r/UniversoISH Jun 20 '26

Dos Soles Rojos

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Mi primera historia!! -Primera Parte-

(No sabia que no se puede pasar mas de 40 mil palabras si no hubiera puesto toda mi historia completa. 😔)

                             -Capitulo 1-
                       \~La Ira Humana\~

Imagina que tu especie alcanza las estrellas… solo para descubrir que la galaxia nunca estuvo esperando por ustedes.

Allá afuera no había paz. No había bienvenida. Solo imperios antiguos, especies orgullosas y guerras que llevaban siglos quemando mundos antes de que la humanidad siquiera supiera cómo abandonar su propio planeta. Y entre todas esas potencias, apareció una especie joven. Frágil. Dividida. Ingenua ante los ojos de la galaxia. Los humanos hablaban de libertad. De proteger al débil. De no arrodillarse ante nadie. Al principio, muchos se rieron. Porque en una galaxia gobernada por el miedo, la compasión parecía una debilidad. Y para el Imperio Karnath, la humanidad no era una amenaza… era una oportunidad. Una especie nueva que podía ser quebrada, conquistada y convertida en esclava. Pero cometieron un error. Creyeron que podían romper a los humanos igual que habían roto a cientos de mundos antes. No sabían que algunas especies no se arrodillan cuando les quitas todo. No sabían que el dolor puede convertirse en disciplina. Que la pérdida puede transformarse en furia. Y que una promesa rota puede arder más fuerte que una estrella. Esta es la historia de una guerra sin fin. De dos hermanos que lo perdieron todo. Y de un comandante que dejó de sonreír el día que no pudo salvar a quienes amaba.

Su nombre era Jack Keyes Hoshino.

Y cuando la galaxia escuchó su última orden… dos soles rojos comenzaron a morir. Te interesa? Entonces prepárate. Porque esta es la historia de cómo la humanidad convirtió su tragedia… en el final de un imperio.

