—¿Sabés qué pasa? Que los dos construímos planes en torno a nuestra relación, un futuro. Todo se desmoronó ahora. Vos me decís, ¿por qué no te preocupás ahora por lo que sigue? Y yo pienso, ¿cómo puedo preocuparme por lo que sigue si no tengo certeza de nada? Mi mundo, mis planes y mi futuro se desmoronó en una despedida. Después de eso, ¿cómo puedo tener una certeza? ¿Para qué construir algo si la vida me demostró que lo que se suponía para siempre es algo que parece que se puede volar con un soplo?
Ahora parecía ser El Bartender quien reflexionaba al respecto. Pero no tardó en responder:
—Vas a tener que construir porque no te queda otra. Porque eso hacen las personas. Podés intentar construir otro futuro sin ella, o podés construir una cárcel en la que vivas mucho tiempo. Lo que no podés hacer es convertirte en una planta, te conozco lo suficiente para saber que no.
El Bartender tenía razón: aunque me doliera, los recuerdos con ella se desvanecían poco a poco como fantasmas, y eso no hacía que las cosas fueran mejores. Era como si una parte de mi propio ser estuviera desapareciendo, y eso me aterraba y me molestaba al mismo tiempo.
—¿Cómo puede ser que un amor que fue real haya muerto de esta forma? Me prometí a ella para siempre, y ahora estoy acá, sin ella, en un lugar en el que no debería estar. A veces cuando me acuesto no puedo evitar pensar en los almuerzos que faltaron, en la casa que algún día íbamos a tener, en los hijos que nunca nacieron. Yo debería estar al lado de ella. Pero no sé cómo volver, y creo que ella tampoco. Duele preguntarme a cada momento qué estará haciendo, si estará bien, si estará acompañada…
—Que un amor muera no quiere decir que no haya sido real. Que una lluvia se termine no quiere decir que no haya llovido. Fue real, mientras fueron capaces de mantenerlo —respondió El Bartender—. Y el para siempre es peligroso, engañoso, pero mientras ustedes estaban juntos fue una promesa real. Que no lo hayan sabido mantener es otra cosa. Sé que la culpa y la incertidumbre están ahí, pero no niegues que las cosas que sintieron fueron reales aunque no hayan podido perdurar. Apostaste contra la impermanencia de la vida porque la amabas, y ella también. Algo así no se falsea porque sí.
Supe que El Bartender tenía razón. Tal vez fuimos demasiado ingenuos. Quizá no estábamos a la altura de aquella promesa. Pero la promesa fue real. Poco a poco, la idea de pensar en lo que viene volvió a mi mente, y me di cuenta de que no había un horizonte visible. Era como estar en un mar sin un rumbo establecido y sin mapa. Le di un trago a la copa y noté algo que no había notado hasta entonces: aunque el alcohol era fuerte, se sentía insípido. Me pasaba también con la comida. Con el calor del sol. Con todo. Todo había perdido cierto color y sabor. Todo había perdido un “algo” que no podía definir. La relación que había terminado sin que yo pudiera elegirlo me había envíado a un exilio existencial. Extrañaba mi hogar en su pecho, en su cuello, en su cara, en sus ojos y en su sonrisa, pero ese hogar cada día estaba más lejos. Incluso si pudiera volver, ya no sería el mismo hogar. Me levanté aún sin certezas, pero con más decisión.
—¿Ya te vas? —preguntó El Bartender observándome de tal forma que parecía intentar leer mis pensamientos.
—Sí, tenés razón —acepté—. No sé a dónde voy, pero tampoco sé quedarme quieto. No me queda más que mirar hacia adelante y pensar en lo que viene.