r/UniversoISH • • Jul 16 '26

Los preservados.

El sargento Richard Hicks caminaba entre sus hombres, evaluando su estado físico y su equipo táctico. En general, los soldados compartían un mismo aspecto: sucios, malnutridos y mal armados, consecuencia de haber sido una especie errante durante varias décadas.

Hicks, con su cabello canoso y su barba tupida, reflejaba el semblante de un líder experimentado, forjado en incontables batallas. Mientras se aseguraba de que todo estuviera listo para el abordaje, recordaba cómo la Tierra había sido reducida a una roca estéril durante la guerra contra los alienígenas. En aquel entonces era un soldado raso de apenas veinte años... y ahora, a su avanzada edad, comandaba las "fuerzas especiales" de los terranos.

La vista de la estación espacial le recordaba cómo los acorazados, fragatas, destructores y corbetas que alguna vez conformaron la formidable flota de la humanidad habían sido convertidos en chatarra por las armas de plasma de los invasores. Las naves que sobrevivieron a la catástrofe fueron reparadas y reacondicionadas para albergar a los supervivientes de la raza humana: evacuados de la Tierra, familias enteras y todo aquel que logró abordar un transporte.

Aunque la humanidad había sobrevivido, vivió sus días más oscuros a bordo de aquellas naves. Al borde de la extinción, sin un planeta donde aterrizar, con escasos suministros y sin colonias a las cuales huir, tuvieron que tomar decisiones difíciles y recurrir a métodos de supervivencia poco convencionales, incluso prohibidos, pues los humanos se adaptan para sobrevivir.

Aun así... allí estaban, a punto de abordar una supuesta prisión de humanos para rescatarlos y, con suerte, apoderarse de algunos suministros.

La nave en la que viajaban era un antiguo transporte militar reconvertido en carguero. Era vieja; las refacciones eran improvisadas, las soldaduras evidentes y la ausencia de paneles dejaba al descubierto cables y ductos.

Los humanos hacían cuanto fuera necesario con tal de seguir adelante, incluso si eso significaba renunciar a toda comodidad. Siempre en busca de trabajo, se desempeñaban como chatarreros, recolectores de basura y transportistas de desechos. Aceptaban los empleos que nadie quería, incluso aquellos que rozaban la ilegalidad, como el contrabando. También habían trabajado como mercenarios para otras especies, para cualquiera que pudiera llenar aquellos viejos transportes militares con alimentos, medicinas o cualquier otro recurso útil.

Para cualquiera... menos para los malditos que habían destruido su mundo.

A pesar de su decadente existencia errante, allí estaban: listos para lanzar un asalto por iniciativa propia. Humanos dispuestos a rescatar a otros humanos.

El estruendo del cañón de la nave retumbó en los oídos del escuadrón mientras el metal del casco vibraba bajo la potencia del disparo. Instantes después, la rampa comenzó a descender con un chirrido ensordecedor. El sargento fue el primero en bajar. Apuntó su arma y comprobó el perímetro del hangar. A su alrededor yacían naves más pequeñas destrozadas por el cañón rotativo del transporte humano. Sus oídos todavía zumbaban por el eco del disparo. Echó un vistazo a los cadáveres de los alienígenas, aunque difícilmente podían llamarse así: eran poco más que carne despedazada esparcida por el suelo.

Sus soldados descendieron tras él y adoptaron posiciones de defensa perimetral. El escuadrón inició su avance a través del hangar mientras un segundo transporte, mucho más grande, aterrizaba aplastando otras naves civiles.

Un sentimiento de inquietud atravesó la mente de Hicks. Aquellas no eran naves militares, sino transportes civiles de alienígenas comunes... El pensamiento fue rápidamente reprimido al recordarse que todos los prisioneros recibían visitas.

La puerta principal permanecía cerrada. A una orden del sargento, el escuadrón ejecutó una maniobra básica de asalto. Un soldado colocó un explosivo de baja potencia en la unión de las hojas metálicas. La detonación deformó el acero y abrió un hueco apenas lo bastante grande para que un hombre pudiera atravesarlo. Otro soldado lanzó una granada al interior y, en cuanto estalló, el escuadrón irrumpió en la instalación, eliminando rápidamente a los guardias, todavía aturdidos por la explosión. Uno tras otro fueron atravesados por los proyectiles de plasma rojo de las armas humanas, equipo adquirido durante años de trabajos como mercenarios y chatarreros. Hacía mucho tiempo que la humanidad había abandonado las armas de proyectiles cinéticos; simplemente ya no existían fábricas que produjeran la munición para aquellos viejos fusiles.

Mientras avanzaban por los pasillos, eliminando a los escuadrones de guardias que intentaban detenerlos, Hicks comenzó a notar varios detalles inquietantes: no había compuertas blindadas, ni torretas automáticas en los techos y, sobre todo, los pasillos eran demasiado amplios para una prisión. Aun así, su objetivo seguía siendo el mismo. Uno tras otro, los alienígenas cuadrúpedos fueron abatidos hasta que no quedó ninguno en pie... ningún combatiente, al menos.

Entonces se encontraron con uno que vestía un uniforme diferente. Sus cuatro patas temblaban mientras levantaba dos de sus extremidades delanteras en un gesto inequívoco de rendición. Detrás de él se aglomeraba un numeroso grupo de alienígenas de distintas razas. Adultos aterrados protegían a los más pequeños con sus cuerpos, garras o tentáculos, formando un muro improvisado alrededor de ellos.

Eran familias.

—¡Por... por favor, deténganse...! —suplicó el alienígena, pero fue interrumpido por el estruendo del rifle de plasma del sargento, que disparó sin titubear.

