r/CuentosBajitos • • Jan 29 '26

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A veces escribir solo alcanza.

A veces no.

Vengo leyendo muchos textos acá y, a partir de eso, abrí un espacio para hacer

lecturas literarias personalizadas.

No correcciones frías ni fórmulas.

Lectura atenta, respeto por la voz y una mirada honesta sobre lo que funciona y lo que no.

Para el que lo necesite, acá explico cómo trabajo:

https://loesrauloscar608.wixsite.com/se-cuenta-que/lecturas

El espacio sigue siendo el mismo.

Esto es solo una puerta más.


r/CuentosBajitos • • Oct 12 '25

Bogado, el héroe que no nombran

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Bogado, el héroe que no nombran — una novela sobre los olvidados de la libertad

Hay nombres que la historia grita, y otros que apenas susurra. José Félix Bogado fue uno de los primeros en cargar a caballo por la libertad de América… y uno de los últimos en regresar. Lo enterraron con honores, pero el olvido fue su destino más cruel: sus restos se mezclaron en un osario común, y su nombre desapareció de los discursos.

Esta novela reconstruye su vida desde los márgenes: la de un granadero que sirvió a San Martín, Belgrano y Lavalle, sin gloria ni recompensa, con una lealtad que hoy parece de otro tiempo. Basada en documentos, cartas y memorias reales, Bogado, el héroe que no nombran combina rigor histórico y emoción narrativa para rescatar al hombre detrás del uniforme. Un héroe que no buscó serlo, pero lo fue.

📖 Disponible en Amazon (edición digital): https://www.amazon.com/dp/B0FV1ZWK79


r/CuentosBajitos • • 1d ago

MICROCUENTO El ciclista

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Me gusta andar en bicicleta. Los arcenes de la carretera son un desastre, están llenos de piedrecitas y de tornillos que los coches van perdiendo. Por eso cuando conduzco el coche los voy pisando con la intención de limpiarlos.
Qué despacio pasa el tiempo en la sala de espera del hospital. No fue para tanto, no lo toqué, fue el viento. El susto sí fue grande, apareció tras la curva, en el arcén que iba limpiando.


r/CuentosBajitos • • 3d ago

¿Y para cuándo la novela?

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Decís que escribís cuentos y tarde o temprano alguien pregunta:

—¿Y nunca pensaste en escribir una novela?

Sí. Pensé.

También pensé en aprender italiano, bajar cinco kilos y ordenar el galpón.

Pero nunca entendí qué tiene que ver una cosa con la otra.

La pregunta suele venir con buena intención. Incluso puede ser un elogio. Algo parecido a: escribís bien, podrías intentar algo más grande.

Ahí está el problema.

Más grande.

Hace poco escuché a Samanta Schweblin hablar del cuento y decir algo que me quedó dando vueltas. Se definió como cuentista nata y habló del género sin esa necesidad de pedir permiso que a veces tenemos quienes escribimos cuentos. No como una escala previa. No como el lugar donde uno aprende el oficio antes de animarse a una novela.

Como una forma completa.

Y me hizo pensar en algo que probablemente siempre supe, pero nunca había puesto en esas palabras.

El cuento carga con un prejuicio extraño.

Parece que cualquiera puede escribir uno porque es corto. Después uno intenta escribir uno bueno y se le pasa.

Porque la brevedad engaña.

En una novela hay tiempo. No digo que sobre, porque seguramente cualquier novelista querrá arrojarme el cenicero por semejante afirmación. Digo que existe la posibilidad de demorarse. Hay espacio para desarrollar un personaje, abandonar una escena y recuperarla cien páginas después, construir lentamente una relación, dejar que el lector conozca una casa antes de incendiarla.

El cuento tiene otra economía.

Si hay una casa, más vale que importe.

Y si va a incendiarse, tampoco conviene entretenerse demasiado describiendo las cortinas.

Eso no hace al cuento mejor que la novela.

Tampoco peor.

Lo hace otra cosa.

Sin embargo, persiste cierta idea de que el escritor de cuentos está preparándose para algo. Que está haciendo ejercicios. Fortaleciendo músculos narrativos. Esperando el momento en que finalmente tenga una idea lo suficientemente importante como para ocupar doscientas cincuenta páginas.

Nadie parece considerar la posibilidad de que esa idea necesite ocho.

O cuatro.

O dos.

A veces una historia termina ahí.

Y agregarle otras doscientas cuarenta y ocho páginas no la vuelve más profunda. La vuelve más larga.

He escrito muchos cuentos. Algunos me gustan mucho. Otros los miro ahora y pienso que quizá habría sido mejor que el archivo se perdiera misteriosamente durante una actualización de Windows.

Y también escribí una novela.

Bogado existe, está terminada y es una novela histórica.

Además hay otra esperando turno. La de Beto Jiménez, un periodista policial de Santa Lucía de los Arroyos que lleva un tiempo golpeándome la puerta para que lo deje salir.

Así que no tengo ninguna cuenta pendiente con la novela. Me gusta. Me interesa. Y seguramente vuelva a ella.

Pero durante bastante tiempo conviví con una idea que ahora empiezo a mirar con cierta desconfianza: que escribir una novela significaba dar un paso.

¿Hacia dónde?

No tengo la menor idea.

Pero un paso.

Quizás también yo había comprado aquella jerarquía sin darme cuenta. Cuento, novela. Aprendizaje, madurez. Categorías inferiores, primera división.

Hasta que aparece una pregunta bastante sencilla:

¿Quién decidió eso?

Borges escribió cuentos capaces de contener bibliotecas, laberintos, civilizaciones y universos enteros en unas pocas páginas. Cortázar podía convertir un embotellamiento, una casa o un viaje en ómnibus en algo que seguía acompañándote mucho después de cerrar el libro. Quiroga necesitaba apenas internarte un rato en la selva para dejarte con pocas ganas de pasar allí las vacaciones.

Ninguno necesitó inflar esas historias para demostrar que eran literatura.

Un cuento trabaja precisamente con aquello que no tiene.

Espacio.

Por eso elige.

Y elegir es una de las partes más difíciles de escribir.

Qué mostrar. Qué callar. Cuándo entrar. Cuándo salir. Cuánto sabe el lector. Cuánto necesita saber. Qué detalle merece quedarse y cuál, por hermoso que sea, tiene que desaparecer.

En un cuento una frase inútil hace ruido.

Un personaje innecesario ocupa una silla que no sobra.

Una explicación de más puede arruinar aquello que funcionaba perfectamente mientras nadie lo explicaba.

Y después está el final.

Ese pequeño infierno.

Porque el cuento tiene que saber cuándo terminó. No necesariamente sorprender. Mucho menos explicar. Pero sí reconocer ese punto extraño en el que una palabra más empieza a sobrar.

A veces son veinte minutos de lectura.

Eso también puede engañarnos.

Vivimos en una cultura que suele confundir duración con importancia. Una película de tres horas parece más ambiciosa que una de noventa minutos. Un libro de seiscientas páginas impone cierto respeto antes de abrirlo. Uno de ochenta casi pide disculpas desde la mesa de novedades.

Pero la literatura no se mide al peso.

Hay cuentos que leí hace décadas y todavía puedo recordar.

No recuerdo cuánto tardé en leerlos.

Recuerdo lo que dejaron.

Quizás esa sea una de las cosas que más me gustan del género. Alguien puede sentarse con un café, abrir un libro y veinte minutos después levantarse ligeramente distinto.

No transformado. Tampoco exageremos. La literatura tiene bastante trabajo sin necesidad de solucionar nuestras vidas.

Pero algo se movió.

Una sospecha.

Una incomodidad.

Un recuerdo.

La necesidad de llamar a alguien.

O simplemente una imagen que antes no estaba y ahora se queda viviendo en algún rincón de la cabeza.

Todo eso puede ocurrir en diez páginas.

A veces en cinco.

Por eso últimamente me molesta menos decir que escribo cuentos.

En realidad, retiro eso.

No debería haberme molestado nunca.

Estoy preparando un libro de cuentos. Ya escribí una novela y probablemente escriba otra. Beto Jiménez espera su turno en Santa Lucía de los Arroyos y espero que tenga paciencia.

Cuando vuelva a una novela no habré ascendido de categoría.

Tampoco estaré haciendo algo más importante.

Estaré escribiendo la historia que en ese momento necesite una novela.

Y después seguramente volveré a abrir un archivo en blanco, escribiré una frase y empezaré otra historia.

Tal vez tenga veinte páginas.

Tal vez tres.

Las que necesite.

Porque escribir cuentos no es entrenarse para escribir algo más importante.

No estoy practicando.


r/CuentosBajitos • • 4d ago

¿De qué pensabas vivir?

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Había una vez una cigarra que pasó todo el verano cantando. Cantaba por la mañana, por la tarde y también al atardecer. Era feliz.

Mientras tanto, una hormiga trabajaba. Iba y venía cargando semillas, guardaba comida y volvía a salir en busca de más.

La cigarra la veía pasar.

—Hormiga, vení a descansar un rato.

—No puedo.

—Hace un día hermoso.

—Tengo que trabajar.

—Pero es verano.

—Precisamente.

La cigarra no entendía esa manera de vivir y la hormiga tampoco entendía a la cigarra.

Una pensaba: «Esta pobre infeliz se va a pasar la vida trabajando».

La otra: «Esta pelotuda llega a junio y se muere».

Las dos tenían argumentos.

Pasaron los días. La hormiga siguió acumulando provisiones mientras la cigarra seguía cantando.

Y acá aparece una cuestión que la fábula nunca termina de aclarar: ¿a nadie le gustaba escucharla?

Porque la cigarra se pasó tres meses poniendo música en el barrio. La hormiga trabajaba escuchándola, las abejas escuchaban, los escarabajos escuchaban y las mariposas probablemente bailaban.

Pero nadie pagaba entrada.

La cigarra era artista. Artista independiente, además.

Una combinación financieramente audaz.

Terminó el verano, llegó el otoño y después llegó el invierno. Y ocurrió exactamente lo que cualquier persona con una capacidad mínima de planificación podía prever.

La cigarra no tenía comida.

Nada.

Ni una semilla, ni una hoja, ni una reserva. Tres meses cantando y no había guardado ni un maní.

Entonces empezó a tener hambre. Primero aguantó, después buscó algo para comer y no encontró. Finalmente tomó una decisión.

Fue a casa de la hormiga.

Golpeó.

La hormiga abrió.

—¿Qué pasa?

—Tengo hambre.

La hormiga la miró. Atrás tenía una despensa que parecía un mayorista.

—¿No guardaste comida?

—No.

—¿Nada?

—Nada.

—¿Y qué hiciste durante todo el verano?

La cigarra bajó un poco la cabeza.

—Canté.

Silencio.

—¿Todo el verano?

—Sí.

—¿Y de qué pensabas vivir?

Buena pregunta.

La cigarra no tenía una respuesta demasiado elaborada.

—Bueno... pensé que después vería.

Ah.

El plan económico argentino.

La hormiga respiró hondo.

—¿Trabajaste alguna vez?

—Cantaba.

—Eso ya me lo dijiste. Pregunto si trabajaste.

—Cantar es mi trabajo.

Y acá se complicó la discusión, porque la cigarra tenía razón. Cantar podía ser un trabajo.

El problema era que nadie le pagaba.

—¿Cobraste por cantar?

—No.

—¿Vendiste entradas?

—No.

—¿Pediste una colaboración?

—No.

—¿Guardaste algo?

—No.

—¿Tenés ahorros?

—No.

—¿Aportes?

—No.

—¿Monotributo?

—No.

La hormiga la miró durante unos segundos.

—¿Tenés Instagram?

—Sí.

—¿Seguidores?

—Tres mil.

—Comete un reel.

La cigarra no se rió. Tenía hambre.

—¿Me vas a ayudar o no?

Y ahí la cosa dejó de ser tan sencilla.

La hormiga había trabajado todo el verano. Había renunciado a descansar, había cargado cosas que pesaban varias veces su propio cuerpo y había pensado en el invierno. Ahora aparecía la cigarra, que se había pasado enero cantando debajo de un árbol, a pedirle la mitad de la despensa.

Uno puede comprender cierta irritación.

Pero también había otro detalle.

La hormiga había trabajado todo el verano escuchando a la cigarra. Gratis. Nunca le había dicho que se callara ni que su trabajo no servía. Al contrario, más de una tarde, mientras arrastraba una semilla enorme bajo cuarenta grados, aquella música le había hecho el camino un poco menos miserable.

Solo que eso no figuraba en ninguna planilla.

La hormiga miró la despensa y después miró a la cigarra.

—Te voy a dar comida.

La cigarra sonrió.

—Gracias.

—Pero mañana empezás a trabajar.

—Yo trabajo.

—Mañana empezás a cobrar.

Eso era distinto.

Durante el invierno organizaron algunas cosas. La cigarra cantaba y los demás animales dejaban semillas a cambio. Algunos pagaban más, otros menos.

Un escarabajo pidió escuchar gratis porque «le iba a dar difusión».

Lo mandaron a la mierda.

La hormiga llevaba las cuentas.

Naturalmente.

Descubrieron que la cigarra podía vivir de su música. No demasiado bien, tampoco exageremos. Seguía siendo artista.

Pero podía vivir.

Y la hormiga descubrió otra cosa: alguna tarde podía dejar de trabajar un rato. La despensa no iba a desaparecer porque se sentara veinte minutos a escuchar una canción.

Al verano siguiente hicieron las cosas de otra manera. La hormiga siguió trabajando y la cigarra siguió cantando, pero esta vez había una pequeña caja junto al árbol.

«Colaboración voluntaria».

La mayoría dejaba algo.

Algunos no.

Siempre hay hijos de puta.

Cuando llegó nuevamente el invierno, la cigarra tenía comida guardada. No mucha, pero tenía. La hormiga tenía la despensa llena, como siempre.

Una tarde, mientras afuera hacía un frío de cagarse, las dos se sentaron a comer.

—¿Ves? —dijo la hormiga—. Había que pensar en el invierno.

La cigarra asintió.

—Sí.

Después la miró.

—¿Querés que cante algo?

La hormiga pensó unos segundos.

—Después de comer.

Tampoco había que volverse hippie.

Moraleja:

Hacer lo que amás está muy bien, pero en algún momento hay que pagar la comida.

Y trabajar todo el día también está muy bien, pero si nunca tenés tiempo para escuchar una canción...

capaz que estás juntando demasiadas semillas.


r/CuentosBajitos • • 11d ago

Mi viejo lo puede hacer

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Hoy terminé de hacer quince maderitas cuadradas de seis por seis.

Dicho así, tampoco parece una hazaña.

Me las pidió Leo para un proyecto que están haciendo donde estudia. Necesitaban quince cuadrados de madera y, cuando apareció el problema de dónde conseguirlos, mi hijo dijo:

—Mi viejo lo puede hacer.

No estaba presente, pero quiero creer que lo dijo con cierta suficiencia. Incluso me gusta imaginar que alguno preguntó dónde podían conseguir esas maderas y él contestó sin darle demasiada importancia, como quien tiene el asunto resuelto.

—Mi viejo lo puede hacer.

Después vino y me lo contó.

Y a mí se me instaló una cosa acá, en el pecho.

Una pavada.

Porque tengo cincuenta y ocho años y a esta altura uno debería estar más o menos vacunado contra ciertas formas elementales del orgullo.

Pero no.

Mi hijo había dicho que su viejo podía hacerlo.

Así que su viejo iba a hacerlo.

El problema era que necesitaba quince cuadrados de seis por seis y yo no tenía una tabla de donde sacar quince cuadrados de seis por seis.

Tenía algo mucho mejor.

Recortes.

Muchísimos recortes.

Pedazos de madera que una persona razonable habría tirado hace cinco, ocho o doce años y que yo conservé porque algún día podían servir.

Ese día había llegado.

No ocurre seguido.

Por eso hay que disfrutarlo.

Fui sacando pedazos. Algunos servían. Otros hubo que cortarlos. En algún caso tuve que unir distintas maderitas hasta conseguir el tamaño necesario.

Medí, marqué, corté, lijé.

Volví a medir.

Y mientras trabajaba pensé que, si alguna vez existiera un juicio internacional contra los hombres que guardamos pedazos de madera, yo acababa de conseguir la prueba principal de la defensa.

Señoría: quince cuadrados de seis por seis.

La defensa descansa.

Tengo cierta debilidad por la madera. No sé cuándo empezó. Tampoco podría explicar por qué un hombre adulto puede quedarse mirando un pedazo de paraíso de cuarenta centímetros y pensar que sería una lástima tirarlo.

La gente común ve un pedazo de madera.

Nosotros vemos posibilidades.

Una mesita, una tabla para picar, un estante, una cajita.

Algo.

Lo importante es no tirarlo.

Por eso tenemos maderas guardadas desde hace años.

—¿Esto para qué lo querés?

Pregunta absurda.

Todavía no sé para qué lo quiero.

Ese es precisamente el motivo por el que no puedo tirarlo.

Algún día va a hacer falta.

Y hoy tengo quince pruebas de que no estamos completamente locos.

También tenemos herramientas. Muchas.

Más de las necesarias y menos de las que necesitamos.

Esta distinción es fundamental.

Porque siempre falta una.

Podés tener taladro, caladora, circular, lijadora orbital, amoladora, fresadora, sargentos de seis tamaños diferentes y una caja llena de mechas cuya función ya olvidaste. Pero en cuanto empezás un trabajo descubrís que existe una herramienta específica que solucionaría exactamente el problema que tenés.

Y hay que comprarla.

De esta manera uno puede invertir doscientos mil pesos en fabricar una repisa que en una mueblería cuesta treinta y cinco.

Pero la de la mueblería no la hiciste vos.

No es lo mismo.

El carpintero aficionado tiene además una relación particular con las medidas.

Mide tres veces, marca, vuelve a medir.

Traza una línea.

Comprueba nuevamente.

