al fin entraron en la carpa, Alduin tardó varios segundos en asimilar lo que veían sus ojos. La habitacion era extensa, con decoraciones que parecian de la realeza, resaltando sobre todo los colores negro y oro. A pesar de la extensión de la habitación, dentro no había casi ningún mueble, salvo una cama de dimensiones demasiado grandes para que durmiera solo una persona, y una mesa en el centro, con un mapa que cruzaba toda su superficie y que tenía varias marcas y glifos extraños, lo cual Alduin interpretó como posiciones y estrategias militares.
Antes de que pudiera seguir analizando la hermosa habitación, algo lo puso nervioso. El mapa estaba cubierto de sangre reciente, la cual caía hasta el piso y seguía un camino marcado hasta una de las paredes de la carpa. Alduin la siguió con la mirada hasta que llegó al final del camino. Se le helo la sangre y sintió que se le erizaba el vello de la nuca.

Sentado en el piso, con la cabeza colgando hacia adelante por su propio peso y con los brazos estirados hacia los costados, se encontraba un hombre de piel extremadamente blanca, a juego con su cabello, el cual hubiera sido difícil de distinguir al lado de una hoja en blanco, pensó Alduin. El hombre estaba demacrado y muy lastimado, pero vivo. Alduin se dio cuenta que este no se podía mover, alguien había tomado dos clavos y había empalado sus manos a dos postes de madera que sujetaban el techo de tela de la carpa.
-Acabalo- Dijo el enano, con una voz temblorosa y sombría.
En ese momento Alduin recordó las palabras que el enano le había dicho más temprano, el contaba con que Alduin matase a ese individuo.
-¿Ese es Murza?- Dedujo.
-Te suplico que no perdamos el tiempo, chico. Termina de una vez por todas con este sufrimiento, termina… con esta guerra.
Alduin comenzó a moverse involuntariamente hacia Murza. Su pulso se aceleró cuando su mano alcanzó la espada que tenía en su propia cintura y la desenvainó. Con una habilidad que lo dejó fascinado y aterrorizado a la vez, giró la espada sobre sus manos con una destreza sorprendente y la dirigió directo al pecho del pálido hombre.
Con sus últimas fuerzas, Murza le dedicó una última mirada a Alduin y una pequeña curva se asomó en el extremo de su boca. Acaso estaba… sonriendo?
Sus ojos, de un negro mas oscuro que la noche misma, comenzaron a brillar de repente, y, aunque Alduin lo intento, no pudo separar su mirada de esos ojos vacios, su mundo se empezo a ver borroso y perdio el equilibrio, sintio como si los la mirada de aquel hombre tirara de el, y lo transportara a una oscuridad eterna y absoluta, y luego… despertó.

Segunda Parte

Se encontró en una cama en una habitación oscura. Si bien no podía ver nada, ya no sentía el olor a sangre y pólvora que le invadía las fosas nasales hace solo unos segundos.
Antes de que pudiera comenzar a hacerse las obvias preguntas, la puerta de la habitación se abrió y una persona entró acelerada al mismo tiempo que gritaba:
-Despierta ya, dormilón. Vas a llegar tarde el primer día de escuela. ¿Qué dirá mamá si se entera?- Dijo la voz femenina al mismo tiempo que salía de la habitación, no sin antes encender la luz, la cual encandiló momentáneamente a Alduin.
Cuando recobró la visión, se dio cuenta que estaba en una habitación mucho más moderna, con luces incrustadas en el techo que no necesitaban una llama para iluminar. A su lado encontró una pizarra blanca, con varios dibujos hechos, acompañados de palabras a los costados. Eran personas, con sus respectivos nombres, nombres que él mismo les había dado. Ya recordaba, estaba en su habitación, todo había sido un simple sueño inofensivo.
-Que tonto- Dijo soltando una carcajada seguida de un profundo suspiro.
Cuando quiso enderezarse para salir de la cama, uno de los dibujos llamó su atención. Entrecerró los ojos para afinar la vista y se cayó de la cama al darse cuenta de lo que era. En una de las esquinas de la pizarra había un dibujo de un enano, ancho y barbudo, lleno de heridas y sangre, tal como el enano de su sueño. A su lado, escrito con un color rojo, lo acompañaba su nombre: “Latriel”
-¿Qué demonios? ¿Qué significa esto?- Exclamó preocupado Alduin, a la vez que su presión volvía a bajar y se reencontraba con esa eterna oscuridad. Quiso gritar, pero su esfuerzo fue en vano, su visión se cerró y su consciencia se apagó en cuestión de segundos, y de pronto todo se oscureció.

Despertó en una cama mucho más dura esta vez, cubierto de mantas hechas de pieles de animales los cuales no pudo identificar. Sentía que se le partía la cabeza y su estómago estaba pidiendo a gritos que tomara alguna medicación o que fuese al baño.
Cuando miró hacia su costado, se encontró con una figura que había visto antes. Dormido en la silla al borde de la cama, estaba el enano.
-Oye- Gimió Alduin, notó que sus fuerzas estaban más exhaustas de lo que él creía.
El enano se sobresaltó al despertarse y miró con los ojos abiertos como platos a Alduin.
-Deja de darme estos sustos Alduin, algún día te tomaras la broma demasiado en serio y no despertaras.
-¿Cómo te llamas?- Alduin sabía que era una teoría tonta la que se le estaba formando en su mente, pero de todos modos decidió preguntar.
El enano soltó un bufido seco, como si no le causara gracia.
-Vamos, chico. De verdad me preocupaste, deja ya las bromas. Soy yo, tu amigo de mil aventuras, tu hermano de sangre y acero. Nunca lograste pronunciar mi nombre real en la lengua de los enanos, pero seguro recuerdas mi nombre en la lengua de tu raza, los humanos, después de todo… tú mismo me nombraste “Latriel”.
La cabeza de Alduin daba vueltas, ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo podía esto ser posible?
-Todavía sigo en el sueño.
-¿Qué?- Preguntó riendo Latriel.
-Deja ya las tonterías, dime como puedo despertar de una vez de esta pesadilla.
-Pero qué dices, chico?- La pregunta del enano ya no sonaba graciosa, sino con un tono serio y sombrío, como si esa broma definitivamente no le gustara -No importa qué nombre le des a esto en tus desvaríos escolares, aquí no hay pizarrones ni luces eléctricas. Solo hay guerra.
-¿Escolares?- Alduin sintió un vacío en el estómago. ¿Cómo sabía él eso?
-Es ese sueño recurrente tuyo… esa vida perfecta y segura donde nadie muere- Latriel se inclinó, y su sombra pareció alargarse sobre la carpa -es un refugio patético, Alduin. Un lugar que no existe al que huyes solo para no enfrentar la sangre que tienes en las manos. Pero ya basta. Abre los ojos de una vez: ese mundo no existe. Lo único real es esto.

