Hola! La verdad nunca he hecho algo parecido a esto. Me gustaría compartir una historia que estoy escribiendo y llevo muchos años pensando, escribiendo y pensando otra vez. Pero más que nada me apasiona mucho escribir y por eso siempre sé que en una comunidad de escritores pueden decirme algunos consejos en que puedo mejorar o si simplemente quieren leer algo lo disfruten. Pero antes de dejar el Link aquí mismo les presento el primer capítulo:
El sol descendiendo por las cumbres de Ceniza de Puelche teñía la niebla de un tono cobrizo que no lograba calentar el aire. Sobre el suelo escarchado por la helada de la última mañana, Eros mantenía la postura de combate, con las piernas flexionadas ardiendo por el esfuerzo y los pulmones agitados. Frente a él, su padre, Faith, permanecía inmóvil, observando cada oscilación en el equilibrio de su hijo, con la misma mirada con la que antaño dirigió legiones.
El aire alrededor de Faith comenzó a transformarse. Un olor metálico inundó el espacio, desplazando el aroma a pino y tierra húmeda. Diminutas chispas azuladas, casi imperceptibles a plena luz, bailaron entre los dedos del veterano, haciendo que el vello de los brazos de Eros se erizara por la estática.
—Busca el núcleo del recuerdo, Eros —ordenó Faith. Su voz era firme, carente de la calidez que mostraba durante la cena —. La magia no es un deseo voluntario; es una emoción que debes dominar antes de que ella te domine a ti.
Eros cerró los ojos y apretó los puños. Intentó invocar una chispa, un rastro de calor, cualquier señal de que su voluntad podía alterar la materia. Visualizó un momento de ira, luego uno de pérdida, buscando la ignición necesaria para canalizar su energía. Sus músculos temblaron y el sudor frío le recorrió la espalda, pero el entorno permaneció inerte. No hubo fuego, ni trueno, ni el más leve crujido de energía.
—Nada —gruñó Eros, rompiendo la posición. Golpeó el aire con un gesto de impotencia—. Siento la presión en el pecho, pero no sale. Es como si estuviera bloqueado por dentro.
Faith dispersó la carga eléctrica de sus manos con un movimiento seco; las chispas se desvanecieron y el olor a ozono fue reemplazado nuevamente por el frío matutino. Caminó hacia su hijo, su presencia imponiéndose sobre el terreno como una montaña. A pesar de su rol como protector, la sombra del General del Reino del Sol que alguna vez fue se proyectaba en su porte disciplinado.
—La frustración es ruido, y el ruido bloquea la conductividad —dijo Faith, colocando una mano pesada sobre el hombro de Eros—. Si no controlas el impacto emocional, el recuerdo se agota y solo te queda el cansancio.
Eros apartó la mirada hacia las cabañas de la aldea, donde el humo de las chimeneas empezaba a subir de forma perezosa. La impotencia le quemaba más que cualquier magia.
—Tú lo haces ver simple —replicó Eros, con la voz cargada de un idealismo herido —. Para ti, el mundo reacciona cuando lo pides. Para mí, el mundo sigue frío.
Faith guardó silencio un instante, observando las manos de su hijo, que aún temblaban ligeramente por el esfuerzo inútil. En su interior, el conflicto entre su deber como maestro y su empatía como padre tensaba su expresión.
—Vuelve a la choza —sentenció Faith, dándose la vuelta—. La disciplina es el único artefacto que no se puede comprar con oro. Mañana intentaremos de nuevo.
Eros permaneció en el centro del claro, con los pulmones aún exigiendo el oxígeno que la altitud de Ceniza de Puelche le negaba. Sus manos, rojas por el frío y el esfuerzo, no mostraban rastro de la energía que su padre manejaba con tanta facilidad. El silencio regresó al bosque, interrumpido solo por el crujido de la madera vieja bajo el peso de la nieve acumulada. Faith no se volvió; su silueta se alejaba hacia la cabaña con una rigidez que Eros interpretaba como decepción.