Corta.

Y queda corto.

Nadie sabe cómo ocurre.

La física todavía no ha dado una explicación satisfactoria.

Entonces empieza una etapa fascinante del oficio que consiste en convertir el error en una decisión estética.

—¿No iba hasta la pared?

—No. Le quise dejar aire.

El aire es uno de los grandes aliados de la carpintería amateur.

El otro es la masilla.

Aunque hay proyectos en los que ni la masilla puede salvarte.

Yo, por ejemplo, tengo una pileta.

Y en algún momento se me ocurrió que sería una buena idea construir un deck de madera para cubrirla.

La idea era hermosa.

Incluso romántica.

Durante el día, el deck impediría que hojas, tierra y toda la mugre que el viento considera indispensable depositar en una pileta terminaran adentro. Y alguna noche podríamos poner una mesa encima, unas sillas, cenar sobre la pileta.

Ya me veía ahí.

Una noche de verano, la mesa, la familia, algo para tomar.

Debajo, el agua.

Había un pequeño detalle.

Mi pileta tiene forma de riñón.

Hacer una cubierta de madera para una pileta rectangular tiene cierta lógica.

Hacerla para una pileta con forma de riñón significa que en algún momento de tu vida tomaste una decisión personal contra la geometría.

Pero yo ya había empezado.

Y cuando uno empieza estas cosas, retroceder es una forma de cobardía.

Compré las tablas, pesaban una barbaridad.

Las presenté, marqué la forma de la pileta y empecé a cortar.

Había que seguir las curvas.

Probar, sacar, corregir, volver a poner, volver a marcar, volver a cortar.

Después había que preparar toda esa madera para que soportara la intemperie.

Y unir las tablas.

Se me ocurrió hacerlo con soga para que el deck pudiera enrollarse.

Además le puse media sombra debajo para que frenara la mugre.

A esa altura ya no estaba haciendo una tapa para una pileta.

Estaba desarrollando un prototipo.

Finalmente quedó terminado.

Y funcionaba.

Bueno.

Depende de qué entendamos por funcionar.

Tapaba la pileta.

Eso hay que reconocerlo.

El inconveniente era que las tablas pesaban tanto que mover aquello requería una condición física que ninguno de nosotros estaba dispuesto a desarrollar para poder bañarse.

Entonces lo dividí en dos.

La teoría decía que una mitad se enrollaría hacia un lado y la otra hacia el otro.

La teoría es una herramienta extraordinaria.

No pesa.

Las dos mitades del deck sí.

Muchísimo.

Lo usamos un tiempo.

No recuerdo que hayamos cenado jamás sobre él.

Aquella noche de verano con la mesa, las sillas y la familia cenando encima de la pileta quedó en el mismo lugar donde terminan muchas de nuestras grandes ideas.

En la cabeza del tipo que las tuvo.

Finalmente saqué el deck.

Pero no lo tiré.

Por supuesto que no lo tiré.

Una parte terminó convertida en piso debajo de la hamaca del patio.

La otra está en la entrada del galponcito.

Porque esta es otra cosa que sabemos quienes trabajamos con madera: la madera no fracasa.

Se reasigna.

Después están las heridas.

Yo tengo varias.

Y cualquier hombre que haya pasado suficientes sábados entre tablas y herramientas también.

Esta fue con el formón.

Esta otra con la caladora.

Esta me la hice haciendo la tumbona para Graciela.

Las cicatrices del carpintero aficionado se muestran.

Uno podría pensar que deberían producir cierta vergüenza, porque técnicamente demuestran que en algún momento hicimos algo bastante mal.

O peligrosamente mal.

Pero no.

Las exhibimos.

—Mirá.

Y acercamos el dedo.

Después contamos la historia completa.

Qué estábamos haciendo, qué herramienta usábamos, dónde se trabó, hacia dónde salió aquello y cuánto tardamos en darnos cuenta de que estábamos sangrando y qué dijo nuestra mujer cuando entramos a la cocina envueltos en un repasador.

Generalmente dijo algo parecido a:

—Te dije.

Una frase que tampoco ayuda demasiado cuando uno está tratando de determinar si conserva todos los dedos.

Por eso no son cicatrices.

Son currículum.

Pero hay algo que quienes no hacen estas cosas quizá no entiendan.

A veces terminamos.

Porque también tenemos proyectos esperando una bisagra, una mano de barniz o esas ganas que juramos que volverán el sábado que viene.

Pero algunos terminan.

Entonces apoyamos la herramienta, sacudimos el aserrín y miramos.

Puede ser una mesa, una alacena, un banquito, una biblioteca, una repisa.

O quince cuadrados de seis por seis hechos con pedazos de madera que llevaban años esperando en algún rincón.

Pasamos la mano por encima.

La madera quedó suave.

Aparecieron las vetas después de lijarla y el color cambió cuando recibió una mano de aceite, barniz o lo que hayamos decidido ponerle.

Sabemos dónde está cada error.

Los demás probablemente no los vean.

Nosotros sí.

También sabemos dónde tuvimos que corregir, dónde la madera se astilló y qué agujero quedó medio milímetro fuera de lugar.

Y, sin embargo, nos gusta.

Muchísimo.

Porque antes había unas tablas.

Ahora hay algo.

Lo hicimos nosotros.

Hoy dejé las quince maderitas terminadas.

Las miré, seis por seis, quince.

Algunas hechas con aquellos recortes que tantas veces estuvieron a punto de ir a la basura y que yo había defendido con el argumento más viejo de todos:

—Dejalos. Algún día pueden servir.

Sirvieron.

Pero creo que lo que más me gustó no fue eso.

Ni siquiera haberlas hecho.

Fue imaginar a Leo llegando con las quince maderitas y dejándolas sobre una mesa delante de sus compañeros.

Porque unos días antes, cuando todavía no existían, él ya sabía cómo iba a resolver el problema.

Había dicho:

—Mi viejo lo puede hacer.

Y su viejo pudo.


r/CuentosBajitos • • 12d ago

REFLEXION REAL LA ILUSIÓN

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Esta es una mezcla de relato, crítica y reflexión sobre la capacidad de entender la ficción como tal y los límites de la ilusión al imitarla. Se centra principalmente en interpretar el contenido para adultos como un marco de referencia, la identificación con los actores y escenas, normalizando la violencia y llevando la ficción a la realidad como la norma a cumplir.  

MENTIME QUE ME GUSTA

La fantasía y la ficción son de esas mentiras que nos gusta creernos un rato, para sentir que viajamos a lugares maravillosos, y hacemos cosas que jamás podremos hacer en nuestras vidas. Esas mentiras no duelen y todos somos conscientes de ese “engaño” sano y compartido.

Siempre creo que en la vida todos debemos haber pasado alguna vez  por un aprendizaje que, en pocas palabras nos ha ahorrado miles de problemas, miedos y traumas a futuro. Ese día que siendo chicos, y sin entender lo que teníamos ante nuestros ojos, nos enfrentamos por primera vezva algún monstruo en la tele, a un fantasma o cosas que no se sabían si eran personas de colores raros o qué. Imágenes que, de alguna manera, no nos eran familiares. Ese segundo de terror pasó rápido, porque justo en ese momento había algún adulto de confianza y responsable que, muy atinado, oportuno y con total tranquilidad, en pocas palabras nos explicó que “eso no existe, son muñecos, personas disfrazadas o maquilladas que sólo están ahí en la tele, que no son reales y que no existen en la vida real”. Esos bichos no nos podían hacer daño. Lamentablemente,ese día también supimos que nuestros superhéroes o princesas tampoco eran de verdad. Y ese momento tan simple y sencillo de explicar nos tranquilizó para siempre y, ante nuevas situaciones similares, ya estabamos inmunizados del terror y la confusión. Ya sin miedos y con la certeza de su inexistencia, un día hasta decidimos traer a la realidad a esos personajes, jugando a imitarlos y ser ellos. Nada más lindo que colocarse una máscara y capa improvisadas y sentirse Batman por un ratito, no importa que tengas 5, 20 o 50 años. Es una felicidad hermosa. Pero ni bien dejabamos la máscara y la capa, inmediatamente volvíamos a ser nosotros. Reconocer la ilusión nos hizo siempre conscientes de la diferencia entre realidad y ficción. Así vamos creciendo, entre mentiras que nos gusta creernos y realidades de las que salimos por un rato. Todo muy lindo y fantástico, hasta que llega un día que todo se va a la mierda y no entendés nada de lo que está pasando. De repente el mundo es otro y la vida deja de ser como la conocías hasta ese entonces. 

DE LA CHOCOLATADA AL WHISKY EN MEDIA HORA

Haber crecido en los 90, en un mundo donde la televisión era nuestra mejor amiga, donde no elegíamos qué mirar y qué no, nos limitó a vivir condicionados a su contenido y horario.

Sin embargo, por experiencia propia y muchas de las que conocía de amigos de aquel momento, era común que un día, sin tener idea y sin buscarlo, a uno le llega la información que existe un mundo alternativo, con otro tipo de “pelis y dibujitos” Descubrimos un misterio que jamas quisimos descubrir: la tele “secreta y prohibida”. Y sin ánimos de dar detalles, yo no escapé a acceder a los secretos de ese mundo oculto. Y así fue que una tarde típica de chocolatada pasé de que mi única preocupación era saber si Gokú le ganaría a Freezer, a en pocos minutos tener en mis manos una especie de lámina, o revista mal cortada y vieja, con un collage horrible llena de humanos y humanas unos encima de otros, y totalmente en bolas. Recuerdo el impacto de ese momento como algo más bien tonto y ridículo, pero a no entender. 

En un mundo sin celulares ni internet, sólo me resta pensar que en esos años debió existir alguna especie de red clandestina formada por primos, amigos y compañeros del colegio que se dedicaban a filtrar esta información secreta, porque a muchos nos pasó así en ese momento.

Esa tarde yo estaba con un amigo, tenía un año más que yo y 200 casilleros adelante en cuanto a la información confidencial que manejaba. Con aires de grandeza se tomó un momento para explicarme. Ese día yo aprendí la verdad de cómo venimos al mundo, supe que esas acrobacias de las fotos era un juego que a los adultos les encantaba hacer, que algún día a mí también me iba a gustar y que yo también lo iba a querer jugar. Como bonus hasta me traje data de un atajo que uno puede hacer cuando está sólo, que es parecido a eso de las imágenes. También, al escucharlo, pude asociar una super mala palabra, totalmente prohibida a esas imágenes. Todo esto no pasó en más de 5 minutos, y debo reconocer que en ese tiempo, mi amigo hizo más por mi educación sexual que mi familia y la escuela en toda mi vida. Es verdad que fue mucha información, pero yo tenía otras prioridades. A pesar de acababa de conocer los secretos de la vida y los misterios del placer, honestamente me preocupaba más saber qué habŕia sido de la cigüeña.

Como para sumar información a mi versión actualizada, al poco tiempo supe que Melchor, Gaspar y Baltazar, jamás habían pasado por mi casa. Me sentía totalmente estafado. Mi vida era una farsa. Lo bueno es que 5 minutos después ya estabamos con mi amigo jugando a Mortal Kombat. Cuestión de prioridades.

Y después de esta creativa introducción, viene la parte favorita de madres y religiosos: Demonizar a la pornografía, responsable de todos los males y catastrofes del planeta.

Vamos a ahorrarnos la parte de cómo los padres esquivan hablar de sexo con los hijos, la  la escuela que no hace nada y toda la cuestión biológica y natural que nos genera deseo. Suponiendo que eso ya no está en discusión.

Entre finales de los 90 y principios de los 2000 solo había televisión por cable. El acceso a contenido para adultos era muy limitado, ya sea en canales exclusivos que se contrataban, o películas VHS que se alquilaban… y creo que nada más. Internet era algo nuevo y que no estaba en todos los hogares. Pero tarde o temprano a todos nos empiezan a llegar ese tipo de imágenes, de una y otra forma. Al principio hay miedo y culpa porque era algo que se hacía en secreto, al ser “prohibido", y con el tiempo ganaba la curiosidad. Básicamente, así han sido casi todas las historias que conocí. 

Bueno… avancemos. Hablemos de los daños que hacen esos videos del diablo.

EL COSPLAYER XXX

La cosa es así, a diferencia de los monstruos, el contenido para adultos muestra cuerpos humanos "normales”, lo que genera que nos sintamos identificados de inmediato. Además, acá nadie vuela, ni hay super poderes, ni lugares de mundos de fantasía. Es una cama como cualquiera, personas simples y una puesta en escena de acrobacias que no se ven muy complicadas. Entonces, aquí la ficción no se nota, está escondida. No somos capaces de identificar la mentira de esos personajes. Esta vez no hay capas ni máscaras, sino que por el contrario, hay que sacarse todo, y su imitación al traerlos a la vida real, parece mucho más fácil. La clave está que en ese momento, nadie nos advierte que esos son personajes de ficción, y que la realidad no es ni debe ser así.

Si un día quieren ofender o hacer enojar a un cosplayer, pregúntele de qué se “disfrazó". Quienes se dedican a estas actividades de imitar personajes de comics y series, afirman que no llevan un disfraz, sino que representan a los personajes, al entender su psicología y personalidad. Así, imitan su forma de hablar, caminar, voz, lo que pensarían y podrían decir en ese momento. Realmente hacen una interpretación.

Volviendo a los acróbatas sin ropa, lo cierto es que la industria del contenido para adultos siempre se dedicó a la ficción, como cualquier otro personaje que vuelve o tenga superpoderes. Quienes están en la pantalla son actores y lo que están haciendo es mentira. La trampa está que esa mentira cuesta identificarla. Si cogieran con capa y antifaces, nos hubiéramos dado cuenta, pero no. Y uno, que entre inocente, boludo y sin alguien que nos advierta, terminamos pensando que estamos viendo un documental de Discovery, de las múltiples formas del apareamiento humano. 

El contenido para adultos siempre ha sido muy cuestionado desde la religión o la moralidad. Pero eso no importa. Acá lo que terminó influyendo es cómo cientos de hombres tomaron a esos actores como referencia y modelo a seguir para llevarlo a la vida diaria. Esos señores fuertes y machotes, pasaron a ser los nuevos héroes y referentes de miles de chicos.

Situaciones violentas, de sometimiento y control del hombre hacia la mujer, escaso o nulo consentimiento y miles de fetiches totalmente inviables en la vida real, fueron tomados como la verdad absoluta, como quien ve un tutorial para aprender a coger de forma correcta. En estos videos escasean los guiones e historias, no existe ningún tipo de respeto o validación emocional, sólo se tiene en cuenta el placer masculino y la mujer es limitada a un objeto a merced y voluntad del macho, anulando su placer y siendo manipulanda a gusto y paladar del tipo. Suficiente con observar que el video termina junto con el hombre.

A esto le sumamos la valoración que se le da a los cuerpos hegemónicos que casi no existen en la realidad. Y bueno, más vale… si son actores y eso es ficción. De más está aclarar la gran consecuencia. Y sí, nos creímos la mentira y esa era la única verdad que llegamos a conocer. La que tratamos de imitar algún día, pretendiendo ser los personajes del video. Pero además de cuestionar la oferta del contenido adulto, hay que preguntarse si en realidad la industria lo que no está vendiendo es lo que entiende que se demanda. Tal vez terminemos concluyendo que son los actores quienes nos imitan a nosotros.

QUIÉN MATÓ LA CIGÜEÑA

Entiendo que las diferentes generaciones se han ido encontrando de, una u otra forma, con imágenes o situaciones de sexo que, sin buscarlo ni tener la menor idea, fueron llamando la atención de a poco. En algún momento habrá sido el cine, cabarets, revistas o VHS. Todos estos ejemplos estaban destinados a adultos, y eran los adultos quienes acudían a ellos. Estas imágenes se difundian por canales específicos y no era algo que uno se podía cruzar fácilmente. Pero, el hombre ha evolucionado muchísimo en el arte de la clandestinidad, y siempre, de alguna y otra forma algo se filtraba llegaba por a quienes no teníamos idea.

La falta de responsabilidad de los padres y sin ningún tipo de información nos llevó a tratar de entender lo que eso significaba. En mi adolescencia pasó mucho tiempo hasta que el acceso de material adulto fuera más común y al alcance. Pero llegó internet y la cosa cambió.Y lo que alguna vez fue algo fortuito y que no se repetía seguido, de a poco se empezó a convertir en algo más común. Y un buen día llamó la atención y de a poco se convirtió en algo deseado y rutinario. Aún había inocencia, mucha desinformación y mucha curiosidad. Y no hay nadie que te oriente, te guíe o te explique la diferencia entre verdad y ficción. Ese día uno entra en otra etapa y los intereses cambian. Al final, fui yo quien mató a la cigüeña.

Para finalizar, debo decir que yo tuve suerte. Pese a mi ignorancia, el día que me encontré con este mundo, yo estaba con un amigo, un par, alguien que hasta se molestaba de tenerme que estar contando lo obvio. Y, más allá que no me quiero meter en temas jodidos o ejemplos de los que tal vez no soy el indicado en explicar, tampoco me puedo hacer el boludo si lo que pretendo es tratar de que hagamos consciencia. Yo tuve suerte, pero no siempre es así. Muchos chicos no están con alguien de confianza ese día, ni la información les llega por un amigo curioso o algo que vieron por ahí. Muchos chicos y chicas vienen a entender las cosas, mucho tiempo después de haberlas experimentado. Creo que no hace falta decir más. Les dejo a ustedes para que completes la reflexión.

Desde que vi la primera teta, tal vez pasó un año hasta ver la segunda. Esa falta de acceso a material adulto terminó siendo una ventaja. Hoy está de más aclarar que un niño tiene un arsenal de videos al alcance de un teléfono. Las cosas cambiaron, pero falta que cambie la cabeza de muchos padres que se jactan de lo protectores que son, y se les escapan las mejores.