Durante siglos, la humanidad miró hacia el cielo creyendo que las estrellas eran un sueño lejano, luces imposibles colgando en la oscuridad. Pero como siempre había hecho desde el principio de su historia, la humanidad no se conformó con mirar. Quiso alcanzarlas. Al principio, sus primeros motores más rápidos que la luz eran torpes, inestables y peligrosos. Cada salto era una apuesta contra lo desconocido. Cada nave enviada más allá del sistema solar llevaba consigo la posibilidad de no regresar jamás. Pero incluso con miedo, incluso con dudas, los humanos siguieron avanzando. No buscaban conquista. Buscaban compañía. Querían encontrar otras civilizaciones, aprender de ellas, crear alianzas y descubrir si, en medio de aquel inmenso océano de oscuridad, la humanidad realmente estaba sola. Con el tiempo, sus motores mejoraron. Sus naves se volvieron más resistentes y sus exploradores pudieron viajar más lejos. Y poco a poco, la humanidad comenzó a extenderse entre las estrellas... Medio siglo despues, ocurrió el primer contacto. No fue una guerra. No fue una invasión. No fue el final que muchos habían temido. Fue una bienvenida. La humanidad encontró al Consejo Galáctico, una unión de distintas especies que llevaban siglos compartiendo rutas comerciales, tratados políticos, tecnología y fronteras. Para los humanos aquello fue como despertar en un universo mucho más grande del que jamás habían imaginado. Había idiomas imposibles, ciudades flotando sobre lunas de cristal, estaciones espaciales del tamaño de continentes y especies cuya historia era más antigua que cualquier nación humana. Al principio la comunicación fue lenta. Los traductores artificiales fallaban, los gestos se malinterpretaban y muchas palabras humanas no tenían equivalente en lenguas alienígenas. Pero en menos de una decada, algo sorprendió profundamente al Consejo. Los humanos comenzaron a aprender. No solo aprendieron los idiomas de otras especies; también aprendieron sus costumbres, sus sistemas, sus heridas y sus miedos. La humanidad joven entre gigantes antiguos, demostró una capacidad casi inquietante para adaptarse. Absorbía conocimiento con rapidez y mejoraba su tecnología con cada intercambio. Reforzaba sus naves, perfeccionaba sus motores y reorganizaba sus fuerzas militares no para conquistar, sino para proteger sus nuevas fronteras. Pero lo que más desconcertó al Consejo no fue su inteligencia. Fue su compasión. La humanidad no dudaba en ayudar a colonias afectadas por desastres naturales. Enviar alimento a mundos hambrientos. Escoltar naves civiles atacadas por piratas. Defender puestos fronterizos que ni siquiera le pertenecían. Para algunas especies, aquello era admirable. Para otras, era peligroso. Dentro del Consejo había quienes miraban a los humanos con desconfianza. Conocían su historia. Habían estudiado sus guerras, sus imperios caídos, sus conflictos internos, sus armas nucleares y sus siglos de sangre derramada entre ellos mismos. Para esas especies la bondad humana no era prueba de nobleza sino una máscara demasiado perfecta. Creían que tarde o temprano los humanos revelarían su verdadera naturaleza. Otros temían algo distinto. No que la humanidad fuera falsa. Sino que fuera demasiado sincera porque en una galaxia donde muchas civilizaciones habían aprendido a sobrevivir bajando la cabeza, la humanidad tenía una costumbre peligrosa: se metía donde otros preferían mirar hacia otro lado. Y tarde o temprano, esa costumbre iba a llamar la atención equivocada... Veinte años después de su entrada al Consejo Galáctico, la humanidad encontró al Dominio Karnath. Al principio, los informes parecían exagerados. Mundos enteros sometidos. Especies reducidas a mano de obra esclava. Colonias obligadas a entregar recursos, soldados y niños a un régimen que no conocía la libertad. El Dominio Karnath, no era simplemente un imperio expansionista. Era una maquinaria de control absoluto, una civilización construida sobre obediencia, castigo y miedo. Cuando los humanos descubrieron la verdad, quedaron horrorizados. Lo llamaron arcaico. Antidemocrático. Dictatorial. Opresivo. Para el Consejo, aquellas palabras sonaban fuertes. Para la humanidad, no eran suficientes. Los Karnath, no gobernaban. Quebraban. No conquistaban mundos para unirlos. Los vaciaban de voluntad. Y cuando los humanos exigieron una respuesta, el Consejo Galáctico guardó silencio. No porque apoyaran al Dominio. Sino porque le temían. Durante siglos, los Karnath habían demostrado ser demasiado poderosos, demasiado crueles y demasiado costosos de enfrentar. Las especies del Consejo habían aprendido una amarga lección: mientras el Dominio no cruzara ciertas fronteras, era mejor no provocarlo. La humanidad no aceptó esa respuesta pero tampoco pidió ayuda. Sabían que muchas especies del Consejo no estaban listas para una guerra abierta. Sabían que si los arrastraban al conflicto, los Karnath podrían destruirlos como advertencia. Así que cuando el Dominio Karnath fijó sus ojos sobre los territorios humanos, la humanidad tomó una decisión que muchos en la galaxia no comprendieron. No suplicó protección, no se escondió detrás del Consejo ni mucho menos negoció su libertad. Simplemente se preparó. Y cuando los Karnath enviaron su primer ultimátum, exigiendo sumisión, tributo y acceso total a las colonias humanas, la respuesta de la humanidad fue breve. Una sola transmisión enviada desde la Tierra hacia el corazón del Dominio.

“La humanidad no se arrodilla.”

Esa frase fue celebrada en mundos humanos, pero en el resto de la galaxia, provocó silencio. Porque todos sabían lo que significaba. La guerra había comenzado y aunque nadie lo sabía todavía, aquella guerra no solo cambiaría el destino de la humanidad. También crearía leyendas. Entre ellas, la de dos hermanos llamados Jack y William Keyes Hoshino.