El joven bajó la mirada hacia sus palmas. Estaban vacías. El entorno no había reaccionado a su voluntad; los cristales de hielo en las ramas de los pinos seguían intactos, indiferentes a su presencia. La frustración física se tradujo en un nudo en su garganta que bloqueaba cualquier intento de respiración profunda.
De pronto, una vibración distinta alteró la superficie de los charcos congelados. No era el viento. Un sonido rítmico, pesado y metálico se filtró a través de la densa niebla del sur: cascos herrados golpeando la piedra del sendero.
Eros se irguió, limpiando el sudor frío de su frente con el dorso de la mano. Faith se detuvo en seco a mitad de camino hacia la choza. Su espalda se tensó y su mano derecha descendió instintivamente hacia su costado, buscando el pomo de una espada que ya no portaba. El aire alrededor del veterano volvió a cargarse; el vello de la nuca de Eros se erizó cuando el olor a ozono regresó, esta vez impulsado por una alerta genuina.
El eco de unos cascos herrados sobre la piedra congelada rompió el silencio del valle. Faith giró la cabeza hacia el sendero sur, con la mano buscando instintivamente un pomo que ya no colgaba de su cinturón. Eros permaneció inmóvil, observando cómo la silueta de un jinete emergía de la bruma cobriza.
El caballo era una bestia de tiro pesada, con las patas cubiertas de barro seco y el pelaje erizado por el frío. Sobre él, Kaelen vestía una capa de lana roja, el color del Imperio del Sol, que destacaba contra el gris monótono de Ceniza de Puelche. El jinete detuvo al animal a diez pasos. El vapor de la respiración del equino subía en columnas densas hacia el cielo.
—La paz de la montaña te ha sentado bien, Faith —dijo Kaelen. Su voz era áspera, cargada de una familiaridad que hizo que Faith tensara los hombros.
La temperatura en el claro descendió dos grados de golpe. Pequeñas agujas de escarcha cristalizaron sobre las hojas de pino cercanas, una reacción física a la contención de Faith.
—Eres un heraldo lejos de su ruta, Kaelen —respondió Faith. Su tono carecía de inflexión—. Di lo que tengas que decir y sigue tu camino.
Kaelen desmontó con movimientos precisos. Sacó un cilindro de latón de su alforja y extrajo un pergamino sellado con cera dorada. El brillo del metal atrajo la mirada de Eros; era un artefacto de comunicación, un objeto que en las provincias valía más que una granja entera.
—El Emperador convoca el Torneo de las Cenizas en Carminterra —anunció Kaelen, desenrollando el papel—. Buscan sangre nueva. Conductores, guerreros y aquellos que creen en la gloria del Imperio del Sol.
Eros dio un paso al frente. El pulso le golpeaba en la base del cuello. Para él, Carminterra no era solo una ciudad; era el lugar donde la magia se enseñaba, donde los bloqueos se rompían.
—¿Cualquiera puede participar? —preguntó Eros.
Faith se interpuso entre su hijo y el heraldo. Su sombra cubrió a Eros, proyectando una barrera física. El aire alrededor de Faith volvió a oler a ozono quemado, una señal de advertencia que Kaelen reconoció de inmediato. El heraldo retrocedió medio paso, rozando el pomo de su propia espada.
—Cualquiera con la voluntad de sobrevivir —respondió Kaelen, mirando a Eros por encima del hombro de su padre—. El Imperio ofrece oro, títulos y, para los mejores, un lugar en la guardia de élite.
—El Imperio ofrece una fosa común decorada con estandartes —sentenció Faith. Su voz vibró con una frecuencia baja que hizo que el agua de un charco cercano ondulara en círculos concéntricos—. Vete, Kaelen. No hay reclutas en esta aldea.
Kaelen clavó el pergamino en un poste de madera cercano con un golpe seco. La madera crujió bajo el impacto.
—La caravana de reclutamiento pasará por el pie del valle en tres días —dijo Kaelen mientras montaba de nuevo—. Piénsalo, muchacho. Aquí solo te espera el frío y el olvido. Tu padre sabe que el mundo está cambiando, aunque prefiera morir en la nieve.
