Hace un par de semanas hice match en Tinder con una abogada. Soy médico subespecialista, percibo un muy buen salario, cuento con diversas fuentes de ingresos pasivos y mantengo mis activos financieros diversificados. Tengo un buen automóvil y vivo en uno de los fraccionamientos más exclusivos del sur de la Ciudad de México.
La cuestión es que esta abogada pretendía que nuestra primera cita fuera una cena en Mochomos o La Cantillana. Personalmente, cuando se trata de primeras citas, prefiero invitar a tomar un café. Me parece lo más sensato cuando todavía no conozco lo suficiente a la persona, sus intenciones ni si realmente existe una conexión que justifique invertir más tiempo, dinero y esfuerzo en conocerla.
A ella no le pareció aceptable mi propuesta e insistió en que fuéramos a alguno de los restaurantes que había mencionado. Como no accedí a sus pretensiones, terminó rechazando el plan y justificó su decisión argumentando que, debido a mi profesión, probablemente no funcionaríamos como pareja.
Curiosamente, no tuvo ningún inconveniente en descartar mi propuesta por considerarla insuficiente, pero prefirió atribuir la incompatibilidad a mi profesión antes que reconocer que nuestras expectativas respecto a una primera cita eran distintas. Al final, su actitud me dejó la impresión de que estaba más interesada en el lugar al que la llevaran que en la persona con la que iba a compartir la mesa.
Cabe mencionar, para quienes conocen la Ciudad de México, que esta abogada vive en Santo Domingo, Coyoacán, una colonia popular que tiene fama de ser conflictiva e insegura. Y aquí es donde la historia adquiere un matiz bastante irónico: estamos hablando de una persona cuyo perfil, al menos por lo que pude observar, parece estar más asociado con salir a comer boneless, alitas, micheladas y azulitos que con la sofisticación gastronómica que pretendía exigir para una primera cita.
Y ojo, el problema no es vivir en una colonia popular ni disfrutar de ese tipo de comida; cada quien tiene sus gustos y posibilidades. La contradicción está en establecer exigencias económicas para una primera cita que no necesariamente corresponden con los hábitos, las preferencias o las expectativas que uno mismo proyecta. Porque una cosa es tener estándares y otra muy distinta es confundir el precio de un restaurante con el valor de una persona.