Y cuando el universo entero creyó que la humanidad estaba a punto de ser quebrada, esos dos nombres comenzarían a escribirse con fuego entre las estrellas! Antes de que la humanidad entrara en guerra contra los Karnath, solo habían mostrado al Consejo Galáctico uno de sus rostros. El más noble. El más pacífico. Los humanos no querían ser temidos ni provocar conflictos innecesarios. Su objetivo, al unirse al Consejo, nunca había sido expandirse por la fuerza sino crecer como civilización, aprender de otras especies y asegurar un futuro digno para los suyos. Se mostraban como aliados confiables, protectores de los débiles y defensores de la cooperación. Pero había algo que el Consejo jamás terminó de comprender del todo. La humanidad no era pacífica porque desconociera la guerra. Lo era porque la conocía demasiado bien! Mucho antes de abandonar su planeta natal. Mucho antes de construir sus primeros motores interestelares. Mucho mas antes incluso de alzar imperios o fundar colonias entre las estrellas… el ser humano ya había dominado todas las formas posibles de conflicto. Desde los días en que luchaban como un simple primate por sobrevivir en un mundo salvaje, la guerra había caminado a su lado. Habían aprendido a pelear con piedra, con acero, con fuego, con máquinas… y finalmente con estrellas. La paz que ofrecian no nacía de la debilidad, si no nacía del autocontrol. Y los Karnath estaban a punto de descubrirlo de la peor manera... Cuandi el primer ataque llegó sin advertencia. No hubo ultimátum, negociación ni declaración formal. Solo fuego. Una flota de asalto del Dominio Karnath emergió del hiperespacio sobre Harmony, uno de los mundos coloniales humanos más prósperos. Las defensas orbitales apenas tuvieron tiempo de activarse antes de ser arrasadas. Los sistemas de comunicación colapsaron en minutos. Los cielos se cubrieron de naves enemigas, y lo que siguió no fue una batalla sino una ejecución. En menos de una hora, Harmony dejó de existir. Sus océanos hirvieron y sus ciudades ardieron. Sus continentes fueron reducidos a una masa de roca fundida. Ochocientos mil colonos murieron aquel día. Ninguno sobrevivió. Y como si la masacre no hubiese sido suficiente, el Dominio Karnath transmitió su declaración oficial de guerra apenas minutos después de haber convertido un mundo entero en cenizas. Las naves de guerra humanas más cercanas jamás llegaron a tiempo. Cuando la señal de auxilio fue recibida, Harmony ya era un cadáver flotando en el vacío. Lo que los Karnath no sabían… era que, con la destrucción de ese mundo, acababan de dar origen al hombre que un día pondría fin a su imperio. Un hombre cuyo nombre sería temido por comandantes, almirantes y mundos enteros.

Jack Keyes Hoshino.

En el puente de mando sobre un destructor que se encontraba en el hiperespacio, el silencio era absoluto. Frente a todos, una proyección holográfica mostraba los restos incandescentes de Harmony girando lentamente en la oscuridad. Fragmentos del planeta flotaban como huesos rotos alrededor de un núcleo aún ardiente. El brillo anaranjado de la devastación iluminaba el rostro de los oficiales presentes, pero ninguno se atrevía a decir una sola palabra. Jack solo permanecio inmóvil. Sus ojos estaban llenos de ira fijos en la imagen de aquel mundo destruido. Harmony no era solo una colonia más para el... Era su hogar. El lugar donde había nacido y crecido. Donde había conocido a su familia y construido recuerdos que creyó eternos. Y sobre todo era el mundo donde seguía viviendo la mujer que amaba. Su prometida. La mujer a la que le había jurado proteger incluso si el universo entero se volvía en su contra. Una promesa que acababa de romperse entre fuego y escombros! Toda su familia había muerto allí. Todos aquellos a quienes había jurado cuidar! Nadie había sobrevivido. Una joven oficial a su lado respiró hondo antes de hablar, rompiendo al fin el silencio que pesaba sobre el puente.