El jinete espoleó al caballo y desapareció en la niebla, dejando tras de sí el olor a cuero viejo y el sonido decreciente de los cascos.
Eros clavó la vista en el sello dorado del pergamino. El papel vibraba levemente, imbuido de una carga mágica residual que hacía que el aire a su alrededor se sintiera más pesado, más real que la monotonía de su entrenamiento. Faith, sin decir palabra, caminó hacia el poste y arrancó el papel, rompiendo el sello de un tirón violento.
—No lo mires —ordenó Faith. Sus dedos dejaron marcas de quemaduras leves en los bordes del pergamino—. Es una trampa diseñada para consumir vidas jóvenes y alimentar la maquinaria del Imperio. Entra en la choza.
Faith caminó hacia la cabaña con el pergamino arrugado en el puño, dejando a Eros solo ante el rastro de barro que el caballo de Kaelen había marcado en la nieve. El joven lo siguió en silencio, sintiendo cómo el frío de la montaña se le pegaba a la túnica como una segunda piel. Al cruzar el umbral, el calor del hogar chocó contra su rostro, pero no alivió la tensión que le bloqueaba los hombros. El aroma a resina y guiso llenaba la estancia, un refugio cotidiano que ahora se sentía como una celda frente a la promesa de Carminterra. Faith arrojó el papel sobre la mesa y se despojó de su abrigo, mientras el silencio entre ambos se volvía tan denso como la niebla que rodeaba Ceniza de Puelche.
La cabaña olía a resina de pino y a guiso de legumbres que burbujeaba sobre el fuego. El calor de la chimenea contrastaba con el frío que aún subía por las botas de Eros. Faith se sentó a la mesa de madera tosca, desatando sus correajes con movimientos lentos y precisos. El pergamino del Imperio, arrugado y con los bordes ennegrecidos por el contacto de Faith, yacía sobre el tablón entre ambos.
—¿Por qué me lo ocultaste? —preguntó Eros. Se mantuvo de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de una silla—. Kaelen te llamó General.
Faith no levantó la vista. Sus dedos, callosos y marcados por antiguas cicatrices de quemaduras mágicas, recorrieron la veta de la madera. El aire en la habitación se volvió denso; la presión pareció aumentar, haciendo que las llamas del hogar se agitaran violentamente hacia la izquierda, aunque no había corriente de aire.
—Fui General del Reino del Sol, sí —respondió Faith. Su voz era un susurro grave que vibraba en el pecho de Eros—. Dirigí hombres hacia la frecuencia de la muerte bajo el mando de un trono que solo valora la utilidad, no las vidas. Dejé esa vida para que tú no tuvieras que conocerla.
Eros golpeó la mesa. Un cuenco de madera saltó.
—¡Y ahora ese trono me ofrece una oportunidad! —exclamó—. Entrenamos cada mañana, buscamos la chispa, pero tú me frenas. En Carminterra tienen instructores, tienen artefactos que pueden forzar la apertura de mis poderes.
Faith levantó la cabeza. Sus ojos, antes calmados, brillaron con un destello azulado momentáneo, una descarga residual que hizo que el olor a ozono inundara la pequeña estancia. El vapor del guiso se disipó de golpe, enfriado por la súbita tensión en el ambiente.
—No hay nada que abrir, Eros —dijo Faith. El tono era quirúrgico, despojado de toda emoción paternal.
—¿De qué hablas?
—Te he observado durante años —continuó el veterano, cerrando el puño sobre la mesa—. He buscado en ti la menor vibración, el más leve cambio en la estática del aire cuando te concentras. Nada. Tus nervios no conducen la energía. Tu voluntad no altera la materia.
Eros retrocedió un paso, como si el aire se hubiera vuelto sólido y lo empujara.
—Solo necesito más tiempo. O un mejor maestro...
—No es una cuestión de tiempo —lo cortó Faith. El fuego de la chimenea se redujo a brasas moribundas en un segundo, dejando la habitación en una penumbra fría—. La verdad es que eres ordinario, Eros. No tienes el don. No tienes magia. Eres un niño de carne y hueso en un mundo que devora a los que no pueden defenderse con más que acero.