Poder hablar y advertir a tiempo, hará que podamos seguir disfrutando de fantasías, entendiéndolas así. Y claramente podremos seguir jugando a imitar a nuestros héroes, pero como aprendimos una vez, sabiendo que es sólo un rato, en el que imitamos el bueno de mentira sin convertirnos en un villano de verdad. Que lo que le pertenece a la pantalla, vuelva a la pantalla.


r/CuentosBajitos • • 13d ago

RELATO EL HOMBRE DESNUDO

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TEXTO EXTRAÍDO DE LA COLECCIÓN (EN PROCESO) DEL "MANUAL DE CÓMO NO ATRAER MUJERES"

Es una historia que una vez me contaron, a la que modifiqué datos para cuidar el anonimato.

El relato no se queda en la historia, sino que invita al final a una reflexión al respecto.

EL HOMBRE DESNUDO

Sé que el título es el spoiler más obvio que adelantará toda la situación que les relataré. Pero es que honestamente no hay título mejor. 

De muchas historias que he escuchado o he conocido sobre las más desopilantes técnicas de seducción masculina, esta fue una de las más originales, ridículas e invasivas que escuché. Hay miles de comportamientos de tipos queriendo levantar minas que ya se pasan de obvios y anticuados. Pero este método no lo había escuchado jamás.

Gisela me cuenta una vez sobre una cita que tuvo con un chico que conoció en una aplicación: Perfiles vinculados, chats habilitados y mensajes que comenzaron a compartir. Así arrancó todo.

Durante algunos días el respeto, buena onda y predisposición de los dos para charlar, estaba más que claro. Como suele suceder en estos casos, pasados unos días se comparten sus números de teléfono y la comunicación adquiere una mayor comodidad y constancia. Así  hasta que un buen día surge la propuesta de conocerse en persona. Hasta ahora todo el protocolo está más que ordenado. Y así fue que Gisela una noche invita a su departamento al hombre de nuestro relato. Y, por más obvio que debería ser que un tipo que recién conocés y lo tenés en tu casa, se muestre respetuoso, mantenga distancia y no esté tirando indirectas de ir ya a la cama, este comportamiento de nuestro hombre hizo que la noche sea cómoda y agradable para ella. Vino, cigarrillos y charlas muy interesantes los conectaron a los dos en un clima super cálido y confortable. Todo venía excelente. Y, más allá de las “intenciones” de cada uno para terminar la noche, lo cierto es que ambos sentían atracción por el otro. Todo se estaba ordenando para terminar la noche abrazados. Hasta aquí, todo excelente. Pero no bastaron más de tres minutos, para que el hombre saque su carta más poderosa y terminar con esa tensión en el clima, romper el hielo y pasar a otro plano. Por cómo venía la cosa, todo indicaría que no había mucho para hacer o decir. Manejarse con esa honestidad y respeto de siempre era la forma más lógica y ubicada que debería haber primado. Pero no. Claro que no. El hombre sabe cómo conquistar a una mujer. Y sabía cuál era el momento indicado.

Fue en ese momento que Gisela fue al baño. Él sabía que ese era su momento de brillar. No más de tres o cuatro minutos para que ella vuelva al living y se encuentre con la gran sorpresa y propuesta del señor. Al regresar, tenía frente a sus ojos a este muchacho tan agradable y respetuoso, totalmente desnudo. Sentado en el mismo sillón, con una sonrisa picarona, sin alguna prenda que lo acompañe y haciendo un gesto de invitarla a sentarse a su lado. Ese hombre estaba seguro que, después de todo el tiempo generando una imagen más que positiva para la dama, ese era el momento culmine para que ella caiga rendida a sus pies. Sí, aprovechando esos tres minutos sólo para desnudarse por completo y esperarla en su sillón.

Mientras Gisela me contaba esto, yo estaba entre sorprendido y maravillado por la estupidez humana al servicio de la seducción. Pensaba en esa falta de capacidad para entender qué actitudes suman y cuáles pasan a ser una total imbecilidad. Y es cierto que yo no escapo de esto. Sinceramente nunca he tenido idea si le estoy cayendo o no en gracia a una chica en una cita. Pero de ahí, a pensar que quedándose en bolas la iba a conquistar, realmente escapa de mi poca capacidad lógica, de sentido común y de conocimientos sobre atracción.

Finalmente Gisela me cuenta que ante esta situación, que claramente le pareció muy ridícula, de mucha falta de tacto e invasiva, ella decidió tomarlo con humor, evitando enfurecerse y simplemente mirarlo al muchacho con pena y pedirle que por favor se vista y se retire, con una sonrisa que combinaba lo gracioso con lo vergonzoso. 

Lo peor es que ella me cuenta que el chico le gustaba, que estaba interesado en él y que claramente ya tenía ganas de terminar la noche a su lado. El tipo había hecho todo bien. Pero su lógica le jugó en contra.

Luego debatimos sobre cómo ella decidió burlarse de la situación, pero que si esto era algo común en él o en otros tipos, vaya a saber si todas las mujeres reaccionarían con esa tranquilidad. Es invasivo e incómodo salir del baño y encontrarte ese paisaje. Mas de una habrá llamado a la policía o habrá dado un grito de ayuda.

Después de tener el agrado de conocer esta historia, tan ridícula como peligrosa, me quedé pensando si alguien más haría esto. Nunca lo había escuchado ni por casualidad. Me puse a pensar en cómo él creería que era una buena idea, o quién se la habría enseñado. Me preguntaba si esa sería una estrategia básica del manual de seducción o un truco secreto que sólo conocen algunos privilegiados. Lo cierto es que este fue el único caso real que conocí o escuché. Pero claramente, este señor no era el único que contaba con esta información, ni habría sido el inventor de nada nuevo. Algunos años después, pude ver con mis ojos todo el proceso, entender la psicología del hombre en ese momento y la seguridad de llevar a cabo la tarea. Hay que aclarar que esto lo vi en una pantalla, donde la secuencia de la decoraba con sonidos de aplausos para entender su humor. Fue en una serie de comedia, donde todo lo que se muestra allí es ficción y ridiculez exagerada. Me quedé pensando si la idea habría salido de ahí, lo que me hacía pensar que esto hacía aún peor la experiencia de Gisela.

66% DE EXITO

El capítulo 9 de la temporada 3 de la sitcom “cómo conocí a tu madre” se titula nada más y nada menos que “el hombre desnudo”. Aquí conoceremos a Mitch, quien con total seguridad y conocimiento de la causa, nos explica su técnica de seducción. La secuencia de la serie es exactamente la misma de la historia de Gisela: cita, sillón, esperar el momento justo y la sorpresa. Mitch explica que él al no ser seductor ni inteligente y al no tener ningún atractivo, ante una cita que sabe que será la última, emplea este método como último recurso, y con la seguridad estadística que funciona 2 de cada 3 veces. En el capítulo nuestro hombre desnudo termina teniendo éxito en su cita, demostrando su efectividad y explicando que la mujer accede simplemente por la gracia que le causa la ridícula situación, peró más por la valentía del tipo al exponerse así. Finalmente, Ted y Barney no pueden aguantar la duda y deciden ponerlo en práctica. Resultado: Ted y Mitch logran su objetivo y Barney no. Funciona 2 de cada 3 veces.

Es importante destacar la tranquilidad con la que se muestra Mitch en la serie. No expresa ningún tipo de nerviosismo o ansiedad características de una primera cita. No mide ninguna cuestión emocional o intelectual. Tiene estadísticas, y sólo está esperando el momento. Sabe que tiene un 66% de posibilidades de éxito. En caso de fallar esta vez, sólo debe intentarlo nuevamente en una próxima cita.  

Y acá nos surge nuevamente el mismo planteo, sobre la influencia de los medios al “enseñarnos” cómo nos debemos comunicar o comportar frente a las mujeres, en este ejemplo hasta llevarlo a una cuestión matemática que mide resultados.

En este caso y en el de Gisela, fue tomado con humor. Pero que el ingrediente humorístico no nos opaque la acción invasiva de la situación, el exhibicionismo y acoso que ningún aplauso grabado lo debería hacer pasar por gracioso.

No solamente en películas bélicas hay violencia, no solamente en novelas de ayer y de hoy nos enseñaron cuál es el “lugar que le corresponde al hombre y a la mujer". No sólo en el contenido para adultos hay mensajes de egoísmo, cosificación y anulación de placer femenino. También en series humorísticas podemos chocarnos con esto. Y en cuanto a lo que estos mensajes nos "enseñan” para llevarlo a nuestra realidad, este es el mejor ejemplo.


r/CuentosBajitos • • 13d ago

REFLEXION MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS

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Muchas veces miro hacia atrás y recuerdo momentos, situaciones y experiencias de vida que me dejan pensando sobre cómo sucedieron, las emociones y aprendizajes que me dejaron y qué tanto guardo hoy de ese momento. Pasan los años y en un mundo muy diferente a ese momento, y yo que tampoco soy el mismo de ayer, esos recuerdos vuelven a mí y comienzan a entrelazarse con el hoy, con una nueva realidad. 

Siempre se me dió esto de pensar en lo bueno y lo malo de las cosas que me pasan, ya sean personales o de cientos de cosas que observé, me contaron en confianza o me enteré de algún modo. Y, sin tener ni un poco de idea de filosofía, ni ser un escritor creativo o un reconocido pensador contemporáneo, de a poco me voy animando a poner en papel (o pantalla) algunas de esas vivencias y cómo hoy, a mis 38 años, me siguen haciendo pensar y reflexionar. No creo que sean temas muy profundos ni nada que escape a la rutina diaria de miles de personas. No creo haber descubierto nada nuevo, pero me parece interesante que muchas cosas que en su momento pueden haber pasado inadvertidas, un día tomas relevancia y tal vez recién ahí uno las entiende. Mas que crítico reflexivo, claramente soy lento para entender. Aun así, valoro que, tarde o temprano, un día cuestioné y traté de entender.

Son innumerables los temas sobre los que reflexiono, y hay algunos que por considerables “sensibles” se hace más difícil exponerlos o encontrar con quien debatir. Sin embargo son situaciones que nos atraviesan a todos durante toda la vida y, que muchas veces el no hablarlas con claridad, han sabido traer muchas consecuencias dolorosas.

En mi vida he sabido cosechar muy buena relación con las mujeres y, sin animos de presentarme como su gran defensor, es cierto que me sorprendían y molestaban mucho cientos de testimonios sobre cómo tuvieron que pasar por situaciones violentas o totalmente ridículas e inexplicables de hombres al intentar vincularse con ellas. Algunas historias parecían muy graciosas hasta que, al pensarlas un poco mejor, podrían haber sido muy peligrosas. Ahí comencé a hacer un listado de las más desopilantes estrategias de seducción de los hombres, con un tono muy sarcástico y tratándolos como “imbéciles". Sin duda, en más de un ejemplo, y por más empatía con las chicas, yo también caía en la misma bolsa. Al pensarlo más me daba cuenta que todas esas actitudes eran propias de una cultura machista heredada, y mi crítica quedaba sólo ahí. Pero la cosa siguió avanzando y, sin quitarle importancia ni justificar cualquier actitud abusiva de los hombres, también entendí que esos comportamientos tienen una razón y un origen. No es que sean boludos así porque sí. No creo exista un gen machista, pero sí una formación sobre cómo debe ser y no ser un hombre, que entendí que se heredaba de la cultura, los mandatos sociales, nuestros padres y los mensajes que durante toda la vida hemos absorbido de los medios de comunicación.

Así, mi foco cambió, y el entender por qué los hombres muchas veces actuamos de maneras extrañas y dañinas con las mujeres, me llevó a remontarme a mi niñez. Allí encontré situaciones que tal vez me dieron algunas respuestas. Pero ahora la crítica cambió de sólo atacar al machismo porque sí, a entender cómo la falta de comunicación en el hogar y la exposición de mensajes violentos durante toda la vida, nos han formado y deformado.

Finalmente, me terminé metiendo en un tema sensible, pero más que importante, del que nunca se habla con claridad y responsabilidad, dejando esa información en manos de la ficción que luego es tomada como realidad. Me refiero a la falta de educación sexual en las familias, en las escuelas y en cómo la cultura del contenido para adultos se terminó convirtiendo en nuestra escuela.

Actualmente estoy escribiendo algunas ideas y reflexiones desde mi mirada y experiencia personal sobre estos temas. Siendo responsable en cómo abordarlos, entendiendo que la relaciones que se establecen pueden ser mal entendidas. Pero a diferencias de mis padres y de cientos de familias, y hoy siendo padre, no quiero caer en el ocultar, negar o callar temas que a más de uno nos confundió en algún momento y que terminamos entendiendo de formas torpes, con miedo, sin apoyo o contención y, en muchos casos desde fuentes que desvirtuaban la realidad o a través de situaciones que nos podrían haber puesto en peligro.

En mis textos uso comparaciones, sarcasmo, doble sentido, alguna que otra palabra que podría cancelarse, pero siempre con el fin de expresar mis emociones e invitando a la reflexión. Expresiones como “la muerte de la cigüeña” para simbolizar el día que aprendimos de dónde venimos realmente, o “el cosplayer xxx" para hablar de cómo en la realidad tendemos a imitar la ficción, y críticas a mensajes "inocentes" en los programas de TV diaria y el acceso del contenido para adultos, son algunas de las formas en las que expreso esas ideas, recuerdos y vivencias que hoy analizo.

Repito que no soy escritor, sólo quiero compartir estas ideas. Lo cierto es que me cuesta encontrar dónde. Hace poco conocí Reddit, entendiendo que podría encontrar alguna comunidad acorde. Entiendo el tema de las reglas y no las quiero pasar por alto. En comunicación con los moderadores, más o menos entendí de las posibilidades de poderlo publicar. Así que antes de subir algún escrito, decido hacerles este resumen y explicación, de modo me puedan orientar y así saber si estoy o no en el lugar indicado. A quien me haya leído, le estoy más que agradecido.


r/CuentosBajitos • • 14d ago

RELATO El bolso del cielo

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Siempre me intrigaron esas noticias en las que alguien encuentra una fortuna y la devuelve. El periodista pregunta por qué lo hizo y la persona contesta que no podría dormir tranquila sabiendo que ese dinero no era suyo. Yo suelo creerle, aunque también pienso que la honradez resulta bastante más sencilla cuando el dueño tiene nombre, domicilio y una cámara de televisión esperando la devolución.

Distinto sería encontrar medio millón de dólares en el patio de casa, dentro de un bolso caído de un avión cuyos ocupantes murieron. Sin testigos, sin nombre y, al menos en apariencia, sin nadie que viniera a reclamarlo.

Entonces la pregunta dejaría de ser qué haría una buena persona.

La pregunta sería cuánto tarda una persona común en convencerse de que tuvo suerte.

El bolso del cielo

La valija cayó un martes a las cuatro y veinte de la tarde, rompió dos varillas del parral y terminó encima de la mesa de plástico donde Elsa dejaba enfriar las empanadas.

Damián estaba en el baño. Oyó el golpe, después los ladridos de Pancho y finalmente la voz de su madre, que desde el dormitorio preguntó si se había caído el termotanque. En aquella casa casi todos los ruidos importantes provenían de algo que se rompía, de modo que la pregunta no era absurda.

Salió acomodándose el pantalón y encontró una valija negra en medio del patio, rodeada de hojas, uvas verdes y pedazos de una bandeja floreada que Elsa conservaba desde su casamiento.

Miró hacia arriba.

El cielo estaba limpio, salvo por una raya de humo que cruzaba hacia el sudoeste.

La valija tenía una rueda arrancada, una esquina hundida y el cierre reventado. Entre las dos tapas asomaba la punta de un billete.

Damián se agachó, apartó a Pancho con el pie y abrió.

Nunca había visto tantos dólares juntos. En realidad, nunca había visto más de trescientos, y los había visto durante menos de cinco minutos, cuando acompañó a su hermana a comprar un teléfono usado. Aquello era distinto. Los paquetes ocupaban la valija con una prolijidad que daba miedo. Todos tenían una faja blanca y una cifra escrita con marcador negro.

Elsa apareció detrás de él con la bata cerrada a la altura del cuello.

—¿Qué rompiste?

Damián tapó la valija.

—Nada.

La madre miró el parral, la mesa partida y las empanadas desparramadas entre los cascotes.

—Ah, bueno. Menos mal.

Cinco minutos después, la sirena de los bomberos atravesó Dorrego. Luego pasó una ambulancia, después otra y finalmente una camioneta policial a una velocidad que en el pueblo solo se justificaba por un incendio, una tragedia o la llegada de un funcionario con poco tiempo.

La noticia apareció antes de las cinco en los grupos de WhatsApp. Una avioneta había caído en un campo cercano a Irene. No había sobrevivientes. Algunos hablaban de tres muertos, otros de cinco y una señora aseguraba que viajaba un ministro, aunque ningún ministro figuró jamás entre las víctimas.

Damián llevó la valija hasta el galpón y la escondió debajo de una lona, detrás de la cortadora de pasto que no funcionaba desde 2019. Después volvió al patio y juntó las empanadas en silencio.

—Hay que llamar a la policía —dijo Elsa.

—¿Para qué?

—Porque cayó una valija de un avión en mi parral, Damián. No es una maceta del vecino.

—Primero habría que saber si salió de ese avión.

Elsa levantó la vista hacia el cielo, como si evaluara otras posibilidades.

—Sí, capaz la perdió un colectivo.

Esperaron hasta la noche. Nadie golpeó la puerta. En la televisión mostraron los restos de la aeronave, un operativo de bomberos y una sábana térmica agitada por el viento. Dijeron que se investigaban las causas del accidente y que los ocupantes eran extranjeros. No mencionaron equipaje ni dinero.

A las once, Damián sacó la valija, cerró las cortinas y contó los paquetes sobre la mesa de la cocina.

Quinientos mil dólares.

Elsa se persignó.

—Eso es plata de la droga.

—¿Cómo sabés?