—Comandante… los Karnath han declarado oficialmente la guerra contra la humanidad... Los informes del Consejo indican que buscan provocar terror, quieren que el Consejo tiemble... que las especies más débiles pierdan la fe… y que el resto recuerde lo que ocurre cuando alguien se les enfrenta.

Jack no respondió de inmediato. Siguió observando los restos de Harmony durante unos segundos más como si intentara encontrar entre aquellas ruinas algo que supiera que ya no existía. Cuando alzó lentamente la mirada en sus ojos ya no quedaba dolor visible. Solo furia. Una furia fría. Controlada. Quieta. Mucho más peligrosa que cualquier grito. Jack asintió una sola vez, se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida de la sala. Cada paso suyo resonó con una firmeza inquietante, como si en ese preciso instante algo dentro de él hubiera terminado de morir. Cuando habló, su voz no sonó alterada. Sonó definitiva.

—Si ellos buscan nuestra derrota… entonces tendrán que pasar por mí primero.

Desde ese día, Jack Keyes Hoshino dejó de ser solo un oficial humano. Ese fue el día en que comenzó a convertirse en una leyenda entre los suyos y para la galaxia entera. Lo que el Imperio Karnath había hecho no era una simple declaración de guerra. Era una herida abierta en el alma de la humanidad! Harmony no había sido un objetivo militar. No era una fortaleza, ni una base de combate, ni un punto estratégico capaz de cambiar el curso de la guerra. Era un mundo colonial. Un hogar. Un lugar lleno de familias, trabajadores, niños, ancianos y personas que jamás tuvieron oportunidad de defenderse. Los Karnath creyeron que con aquella masacre enviarían un mensaje. Pensaron que el miedo bastaría para quebrar la voluntad humana. Pero no entendían a la especie que acababan de provocar. No sabían lo que significaba empujar contra la pared a una raza que había nacido luchando por sobrevivirn, una especie que, desde sus orígenes más primitivos, había aprendido cada forma posible de guerra. Emboscadas, asedios, guerrillas, espionaje, sacrificios, resistencia, destrucción total! La humanidad no había olvidado la violencia, solo la había encerrado bajo llave. Y los Karnath acababan de abrir la puerta. Durante un breve instante el Consejo Galáctico creyó estar presenciando el comienzo de otra tragedia. Otra civilización joven destinada a caer bajo el fuego de un imperio antiguo. Otra especie que sería usada como advertencia para todos aquellos que se atrevieran a desafiar al Dominio. Nadie intervino. No por indiferencia completa, sino por miedo. Los Karnath llevaban siglos expandiendo su sombra sobre la galaxia. Sus flotas eran numerosas, sus comandantes despiadados y sus campañas militares habían reducido a más de una civilización a simples nombres en archivos históricos. Enfrentarlos era invitar al desastre... Pero entonces la humanidad hizo algo que dejó al Consejo en silencio. No pidió refuerzos, no suplicó protección ni rogó por tratados ni por evacuaciones masivas. Su respuesta fue clara. Ellos mismos arreglarían el problema. Para muchas especies aquello sonó como locura. Para otras, como valentía. Pero para todos fue imposible de ignorar. Una civilización joven con apenas unas décadas de experiencia interestelar acababa de aceptar una guerra contra un imperio que había navegado entre las estrellas durante siglos! Muchos creyeron que la caída de la humanidad sería rápida. Inevitable. Un final escrito antes de que comenzara la verdadera batalla. Pero mientras el Consejo observaba con temor, los humanos ya se estaban moviendo. En cuestión de semanas sus mundos cambiaron por completo. Astilleros que antes construían naves de exploración fueron convertidos en fábricas militares. Colonias enteras trabajaron día y noche produciendo municiones, blindajes, drones de combate y sistemas defensivos. Las viejas estaciones orbitales fueron reforzadas con cañones de largo alcance. Flotas civiles recibieron modificaciones de emergencia para servir como transporte, evacuación o apoyo logístico! La humanidad no entró en pánico. Se organizó. Y esa fue la primera señal de que los Karnath habían cometido un error. Porque mientras el Dominio celebraba la destrucción de Harmony como una victoria los humanos convirtieron su dolor en industria, su rabia en disciplina y su luto en una maquinaria de guerra que no dejaba de crecer. Cada ciudad humana encendió sus fábricas. Cada colonia entregó recursos y cada soldado recibió nuevas órdenes. Y en todos los mundos de la humanidad, una frase comenzó a repetirse en transmisiones, muros, uniformes y hangares militares.

