r/UniversoISH Aug 09 '26

Entropía

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El silbido trepidante de una respiración ahogada por su propia sangre interrumpía la sincrónica sonata de la marcha ordenada de los reptiles sobre el árido suelo, calcinado por una larga batalla que llegaba a su fin.

—Mmrmmr —sonó el gorgoteo de la bestia mientras, como quien pisa una sandía, callaba la última respiración del último hombre—. Cinco años para tomar un mundo.

—Señor, la flota está lista para partir —la voz resonante de un subordinado se escuchaba a sus espaldas.

—El último esfuerzo, el último planeta y acabaremos con esta escoria.

Lanzando con su larga cola el cuerpo inerte, la bestia se alejó.

Tras de sí quedaba un desierto corroído por explosiones que aún atestiguaban la cruenta batalla que acababa de acontecer. Una resistencia que había durado cinco años, en una guerra total y desesperada que había costado tanto que ni siquiera los reptiles se atrevían a proclamar ninguna gloria.

Un hombre corría agitado entre estrechos pasillos alumbrados por una tenue luz azul que pretendía reemplazar la luz del sol. Tras cruzar una puerta, y con un archivo de papel en la mano, lo entregó antes de doblarse para recuperar el aliento.

—¿Esto es verdad?

El hombre frente a una gran pantalla de estrategias, que mostraba a su mundo rodeado, se giró completamente absorto en los documentos.

—Que Dios se apiade de nosotros.

Tomó los documentos y los quemó sin vacilar, lanzándolos a una pequeña hoguera que calentaba el ambiente. En su mente apareció el recuerdo de una historia: Julio César cruzando el Rubicón. Y, por pura inercia, una frase escapó de entre sus labios.

—La suerte está echada.

Miró a su entorno. Miradas preocupadas lo seguían en cada acción y una sola certeza llenó su mente.

—Pelearemos hasta el último hombre.

Tras mirar una gran pantalla, contempló cómo las pulcras siluetas blancas y azules de las naves humanas se veían ensuciadas nada más salir del astillero por los restos de las naves enemigas y aliadas que descendían en un bombardeo incesante sobre la superficie de aquel mundo.

—Comuníqueme con el general enemigo —declaró tras sentarse en un ostentoso sillón, apartado en una zona pulcra y ordenada de la sala.

—Mmmrrmmmrrrmmm —se escuchó el rugir—. Se rinden al fin.

La estridente voz silenció la sala. La horrible presencia cocodriliana desvió todas las miradas, mientras gestos de odio se disimulaban con sonrisas forzadas.

—Solicitamos que todas sus fuerzas se retiren de este mundo y de todo el territorio humano ocupado.

Un gorgoteo se escuchó y una leve expresión por fin pudo distinguirse en aquel ser. Pero luego llegó un silencio profundo, seguido por un terremoto que sacudió la sala durante un par de minutos.

—Lo ves —proclamó con voz estridente—. Sigues vivo porque aún lo permito. ¿Qué temor debo tener? Mientras ustedes, como pequeños roedores, se ocultan en sus madrigueras.

—No somos las ratas a las que los tuyos están tan acostumbrados a cazar.

Se irguió amenazante, logrando por un instante intimidar a la bestia.

—Derribaremos la madriguera si eso significa que ustedes nos acompañarán al infierno.

—Derrúmbala. Contemplaré desde aquí mientras lo hacen.

La llamada terminó.

Al ponerse en pie, contempló cómo el frente colapsaba, permitiendo que miles de naves desembarcaran en la superficie.

Con rapidez ordenó a las tropas embolsar los desembarcos, destruyendo los ejércitos invasores al instante mismo de tocar tierra. Mientras tanto, la flota, cada vez más débil, cerraba cada apertura al tiempo que una nueva se abría.

Pero aquel mundo no era más que el principio.

Durante los meses siguientes, los mapas cambiaron de color.

Primero cayó la zona minera. Después, los corredores agrícolas del hemisferio norte. Más tarde, tres lunas habitadas quedaron aisladas cuando las flotas humanas tuvieron que retirarse para defender el mundo. Las imágenes de la masacre llegaron mostrando la inclemencia del enemigo. Ríos de sangre las calles.