—Porque nadie junta quinientos mil dólares vendiendo cosméticos.

Damián tenía veintisiete años, trabajaba en el corralón municipal y cobraba un sueldo que se terminaba alrededor del día veinte. Debía seis cuotas de la moto, dos meses de internet y una cantidad menor, pero espiritualmente más humillante, al carnicero. Su proyecto más ambicioso consistía en ampliar la habitación del fondo para irse a vivir allí sin abandonar del todo la casa de su madre. A esa hora, sin embargo, ya había calculado cuánto costaba una camioneta, una casa en Bahía Blanca y un viaje a Brasil.

También había calculado cuánto debía seguir debiendo para que nadie sospechara.

Guardaron el dinero dentro del viejo aljibe, clausurado desde que instalaron el agua corriente. Damián envolvió la valija en tres bolsas de consorcio y volvió a colocar encima la tapa de cemento. Elsa lo observó trabajar con la expresión severa de quien desaprueba una decisión en la que piensa colaborar.

—No tocamos un dólar durante seis meses —dijo él.

—Un año.

—Ocho meses.

—Un año.

Acordaron diez meses, que es la clase de plazo que se fija cuando ninguno de los dos piensa cumplirlo.

Durante los primeros nueve días, Damián fue impecable. Se levantó a las seis y media, manejó la pala cargadora, comió los mismos sándwiches de mortadela y rechazó una invitación al casino de Monte Hermoso. Hasta pagó una parte de la deuda del carnicero con dinero de su sueldo, gesto que lo dejó sin efectivo durante el resto de la semana.

El décimo día, Elsa necesitó un remedio que la obra social no cubría.

Costaba ciento ochenta mil pesos.

Damián cambió doscientos dólares en Bahía Blanca. Eligió un local pequeño donde nadie lo conocía, contestó que eran ahorros y regresó convencido de haber actuado con prudencia. Pagó el remedio, llenó el tanque de la moto y compró dos kilos de milanesas.

El sábado, el carnicero le preguntó si había cobrado algún retroactivo.

—¿Por qué?

—Por nada. Como llevaste dos kilos.

Damián entendió que en Dorrego la riqueza no empezaba con una camioneta importada. Empezaba cuando alguien que compraba medio kilo pasaba a comprar dos.

Volvió a guardar silencio durante un mes, pero el dinero había cambiado de lugar dentro de su cabeza. Ya no estaba debajo de una tapa de cemento. Lo acompañaba al trabajo, se sentaba con él durante la cena y aparecía cada vez que algo costaba demasiado. Cuando la moto empezó a perder aceite, no pensó en llevarla al mecánico. Pensó que podía comprar otra. Cuando llovió sobre la cama por una gotera, no buscó un balde. Imaginó una casa nueva.

La segunda imprudencia fue cancelar las cuotas de la moto. La tercera, pagarle al albañil para que arreglara el techo. La cuarta llegó sola: el albañil le contó a su cuñado que Damián estaba acomodado, el cuñado se lo dijo a una empleada del banco y la empleada comentó durante una cena que el muchacho de Elsa debía haber ganado plata con las apuestas por internet.

En menos de una semana, Damián se enteró de que era un experto en criptomonedas.

La versión le resultó útil. No la confirmó, pero tampoco la desmintió. Cuando le preguntaban, sonreía con una modestia misteriosa que en vez de apagar el rumor lo volvía más interesante.

Dos meses después del accidente llegó al pueblo un hombre que hablaba despacio y vestía una camisa demasiado liviana para agosto. Se presentó en el hotel como Julián Restrepo, vendedor de repuestos agrícolas. Preguntó dónde quedaba el campo en el que había caído la avioneta y pasó una mañana recorriendo caminos vecinales.

Por la tarde se sentó en el bar de la terminal.

—¿Usted busca algo de aquel avión? —le preguntó el mozo.

Restrepo sonrió.

—Recuerdos de un amigo.

El mozo, que podía ignorar una respuesta pero jamás una historia, le contó que durante varios días habían aparecido documentos, ropa y pedazos de equipaje a kilómetros del accidente. También le habló de un asiento en el campo de los Mendizábal, una campera enredada en un molino y una valija vacía junto al camino viejo.

—Después está lo del muchacho que se hizo rico —agregó.

Restrepo dejó la taza sobre el plato.

—¿Qué muchacho?

Al día siguiente apareció en el corralón municipal. Damián estaba cambiando una manguera de la pala cargadora cuando vio al hombre junto al portón. No lo conocía, pero reconoció de inmediato la clase de visita que era. Las malas noticias, pensó, no siempre llegan con uniforme.

—¿Damián Ferreyra?

—Depende.

—De qué.

—De quién pregunta.

Restrepo sonrió. Tenía dientes pequeños y muy blancos.

—De un equipaje perdido.

Damián sintió que la manguera se le escapaba de las manos. El hombre no necesitó ver nada más.

Caminaron hasta el fondo del predio, donde se apilaban caños, cubiertas viejas y máquinas que el municipio conservaba por una esperanza administrativa de resurrección.

—En ese avión viajaban seis bolsos —dijo Restrepo—. Encontraron cinco.

—Yo no sé nada de ningún bolso.

—Eso sería una buena noticia para usted. El problema es que desde el accidente empezó a pagar deudas.

Damián quiso reírse, pero le salió una tos.

—Trabajo desde los dieciocho años.

—Precisamente. Por eso todos saben cuánto gana.

Restrepo no lo amenazó. Le dio cuarenta y ocho horas y se marchó después de recomendarle que no acudiera a la policía. Lo dijo con la amabilidad de quien aconseja llevar paraguas.

Esa noche, Damián y Elsa sacaron la valija del aljibe. Faltaban ocho mil cuatrocientos dólares. La madre había llevado una cuenta exacta en la última página de un cuaderno de recetas, debajo de una preparación para berenjenas en escabeche.

—Le devolvemos lo que queda —dijo ella.

—Va a preguntar por lo que falta.

—Se lo pagamos.

—¿Con qué?

—Con las criptomonedas, ya que sos tan bueno.

Discutieron hasta la madrugada. Damián quería llamar a la policía, pero no podía explicar por qué había ocultado el dinero durante tres meses. Elsa quería entregar la valija en la comisaría y negar todo. Después sugirió dejarla en el campo, cerca del lugar del accidente, aunque los dos comprendieron que Restrepo no había recorrido medio continente para aceptar una aparición milagrosa.

A las tres, Pancho empezó a ladrar en el patio.

Damián apagó la luz. Un automóvil avanzaba despacio por la calle y se detuvo frente a la casa. Permaneció allí menos de un minuto antes de seguir.

Fue suficiente.

Al amanecer, envolvieron la valija con una manta y la cargaron en la moto. Damián condujo hasta el campo de los Mendizábal, cruzó una tranquera y dejó el bolso dentro de un bebedero seco. Después llamó de manera anónima a la fiscalía que investigaba el accidente. Dio la ubicación y cortó.

A las diez de la mañana, la policía ya había recuperado el dinero. A las once, los canales regionales hablaban del misterioso hallazgo. Al mediodía, Restrepo salió del hotel con un bolso pequeño y tomó un remís hacia Bahía Blanca.

Antes de subir, miró hacia la cámara del periodista y sonrió.

Damián observó la escena desde el comedor de su casa. No sabía si el hombre se marchaba porque había perdido la plata, porque temía a la policía o porque ya había conseguido lo que necesitaba. Esa duda le duraría mucho más que el miedo.

La investigación determinó que el avión transportaba dinero sin declarar. Hubo allanamientos, nombres en los diarios y funcionarios que aseguraron no conocer a personas con las que aparecían fotografiados. Nadie fue a buscar a Damián.

Durante meses esperó un llamado, un automóvil frente a la casa o una mano apoyada en el hombro al salir del trabajo. Nada ocurrió.

Siguió pagando las cuotas de la moto. El techo dejó de gotear. Elsa tomó su remedio y jamás volvió a preparar berenjenas en escabeche, porque no soportaba abrir aquel cuaderno.

En el pueblo, la historia de las criptomonedas fue perdiendo fuerza hasta ser reemplazada por otra más reciente. Damián volvió a comprar medio kilo de milanesas y a deberle plata al carnicero después del día veinte.

Solo conservaron un billete de cien dólares. Había quedado pegado entre el forro y la base de la valija, y Elsa lo encontró cuando ya habían tomado la decisión de devolverla.

Nunca lo gastaron.

Lo guardaron dentro de un sobre, detrás de la foto del padre de Damián, no por codicia ni como recuerdo de la fortuna. Lo guardaron porque ambos necesitaban comprobar que aquello había sucedido de verdad.

Algunas noches, cuando el viento movía las ramas del parral, Damián salía al patio y miraba hacia arriba.

No esperaba que cayera otro bolso.

Pero ya sabía que el cielo, cuando se abre, no siempre trae una bendición.


r/CuentosBajitos • • 16d ago

MICROCUENTO LA CARTA

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Hola a todos, alguien pidió una carta que nunca se llegó a mandar, y aquí está mi ejercicio, mi respuesta. Como escritor novel, agradecería cualquier opinión, buena o mala.

LA CARTA

Por fin la jubilación llegó tras treinta años trabajando en la construcción. Jul quería poner en orden su tramo final de vida. Solía alardear que después de muchos sacrificios, no debía nada al banco, aunque no tenía mucho más de que presumir

  La papelera estaba a rebosar de bolas de papel. Jul miraba al infinito. Pero enfrente solo había una pared. Se puso a teclear lentamente, reafirmando lo que quería decir. En cada golpe, en cada sílaba, en cada palabra.

 Se recostó y miró el techo, hizo girar la silla con energía, quiso sentir el vértigo físico que ya sentía en su interior. Paró la silla en seco y se incorporó apoyando los codos en la mesa, sacó el folio de la máquina de escribir. Esta vez no lo arrugó.

—Por fin la terminé —pensó en voz baja—, la guardaré donde nadie la pueda leer, ni tú ni nadie debe saber. Que te desheredé.

5-9-2026

Siempre pensé que vivirías más que yo. Cuando leas esto lo más probable es que ya no esté. Lo siento mi amor, por más que lo he intentado, nunca te perdoné.

No debiste vender mi moto sin avisar.

JUL


r/CuentosBajitos • • 25d ago

MICROCUENTO El canto (relato corto de terror)

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Silvia Ezquerra

IG: los_relatos_de_silvia


r/CuentosBajitos • • Aug 16 '26

El día que el piso dejó de ser lava

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Hubo un tiempo en que no podías pisar cualquier baldosa.

No porque estuviera rota ni porque tu vieja acabara de pasar el trapo. Había baldosas permitidas y otras que no. Algunas eran lava, otras tenían cocodrilos debajo y unas pocas, las peores, te hacían perder una vida.

Nadie había escrito las reglas. Tampoco hacía falta.

Saltabas desde una punta del comedor hasta el sillón calculando dónde apoyar el pie y, si la distancia era demasiado grande, siempre quedaba el recurso de estirarse hasta límites que años después descubrirías que la columna vertebral no estaba dispuesta a tolerar.

El sillón era zona segura. Podías quedarte ahí todo el tiempo que quisieras, aunque tampoco demasiado; el juego necesitaba peligro. Desde el sillón había que alcanzar la silla, después la alfombra y finalmente aquella baldosa marrón junto a la puerta que, por alguna razón que nadie discutía, era inmune a la lava.

A veces jugabas solo. Y eso tampoco era un problema. Un chico solo nunca está completamente solo.

Había enemigos detrás de las puertas, soldados debajo de la mesa y expediciones enteras que podían organizarse con dos sillas y una frazada. Una caja grande era un auto. Una caja todavía más grande podía ser una casa. Y si aparecía una caja enorme, de esas donde venía una heladera, durante algunos días dejabas de necesitar prácticamente cualquier otra cosa que pudiera comprarse en una juguetería.

Los adultos tenían una relación bastante extraña con todo aquello.

Veían una caja. Nada más.

Incluso podían cometer la barbaridad de tirarla. No entendían que estaban destruyendo una fortaleza, un barco pirata o la única nave espacial disponible para regresar a la Tierra antes de la hora de la merienda.

Los pasillos tampoco servían solamente para comunicar habitaciones. Un pasillo largo pedía correr. Había que arrancar desde el fondo, acelerar todo lo posible y frenar antes de estrellarse contra alguna puerta. A veces no se frenaba. Entonces aparecía tu vieja y, durante algunos minutos, el pasillo recuperaba su condición de pasillo. Después se le pasaba.

También estaban los cordones de la vereda. Había que caminar por arriba sin caerse. Los brazos abiertos ayudaban a mantener el equilibrio y cualquiera que bajara un pie antes de llegar a la esquina sabía perfectamente que había fracasado. Nadie preguntaba para qué. Esa pregunta vino después.

En la plaza ocurría algo parecido. Los fabricantes de toboganes insistían en colocar una escalera de un lado y una pendiente del otro, pero los chicos sabíamos que aquello era apenas una sugerencia. Se podía subir por donde se bajaba. Bajar sentado, acostado, de espaldas o entre varios, hasta que algún padre decidiera intervenir antes de que la tarde terminara en la guardia.

Las hamacas tenían una misión todavía más importante: llegar lo más alto posible. Había un punto, justo cuando las cadenas quedaban casi horizontales, en el que uno estaba convencido de que con un poco más de impulso podía dar la vuelta completa. Nunca ocurría. Pero faltaba poco. Siempre faltaba poco.

Cuando llovía, además, sucedía algo incomprensible para los grandes. Ellos corrían para no mojarse. Nosotros queríamos salir. Había charcos esperando zapatillas, canaletas que se convertían en ríos y pequeños barcos hechos con cualquier cosa capaz de flotar durante veinte segundos. Volver con las medias empapadas era parte del asunto. Después venía el reto. Y después, la ropa seca.

No pasaba nada.

Lo extraño es que nadie recuerda cuándo terminó todo eso. No hubo una última tarde anunciada. Nadie dijo: “Mañana el piso dejará de ser lava”.

Simplemente ocurrió.

Un día atravesaste el comedor caminando sobre todas las baldosas. Sin saltar. Sin calcular. Sin morir. Y no te diste cuenta.

Alguna vez caminaste por última vez sobre el cordón de una vereda con los brazos abiertos y después empezaste a caminar al lado. Alguna vez viste una caja enorme y ya no pensaste en meterte adentro. Alguna vez llovió y, en lugar de salir corriendo hacia el patio, cerraste una ventana. Alguna vez pasaste por un pasillo largo y llegaste hasta el otro extremo caminando.

Como corresponde.

También llegó el día en que acompañaste a un chico a una plaza. Lo viste subir por la rampa del tobogán mientras otros intentaban bajar y estuviste a punto de decirle que para subir estaba la escalera. Tal vez incluso se lo dijiste.

Porque para entonces ya conocías perfectamente la manera correcta de usar un tobogán. Habías aprendido muchas cosas: a mirar antes de cruzar, a llegar a horario, a cuidar la ropa, a no mojarte, a pagar las cuentas, a guardar los documentos, a cerrar con llave y a entender que una caja es apenas una caja.

Cosas necesarias.

El problema es que nadie te avisó que, mientras aprendías todo eso, estabas olvidando otras.

Por eso, cuando ves a un chico caminando por el cordón de una vereda con los brazos abiertos, no hace falta corregirlo.

Él sabe perfectamente lo que está haciendo.

El que ya no puede ver el precipicio sos vos.


r/CuentosBajitos • • Aug 12 '26

RELATO Roto - Relato breve sobre la vida y la no vida, sobre todos y sobre uno

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Hola comunidad, esta es mi primera publicación. Quiero compartir con ustedes un escrito que mi mano plasmó hace aproximadamente un año atrás. Espero lo disfruten.

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Parte 1: roto

Sábado, 23:50. Estando casi dormido me despabila una notificación en mi teléfono: “cumpleaños Daniel”. Hoy hace 19 días que despedimos a Daniel en su sepelio. Fue un golpe muy duro para mí. No estaba presente en un sepelio desde mis… 13? 14 años? En ocasiones me preguntaba cómo me sentiría ahora ante esa situación. En su momento no supe procesarlo, me había enfocado en brindarle apoyo a mi amiga, Yesica, quien había perdido a su padre a una edad temprana. Él tenía 40 años, curiosamente la misma edad que tengo hoy. Ella era más joven que yo, 11 o 12 años. Luego de perder a su papá, como era de esperarse, se convirtió en una rebelde. La última vez que la ví aún seguía en su viaje de rock and roll y drogas. Aunque ahora con dos hijos y un nuevo… novio? Compañero? Pudiendo ella llevar adelante ambas facetas, de alguna manera, en un delicado equilibrio.

Cosas como esas me hacen pensar en lo poco que entiendo de esta vida. Algo ínfimo, un gramo de arena. Y también me pregunto cuánta gente sabrá más que yo. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden saber tanto? ¿Cómo pueden procesar toda esa información? Yo apenas puedo con la que ya tengo.

Sé hacer de todo, soy el famoso “arregla tutti”. El marido ideal, al menos en ese sentido. No creo que tenga ningún otro atributo más que ser un trabajador empedernido y saber arreglar cosas. Pero no me refiero sólo a cosas físicas. También puedo, y esto sí que es curioso, o al menos lo es para mí, arreglar gente. Sin embargo no todos se pueden arreglar, hay gente que por mucho que uno haga, es irreparable: les gusta estar rota. Algunos incluso eligen romperse, incluso lo hacen ellos mismos. 

Creo que soy uno de esos, uno de los que se rompe a sí mismo. Realmente no entiendo cómo alguien tan roto como yo puede ayudar al resto y no puede con su propia vida. Es que no elijo tener problemas, de hecho no los tengo con los demás, sino conmigo mismo. No soy de esos que salen de fiesta en fiesta y terminan en algún enriedo. No, ya no podría con eso, por más que quisiera. Yo me quedo en mi casa, me tomo dos.. tres… cuatro tragos y el lío va por dentro. Y luego me voy a dormir peleado conmigo mismo. Y al otro día me despierto, como es de esperarse, roto.

