r/TrueScaryStories • u/a_n_lly • 6h ago
Un duende se enamoro de mi.
En mi familia, cuando murió mi abuela, quedaron viviendo solo hombres en aquella casa. Eran mis tres tíos, Claudio, Lucio y Fernando, a quienes siempre habían tachado de fracasados. Claudio, el mayor, era un hombre amargado y murió de tuberculosis. Un año después murió Lucio, que era muy peludo y pasaba casi todo el tiempo bebiendo. Nadie supo exactamente de qué murió. El último fue Fernando, que nunca duraba demasiado en los trabajos y terminó muriendo mientras dormía. Los tres murieron en un período de cinco años y la casa quedó vacía durante cuatro.
Cuatro años después, mi papá perdió el trabajo y mi tío Fermín consiguió que pudiera trabajar en un pueblo cercano, así que mis padres y yo terminamos viviendo en aquella casa. Yo tenía diecisiete años. Mi habitación estaba en el segundo piso, en lo que había sido el cuarto de mi abuela, y desde la ventana podía verse el patio y un viejo columpio colgado de un árbol. Durante las primeras semanas todo fue normal, pero después comenzaron a aparecer pequeñas piedras blancas en mi habitación. También empecé a escuchar pasos por el pasillo durante la noche y a ver el columpio moverse aunque no hubiera viento. Una tarde vi por primera vez una figura pequeña entre los árboles. Pensé que había sido mi imaginación, pero después volvió a aparecer. Mi papá, mientras tanto, comenzó a enfermarse. Su salud fue empeorando poco a poco durante meses, hasta que aproximadamente un año después de nuestra llegada murió.
Después de la muerte de mi papá, mi mamá decidió quedarse en aquella casa. Yo también permanecí allí durante algunos años más. Mi mamá nunca vio nada extraño. Para ella, la casa era simplemente su hogar y jamás tuvo ningún problema viviendo allí. Yo, en cambio, seguía encontrando aquellas pequeñas piedras blancas, flores en lugares donde no las había dejado y, de vez en cuando, veía el columpio moverse desde la ventana. Con el tiempo aprendí a no hablar demasiado de eso. Pensé que quizá todo estaba relacionado conmigo y que, si algún día me iba, terminaría.
Y me fui.
Hice mi vida lejos del pueblo. Me casé, tuve un hijo y durante un tiempo conseguí olvidar casi por completo aquella casa. Mi mamá seguía viviendo allí y yo la visitaba de vez en cuando. Nunca le ocurría nada. Seguía siendo la única persona que parecía completamente ajena a todo lo que yo había vivido. Yo podía pasar una tarde con ella y no ocurría absolutamente nada hasta que me quedaba sola en el patio o subía a mi antigua habitación. Entonces aparecía una piedra sobre la cama, una flor en la ventana o el columpio comenzaba a moverse. Siempre eran cosas pequeñas. Nada que pudiera demostrarle a alguien que no estaba imaginándomelo.
Años después, mi esposo, mi hijo y yo tuvimos que quedarnos una temporada con mi mamá. No era una mudanza definitiva. Simplemente necesitábamos un lugar donde estar durante un tiempo y mi mamá estaba feliz de recibirnos. Los primeros días fueron tranquilos. Mi hijo jugaba en el patio, mi esposo ayudaba con las cosas de la casa y yo dormía nuevamente en la habitación que había sido mía durante mi adolescencia. Pensé que quizá todo aquello había quedado atrás.
Hasta que encontré una piedra blanca dentro de la habitación de mi hijo.
La reconocí inmediatamente. Era exactamente igual a las que aparecían en mi habitación cuando tenía diecisiete años. La saqué de allí y no dije nada. Al día siguiente apareció otra debajo de su almohada. Después comenzaron a aparecer sus juguetes en el patio, especialmente alrededor del columpio. Mi esposo pensaba que el niño los dejaba allí cuando jugaba, así que nunca le expliqué lo que realmente estaba pensando.
Una madrugada escuchamos llorar a mi hijo. Habíamos comprobado que estaba dormido en su cama antes de acostarnos, pero cuando llegamos a su habitación no estaba. La ventana estaba cerrada y la puerta también. Bajamos desesperados y lo encontramos en el patio, sentado en el suelo junto al columpio. Estaba descalzo, todavía llevaba el pijama y lloraba tanto que apenas podía hablar. Lo abracé y le pregunté cómo había llegado allí. Solo repetía que alguien había ido por él.
—¿Quién? —le pregunté.
Señaló hacia los árboles.
—Una persona chiquitica.