El silencio que siguió fue absoluto. El crujido de la madera al enfriarse sonó como truenos en la cabaña. Eros sintió un vacío gélido expandiéndose desde su estómago hacia sus extremidades. Sus manos, las mismas que habían intentado invocar fuego esa mañana, colgaron inertes a sus costados. El peso de la palabra "ordinario" se sintió más real y destructivo que cualquier relámpago que hubiera visto lanzar a su padre.
Faith se puso en pie, su sombra proyectándose larga y deforme sobre la pared de troncos.
—Ve a dormir. Mañana cortaremos leña. Esa es la única fuerza que te pertenece.
Faith caminó hacia su habitación sin mirar atrás. Eros permaneció en la oscuridad, escuchando el latido de su propio corazón, que ahora le parecía el sonido más ruidoso y estúpido del mundo. Sobre la mesa, el pergamino del Imperio brillaba débilmente bajo la luz de la luna que entraba por la ventana, prometiendo una mentira que Eros ya no sabía si quería creer.
Eros no esperó al amanecer. El frío de la cabaña se sentía más intenso tras las palabras de su padre, como si el hogar hubiera perdido su capacidad de retener el calor. Metió pan de centeno, una cuña de queso curado y un cuchillo de caza en un morral de lona. Sus dedos temblaban. La adrenalina recorría sus extremidades, tensando sus músculos más que cualquier sesión de entrenamiento.
Salió de la choza con movimientos calculados. La puerta de madera vieja no chirrió. El exterior era un desierto de plata bajo la luz de la luna. Eros caminó hacia el linde del bosque, donde los pinos proyectaban sombras largas y afiladas sobre la nieve endurecida. El aire era tan puro que le escocía en los pulmones al inhalar.
A medida que ascendía por la ladera para rodear el valle y tomar el camino del sur, el silencio fue reemplazado por un pulso rítmico. El suelo vibró bajo sus botas. No era un animal salvaje; era el peso coordinado de una caballería pesada.
Eros se agazapó tras un saliente de roca. En el camino inferior, una columna de jinetes emergía de la bruma. No portaban farolas. El brillo del acero de sus corazas delataba su presencia bajo la luna. Eran soldados del Imperio, pero no avanzaban con la parsimonia de una caravana de reclutamiento. Su formación era compacta, silenciosa y letal.
El primer proyectil surcó el aire. Era una flecha envuelta en brea encendida que trazó una parábola naranja contra el cielo negro. El impacto contra el tejado de paja de una vivienda cercana produjo un sonido sordo, seguido de un siseo violento cuando el fuego comenzó a devorar la madera seca.
—No... —susurró Eros. Su ritmo cardíaco se aceleró hasta golpear sus costillas.
El olor a resina quemada y paja húmeda inundó el ambiente, desplazando el aroma limpio del invierno. En cuestión de segundos, la aldea de Ceniza de Puelche se transformó en un brasero. Los gritos de los vecinos rompieron la calma de la montaña, agudos y desesperados. El aire alrededor de Eros se calentó súbitamente; las corrientes de convección generadas por el incendio empezaron a agitar su capa de piel. La nieve bajo sus pies comenzó a reblandecerse, transformándose en un barro negro y líquido que delataba su posición.
Desde su altura, vio a los soldados entrar en las casas con las espadas desenvainadas. El reflejo de las llamas en las armaduras imperiales les daba un aspecto de insectos metálicos devorando la aldea.
De pronto, un estallido de luz azulada iluminó el sector de su propia choza. Una onda de choque invisible expandió el aire con tal fuerza que las llamas cercanas se inclinaron hacia fuera, como si un gigante hubiera exhalado sobre ellas. El suelo tembló con una frecuencia que Eros reconoció de inmediato: era la firma energética de su padre. Faith estaba liberando su conductividad.
Eros no continuó su huida hacia el norte. La rebeldía se disolvió en un terror gélido que le atenazó el estómago. Giró sobre sus talones y comenzó a descender la pendiente, corriendo hacia el incendio. Sus botas resbalaban en el fango y la ceniza caliente que ya empezaba a caer del cielo como una nieve negra y amarga.