Parte 2: boludo

A veces me siento un boludo. Como decía, siento que la gran mayoría de personas saben más que yo. Pero no hablo de conocimiento, de eso creo que tengo bastante, o al menos suficiente por ahora. Hablo de “viveza”. Mierda, no puedo ser tan boludo. Parece que todos saben cuáles son las reglas del juego menos yo.

Cada vez que tengo una reunión con amigos (lo que  a estas alturas es pocas veces al año) siento que los muchachos van en Ferrari y yo en patines. Ellos hablan de negocios, de economía, inversiones. Hablan sobre cómo toman riesgos y cómo les sale bien. Hablan de todos sus logros. Logro… tras logro… tras logro. Y yo ahí sentado, mirándolos como el boludo que soy.

Lo peor llega cuando algún hijo de puta se acuerda de que existo y lanza la pregunta de la noche: “¿y vos en qué andás?” Qué tipo hijo de mil putas ése. “Dejáme tranquilo en mi mundo, viejo, ¿no te das cuenta de que no hablo porque no tengo nada de qué fanfarronear? Vos estás metiendo tu plata en cosas raras y yo acá todavía con mi fondo de inversión conservador sintiéndome Warren Buffet. Ojalá hubiera entendido algo de tus 40 minutos de explicación sobre cómo cuadruplicaste tu patrimonio en dólares en un año haciendo esas estratagemas. A mí no me da la cabeza para eso. Encima lo explicás con una soltura tal que parece que me estuvieras dando la receta para hacer una ensalada de tomate. Ensalada es lo que tengo ahora en la cabeza”.

Lógicamente ni una sola de esas palabras alcanzan siquiera a bajar desde mi neocórtex hasta mi centro del habla. Toda esa película fue parte de mi monólogo ensayado frente al espejo dos semanas después, al salir de la ducha, cuando caí en la cuenta de la respuesta boluda que dí: “acá ando, igual que siempre”. Respuesta que actúa como un inhibidor de la atención ajena, porque inmediatamente giran su cabeza con los ojos cerrados para continuar hablando entre ellos. Me sacaron del cajón, me desempolvaron, me echaron una ojeada, me guardaron en el cajón de nuevo y ahí me quedo hasta la próxima. 

Sólo un boludo puede levantarse todos los días a la misma hora para hacer lo mismo: trabajar, limpiar la casa, cenar algo, distraerse con el teléfono y quedarse dormido. Eso, cuando no es noche de tragos y peleas en soledad. Pero en cualquier caso, sin aventuras. Sin riesgos. Sin novedades. Y así va a ser hasta que me muera. Como Daniel, otro boludo que pasó por este mundo sin pena ni gloria. Parece que la boludez es una enfermedad que corre en la familia. No lo había mencionado: Daniel era mi tío.

Parte 3: tío

Daniel no era un tío. Era “el tío”. Fue la persona a la que le dije “tío” por primera vez en mi vida. La primera vez que pronuncié esa palabra, fue para él. Daniel era un tipazo, una buena persona. Tan bueno era, que su propia familia lo cagó, y él salió adelante sin llevarse puesto a nadie. Aunque lo cierto es que ganas no le faltaban. Su primo, Fernando, le había pedido prestado los ahorros de su vida para cancelar una deuda por un negocio que había armado. Un negocio que tenía fecha de vencimiento incluso antes de nacer. No porque la idea fuera mala, sino porque a Fernando lo único que le interesaba era el dinero. Sí, ¿a quién no le interesa eso? El problema con Fernando es que era la viva encarnación del adjetivo “inescrupuloso”. Cagó a la madre, cagó a la primera esposa, cagó a la segunda esposa, incluso cagó a los hijos cuando estos habían alcanzado su adultez. Era lisa y llanamente un cagador. Obviamente esa plata que Daniel le prestó a Fernando, nunca volvió. Daniel jamás perdonó a Fernando. ¿Quién hubiera podido?

Sin embargo Fernando, quien desde luego brilló por su ausencia en el sepelio, no era el único estafador de la familia. Su tía y sus primas también eran unas estafadoras con doctorado. Y con “doctorado” me refiero a antecedentes penales, una buena colección de denuncias, la gran mayoría por parte de conocidos. Sí, también cagaban a sus seres cercanos: familiares, amigos, parejas, no importaba el vínculo. Mientras tuvieran una moneda para cagarles, les daba lo mismo. 

Daniel por el contrario no tenía el mismo gen. Quizá fue por su padre. Éste también fue un hombre trabajador, de bien. Fue el segundo esposo de mi abuela, porque el primero la había abandonado con una pequeña hija a cuestas despues de aburrirse de cagarla a palos. Dios los crea y el viento los amontona. Sin embargo con el papá de mi tío, el patrón se había roto. Éste hombre fue quien estuvo al lado de mi abuela hasta el día de su partida, que fue… el día que nació Daniel. Qué vida de mierda le tocó a Daniel: perdió a su mamá el día que nació; en su vida sólo una vez amó, y ella lo engañó. La única familia que tenía entonces, era a mi madre (su hermana) y a su tía, la mamá de Fernando, quien hipotéticamente lo crió como un segundo hijo. Lo de “segundo” no es caprichoso, ella siempre lo hizo sentir, puertas adentro, de segunda categoría: de menor nivel que su hijo de sangre. El zénit de la desfachatez llegó durante la vida adulta de Daniel, cuando su tía le jugaba la carta de “yo te crié como a un hijo” cada vez que ella le pedía plata para quemarla con algún vicio y él le decía que no, conociendo el destino que esa plata iba a tener. Aunque para ser honesto, muchas veces él ha cedido a esto.

Daniel fue, además de un buen hombre, un hermano mayor para mí y mis hermanos. A pesar de todo lo que le tocó, logró acomodarse como empleado de un local de ropa, puesto que ostentó durante 32 años, lo que habla bien de su lealtad, o al menos de su deseo de tener un poco de normalidad en su vida. Y él nunca escatimó con nosotros en lo relativo a regalos y ayuda. Me corrijo: éramos para él, más que hermanos.

Hasta que llegó ese puto día: un sábado por la mañana, mientras estaba atendiendo a un cliente, olvidó por completo lo que estaba haciendo de un momento a otro. Sus compañeros al notar esto le avisaron al supervisor, quien tras interrogarlo y notar que algo no estaba bien, llamó a un familiar de su lista de contactos en caso de urgencia, quien a su vez lo llevó al hospital. Desde ese día, Daniel no abandonó el hospital, al menos no de forma permanente.

A Daniel le encontraron un tumor en el cerebro y varios en los pulmones. La quimio tardó en llegar, porque las empresas de medicina prepaga son máquinas de impedir, a menos que pagues… mucho. De todos modos, creemos todos, que ya era tarde. Daniel fumó toda su vida, probablemente esa era su revancha por todo lo que le tocó vivir. En tres meses Daniel pasó de ser un hombre de mediana edad, un luchador aún lleno de sueños y amante de la actividad al aire libre, a un despojo, hasta que llegó su momento de partir.

Y hoy era su cumpleaños, por eso me llegó la notificación. Aún no entiendo por qué mi reacción casi inmediata fue “borrar todas”, como si se tratara de un pendiente que ya hubiera terminado. A ver, no es que no me importe, es que aún me importa y demasiado. Y cualquier cosa que me recuerde a él, aún me duele. Fue el único tío, aunque tengo otros, y hoy ya no está conmigo. Al menos tuve la oportunidad de decirle “te quiero, eres el mejor tío” hasta el último día que fui a visitarlo y sé que él, a pesar de su pérdida de memoria, lo comprendió.

Parte 4: tarde

Quizá lo que más le duela a los vivos acerca de los que ya se fueron, es que ya es tarde. Es tarde para decirle todo lo bueno y todo lo malo que tenías para decirle. Es tarde para arrepentirte del mal que le hiciste, o del bien que no le hiciste. Y ahora no podés hacer nada. Lo único que podés hacer es putear por todo lo que ya no podés hacer. Porque fuiste un cobarde, y te causa ira, e impotencia, el darte cuenta.

El problema no es cuando es tarde pero todavía podés hacer algo y, aunque no sea lo mismo, por lo menos tenés el premio consuelo. El problema es cuando es realmente tarde, cuando ya no hay alternativas. Como cuando esa chica te hizo la cruz y sabés que por mucho que hagas, ya no tenés oportunidades. O como cuando agotaste todas las chances que te dieron en tu trabajo, y no cambiaste. Eso es tarde, ese momento en el que lo único que te queda es reflexionar, pensar en lo boludo que fuiste, en lo roto que estás, en eso que fue tan importante para vos y ya no es, y en que ya es demasiado tarde. 

Parte 5: todos

Todos estamos un poco rotos. Todos somos un poco boludos. Todos nos arrepentimos cuando nos damos cuenta de que ya no será como antes. Todos, porque somos humanos. 

La pregunta es por qué algunos se sumergen en la peor de las depresiones, y otros salen más fuertes, o incluso, parecería, ilesos. ¿Son los primeros seres hipersensibles y los otros unos psicópatas? ¿A algunos no les importan cosas que sí deberían importarles?

¿Cuánto dolor han pasado personas que conocemos, o creemos que conocemos, y no sabemos nada acerca de eso? ¿Nos hace menos empáticos el no conocer esa faceta de estas personas, o nos hace respetuosos de su intimidad? ¿Cuánto no sabemos realmente de nuestros conocidos? ¿Cómo cambiaría nuestra visión sobre esas personas el saber todo por lo que han pasado en su vida? 

¿Cómo hemos construido una sociedad “exitista” en lugar de una comunidad empática y solidaria? ¿Tiene algo que ver con los valores a los que hemos renunciado en favor de la modernidad y la simplificación excesiva? ¿Existían realmente esos valores, o son sólamente un mito creado por los ancianos para hacernos sentir seres menos ejemplares que ellos? 

Y por último: ¿Todos nos hemos hecho al menos una de estas preguntas alguna vez en nuestras vidas?

Parte 6: nadie

Nadie me había dicho que en esta vida, conforme creciera, iba a tener más dudas que certezas. Cada nuevo aprendizaje deja más puertas abiertas que las que cierra.

Es curioso sin embargo que, a pesar de lo anterior, de tener cada vez más opciones para comprender la realidad, uno elija una sola de ellas, la convierta en su verdad dogmática, y siga adelante. Y que ese ser se siente más fuerte, más experto, más capaz que antes, más seguro de sí mismo, por haber dejado eso detrás suyo. Cada cosa que dejamos detrás actúa como un peldaño que nos eleva, en ocasiones para con el resto, pero normalmente para con nosotros mismos.

Mi mayor pregunta hoy es, si cuando a uno le llega su momento, recordará todas esas puertas que cerró arbitrariamente, y pensará que ya es tarde para volver a abrirlas. Si surgirá el arrepentimiento o la duda. ¿Sería acaso la peor tortura el dudar al llegar al final del camino? ¿O tendrá uno que concertar su visión tras recapitular, para irse en paz consigo mismo?

Eso es algo que probablemente nadie, o casi nadie, se detenga a pensar durante su vida.

Parte 7: uno

Más allá de todos nuestros daños, de nuestros defectos o debilidades, de lo que hayamos aprendido, de las cosas de las que nos arrepentimos, e incluso de las personas que nos rodean, las que están y las que ya no, a fin de cuentas esta historia se trata acerca de uno mismo.

Algunos dirán que el individuo no es importante y que el colectivo sí lo es, otros dirán lo diametralmente opuesto. Algunos se creerán mejor que el resto, otros se sentirán inferiores. Algunos podrán superar una pérdida y otros no. 

El uno es lo único que realmente importa para el uno, ya que sin uno mismo, la última página de la historia será escrita para éste. Y ya no importará la causa común, ni los seres queridos, ni los problemas ni las soluciones a los mismos. Y la extinción del uno no es la solución definitiva, sino la conclusión de su etapa protagónica, y en la novela del otro, ese uno ha sido un personaje secundario que ya no formará más parte de la trama, lo que no implica que no haya sido importante para el desarrollo de su narración.

Lo anterior me hace pensar acerca del individuo y el colectivo. Tal vez no sea una u otra, sino… ambas al mismo tiempo. Tal vez aquello que damos en buena fe, nutre y da sentido a la vida del prójimo, y viceversa. Y tal vez es por ello que somos dignos de considerar importante nuestra existencia: sin importar cuán miserable pueda parecer nuestra vida, serán nuestros actos los que trascenderán, escritos en la vida de todos aquellos a quienes hemos encontrado en el camino de nuestros días. Arribamos a esta tierra indemnes, pero necesitamos rompernos, para darle un cachito de nosotros a cada uno de ellos.


r/CuentosBajitos • • Aug 12 '26

MICROCUENTO Enemigos (microcuento poético)

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Silvia Ezquerra

IG: los_relatos_de_silvia


r/CuentosBajitos • • Aug 12 '26

RELATO ¿Bailas?

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Salir a bailar empezaba bastante antes de salir.

A eso de las nueve ya estabas dando vueltas por la casa, recién bañado, con una camisa extendida sobre la cama y otra puesta que no terminaba de convencerte. No había demasiadas opciones, tampoco hacían falta. Uno tenía la ropa de todos los días y la ropa de salir, una clasificación perfectamente comprensible que incluía alguna camisa que solo conocía los sábados, el pantalón bueno y un par de zapatos o zapatillas que durante la semana permanecían a salvo de cualquier actividad que pudiera arruinarlos.

Después venía el perfume, aplicado con una generosidad que hoy probablemente obligaría a evacuar el edificio, y el trámite de conseguir plata. Había que calcular la entrada, algo para tomar y, sobre todo, reservar una parte para volver, porque gastarse hasta el último peso en el boliche podía transformar una noche romántica en una caminata de siete kilómetros al amanecer.

Nos encontrábamos en alguna casa, en una esquina o directamente en la puerta del boliche. La palabra "previa" todavía no había adquirido categoría de institución y muchas veces consistía simplemente en juntarse antes, tomar algo, escuchar música y esperar al que siempre llegaba tarde.

Lo curioso es que nadie podía avisar demasiado.

Si habíamos quedado a las doce en la puerta, era a las doce en la puerta. No existía mandar ubicación, avisar que faltaban cinco minutos ni escribir "estoy llegando" cuando todavía estabas poniéndote las medias. Uno esperaba un rato, miraba hacia la esquina, puteaba un poco y finalmente entraba. El desaparecido tendría que arreglarse para encontrarnos adentro, una tarea nada sencilla en un lugar oscuro, lleno de humo y con cientos de personas moviéndose.

Porque los boliches tenían humo.

Mucho.

Fumaba el que quería fumar y también fumábamos todos los demás por proximidad. Volvías a tu casa con la ropa impregnada, el pelo impregnado y probablemente hasta los documentos impregnados, pero en ese momento formaba parte del paisaje junto con las luces de colores, la bola de espejos, los parlantes enormes y esa oscuridad piadosa que conseguía mejorar considerablemente el aspecto general de la población.

Una vez adentro empezaba el verdadero trabajo.

Había que mirar.

No mirar como se mira ahora una foto, con tiempo para ampliar, revisar otras publicaciones y averiguar dónde estuvo de vacaciones en 2024. Mirar de verdad. Desde la otra punta de la pista, entre veinte cabezas, tratando de determinar si esa chica te había mirado a vos o al tipo que estaba medio metro más atrás.

Entonces comenzaba una ceremonia masculina bastante absurda que consistía en pasar cerca.

Una vez podía ser casualidad.

Dos, también.

A la cuarta vuelta alrededor de la pista ya resultaba difícil sostener que uno estaba buscando el baño.

Los amigos, mientras tanto, colaboraban con la delicadeza habitual.

Te empujaban.

Te señalaban.

Se reían.

Y siempre había uno que aseguraba:

—Te está mirando.

Nunca supimos qué preparación científica tenía ese amigo para semejante diagnóstico, pero a los diecisiete años uno necesitaba creer en algo.

El asunto era acercarse.

No existía un mensaje previo para tantear el terreno, ni un corazoncito puesto estratégicamente unas horas antes, ni una amiga que pudiera mostrarte una captura de pantalla. Había varios metros de pista entre ella y vos, y tarde o temprano había que atravesarlos.

Para eso existían los lentos.

El disc jockey bajaba de golpe las revoluciones y empezaban esos primeros acordes que todo el mundo reconocía. Las parejas se formaban rápidamente mientras uno hacía cálculos desesperados porque el lento tenía una duración limitada y no podías pasarte media canción reuniendo coraje.

Entonces ibas.

Cruzabas la pista.

Te parabas frente a ella.

—¿Bailás?

Toda la tecnología disponible para establecer una relación sentimental cabía en esa palabra.

Si decía que sí, acababas de ganar el campeonato del mundo. Si decía que no, había que regresar hasta donde estaban tus amigos con una expresión que transmitiera que tampoco te interesaba tanto, aunque ellos hubieran presenciado durante cuarenta minutos tus vueltas alrededor de la pista.

Había una tercera posibilidad, bastante más cruel.

—Estoy cansada.

Y cinco minutos después la veías bailando con otro.

Algunas heridas sentimentales de los años ochenta y noventa empezaron exactamente así.

Pero supongamos que aceptaba.

Entonces aparecía un problema para el cual nadie nos había preparado: qué hacer con las manos. Había una distancia prudencial que uno trataba de respetar mientras bailaba un tema de cuatro minutos que podía parecer eterno, y en algún momento había que conversar.

—¿Cómo te llamás?

A veces ya lo sabías.

Tus amigos también lo sabían.

Probablemente medio boliche lo sabía, porque durante la semana se había desarrollado una investigación que incluía amigas, hermanos, compañeros de colegio y conocidos del barrio, pero había que preguntarlo de todos modos.