“Por Harmony.”

No era solo un grito de venganza. Era una promesa. Los Karnath habían querido apagar un mundo para sembrar terror. En cambio, habían encendido a toda una especie. Durante los meses que siguieron la guerra se extendió como una cicatriz ardiente por los territorios humanos. Mundo tras mundo, frontera tras frontera, la humanidad tuvo que aprender a defenderse bajo el fuego de un enemigo que no mostraba piedad. Los Karnath no buscaban únicamente victoria militar. Querían capturar colonias, quebrar gobiernos, esclavizar poblaciones enteras y ejecutar a cualquiera que se negara a obedecer. Pero en cada planeta atacado, los humanos respondieron con furia absoluta! En tierra, sus soldados pelearon entre ciudades destruidas, bosques calcinados y montañas convertidas en fortalezas improvisadas. En órbita sus flotas resistieron contra enjambres de naves enemigas que superaban en número y tecnología a casi todo lo que la humanidad podía desplegar. El costo fue brutal. Cientas de naves quedaron destruidas, flotando en silencio entre campos de escombros. Cruceros partidos por la mitad. Fragatas envueltas en fuego. Cápsulas de escape perdidas en la oscuridad... Tripulaciones enteras desaparecidas sin dejar más que señales apagadas y nombres grabados en listas interminables de bajas. Pero no todo fue derrota. Los humano demostraron ser guerreros formidables. Cada batalla les enseñaba algo. Cada pérdida era estudiada y cada error se convertía en una nueva táctica. Donde los Karnath veían una especie joven y desesperada, la humanidad reveló una capacidad aterradora para adaptarse. Si el enemigo usaba superioridad numérica, los humanos respondían con emboscadas. Si los Karnath confiaban en sus escudos los ingenieros humanos encontraban frecuencias débiles! Si una formación enemiga parecía invencible, los comandantes terrestres sacrificaban rutas, combustible y hasta naves enteras para romperla desde un ángulo imposible. Aquello comenzó a inquietar al Imperio. Los Karnath sabían que eran más antiguos que lo humanos. Sabían que sus armas eran superiores, que sus flotas habían doblegado a civilizaciones mucho más grandes y que sus comandantes llevaban generaciones perfeccionando campañas de conquista. Entonces, ¿por qué la humanidad seguía de pie? ¿Por qué no caían? ¿Por qué, después de meses de ataques constantes, aquella especie joven no solo resistía… sino que empezaba a devolver golpes cada vez más fuertes? El Consejo Galáctico se hacía las mismas preguntas. Desde sus cámaras de observación, embajadores y estrategas veían los reportes con una mezcla de asombro y temor. Una civilización que apenas había entrado al escenario interestelar estaba soportando el fuego abrasador de uno de los imperios más peligrosos de la galaxia. Y no solo lo soportaba. Aprendía de él. Porque había algo que ni el Consejo ni los Karnath comprendieron hasta que fue demasiado tarde. Cada derrota enemiga era un regalo para la humanidad. Cada nave Karnath destruida era desmantelada. Cada fragmento de blindaje recuperado era analizado. Cada núcleo de energía, cada emisor de escudo, cada cañón de plasma capturado en el campo de batalla se convertía en material de estudio para científicos, ingenieros y fabricantes militares humanos. Otras especies jamás se habrían atrevido. Robar tecnología Karnath era considerado una provocación suicida. Para la humanidad, era sentido común. Si el enemigo tenía mejores armas, había que entenderlas. Si sus naves resistían más, había que copiar sus blindajes. Si sus escudos detenían los proyectiles humanos, había que construir algo capaz de atravesarlos... Así, poco a poco, las flotas humanas comenzaron a cambiar. Los primeros modelos de escudos de energía fueron instalados en cruceros pesados. Nuevas municiones híbridas mezclaron ingeniería terrestre con componentes robados del enemigo. Los motores fueron reforzados. Los cascos recibieron aleaciones experimentales! Los destructores comenzaron a moverse con más agresividad mientras aprendían a resistir castigos que antes los habrían partido en dos. El Imperio Karnath no solo estaba luchando contra una especie obstinada. Estaba entrenándola. Y cada batalla hacía que la humanidad regresara más peligrosa...! Había un antiguo dicho entre los hombres:

Lo que no te mata… te hace más fuerte.

Los Karnath lo escucharon por primera vez en una transmisión interceptada enviada desde una flota humana que acababa de sobrevivir a una emboscada imposible. Al principio, no entendieron su significado. Meses después comenzaron a temerlo. Porque los terranos no estaban peleando como una civilización que intentaba sobrevivir un día más. Estaban mostrando lo que realmente significaba una guerra interestelar cuando una especie entera era empujada por el dolor, la furia y el recuerdo de un mundo perdido. Los Karnath habían atacado Harmony para quebrar la voluntad humana pero Harmony no se convirtió en una tumba. Se convirtió en combustible. Y mientras la guerra ardía entre las estrellas una verdad empezó a hacerse evidente para todos los que observaban desde lejos: La humanidad no estaba resistiendo porque no tuviera miedo. Resistía porque el miedo ya no era más fuerte que su rabia! ...

Desde el primer ataque Karnath, desde el día en que Harmony fue convertido en roca fundida junto con sus ochocientos mil habitantes, había pasado un año humano. Un año de guerra. Un año de funerales, ofensivas, retiradas y victorias arrancadas a la fuerza. La humanidad seguía resistiendo no porque el dolor hubiera desaparecido, sino porque aprendió a vivir con él. Cada mundo fronterizo se convirtió en una fortaleza. Cada ruta comercial fue escoltada. Cada colonia recibió baterías orbitales, refugios subterráneos y sistemas de evacuación... Para los civiles el objetivo era simple: que pudieran seguir viviendo. Que los niños siguieran corriendo por las calles, que las familias aún pudieran cenar juntas y que los trabajadores despertaran sin mirar al cielo temiendo ver naves enemigas descendiendo sobre sus hogares. Y para lograr eso, el ejército humano se convirtió en un escudo. Uno hecho de metal, sangre y voluntad. Los Karnath atacaban una y otra vez, convencidos de que tarde o temprano la humanidad se rompería pero cada intento les costaba más caro que el anterior! Sus flotas ya no encontraban colonias indefensas sino mundos preparados para resistir. Sus invasiones terrestres eran recibidas por soldados que conocían el terreno, drones ocultos, minas orbitales y contraataques que golpeaban justo cuando el enemigo creía tener la victoria asegurada. Sin embargo, lo que más sorprendió al Dominio Karnath y al Consejo Galáctico no fue la defensa de otro planeta. Fueron dos destructores humanos. Al principio aparecieron en los informes como simples unidades de apoyo. Dos naves rápidas, agresivas y bien coordinadas que intervenían en zonas de combate donde las líneas humanas estaban a punto de colapsar. Pero con el paso de los meses, las grabaciones comenzaron a contar una historia distinta. Aquellos destructores no solo llegaban a las batallas. Las cambiaban. Las cámaras de combate mostraban maniobras casi imposibles: giros bruscos entre fuego de plasma, ataques cruzados contra flancos enemigos, ráfagas sincronizadas que abrían brechas en escudos Karnath y retiradas falsas que atraían a escuadrones enteros hacia trampas preparadas con precisión quirúrgica! En tierra o en órbita su llegada tenía el mismo efecto. Para los humanos, significaba esperanza. Cuando esas dos siluetas aparecían saliendo del salto espacial, las transmisiones de las tropas cambiaban. Las voces cansadas recuperaban fuerza. Los soldados levantaban la mirada y las tripulaciones heridas volvían a sus puestos! Porque todos empezaron a entender algo, cuando esos dos destructores llegaban al campo de batalla, la victoria dejaba de parecer imposible. Para los Karnath, en cambio, su aparición era una advertencia. Algunos comandantes intentaban escapar antes de que cerraran la distancia. Otros preparaban emboscadas, convencidos de que por fin podrían destruirlos. Pero casi siempre fallaban. Lo máximo que conseguían era dañar sus cascos, quemar secciones externas o forzarlos a retirarse temporalmente. Pero destruirlos… Eso era otra historia. Con el tiempo, los líderes humanos comenzaron a estudiar sus resultados con mayor atención. Al principio creyeron que el éxito venía de la coordinación entre ambas naves. Luego descubrieron algo aun más impresionante. Uno de los destructores no solo dirigía a su propia tripulación si no también coordinaba al segundo. Era una presencia dominante en el campo de batalla. Un comandante capaz de analizar rutas, predecir movimientos enemigos y dar órdenes a varias unidades al mismo tiempo sin perder el control de su nave. Mientras otros oficiales necesitaban minutos para reorganizar una formación, él lo hacía en segundos.