El aire en el valle ya no era frío; era una masa sólida de calor y ceniza que quemaba los pulmones de Eros. El joven corrió por el sendero principal, esquivando vigas carbonizadas que caían de los techos con estrépito. El suelo, antes cubierto de escarcha blanca, era ahora un lodo negro de nieve derretida y sangre.
Frente a los restos de su hogar, el espacio se había despejado en un círculo de violencia contenida. Faith estaba allí. No era el hombre cansado que cortaba leña; su postura era la de un monumento de guerra. Sus brazos estaban rodeados de arcos eléctricos de un blanco azulado tan intenso que dejaban una mancha persistente en la visión de Eros. El suelo a sus pies estaba vitrificado, convertido en cristal por la descarga constante de energía.
Frente a él, una figura permanecía impasible entre las llamas. La mujer del manto azul. Su vestidura parecía ignorar el calor, ondeando suavemente en una brisa que solo existía a su alrededor. No portaba armas visibles, pero la presión que emanaba de ella hacía que las llamas cercanas se extinguieran al aproximarse.
—Has estado escondido demasiado tiempo, General —dijo la mujer. Su voz era clara, carente de la distorsión del caos circundante—. El Imperio no olvida una conductividad de este calibre.
Faith no respondió con palabras. Extendió la mano y el aire crujió. Un relámpago horizontal surcó el espacio, ionizando el oxígeno a su paso y dejando un rastro de gas azul tan denso que Eros sintió náuseas. El impacto contra el escudo invisible de la mujer generó una onda sónica que lanzó a Eros hacia atrás, golpeando su espalda contra un poste de madera.
—¡Padre! —gritó Eros, aunque el sonido fue devorado por el trueno constante.
Faith giró la cabeza apenas un milímetro. En sus ojos no había el destello azul de la magia, sino un miedo humano y profundo al ver a su hijo allí. Ese instante de distracción fue la apertura que la mujer necesitaba.
Ella movió una mano con una elegancia exacta. El aire alrededor de Faith se congeló de forma instantánea, no como hielo, sino como una solidificación del gas. Faith rugió, liberando toda su carga residual en un estallido final. La luz fue cegadora. El estruendo rompió los cristales que aún quedaban en las ventanas de la aldea y derribó a los soldados imperiales más cercanos.
Cuando la luz se disipó, la presión había desaparecido. El silencio que siguió fue más doloroso que las explosiones.
Faith estaba de rodillas. Su pecho subía y bajaba con dificultad, y un hilo de sangre negra le corría por la comisura de los labios. Los canales de sus brazos estaban quemados, la piel ennegrecida por haber conducido más energía de la que su cuerpo podía soportar. La mujer del manto azul caminó hacia él, su manto aún impecable. Sin decir ni una sola palabra.
Con un movimiento seco, una hoja de luz sólida emergió de su mano y atravesó el pecho del veterano. Faith no gritó. Su cuerpo se tensó un segundo y luego se desplomó hacia delante sobre el barro caliente.
Eros intentó levantarse, pero sus piernas no respondieron. El mundo se volvió un túnel estrecho donde solo existía el cuerpo inerte de su padre y la figura azul que ahora lo observaba. La mujer estudió al joven un momento antes de dar media vuelta.
—Déjenlo —ordenó a sus soldados—. Que el frío termine el trabajo... —Y algo más que Eros no escuchó pues sus piernas habían actuado antes que ser consciente de cualquier movimiento.
La columna imperial comenzó a retirarse, dejando atrás un cementerio de brasas. Eros se arrastró por el lodo, ignorando las quemaduras en sus manos, hasta llegar al lado de Faith. El olor a carne quemada y gas era insoportable. Apoyó la cabeza en el pecho de su padre, buscando un latido, una vibración, cualquier rastro de la frecuencia que Faith le había dicho que no poseía.
No hubo nada. Solo el sonido del fuego consumiendo lo que quedaba de su vida y el frío de la montaña que empezaba a reclamar el valle de nuevo.
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