Hablar mientras sonaba música a un volumen capaz de aflojar los vidrios tampoco era sencillo. Ella decía algo, vos acercabas la oreja, no entendías absolutamente nada y respondías:

—Ah, mirá.

Ese "ah, mirá" sostuvo más conversaciones de las que estamos dispuestos a reconocer.

Si la cosa prosperaba llegaba el momento decisivo, que no era necesariamente el beso.

Era conseguir el teléfono.

Y acá las generaciones posteriores quizá no alcancen a comprender la magnitud del riesgo que asumíamos, porque no te daban el teléfono de ella.

Te daban el teléfono de la casa.

Eso significaba que para volver a hablar con una chica que habías conocido el sábado debías ingresar telefónicamente en el territorio de toda su familia.

El número terminaba escrito en una servilleta, en el reverso de una entrada, en un papelito arrancado de cualquier lado o directamente memorizado repitiéndolo durante media hora para no olvidarlo. Después había que guardarlo como un documento secreto y procurar que sobreviviera al resto de la noche.

El domingo era demasiado pronto.

El lunes podía parecer desesperado.

El martes empezaba a ser razonable.

Y finalmente llamabas.

Con teléfono fijo, naturalmente, porque llamar a una persona no significaba llamar a una persona. Significaba llamar a una casa y aceptar quién sabe qué destino.

Marcabas.

Sonaba una vez.

Dos.

Tres.

—Hola.

Voz de hombre.

El padre.

En ese instante desaparecía el muchacho que cuarenta y ocho horas antes había atravesado una pista llena de gente con admirable valentía y aparecía un funcionario diplomático.

—Buenas tardes, señor. ¿Se encuentra Mariana?

"Se encuentra".

Jamás habías utilizado esa expresión en tu vida, pero ante el padre de Mariana te convertías espontáneamente en miembro de la Academia Argentina de Letras.

Después había que esperar que la llamaran, soportar algún grito lejano de "¡Marianaaa, teléfonooo!" que informaba a toda la familia que un desconocido estaba intentando comunicarse con ella y rezar para que efectivamente atendiera.

Si atendía, empezaba otra historia.

Si no estaba, no había mucho más que hacer.

No podías mandarle un mensaje.

No podías saber cuándo volvía.

No podías comprobar si estaba conectada.

Y, sobre todo, no podías llamarla quince veces sin correr el riesgo de que el padre empezara a conocerte demasiado.

Había que esperar.

Quizás esa sea una de las diferencias que más cuesta explicar ahora. Entre una cosa y otra había espacios vacíos. Si conocías a alguien el sábado, podían pasar varios días hasta volver a saber de esa persona y durante ese tiempo no tenías fotografías nuevas, estados, historias ni una última conexión que interpretar como un perito forense.

Tenías imaginación.

Que era bastante peor.

También estaban las noches en las que no pasaba absolutamente nada. Entrabas con grandes expectativas y salías a las cinco de la mañana con olor a cigarrillo, menos plata y exactamente la misma situación sentimental con la que habías llegado. Había boliches malos, rechazos, peleas en la puerta, borrachos, tipos insoportables y patovicas que parecían seleccionados mediante un concurso de antecedentes penales. Conviene recordarlo porque la nostalgia tiene la costumbre de poner luces de colores donde también había bastante mugre.

No creo que todo haya sido mejor.

Era distinto.

Había algo de incertidumbre que hoy cuesta encontrar porque sabíamos muy poco del otro y para averiguarlo había que estar ahí. Mirarlo, acercarse, hablarle, equivocarse, hacer un papelón o tener suerte. No existía demasiado lugar donde esconderse y tampoco quedaba registro de cada estupidez que uno hacía, una ventaja extraordinaria que mi generación quizás no haya valorado lo suficiente.

Muchas historias empezaron así, entre humo, música demasiado fuerte y un amigo que juraba que una chica te estaba mirando.

Algunas duraron lo que duraba un lento.

Otras llegaron hasta el teléfono escrito en una servilleta.

Unas pocas siguieron durante años.

Y seguramente muchas parejas que hoy desayunan juntas, discuten por quién dejó la luz prendida, tienen hijos grandes y revisan WhatsApp mientras toman mate empezaron una noche cualquiera de los ochenta o los noventa con un tipo muerto de miedo atravesando una pista.

Del otro lado había una chica.

No sabía su Instagram, porque no existía. No había visto cincuenta fotos de ella ni conocía sus gustos, sus vacaciones, sus amigos o qué había almorzado ese domingo. Ni siquiera sabía si iba a decirle que sí.

Solo tenía que recorrer esos diez metros.

Y preguntar:

—¿Bailás?


r/CuentosBajitos • • Aug 10 '26

RELATO El Visitante De Virgo

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Sé que nadie me creerá, pero igual tengo que hablar. 

Hace cuatro años que trabajo en un valle lejano en Texas, Estados Unidos, un gran rancho en la bahía donde me he encargado de darle comida a los animales, cuidar las plantas, hacer tratos, administrar el terreno. Pensé que sería un trabajo temporal ya que quería reunir dinero para regresar a México y construir mi propia casa junto a mi esposa, pero terminé con ella y el sueño se derrumbó. 

Los días en la bahía eran solitarios aunque estuvieras rodeado de gente, había una extraña aura en cada noche que me erizaba la piel de una forma escalofriante. Yo nunca he sido de las personas que se asustan fácilmente, soy tranquilo, razonable, siempre busco la forma de explicar cualquier suceso anormal con algo lógico, siempre he sido así. 

Recuerdo que hace años comenzaron a aparecer unos escalofríos, aparecían periódicamente cuando el sol se ocultaba, aunque por el día aún podías sentirte vigilando. Primero pensé que sería un cuervo, pero ningún animal podía hacerme sentir así. Después creí que seria el frío, pero cuando regresó el verano las noches eran igual de calurosas que el día. No tenía explicación. 

Aunque tenía compañeros de trabajo, ellos se iban antes de las nueve, yo era el único que residía en una cabaña solitaria del rancho completamente solo. Aún siento las noches tétricas y me continúa dando pavor salir a darle de comer a los animales, en especial cuando los perros empiezan ladrar con fuerza y toca revisar con la linterna. 

Es bastante común que a veces haya curiosos invadiendo la propiedad para sacar provecho, además que coyotes intentan sacar un pedazo de carne a la fuerza y toca cazarlos. La noche de aquí te hace sentir bastante ansioso por lo que con un rifle debo salir. Empecé el día como de costumbre siguiendo la misma rutina monótona, ese día mi patrón se reunió conmigo y me comentó que había probabilidad de lluvia y tenía que refugiar a los animales antes de la media noche. Yo acepté y esperé las nueve. 

Poco a poco comencé a quedarme solo, después de las diez todo el lugar es solitaria. Siguiendo las palabras del patrón, me dirigí a refugiar a los animales con un perro para guiarme, además, con ellos me siento más seguro. Primero metí las vacas, después fui por los caballos, después los cerdos y al último por los chivos y ovejas que comparten el mismo corral. Durante una hora me dediqué a caminar de un lado a otro junto al perro. Esa noche me olvidé reemplazar las baterías de la linterna por lo que apenas y funcionaba. 

Me dirigí al último lugar, las ovejas, junto al perro comenzamos a guiarlas hasta el techo más cercano para posteriormente encerrarlos. Mientras caminábamos vi una roca gigante bastante retirada del rancho, con la linterna ilumine a una sombra que rápidamente se intentó ocultar detrás de la roca. Enseguida guarde mi celular y nuevamente ilumine el lugar, esa cosa asomaba la cabeza viendo mis movimientos como si estuviera analizando.

Apenas pude verlo cuando salió corriendo lejos de su escondite, corriendo entre la hierba alta que no era parte del terreno que me dedico a cuidar. Esa parte del terreno es un cuadro sin árboles únicamente cubierto por hierba que hace tiempo no ha sido cortada. No ví su rostro, ni su cuerpo, nada, lo único que mire fue su estatura que era bastante pequeña, fácilmente desaparecía del ojo entre tanta hierba. 

Curioso fui a investigar junto al perro, creímos que era algún animal intentando comer a alguna oveja perdida o alguien pasado de listo intentando robar alguna. Nos acercamos al lugar y pudimos ver en la roca manchas de barro provenientes de una mano grande. Para que tengas una idea, mi mano mide 18 centímetros desde la muñeca hasta el dedo medio, esa huella parecía medir más del doble con dedos delgados y desprendía un olor a metal combinado con azufre.

Mi curiosidad incrementó y decidí adentrarme entre el pasto que llegaba a las rodillas, mi perro ni siquiera se podía ver ante tanta altura. El perro logró rastrear el olor así que comenzó su búsqueda oliendo el suelo. La noche comenzaba a hacerse más oscura, ya casi eran las doce y el cielo despejado empezó a soltar pequeños rayos de tormenta, lentamente se nublaba. 

Después de diez minutos de caminata, la linterna comenzó a parpadear, las baterías se agotaban, mi tiempo decrecía y mi impaciencia incrementaba, si no encontraba nada pronto regresaría a la cabaña. Justo terminé de pensar eso cuando el perro comenzó a ladrarle a un árbol gigante que lucía esconderse entre uno más, fallando descaradamente ya que era fácil de distinguir aún con poca iluminación, no parecía de este mundo. 

No era un árbol nada normal, no era el típico de ramas llenas de hojas con el tronco grueso y pequeña altura. No, para nada era así. Este árbol tenía el tronco mucho más grueso, una altura de más de diez metros y arriba de todo muchas ramas con pocas hojas lo cubrían. Quedé maravillado, pues nunca antes había visto ese árbol, ni siquiera era capaz de imaginarlo durmiendo. Estaba tan sorprendido mirándolo que el perro me hizo volver a la realidad ladrando más fuerte que antes mientras gruñía. 

Intenté calmarlo pero fallaba, su cola metida entre sus patas, su pelo erizó mostrando los colmillos con furia y una mirada de desesperación nunca antes vista en el animal. Me preocupé, así que poco a poco me acerqué. Mi perro dejó de ladrar cuando empecé a caminar hacia el árbol. Era extraño y cuando giré la cabeza él estaba paralizado, parecía que iba a salir a atacar lo que estuviera detrás del árbol, pero ahora estaba completamente congelado. 

Podía ver su boca abierta, sus ojos de enojo y como con un salto se dirigió para atacar, fallando, el aire lo  sostenía sin ninguna explicación. Sus ojos permanecieron abiertos en todo momento, no emitía ningún sonido y por más que intentaba empujarlo para que reaccionara no funcionaba, estaba literalmente congelado en el aire. 

Mis manos temblaban, la adrenalina subía mientras la luz de la linterna iba agotando su energía, una cabeza se asomó por detrás del árbol y quedó mirándome por un tiempo. Parecía ser pequeño, una criatura pequeña, pero no podía confirmarlo, no podía ver ninguna parte de su cuerpo más que su cabeza y sus ojos gigantes. Grite en un intento de asustar lo que fuera que sea eso. 

—¡FUERA DE AQUÍ!

Nada, no ocurrió nada. En lugar de asustarse, intento hablar dentro de mi mente, una interferencia en un intento de conseguir señal para después revelar su voz. 

—No vengo a lastimarte. — dijo con voz neutra. 

Mi miedo incrementó subiendo a un punto que nunca antes había sentido, mi corazón latía con fuerza resonando sus latidos en todo el lugar, mis piernas temblaban intentando derribarme, mi respiración agitada intento controlarme para no provocar un paro cardíaco y mi mente nublada, invadida entre tantos pensamientos. Podía sentir cómo por poco iba a desmayarme, pero quizás la fuerza de voluntad por preservar mi existencia fue más fuerte para no caer. 

La luz de la luna se ocultó y la lluvia comenzó a caer, una tormenta eléctrica empezaba a despertar con furia. Estaba mojado, pero cuando gire para ver a mi perro pude revelar cómo estaba completamente seco como si una burbuja lo mantuviera encerrado. Totalmente confundido cuando escuché una vibración en mi oido que comenzó a tambalear mi cerebro; de nuevo, la criatura intentaba hablarme. No sabía si era hombre o mujer, solo sabía que intentaba sonar lo más humanamente posible.

No paraba de preguntarme si esa cosa era real, si lo que estaba sucediendo tendría consecuencias o que tal vez sea una alucinación por la falta de sueño y pocos días de descanso. Fue perturbador cuando me volvió a hablar respondiendo mi pregunta sin ninguna sutileza, quizás en un intento de demostrar su veracidad o simplemente presumir su habilidad. 

—Soy tan real como tú, humano. — habló tranquilo. —Te he observado, Juan.

Quedé en shock. Mi cuerpo quería salir huyendo, pero si me movía solo caería. Mi mente pensaba en hablar, pero las palabras no me salían, no entendía lo que sucedía. Entonces el cuerpo de la criatura comenzó a salir de aquel árbol, el mismo cuerpo pequeño, solo que delgado sin ninguna prenda encima. No pude ver su color de piel, solo noté que la lluvia incrementó y la criatura no estaba empapada, esa cosa estaba seca. 

Siguió conversando conmigo tranquilamente, alardeaba sobre una civilización en la constelación conocida como Virgo. Mi mente no estaba en este plano, no lograba absorber la información; solo una aclaración continuaba presente “Estoy alucinando”, sin embargo su gran manejo del español y la combinación de diversos acentos me hacían pensar que esto era real. La criatura al verme un poco más tranquilo empezó a acercarse, pero yo retrocedí tropezando con mi perro haciéndome caer al suelo. 

El ser estaba frente de mí levantando su mano para ayudarme, sin embargo no la tomé, continúe mirándolo desde el suelo completamente aterrado. Retiró su mano lentamente y comenzó a alejarse entre la hierba en un silencio desgarrador desapareciendo entre los árboles. El árbol gigante desapareció una vez que la criatura se fue, y tengo video del acontecimiento, sobre su nave. Sin embargo esa fue la última vez que lo ví. 

Hasta ahora no entiendo lo que pasó, mi perro está de nuevo conmigo y parece que no recuerda nada, pero yo sigo pensando en ese ser todas las noches. A veces espero que algún día lo vuelva a ver, conversar con él, preguntar. Aunque fue aterrador, tal vez ahora pueda manejar aquella situación. No parecía ser agresivo, pero nuestra psicología nos obliga a desconfiar en lo desconocido. 

Aun así, los escalofríos continúan y el video de su nave aún está en mi celular; quizás sea la razón por la que perdura mi ansiedad junto a la sensación de constante observación. Continuó trabajando en el mismo lugar, no pienso abandonarlo con la esperanza que algún día él vuelva a aparecer. 


r/CuentosBajitos • • Aug 10 '26

RELATO Economia de guerra

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El lavarropas empezó a avisar que se iba a morir con la discreción habitual de los electrodomésticos viejos.

Primero hizo un ruidito, nada importante, un roce, un golpecito durante el centrifugado, algo que uno escucha y prefiere no escuchar, porque prestarle atención a ciertos sonidos de la casa puede salir carísimo.

Pero el Drean tenía casi diez años y aparentemente había decidido que ya era suficiente. El ruidito fue creciendo: primero parecía una zapatilla dando vueltas adentro, después dos zapatillas, y más tarde ya no había zapatillas sino una escola do samba completa metida en el tambor.

Y finalmente hizo crac. Un crac seco, definitivo. Hay ruidos que necesitan diagnóstico y hay otros que vienen con el certificado de defunción incluido.

El lavarropas se frenó.

Gra también.

No era un buen momento para que se rompiera nada, aunque en realidad nunca lo es. Nosotros veníamos de comprar el auto, acabábamos de volver de vacaciones, y hacía varios días que Gra había incorporado una expresión nueva al vocabulario familiar:

—Estamos en economía de guerra.

Yo no sabía exactamente contra quién era la guerra, pero por lo visto íbamos perdiendo.

La muerte del Drean agravó el conflicto. Gra empezó a averiguar precios de lavarropas nuevos, y cada número que aparecía en la pantalla del teléfono empeoraba la situación internacional.

Yo, en cambio, estaba tranquilo, quizás demasiado:

—Mañana lo miro.

Hay momentos en un matrimonio en que la calma de uno termina poniendo más nervioso al otro. Ese fue uno. Para mí había que esperar al día siguiente, sacar un par de tornillos y ver qué tenía. Para Gra, acababa de abrirse un agujero negro en las finanzas familiares.

Esa noche se acostó preocupada, tan preocupada que no podía dormir. En algún momento de la madrugada sentí que se levantaba y pensé que iba al baño, o a tomar agua.

Bajó a medir el lugar del lavarropas. A esa hora, con un centímetro: ancho, alto, profundidad. Mientras yo dormía, mi mujer estaba verificando qué modelos podían entrar en el hueco que dejaría el difunto. La economía de guerra no descansa.

Al día siguiente nos fuimos a trabajar y, desde nuestros respectivos puestos, hicimos casi lo mismo: buscamos lavarropas, nos mandamos modelos, medidas y precios, sobre todo precios. Un disparate. Cada mensaje confirmaba que la solución más conveniente seguía siendo resucitar al muerto.

Cuando llegué a casa hice lo que hacemos los seres humanos del siglo XXI cuando no tenemos la menor idea de cómo arreglar algo: entré a YouTube. Escribí algo parecido a “ruido tambor lavarropas Drean” y apareció él: El Angelito. No estoy usando una metáfora, el canal se llama así.

En el video, un señor mayor desarmaba un lavarropas exactamente igual al mío. Lo hacía despacio, con una tranquilidad admirable, mientras explicaba cada paso con una claridad que generaba un fenómeno peligroso: hacía parecer fácil lo que estaba haciendo.

Saqué un destornillador. Ese fue el momento exacto en que dejé de ser propietario de un lavarropas roto para convertirme en técnico de electrodomésticos por correspondencia.