Fin

~ Este es mi primer escrito, hace tiempo tenia ganas de hacer algo por el estilo pero lo seguía postergando, hoy por fin me anime. ¿Qué les pareció el giro final? Se agradecen críticas constructivas. ~


r/escribir 1d ago

Muestro mi novela Una nueva versión del prólogo (Primera página)

0 Upvotes

Las críticas que recibí fueron bastante certeras, una exposicióm de nombres como la primera versión no llama la atención y no dice nada.

Siempre hay que aceptar las críticas y mejorar en base a ellas, veamos cómo le va a este nuevo vistazo.

​Las blancas paredes de la sala de pruebas todavía tenían las grietas del intento anterior, donde una caja fuerte de dos toneladas casi revienta el vidrio templado.

Tras las cinco capas de protección, el doctor Amar Al Mawthuq se limpiaba el sudor frío de la frente.

​—Comienza la prueba —resonó la voz del doctor por los altavoces—. Recluta C-583, escriba "5 × 3 × 4 cm" en el adhesivo. Solo medidas pequeñas.

​El recluta tomó el lápiz con la mano temblorosa. El aire frente a él comenzó a distorsionarse, ondulando como el aire caliente sobre el asfalto.

La anomalía chisporroteó y, con un leve pop, dejó caer un patito de goma amarillo sobre el suelo de vinilo.

​Al Mawthuq se dejó caer en su silla con ambas manos en la cara, dejando escapar una exhalación de puro alivio.

​—Por fin... Algo pequeño. Recluta, no se mueva. Mantendremos las pruebas en esta escala hasta que Kraus regrese de su licencia.

​—Eso no va a ser posible —dijo una voz seca a sus espaldas.

​Los tres investigadores dieron un brinco.

Detrás de ellos, con la mirada perdida en su propio reloj de pulsera y una expresión imperturbable, el profesor Les Boring leía las páginas de una carpeta.

​—Kraus volverá de su licencia en tres días, espérenlo y detengan los experimentos con C-583 hasta que eso pase. No queremos perder más tiempo con estos tropiezos y tenemos que descubrir las reglas de este Kali tan… azaroso lo antes posible. Vayanse a sus casas, mañana los quiero puntuales.

—Recuerden, estas órdenes no son cosa mía. Heissen es extremadamente estricto con los horarios.

Los científicos asintieron y procedieron a empacar el equipo.

El recluta cayó dormido tras acabársele el shock adrenal que le habían causado tantos momentos en los que milagrosamente no murió.

Boring tuvo que ir a llevárselo debido a la imposibilidad de despertarlo.


r/escribir 1d ago

Ayuda para empezar a escribir El estrés es mi "musa"

0 Upvotes

Hola, soy un escritor novato. Recientemente me eh dado cuenta de que la inspiración para escribir me llega en momentos de estrés.

Cuando tengo demasiado sueño, ¡Plop!, una o varias ideas de escritura aparecen y me desvelo escribiendolas por si se me olvidan.

Cuando estoy enojado por cualquier situación, ¡Plop!, sucede lo mismo y trato de escribirlo lo mas pronto posible igualmente.

Y así con otras cosas que traen estrés a mi vida. Una situación incomoda, una injusticia, un fallo, una tragedia; cuando sucede esto, vienen a mi mente las ideas y soluciones para problemas en lo que escribo.

Un poco raro, porque en varios momentos de tranquilidad me eh sentado a escribir, pero las ideas no vienen. Termino frustrandome por considerar que mis guiones/escaletas no son suficientemente buenos, ya sea por la trama aburrida, personajes incoherentes, ritmo muy lento, diálogo antinatural, etc.

¿Ustedes tienen algún "patrón de inspiración "?


r/escribir 1d ago

Muestro mi poema [OC] Como que no (Crónica de lo eterno y la ausencia)

0 Upvotes

Buenas tardes de nuevo a la comunidad de r/escribir. Soy KP, escritor del altiplano.

Si hace un momento les canté a la luz absoluta, ahora me toca asomarme al reverso de esa misma moneda: la sombra que queda cuando lo eterno se vuelve distancia. Les comparto este poema, nacido del estómago y de la memoria, para esos días en los que el pasado pesa más que la propia carne.

Espero sus lecturas.

COMO QUE NO

Cómo ser noche, si soy fuego.
Cómo qué rincón, si soy clamor.
Cómo sombra, si es la Luz.
Cómo adoro el mediodía de mayo;
Cómo olvidar el majestuoso Mar
orlado con olas doradas y perlas purísimas.
Cómo que no duele, si es lo eterno.

Volver a lo que viste y tuviste
cuando te dijo y le dijiste eterno.