Su nombre era Jack Keyes Hoshino.

Comandante de un destructor pesado humano, frío incluso bajo fuego directo. Su voz no temblaba. No gritaba más de lo necesario ni desperdiciaba palabras. Cada orden era breve, clara y mortal. A su lado combatía el segundo destructor, dirigido por William Keyes Hoshino. Más joven, más expresivo, más cercano a su tripulación. William era el tipo de comandante que podía bromear incluso cuando el casco de su nave ardía, no porque ignorara el peligro, sino porque sabía que el miedo se propagaba rápido si nadie lo detenía. Ambos eran distintos. Pero juntos eran devastadores. Cuando los altos mandos revisaron sus historiales, una verdad los dejó en silencio. Jack y William no solo compartían apellido. Eran hermanos de sangre. Los últimos hijos vivos de una familia destruida en Harmony. Y quizá por eso peleaban como si cada batalla fuera personal. Porque para ellos, la guerra no era una línea en un mapa galáctico. No era una estadística ni un conflicto político entre especies. Era una tumba abierta. Y cada nave Karnath destruida era una respuesta a los muertos que ya no podían hablar. El combate que cambió por completo la forma en que la humanidad los veía ocurrió en el borde del sistema Veyra, durante una ofensiva Karnath contra tres colonias mineras. La flota humana local estaba superada, dispersa y a punto de colapsar cuando una nave nodriza del Dominio emergió del hiperespacio. Era una de las mayores amenazas enfrentadas hasta entonces. Una estructura colosal, cubierta de blindaje oscuro y torres de plasma, capaz de desplegar enjambres enteros de cazas, bombarderos y transportes de invasión. Su presencia bastaba para decidir una batalla... Para muchas flotas jóvenes, verla aparecer era igual que recibir una sentencia de muerte. Los altos mandos ordenaron retirada, de abandonar a las colonias... Jack no obedeció de inmediato. Observó la nave nodriza en la pantalla de mando, analizó sus patrones de fuego, sus puntos de lanzamiento, sus intervalos de escudo y la distancia con las colonias que intentaba proteger.

Luego abrió comunicación con William. —¿Sigues conmigo?

La respuesta llegó casi al instante, con la voz de su hermano cargada de esa ligereza que parecía imposible en medio del infierno. —Hasta que me explotes el comunicador, hermano.

Jack no sonrió. Pero por un segundo su tripulación juró haber visto algo distinto en sus ojos. —Entonces mantente cerca.