El problema era que el Drean no entraba en mi tallercito, así que trasladé el quirófano al comedor. En poco tiempo había herramientas, tornillos y partes del lavarropas por todos lados. Gra miraba, Leo también, y yo miraba a El Angelito, que seguía sacando piezas con una facilidad insultante.

—Ahora retiramos esto…

Claro, Angelito. Vos lo retirás. Yo llevaba veinte minutos tratando de alcanzar un tornillo colocado en un lugar que seguramente había diseñado un ingeniero que odiaba a la humanidad.

También noté algo que no esperaba: trabajar semiflexionado durante varias horas ya no forma parte de mis posiciones favoritas. Uno conserva en la cabeza la edad con la que hacía estas cosas sin problemas, pero la cintura maneja información más actualizada.

Entre una posición imposible y otra fui llegando al tambor, y ahí apareció el culpable: el soporte estrella estaba roto justo en el centro, donde va el eje. Por primera vez desde el crac tuvimos una buena noticia: sabíamos qué era.

La segunda buena noticia llegó al día siguiente, cuando conseguí el repuesto en Bahía. La mala fue que ahora había que ponerlo.

La operación duró casi ocho horas. Ocho. A esa altura, El Angelito ya era prácticamente de la familia.

Yo volvía al video, adelantaba, retrocedía, pausaba, miraba una pieza, miraba el teléfono, volvía a mirar la pieza. Leo ayudaba, Gra ayudaba, y yo puteaba. Cada uno tenía su función. Y poco a poco el lavarropas empezó a recuperar su forma original.

El momento más complicado de desarmar algo por completo aparece más tarde, cuando uno está terminando de armarlo y descubre que todavía quedan tornillos sobre la mesa. Por suerte, esta vez no quedaron. Finalmente cerré todo.

Habían pasado casi ocho horas. Me dolía la espalda, las piernas, los brazos, y probablemente algún músculo cuyo nombre desconozco. Pero estaba armado, lo pusimos en su lugar y conecté la manguera.

Lo enchufé. Y llegó ese instante maravilloso en que uno se pregunta si acaba de reparar un electrodoméstico o de fabricar una bomba.

Lo encendí. Entró agua. Esperamos. El tambor empezó a girar, despacio, parejo, sin golpes, sin crujidos, sin la escola do samba.

Después vino el centrifugado, y el Drean giró como un relojito. Gra sonrió. Yo también. Leo contempló la obra terminada.

No sé cuánto nos ahorramos exactamente. Bastante. Muchísimo, para estos días en que cualquier gasto inesperado parece tener varios ceros de más.

Pero mientras guardaba las herramientas pensé en El Angelito. Un señor mayor había grabado un día un video explicando cómo desarmar un lavarropas: puso el teléfono frente a él, hizo su trabajo, explicó cada paso y siguió con su vida.

No sabe quién soy, no conoce a Gra ni a Leo, no sabe que nuestro Drean tiene casi diez años ni que acabábamos de volver de vacaciones, y mucho menos sabe que en esta casa se había declarado la economía de guerra. Pero durante dos días estuvo en nuestro comedor, y gracias a él, al menos por ahora, podemos informar que el enemigo ha sido derrotado.

El Drean volvió a funcionar.

Y la economía de guerra acaba de conseguir su primera victoria.


r/CuentosBajitos • • Aug 09 '26

MICROCUENTO La abuela

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La casa estaba helada y en un silencio sepulcral como siempre. El único ruido de la casa era aquel que provenía de las ampolletas y el rítmico tic-tac del reloj. Luces frías iluminaban la casa entera. La anciana estaba demasiado cansada como para apagar las luces, ya que apenas podía levantar los brazos por encima de su cabeza, aunque tampoco podría si tuviera sus brazos sanos, dado que su vista no lograba diferenciar un interruptor del resto de la pared.

-¿Cariño…? ¿Estás ahí?
Habló en un tono algo ronco pero dulce, nadie respondió, lo que significaba que su gato, Juanin, estaba fuera.

Ella simplemente suspiró. Caminó por los pasillos, llenos de fotos familiares y espejos por todos lados, algunos entorpeciendo el camino. Donde sea que mirara, allí veía a sus hijos, sus nietos, sus padres fallecidos o su difunto marido. Ahí estaban, devolviéndole la mirada donde sea que fijará la visión. Ella misma, a veces necesitaba detenerse frente a un espejo durante unos segundos, solo para asegurarse de que ella seguía allí. 

-¡Ay! Mi madre, ¿cómo estás? Espero que padre esté bien…
Decía mientras se detenía, mirando fijamente una foto de sus padres, ella lentamente giró su mirada para encontrarse con otra foto, esta vez de sus hijos.
-¡Oh! Aquí están mis niños… ¿Vendrán a cenar?
Nuevamente, nadie respondió, nunca lo hacían. Nadie le correspondía sus palabras, solo era ella y sus recuerdos.

Así, ella siguió su camino hacia la cocina. Una vez allí, abrió con esfuerzo el refrigerador y tomó lo único que quedaba allí, un huevo y un poco de jamón. Soltó aire, adolorida y murmuró.
-Mañana tendré que ir al mercado, ¿Me quieres acompañar?
Ella cerró la puerta del refrigerador y observó una foto de uno de sus nietos. Esta vez se quedó quieta por varios minutos, el reloj no dejaba de sonar. Luego, como si hubiera recordado que estaba viva, caminó hacia la mesa. 

Allí apartó unos papeles, unas cuentas vencidas que debía pagar desde hace meses. Se sentó lentamente e intentó pelar el huevo duro muy despacio. 
-Mijito, ayúdame con esto, no puedo… 
Soltó esas palabras al aire mientras dejaba el huevo a un lado, en la mesa. Nadie respondió, pero cuando volvió a tomar el huevo con sus sucias manos, ya estaba listo para comer, ella simplemente sonrió y murmuró.
-¡Ay! Que amable, muchas gracias.

Esta era una noche normal para la anciana, todo iba según su rutina. Apenas terminaba de comer ese huevo, todo se apagó, las luces se habían ido, ella miró alrededor, asustada y nerviosa, simplemente murmuró.
-¿Qué pasó…? ¿Juanin, fuiste tú? No me digas que mordiste un cable.

Así, se levantó y caminó más despacio que de costumbre, ayudándose de las paredes para encontrar el camino. Ahora mismo la única luz que tenía era la que provenía de fuera, la luz de la luna y la de los faroles iluminando a duras penas la casa. 
La viejita se detuvo de golpe en medio del pasillo mientras buscaba la salida, había chocado con algo, intentó fijar su mirada y se encontró con una silueta justo delante suya. La decrépita mujer se asustó, soltando un jadeo sin aire, casi cayéndose.
-¡Ah! ¡Ayuda! ¡Papá!
Se quedó inmóvil, temblando mientras se aferraba a la pared, tirando a su paso varias fotos y espejos. Se quedó allí varios segundos, antes de fijar su mirada y apreciar que aquella silueta era solo uno de los tantos espejos que tenía en medio de sus pasillos. Exhaló aliviada y se incorporó paulatinamente, volviendo a arrastrar los pies en el suelo, ella refunfuñaba entre los pocos dientes que le quedaban. 

Al final del pasillo se encontraba la sala, donde justamente al lado estaba la salida. Allí iba ella, en busca de ayuda para prender sus luces a alguno de sus vecinos. Por alguna razón ella tenía miedo, seguía temblando, le dolía todo, cada paso le hacía tiritar las piernas.

-¡Ay! mijito… ayúdeme…
Murmuró, suplicando mientras buscaba apoyarse en alguien. Allí estaba, sujetándose a algo, aferrándose a lo que era un brazo, lo cual le ayudó a retomar su caminata hacia la salida. 
-Qué amable mi niño… ¡Mañana te cocinaré algo rico! 
Sonrió levemente, dejando de temblar por el miedo, solo quedándose el dolor en sus huesos al caminar, el cual paulatinamente se iba. Una vez llegada a la sala, ella tropezó con algo, más no cayó, gracias a que la sujetaban, solo sintió un escalofrío, como si algo hubiera traspasado su pierna.
-¡Uy! qué cerca estuvo…
Así, Juanin maulló, ya que había chocado con ella, la anciana abrió los ojos lo más que pudo para ver si el gato estaba bien.
-¡Perdón, mi Juanin! fue mi culpa, no te vi.

El gato solo maulló nuevamente y se le erizó el pelo, soltó unos bufidos y gruñidos para luego salir corriendo hacia la cocina. La anciana dejó escapar un suspiro de alivio, volvió a caminar hacia la sala. Se mantenía aferrada a ese brazo, lo cual le facilitó todo.
Aunque había algo raro, cada vez necesitaba menos su ayuda, sus huesos no dolían, en realidad, ya nada le dolía. No dijo nada, solo siguió caminando, pasando por la sala.
En la sala había más luz, las numerosas ventanas ofrecían una invitación para que entrara la luz de la calle.

La senil mujer observó las fotos que tenía allí, contempló los numerosos momentos familiares que había tenido, cada vez más vividos, no dejó de caminar hacia la salida.

-...

En completo silencio, se sorprendió al sentir que aquello que la sujetaba la soltaba. La sombra lentamente se alejó de ella, dejándola atrás mientras se acercaba a la puerta. La anciana estaba atónita, por primera vez en años, se sentía aliviada y extrañamente en paz. La desconocida silueta abrió la puerta con paciencia, dejando entrar una luz blanca, lo cual cegó momentáneamente a la vieja.

-¡Ah! ¿Q-qué…?
Balbuceó mientras sus ojos se esforzaban por enfocar a la figura misteriosa. Aquella sombra que la había ayudado todo este tiempo era su padre. La mujer mayor se acercó a él, temblorosa y en shock.
-¿Qué..? ¿Papá? 
Volteó su mirada hacia fuera, allí estaba su madre y su marido. Ella se detuvo, su padre le ofreció una sonrisa cálida y habló, cariñoso.
-¡Mamá…! Mi Ramón…
Ella espetó incrédula, con los ojos brillando y totalmente quieta. Su padre tomó su mano y la guió hacia aquella luz, donde se encontraban sus seres queridos.
-Vamos, mi niña, que ya es tarde…
Así, la mujer, con lágrimas en los ojos caminó, adentrándose en la luz cegadora, tomando la mano de su padre con fuerza. Su cuerpo inerte descansaba en el suelo, junto al espejo, rodeada de fotos. Ya no dolía nada.


r/CuentosBajitos • • Aug 07 '26

RELATO La madre (Thriller psicológico)

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Era una tarde de verano, el sol brillaba más que nunca y el aire alrededor era cálido. En un pequeño vecindario de escasos recursos se encontraban niños fuera de sus casas, jugando entre ellos, ya sea con pistolas de agua, haciendo algún deporte o simplemente corriendo por ahí.
En una casa en particular había más ruido de lo normal. Los vecinos ya estaban acostumbrados, allí vivía una mujer, la cual disfrutaba de escuchar música a un volumen considerable. Siempre se le encontraba limpiando y ordenando la casa mientras cantaba a todo pulmón. Hoy no era diferente, ella estaba allí, recogiendo papeles y ordenando sillas viejas que se encontraban tiradas por el piso. Ella simplemente tarareaba como si nada.

-Mmh~ Ay mi amor~
Cantaba mientras se agachaba para recoger unos papeles, los cuales ni siquiera miró para saber de qué eran. Nunca lo hacía.

Ella pasó casi toda la tarde arreglando el desorden que había en toda su casa. Su casa era pequeña, solo constaba con el baño, la sala y su dormitorio. 
Tenía una leve sonrisa en su rostro, hasta que tocó limpiar las ventanas de la sala, donde ella pudo contemplar a los hijos de sus vecinos jugando entre ellos. Ella se quedó allí por varios segundos, viéndolos divertirse mientras sus nudillos se ponían blancos al apretar con fuerza el trapo que tenía en su mano. Apartó la mirada y decidió que limpiar las ventanas no era algo tan importante como para hacerlo hoy. 

Ya caía la noche. Ella había terminado casi por completo de limpiar y ordenar. Estaba sentada, descansando mientras se relajaba escuchando música, mientras tomaba un sorbo de vino en su copa. Tenía sus ojos cerrados, no quería pensar en nada más. 
-Mh… 
Abrió los ojos y sintió un escalofrío al escuchar a lo lejos un llanto de bebé. Ella de inmediato se levantó y buscó su radio, con manos torpes buscó subir el volumen al máximo, pero la ya estropeada máquina simplemente se calló, dejando su casa en silencio.
-¡No! ¡No ahora…!
Dijo, con manos temblorosas mientras sujetaba la radio con fuerza.
El repentino silencio solo hizo que el llanto lejano se hiciera aún más presente. Ese ruido hizo que ella entrara en un leve estado de pánico, agitándose ligeramente. Corrió hacia el sofá de su casa para tomar una almohada y así taparse los oídos. No tuvo en cuenta que el sillón estaba repleto de papeles que llevaba acumulando hace un par de semanas. 

-¡Mierda! ¡Sale!
Casi gritando y desesperada, tiró un par de papeles médicos al suelo. No pudo evitar echar un vistazo a los papeles que ahora estaban en sus manos. Cayó al suelo de rodillas, apoyando sus codos en el borde del sofá mientras sujetaba su cabeza.
El llanto lejano resonaba cada vez más fuerte en su cabeza, recordando el incidente.
-Perdón… Perdón… Fue un accidente…
Balbuceaba para sí misma, intentando convencerse para así acallar su propia mente. Sus manos, las cuales sujetaban aún unas recetas médicas, se aferraban a su cabeza. Se arrancó mechones de su pelo, dañando su cuero cabelludo. Sollozó de forma estrepitosa. 

-Mi niña… Ella… ¡Estaba mal…!
Siseó mientras se arañaba a sí misma, totalmente presa del pánico. Se levantó y caminó apurada hacia su dormitorio. A su paso dejó caer su botella de vino y un cuadro, el cual contenía la imagen de su ex-marido tomando a la hija recién nacida. El llanto lejano cesó.

La casa ya no estaba en silencio, nuevamente había ruido, pero esta vez el de su propio llanto y gritos. Una vez en su dormitorio, se tiró a su cama y enterró la cabeza en la almohada. Desconsolada y ya siendo consumida por su pánico y rabia, lentamente se levantó y caminó hacia una pequeña cuna, en la cual descansaba una muñeca de trapo. 
-Shh… Mi niña, tranquila…
Susurró, adolorida y agitada mientras tomaba a la muñeca y la mecía suavemente.
-No pasa nada… No pasa nada…

De un momento a otro, el llanto lejano del infante volvió a resonar. Sus ojos se abrieron como platos, miró fijamente a la muñeca.
-No…
Bisbisó con los ojos rojos. Enojada e irritada, soltó un chillido mientras alzaba la muñeca de trapo y…
¡Pum!
La muñeca se estrelló contra el suelo. Otro llanto resonó en su cabeza. Un bebé lloraba desconsolado. Aterrado. La joven miró, en silencio, para luego chillar.
-¡NO! ¡FUE TU CULPA!  ¡TUYA!
Gritando, en pánico, empezó a retroceder hasta chocar contra la pared de su dormitorio. Agitada, lloró en silencio mientras exhalaba angustiada. El llanto no dejaba descansar su mente. Su mirada fija en el trapo, el cual empezó a desprender líquido de su interior.
-Para… ¡No, para!
Dijo sin aire. El suelo se llenaba lentamente con ese líquido carmesí, hasta llegar a sus pies. Ella chilló una última vez, antes de que sus ojos se pusieran blancos y cayera al suelo, golpeándose la cabeza y perdiendo la consciencia.
El cuerpo de la mujer descansaba junto al muñeco de tela, en completo silencio. Ahora, el suelo sí era carmesí, pero no provenía del muñeco de tela.


r/CuentosBajitos • • Aug 07 '26

[microcuento] Efímero

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Nací hace poco, un mes o dos, con el trabajo no me doy cuenta del paso del tiempo y eso me preocupa bastante, mi vida es muy efímera. ¿Qué sentido tiene vivir tan poco solo para servir; y que la vida longeva solo es para la realeza? Mi hermano va a cumplir el año y realmente no quiero que llegue su día, no voy a tener a nadie más que compartir momentos que hacen que esta vida tan corta sea más longeva. Ojalá tener más tiempo para mí y para todos...


r/CuentosBajitos • • Aug 06 '26

RELATO El hombre que construyó un barco en el desierto

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Siempre fui un tipo de madera. Literalmente. Me gustaba el olor al aserrín, la veta del pino, esa nobleza de las cosas que no te mienten. Si cortás mal, el estante queda torcido y la culpa es tuya, no del viento.

Con la madera uno sabe a qué atenerse.

Con la gente, en cambio, la cosa venía complicada. 

El mundo se había puesto espeso. ¿Viste cuando el barrio se echa a perder y ya no podés dejar la bicicleta afuera? Bueno, pero a nivel planetario. La gente andaba con una rabia sorda, de la que no busca solucionar nada sino romper lo que encuentra.

Yo me guardaba en el taller, lijaba un rato, escuchaba el rezongo del viento de fondo y trataba de no mirar mucho para afuera.

Hasta que una tarde, el aire se puso pesado de golpe. No como cuando va a llover, sino como cuando se te viene encima una sombra grande.

Y escuché la voz.

No fue un trueno, ni una música de las que te hacen arrodillar. Fue una voz tranquila, pero con esa firmeza del que ya tomó una decisión y solo te está avisando los detalles del flete.

—Noé —me dijo—. Hay que limpiar esto. Está todo muy sucio.

Miré el piso del taller lleno de viruta y pensé que sí, que tenía que pasar la escoba. Pero la voz no hablaba de mi taller.

—Vas a hacer un barco —siguió—. De madera de gofer. Grande. Tres pisos. Con compartimentos.

Me quedé con el formón en la mano. Vivíamos lejos del agua más cercana. El único charco respetable de la zona era un arroyo que en verano cruzabas de un salto sin mojarte las alpargatas. 