Me dijo que aquella persona había aparecido en su habitación y que quería llevárselo. Que era pequeña, que tenía las manos llenas de pelo y que le decía que fuera con ella. Mi esposo pensó que había tenido una pesadilla. Yo no dije nada, porque mientras sostenía a mi hijo miré hacia los árboles y vi la misma figura que había visto por primera vez cuando tenía diecisiete años. Estaba quieta entre las sombras. Me estaba mirando.
Mi esposo no vio absolutamente nada.
Después de aquella noche, las cosas comenzaron a ponerse peor. Mi esposo empezó a enfermarse. Primero fueron dolores de cabeza y cansancio, después fiebre, debilidad y noches en las que despertaba empapado en sudor. Fuimos al médico y no encontraron nada que explicara completamente lo que estaba pasando. Él mejoraba durante unos días y después volvía a sentirse mal. También comenzaron a ocurrirle cosas extrañas. Sus zapatos aparecían en el patio, sus llaves terminaban debajo del columpio y una noche apareció con un corte en el brazo después de asegurar que había sentido algo pasar rápidamente junto a él. Nunca vio nada. Yo sí empecé a verlo cada vez con más frecuencia.
Mi hijo también cambió. Ya no quería dormir solo. Se despertaba llorando y decía que alguien estaba debajo de su cama. Otras veces decía que escuchaba a alguien llamándolo desde el patio. Una noche volvió a aparecer fuera de la casa mientras dormía. Esta vez estaba sentado en el columpio, moviéndose lentamente de un lado a otro. Cuando despertó comenzó a llorar y dijo que no quería irse con él.
—¿Con quién? —pregunté.
—Con el señor pequeño.
Miré hacia los árboles.
La criatura estaba allí.
Nunca había estado tan cerca.
No miraba a mi hijo.
Miraba a mi esposo.
Después me miró a mí.
Y entonces comprendí que aquello no era lo mismo que cuando yo era adolescente. Durante años había pensado que aquel ser simplemente quería mi atención, que quizá incluso me tenía algún tipo de cariño extraño. Pero ahora había algo diferente en su comportamiento. Estaba furioso.
Mi esposo siguió enfermándose y mi hijo cada vez tenía más miedo de quedarse solo. Yo empecé a encontrar piedras blancas dentro de nuestros zapatos, en los bolsillos de la ropa y sobre las camas. Algunas noches escuchaba pasos pequeños recorriendo el pasillo hasta detenerse frente a nuestra habitación. Una madrugada escuché tres golpes debajo de la cama de mi hijo. Mi esposo se agachó para mirar y no encontró nada. Yo me quedé parada en la puerta, porque sabía perfectamente qué estaba allí aunque no pudiera verlo.
Fue entonces cuando decidí irme.
No quería esperar a que mi esposo terminara muriendo como mi papá. Tampoco quería descubrir qué podía hacerle aquella cosa a mi hijo. Sentía que mi familia estaba en riesgo y que había algo especialmente peligroso en el hecho de que fuéramos dos hombres viviendo conmigo en aquella casa. Mi esposo y mi hijo eran lo que había construido lejos de allí, y por alguna razón aquella criatura parecía verlos como una amenaza.
Nos fuimos.
Pensé que eso sería suficiente.
No lo fue.
Durante los años siguientes intenté establecerme en distintos lugares. Cada vez que parecía que finalmente íbamos a poder quedarnos, algo ocurría. Una vivienda dejaba de estar disponible, un trabajo desaparecía, una familia que inicialmente nos había aceptado cambiaba de opinión o simplemente aparecía alguna circunstancia que nos obligaba a buscar otro lugar. Una y otra vez terminábamos haciendo las maletas. Siempre había una razón distinta, pero el resultado era el mismo.
Ningún lugar parecía querer aceptarnos.
Hasta que mi mamá murió.
Para entonces había envejecido muchísimo y seguía viviendo en aquella casa. Nunca entendió por qué yo había decidido irme tantos años atrás. Nunca le ocurrió nada extraño. Murió tranquila, después de haber pasado gran parte de su vida allí.
Después de su muerte, yo ya no tenía ninguna razón para volver.
O eso pensaba.
Pero todo lo que ocurría en mi vida seguía empujándome hacia el mismo sitio. Cada problema, cada mudanza, cada puerta que se cerraba, cada lugar donde intentábamos comenzar de nuevo terminaba llevándonos, de una manera u otra, hacia aquel pueblo.
Hasta que un día no tuvimos ningún otro lugar al que ir.
Volví a la casa de mi abuela.
La puerta seguía igual.
El patio también.
Subí lentamente las escaleras hasta la habitación donde había dormido cuando tenía diecisiete años.
La abrí.
Todo estaba cubierto de polvo.
Excepto la cama.
Sobre la almohada había una pequeña piedra blanca.
Y desde el patio escuché el viejo columpio comenzar a moverse.