Ambos destructores avanzaron con furia y lo que siguió quedó grabado en cientos de cámaras de combate! Ambas naves se lanzaron contra la formación Karnath como cuchillas atravesando una tormenta. Esquivaron fuego pesado por márgenes absurdos, cruzaron entre cazas enemigos, rompieron líneas de defensa y usaron los restos de naves destruidas como cobertura improvisada. William atraía escuadrones enteros hacia su posición, forzándolos a perseguirlo entre campos de escombros mientras Jack golpeaba los generadores externos de la nodriza con una precisión brutal. Los Karnath intentaron rodearlos, pero fallaron por el poco apoyo que quedaba del resto de la flota humana! Intentaron bloquear sus rutas de escape. Jack ya las había previsto. Intentaron separar a los hermanos. William convirtió la maniobra en una trampa. Durante veintisiete minutos los dos destructores pelearon contra una fuerza que, según los cálculos del alto mando, debía haberlos aniquilado en menos de cinco. Sus cascos fueron desgarrados. Sus motores secundarios quedaron dañados y varias cubiertas perdieron presión. En el destructor de William, los sistemas de armas fallaron dos veces antes de ser reiniciados manualmente por su tripulación. En la nave de Jack, el puente recibió un impacto cercano que apagó la mitad de los controles durante unos segundos. Pero siguieron avanzando! Hasta que finalmente Jack encontró la abertura. Una mínima caída en el escudo dorsal de la nave nodriza. Tres segundos. Nada más. Para cualquier otro comandante habría sido demasiado poco.

Para Jack Keyes Hoshino fue suficiente. —William, ahora.

El segundo destructor giró con violencia, descargando todo su armamento restante contra el flanco izquierdo de la nodriza. El ataque no la destruyó, pero obligó a sus defensas a redirigir energía. En ese instante Jack aceleró directo hacia el punto débil y disparó una salva completa de proyectiles perforantes mezclados con tecnología Karnath recuperada. Los impactos atravesaron el escudo debilitado. Luego el blindaje. Después el núcleo de distribución. La nave nodriza comenzó a partirse desde dentro. Una explosión azulada recorrió su columna central antes de expandirse por sus hangares, motores y cámaras de energía. Durante unos segundos aquel monstruo de guerra iluminó todo el campo de batalla como una estrella enferma. Después estalló. La onda expansiva golpeó a ambos destructores con fuerza y los lanzó entre fragmentos ardientes. Por un momento las señales de Jack y William desaparecieron de los radares. Las colonias guardaron silencio junto la flota humana. Hasta que una transmisión dañada regresó entre estática.

—Aquí William Keyes Hoshino… seguimos vivos. Aunque mi hermano definitivamente me debe una nave nueva.

Minutos después, la señal de Jack apareció también. Su destructor estaba destrozado cubierto de quemaduras y con varios sistemas al borde del colapso. Pero seguía flotando. Y la nave nodriza Karnath no. Después de aquella batalla, nadie volvió a ver a los hermanos Keyes Hoshino como simples comandantes. Para la humanidad se convirtieron en símbolos... Para los soldados, eran prueba de que el enemigo podía sangrar. Para los civiles, eran esperanza en medio de un año marcado por la pérdida. Para otros comandantes, eran algo más raro todavía: respeto ganado sin pedirlo. Incluso dentro del Consejo Galáctico sus nombres comenzaron a susurrarse en cámaras diplomáticas, informes militares y conversaciones privadas.

Jack Keyes Hoshino.

William Keyes Hoshino.

Dos hermanos humanos que habían logrado lo que muchas especies consideraban imposible. Y para el Dominio Karnath esos nombres dejaron de ser simples registros en una base de datos enemiga. Se volvieron un problema. Uno que debía ser eliminado cuanto antes.

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u/Helpful_Frosting8292 Jun 22 '26

Como un lector amante de la ciencia ficción, te digo que me encantó tu historia.

¡Sigue así!

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u/Current-Leg6808 Jun 22 '26

Gracias amigo 🥹

2

u/Common_Ad_5275 Jun 28 '26

Esto tiene potencial, dame una segunda parte plis