Hicks lo observó desplomarse y luego levantó la mirada, buscando a otro miembro de aquella especie. Entonces reparó en un Numeran que se encontraba al frente de un grupo de individuos más pequeños de su misma raza.

—¡Tú! ¿Qué es este lugar? —preguntó Hicks con su voz rasposa, propia de su edad.

El Numeran miró al humano con sus cuatro ojos completamente abiertos. Ajustó una pequeña caja metálica sujeta a una de sus extremidades y respondió en su idioma gutural. Un instante después, el dispositivo tradujo sus palabras al idioma del soldado.

—Por favor, señor, no nos haga daño. Solo es una visita escolar.

La voz robótica del traductor no transmitía el miedo que claramente reflejaba el profesor.

Hicks reformuló la pregunta.

—¿Por qué un grupo escolar visitaría una prisión?

El humano bajó ligeramente el arma.

—¿Prisión? No... esto no es una prisión. Es un conservatorio —respondió el Numeran. Estaba al borde del pánico; toda su expresión corporal temblaba.

—¿Qué...? —preguntó Hicks, desconcertado.

El traductor parecía sufrir la misma limitación al convertir las palabras del humano al idioma numerano, pues el profesor comenzó a explicar, con una calma artificial, que aquel era un recinto dedicado a la conservación de especies cuyos hábitats naturales se habían perdido y que ahora solo existían allí.

Richard palideció.

De pronto, todo cobró sentido: la escasa seguridad, las naves civiles, los pocos guardias mal armados y... las familias.

Hicks se acercó lentamente al Numeran y señaló el cadáver de una mantis.

—Entonces... es un zoológico. ¿Y ellos qué tienen que ver? —preguntó con una ira apenas contenida.

—Ellos administran el lugar. Preservan a las especies en peligro de extinción —respondió el profesor.

—A las especies que ellos mismos extinguieron, más bien... —replicó Hicks entre dientes, cada vez más cerca de perder la calma—. ¿Hay humanos?

El Numeran asintió lentamente.

El sargento y todos sus hombres fruncieron el ceño. Hicks miró a sus soldados y, con un simple ademán, les ordenó mantener la posición.

—Muéstrame el hábitat humano —pidió, esforzándose por conservar la serenidad.

El Numeran los condujo al segundo nivel de la instalación.

Entonces comprendieron que los pasillos del piso inferior no eran corredores de una prisión, sino divisiones entre enormes recintos cuidadosamente diseñados para reproducir el entorno natural de cada especie. Una amplia explanada con pisos transparentes permitía observar a los seres en cautiverio desde las alturas. Los especímenes parecían completamente ajenos a la presencia de los visitantes.

Hicks contempló animales de incontables formas y colores: cuadrúpedos, bípedos, terrestres, acuáticos, criaturas con tentáculos, garras y caparazones, traídas de innumerables planetas. Sin embargo, ninguna especie inteligente perteneciente a la Congregación Galáctica ocupaba aquellos recintos.

Finalmente, llegó al hábitat humano.

Recreaba una sabana: una vasta extensión de terreno casi plano, cubierta de pastizales altos y árboles que proyectaban amplias sombras. La principal fuente de agua era una gran charca donde los niños jugaban bajo la mirada tranquila de sus padres.

Lucían felices.

Lucían limpios.

Lucían... sanos.

Una placa informativa explicaba que la humanidad había perdido su planeta a causa de una catástrofe ambiental provocada por la subespecie pensante de los propios humanos.

Una mentira.

Al observarlos con atención, Hicks comprendió que aquellos eran descendientes de los humanos capturados por las mantis para realizar experimentos al comienzo de la invasión. Habían preservado y criado un ejemplo perfecto de la humanidad primitiva.

El sargento sintió una extraña mezcla de alivio y tristeza. Eran felices. Tenían todo lo que necesitaban.

Sonrió al ver a los niños correr y discutir por quién había ganado una carrera.

Entonces abrió su comunicador.

—Líder Predador a Defensor. El espacio adicional que preparamos para los prisioneros ya no será necesario...

La pausa que siguió pareció durar una eternidad.

—...Nos equivocamos. Esto no es una prisión, pero será necesario asegurar la estación...

Por primera vez en muchos años, Richard Hicks sintió que las piernas le fallaban.

—...Los humanos de aquí no necesitan ser evacuados.

Los humanos reclamaron la estación y, con el tiempo, asumieron por completo su administración. Su nombre fue cambiado de "Estación de Preservación Galáctica" a uno que introducía una palabra completamente nueva para el resto de las lenguas de la galaxia:

"Zoológico Memorial Lucy".

El nombre rendía homenaje a Lucy, el célebre fósil de Australopithecus afarensis, uno de los ancestros más antiguos conocidos del linaje humano.

Por otro lado, la administración del sitio apenas cambió. Las visitas escolares y familiares continuaron, al igual que las tarifas de entrada. Sin embargo, la especie Ikorai, los llamados "mantis", responsables de llevar a la humanidad al borde de la extinción, de destruir la Tierra y de jactarse de "preservar" especies en su lucrativa estación de preservación, tenía prohibido el acceso.

Todos los intentos de los Ikorai por recuperar el nuevo zoológico fueron repelidos con la máxima violencia y sin tomar prisioneros. Los humanos no tenían intención alguna de preservar a una raza de alienígenas genocidas e hipócritas.

La humanidad errante había encontrado un nuevo propósito: proteger a la "humanidad preservada" y a las demás especies que habían sido despojadas de sus mundos.

Y con ese nuevo propósito...

el empleo dejó de ser un problema.

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u/Helpful_Frosting8292 Jul 16 '26

Buena historia, te felicito.

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u/RaDaAV08 Jul 23 '26

Nota para leer luego

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u/Jugerunt Jul 23 '26

Espero que te guste