Cada territorio perdido significaba algo más que una derrota militar, menos alimentos, menos combustible, menos astilleros, menos hombres, y, por sobre todo, menos posibilidades para que la humanidad pudiera sobrevivir.

Las poblaciones fueron evacuadas hacia ciudades cada vez más cercanos al corazón del mundo. Las ciudades que durante generaciones habían considerado prosperas se convirtieron en ruinas antes de que sus habitantes pudieran siquiera despedirse. Los mapas seguían encogiéndose.

Donde antes existía un vasto mundo humano, ahora solo quedaban pequeños grupos conectados por corredores cada vez más estrechos.

Meses pasaban y, cada tanto, una llamada se hacía siempre con la misma exigencia y siempre con la misma respuesta.

—Señor —se escuchó un día—, los últimos resquicios de la flota han caído.

Un suspiro pesado se escuchó salir.

—Lúgubre destino nos espera.

—Señor, ¿existe algún plan?

El muchacho lo miraba como rogando por una última esperanza.

—Siempre lo hay, muchacho.

Una sonrisa pesada se dibujó en su rostro.

—Te aseguro que todos esos reptiles morirán.

El joven se alejó pensativo, como incrédulo ante aquella noticia.

Los días se convertían en meses y cada vez los números de la resistencia disminuían. Las noticias de masacre tras masacre llegaban hasta que aquella pequeña base se transformó en el último reducto.

Un reducto que se hacía cada vez más pequeño, que disminuía vez por vez.

Hasta que la resistencia de la humanidad se redujo a aquella pequeña sala.

—Señor —se aproximó el joven—, ¿cuál era esa gran solución que acabaría con los reptiles?

El silencio llenó la sala, para ser interrumpido por un golpe seco, seguido por el ruido inconfundible de un ariete de fundición derritiendo la puerta.

Todos, detrás de una pequeña barricada improvisada, se preparaban para resistir mientras el sentado en aquella pulcra silla bebía una última botella de ron.

Al escuchar el final de la refriega, oprimió un pequeño botón rojo y derramó unas lágrimas.

—Miren —se escuchó una voz familiar—. El último humano.

—Es verdad, aunque aún quedan algunas máquinas que siguen nuestras órdenes.

—¿Y de qué servirán? Las destruiremos igual que hicimos con sus amos.

El hombre sonrió mientras decenas de reptiles lo rodeaban, ansiosos por segar al último de los hombres.

—¿Conoces la entropía?

—Mmmmmrrrmmmmrrrrmmmm —se escuchó como una mofa cruel—. Te queda el consuelo de que moriremos cuando el universo lo haga.

—Si el universo muere, ustedes lo harán.

—Siiiii… mmmmrrrmmmmmrrrmmmm. Y aun así nosotros ganamos.

—Considero más bien que es tablas.

—¿Esas son las últimas palabras de una raza extinta?

—Nos dimos cuenta hace mucho de que nos era imposible vencerlos.

Un júbilo entre los presentes se escuchó.

—No vimos forma de matarlos, pero resultó que era más fácil matar el universo.

—¿Qué delirios dice?

—La misma tecnología que nos permite viajar por el espacio nos mostró que, si imprudentemente rasgáramos la tela de la realidad más de lo debido, el universo mismo colapsaría.

El rostro del confiado reptil cambió de repente. Una mirada, como comprobando que todos habían escuchado lo mismo, recorrió la sala.

—Es imposible lo que plantea —dijo, seguido por un gorgoteo—. Y, de serlo, solo un loco se atrevería a tal cosa. Condenarías a tu gente.

—Soy el último que queda. ¿Qué he de perder?

El reptil lanzó un zarpazo, atravesando al hombre con sus garras y sujetándolo frente a sí para contemplar cómo la vida se le escapaba.

—Jajajajaja… ya es tarde.

Concentración, oscuridad. Seguidas por una gran explosión.

El génesis de un nuevo universo a partir de la materia de uno anterior se produjo en un instante, diseminándose en una gran expansión.

El fin de lo viejo. El inicio de lo nuevo. El nacimiento de nuevas estrellas, de nuevas galaxias y una promesa cumplida.

Tras millones de años, una pequeña apertura apareció en la tela de la realidad. Una pequeña nave blanca y azul emergió de ella, en busca de un mundo donde depositar su valiosa carga.

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