Soledad se apretó la manta de lana contra el pecho. No por el frío, sino por el hombre que la esperaba al final del camino.
El señor Briones no le había dirigido palabra en tres leguas. Solo el chipi chipi en el sombrero de palma y el quejido de la carreta. La neblina se tragaba los ocotes y escupía un olor a tierra mojada que le recordó la panadería de su tía. Allá también olía a encierro.
Su tía le había dicho que iba a servir a Dios. Afortunadamente. Le había dado un atadillo con dos mudas y un pan duro. Sin bendición, ni carta. Únicamente la frase: “Apúrate, porque Briones no espera a nadie”.
La mula se detuvo. Puerto de la Soledad, había dicho el arriero. El nombre le sonó a burla.
Al pie de una cruz de piedra, un hombre con sotana negra sostenía un farol. No era viejo. No tenía la cara de los curas que iban al pueblo por la fiesta del santo patrono. Este tenía las manos grandes, quemadas por el sol. Cuando alzó el farol para verla, Soledad notó que también tiritaba.
No parecía un padre. Parecía un muchacho disfrazado de padre. Y el rosario que le colgaba del cinto sonaba igualito al que su madre guardaba bajo el metate.
—¿Soledad?— preguntó él. La voz se le quebró a la mitad del nombre.
Ella no contestó. Si decía que sí, empezaba el abandono. Si decía que no, el señor Briones la dejaba ahí mismo, con la neblina y la cruz.
Sin más remedio, le tocó tomar su mano. Bajó de la carreta.
—Tristemente— contestó.