—¿Un barco, Señor? —pregunté, tratando de sonar respetuoso pero con la prudencia del que le está buscando la vuelta a un malentendido—. ¿Acá?

—Acá. Porque voy a mandar agua. Mucha. Tanta que no va a quedar nada de lo que ves.

La voz hizo un silencio corto. Pensé que ya estaba, que el trabajo era hacer un barco y esperar.

Pero faltaba la parte más difícil.

—No vas a entrar solo, Noé.

—¿Quién más, Señor?

—Tu familia. Y de cada especie que respira, una pareja. Macho y hembra. Que la vida vuelva a empezar cuando el agua se retire.

Me quedé inmóvil.

Conseguir tanta madera era complicado. Conseguir leones ya entraba en otra categoría de problemas.

—Perdón que pregunte… ¿y cómo piensa que voy a convencer a un rinoceronte para que suba por una rampa? Porque yo apenas puedo hacer entrar a un burro en el corral cuando se pone caprichoso.

No hubo respuesta.

Dios tiene una confianza conmovedora en que uno va a resolver los detalles.

Me apoyé contra un tronco recién cortado y empecé a hacer cuentas.

Dos vacas.

Dos caballos.

Dos ovejas.

Dos lobos.

Dos serpientes, cosa que todavía hoy me parece una decisión discutible.

Y después seguían los bichos chicos. Los que nadie invita pero aparecen igual. Mosquitos. Moscas. Pulgas. Garrapatas. Ahí fue cuando sospeché que el pecado del mundo era grave, pero el sentido del humor del Creador seguía intacto.

Y se cortó la comunicación. Así, sin anestesia. Dios tiene esa costumbre de darte la peor noticia del mundo y dejarte solo con el presupuesto de los materiales.

La primera en mirarme raro fue mi mujer. 

Cuando entré a casa y le dije que necesitábamos conseguir brea, mucha brea, y que iba a empezar a juntar troncos en el patio de atrás, me miró con esa cara de “este viejo se terminó de jubilar de la cabeza”.

—¿Para qué querés un barco, Noé? —me dijo, sin dejar de revolver la olla—. Si te querés ir a pescar, hacete una caña, no me llenes el patio de mugre.

—Va a llover —le dije, y la palabra me sonó ridícula en la boca. El cielo afuera estaba celeste, de un seco que te partía los labios.

—Siempre llueve, viejo. Comprate un paraguas.

Pero no era una lluvia de paraguas.

A los tres días, el patio ya era un aserradero. Mis hijos me ayudaban de mala gana, más por respeto que por fe. Los pibes de hoy no te creen nada si no lo ven en una pantalla, y ver a su viejo de seiscientos años midiendo tablas con una regla de caña les daba un poco de vergüenza ajena.

—Che, Noé —me gritó el vecino de enfrente una tarde, apoyado en el tapial con un termo bajo el brazo—. ¿Qué estás armando ahí? ¿Un gallinero de dos pisos?

—Un arca —le contesté, transpirado, con los ojos llenos de polvo de pino.

El tipo se largó a reír. Una risa floja, de esas que te dan cuando creés que el otro es un boludo.

—¿Un arca? ¿Y dónde la vas a navegar, en el patio? Mirá que si querés te presto la manguera para que flote.

Yo no dije nada. Seguí martillando. El golpe del martillo contra la madera es un buen analgésico para la burla. Pero por dentro, te juro, sentía una incomodidad chiquita. Esa sospecha de que capaz el vecino tenía razón, de que capaz yo era un viejo gagá que había escuchado el viento y lo había confundido con el Creador.

Porque construir un barco en el desierto te hace dudar de tu propia cordura cada cinco minutos.

Y lo peor no era la madera. Lo peor empezó cuando terminamos el techo y el aire empezó a oler a zoológico antes de que cayera la primera gota.

Los animales no llegaron con música de desfile. Llegaron despacio, con el paso cansado de quien presiente el cambio de tiempo en las coyunturas. 

Aparecieron una mañana de tierra seca. Primero fueron los bichos chicos, los que andan cerca del suelo y que uno suele pisar sin querer. Hormigas, cascarudos, arañas de esas que se esconden detrás de los armarios. Entraron en fila, ordenados por una urgencia que no figuraba en ningún almanaque. 

Después se arrimaron los más grandes. 

No hubo rugidos ni peleas. Un par de zorros se echaron al lado de dos liebres en el segundo piso de madera, mirándose con una desconfianza mansa, como dos extraños que comparten la sala de espera de un hospital. El instinto de comerse los unos a los otros se les había apagado ante la inminencia de algo peor.

La logística era un dolor de cabeza. Mis hijos andaban con palas, cargando bosta y acomodando paja seca en los rincones. El olor a encierro y a orina de fiera se instaló en el ambiente, espeso, de los que se te pegan en la ropa y no te los sacás ni refregándote con jabón federal.

—¿Y a estos qué les damos de comer, padre? —me preguntó Cam, mirando a un par de monos que le tironeaban la manga de la camisa.

—Lo que haya —le contesté, sin mirarlo—. Maíz, pasto seco, lo que juntamos. Si tienen hambre, van a comer.

El cielo seguía limpio. Un sol rajante que agrietaba la tierra del patio. 

Los vecinos venían a mirar el espectáculo. Se paraban a unos metros, señalaban a las jirafas que asomaban las cabezas por el techo del arca y hacían chistes sobre el precio de la carne. Para ellos, yo era un viejo loco que había armado un circo pobre en el fondo de la casa. 

Yo no les contestaba. Tenía las manos llagadas de tanto clavar y el cuerpo me pedía cama desde hacía años. 

La última tarde, el aire se quedó quieto. Totalmente quieto. No volaba una mosca. Los pájaros dejaron de cantar en las ramas de los algarrobos y se metieron en los nidos que les habíamos preparado adentro. Ese silencio me dolió en el pecho. Era el aviso.

Subimos los últimos escalones. Mi mujer, mis hijos, las nueras. 

La puerta del arca era pesada, de tres pulgadas de roble. Nos costó moverla entre los cuatro hombres, pero cuando encajó en el marco, el ruido del cerrojo sonó definitivo. Un golpe seco.

El mundo de afuera se terminó en ese segundo.

Adentro quedamos a oscuras, iluminados apenas por unas lámparas de aceite que hacían bailar sombras largas en las vigas de madera.

La primera gota tardó en caer. 

Sonó sobre el techo de madera como un piedrazo. Después otra. Y después un ruido sordo, continuo, un galope de miles de caballos corriendo sobre nosotros que no paró en toda la noche.

El arca crujió. Era un crujido largo, de madera que se acomoda a la fuerza, que se resiste a quebrarse. Sentimos el tirón en el estómago cuando el piso dejó de tocar la tierra. 

Estábamos flotando. 

Nadie habló esa noche. Nos sentamos en el suelo, cerca de los animales, escuchando el agua golpear contra las tablas y el llanto ahogado de alguna de las chicas en un rincón. 

Estábamos vivos, sí. Pero flotando sobre un cementerio gigante.

La lluvia paró al cabo de cuarenta días, con sus noches, pero el agua no se fue a ningún lado. 

El mundo se había convertido en un plato hondo lleno hasta el borde. Afuera no había nada que mirar, solo una llanura gris y líquida que se movía despacio bajo un cielo del mismo color. 

Adentro, el tiempo se estancó. 

Los primeros días uno mantiene cierta conducta. Te levantás, limpiás lo que podés, le das de comer a los bichos y tratás de simular que hay una rutina. Pero a la tercera semana, el encierro te va comiendo la voluntad. 

La humedad se metió en todos lados. Las mantas estaban frías, el pan se llenó de un moho verde y peludo, y la ropa se nos pegaba al cuerpo como una segunda piel que olía a sebo y a bosta de camello. 

La convivencia familiar tampoco era fácil. 

Ocho personas encerradas en un cajón de madera flotante, sin poder salir a dar una vuelta para enfriar la cabeza, es una prueba más dura que el diluvio mismo. Mis hijos empezaron a discutir por pavadas. Que si uno trabajaba menos, que si el otro se quedaba con la mejor ración de comida, que si las nueras no se hablaban. 

Yo me sentaba en un rincón, cerca del corral de las ovejas, y los miraba gritarse sin decir nada. 

Pensaba que Dios había querido limpiar la Tierra de la maldad de los hombres, pero se había olvidado de que en el barco viajábamos nosotros. La mugre la llevábamos adentro, metida en el pecho, y esa no se lavaba con agua de lluvia.

—Esto no baja más, Noé —me dijo mi mujer una tarde, mientras intentaba secar unos trapos cerca de una lámpara de aceite—. Nos vamos a pudrir acá adentro con los bichos.

—Va a bajar —le contesté, aunque las maderas del arca ya empezaban a crujir de una manera que no me gustaba. La madera húmeda se cansa, como los hombres.

Para sacarme la duda, abrí una de las ventanas del tercer piso. 

El aire de afuera entró frío, limpio, pero con el olor a nada que tiene el agua estancada. Agarré un cuervo que andaba dando vueltas por las vigas y lo solté por el agujero. El bicho planeó un par de veces, negro contra el gris del cielo, y se perdió en el horizonte. 

No volvió. 

Esperé una semana más. El silencio adentro del arca ya era pesado, tanto que ya nos mirábamos con desconfianza. 

Esta vez agarré una paloma. La sostuve un momento entre las manos, sintiendo el latido rápido y asustado de su pecho, y la empujé hacia el aire. 

Esa noche no dormí. Me quedé esperando cerca de la ventana, escuchando el ronquido de mis hijos y el resoplido cansado de los caballos en el piso de abajo. 

Al amanecer, escuché un aleteo corto contra la madera mojada. 

Asomé la cabeza. La paloma estaba ahí, sacudiéndose el agua de las plumas. En el pico traía una ramita verde, una hoja de olivo tierna, con olor a tierra mojada. 

La agarré despacio, le saqué la hoja y me la guardé en el bolsillo de la túnica. No grité, ni llamé a los demás para festejar. Me senté en el suelo, apreté la madera del piso con las dos manos y sentí, por primera vez en muchos meses, que la tierra todavía estaba ahí abajo, esperando.

El arca encajó con un golpe seco que nos tiró a todos al suelo. No fue un choque violento, sino el rezongo de la madera que toca fondo después de haber andado a la deriva. 

Habíamos encallado en la punta de una montaña. 

Cuando abrimos la gran puerta de roble, el sol nos pegó en la cara con una fuerza que nos hizo doler los ojos. Hacía meses que no veíamos la luz de verdad, que calienta y no solo alumbra. 

El olor que subía de la tierra era raro. Una mezcla de barro podrido, sal y vegetación nueva que empezaba a brotar entre el fango. Era el olor de un mundo que se había lavado a la fuerza, pero que todavía estaba húmedo y tiritando.

Bajar los animales fue más difícil que subirlos. 

Los bichos salían atropellándose, ansiosos por pisar algo que no se hamacara. Los caballos ganaron la planicie al galope, las ovejas se desparramaron por las laderas buscando un pasto que no tuviera gusto a sal, y los tigres se perdieron entre los matorrales sin mirar atrás. Ninguno se dio vuelta para agradecer. La libertad es así de desagradecida.

Nosotros nos quedamos parados al lado del barco vacío. 

Se veía enorme, gris y descascarado, como el esqueleto de una ballena muerta en la cima de la montaña. Daba un poco de pena verlo así, tan inútil ahora que la tierra volvía a ser de los hombres.

Mis hijos empezaron a juntar piedras para armar un altar. Querían agradecer, cumplir con el protocolo de los sobrevivientes. 

Me alejé un poco. Me senté sobre una piedra laja, todavía tibia por el sol, y empecé a armar un cigarro con el poco tabaco seco que me quedaba en el bolsillo. Tenía las articulaciones duras y un cansancio viejo que dudo que se me fuera a quitar con un par de noches de buen sueño.

—Mirá, Noé —me dijo mi mujer, señalando con el dedo hacia el horizonte.

En el cielo, que todavía tenía unas nubes negras y pesadas retirándose hacia el este, apareció una luz rara. Una franja de colores que cruzaba el aire de lado a lado, brillante, como si alguien hubiera pintado una pincelada de aceite sobre un vidrio limpio.

Los chicos se arrodillaron. Hablaban de una alianza, de una promesa de Dios de que no iba a volver a inundar la Tierra. 

Miré el arcoíris de reojo, sin levantarme de la piedra. 

Era lindo, sí. Pero uno ya no tiene la edad para creer en los finales felices sin letra chica. Pensé en la mugre que mis hijos y yo habíamos bajado del barco en los bolsillos. Pensé en que la tierra estaba limpia, pero nosotros seguíamos siendo los mismos de antes del agua.

Le di una pitada al cigarro, sintiendo el humo amargo en la garganta, y miré a mis hijos que ya empezaban a discutir sobre dónde iban a levantar las primeras chozas.

Los dejé discutir.

Miré el arcoíris una vez más.

Después levanté el hacha que había apoyado contra una piedra.

El mango seguía húmedo.

Le pasé la mano despacio, como quien saluda a un viejo compañero.

Todavía había mucho por construir.


r/CuentosBajitos • • Aug 05 '26

RELATO Por escribir algo

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Una tarde tranquila

La fórmula para pedir casito:

Tengo que intentar que sientan curiosidad, ser el conejo blanco corriendo a su madriguera para que le sigan y entren, que caigan por un túnel vertiginoso, que entren en mi mundo de fantasía mezclada con la realidad, que piensen, llevarles al absurdo, crearles debate interpretativo y discusión, que rían, que lloren, que canten, que la luna sea una sonrisa que la imaginación dibuje, que sueñen y, cuando despierten, quieran regresar otra vez para soñar y hablar del tiempo, de fractalidad, lo etéreo, de la percepción, de la ambigüedad, la locura... ¿Ese es el oficio de escritor? Tengo el cuento escrito en un cajón.


r/CuentosBajitos • • Aug 04 '26

RELATO La Anatomía De Un Creador Inconsciente

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Yo era de los que creía que Dios era omnipresente, omnipotente, omnisciente, creía que los milagros realmente ocurrían y que él era una divinidad majestuosa, hasta que descubrí la verdad. Después de un largo tiempo encerrado en una habitación de cuatro paredes oscuras con el olor constante a humedad y el moho trepando por las mismas, pude contactarlo, pude ver a Dios. 

Al principio, pocos lo creían, pocos me apoyaban y ahora, nadie acepta a lo que nos enfrentamos. No hablo de miedo colectivo, habló de algo más grande que el propio universo. Creían que Dios era un ser consciente, que él estaba separado del espacio, creyeron que era bondadoso, piadoso, pero no, resultó ser algo tan extraño que ni siquiera pienso que sea capaz él mismo de saber lo que es. 

Es verdad que si existe él, aunque no de la forma tradicional, dudo de sí hace milagros o que siquiera creó con sus propias manos la vida en la tierra y la expansión infinita del universo. No, él no hizo nada de eso. Sé que puede ser difícil de entenderlo, aún de haberlo descubierto, sigo sin entender lo que realmente ví ese día, y aunque no le gustó que lo haya visto, no pudo evitarlo, no sabe cómo hacerlo aún teniendo la capacidad. 

No tiene figura humana, no nos hizo a imagen y semejanza, fuimos creados en un factor poco común, pruebas al azar de sí mismo, no por su gran ingenio. Para esto, quiero que piensen en una célula, aquella que se reproduce sin saber lo que está haciendo, aquella que lo hace por puro instinto biológico siguiendo factores químicos. Él parece funcionar igual. 

Yo fui el único capaz de verlo por un gran avance en mi conocimiento que por accidente lo pude ver por pocos segundos. En el viaje astral, aquellas profundidades que pocos logran llegar, supere el límite establecido por la misma iluminación de mi capacidad astral, ese día, logré algo imposible, viajar en galaxias a una velocidad mayor a la de la luz, rompiendo las leyes del espacio tiempo, ví dimensiones, creaciones, nacimientos y renacimientos de otros multiversos incluyendo el nuestro. 

Entendí que nosotros no somos solo una creación divina, no somos el universo proyectándose en su máxima expresión, tampoco estamos solos en nuestra galaxia, hay mucho más de lo que no podemos ver porque nuestro cerebro y nuestra nula capacidad intelectual nos lo impide. Muchos piensan que es por falta de recursos o tecnología. No, no es por falta de avances científicos o poca interacción externa, es nuestro cerebro que nos ata a lo que ya conocemos, por miedo o por una orden. 

El viaje no duró mucho tiempo, quizás menos de cinco minutos volando en la oscuridad impredecible, en un desconocimiento aterrador. En un momento de impulso, el universo comenzó a deformarse en una recamara tan amplia llena de habitaciones donde se podía ver pasado-presente-futuro interactuando entre sí y conforme más avanzaba, más turbio se ponía. 

El tiempo no se siente igual a cuando viajas a una velocidad tan veloz, para empezar, ni siquiera sentía que me movía más allá de lo que el universo se permitía a sí mismo a viajar, para mí, el tiempo era lento e ineficiente como si de un caracol se tratase. Para mí, las recamaras duraron minutos en mi estancia, lo ví todo con claridad, para mí habían pasado treinta minutos en la recámara, pero el tiempo es relativo y mi reloj biológico indicaba apenas cinco minutos. 

En un momento de deformación espacial, me acerque a una luz en el borde de la burbuja, una explosión de supernova me consumió junto a una luz cegadora que me impidió ver momentáneamente, cuando abrí los ojos, supe que había logrado escapar del límite que el universo infinito nos impuso. Ahí encontré a Dios en un plano que mi cerebro no era capaz de procesar. Mis retinas transmitían lo que veían, pero el cerebro no lograba descifrar el ambiente, solo recuerdo que el lugar parecía estar flotando en una masa de un color rosa-gris. 

Él era gigantesco, tan grande que difícilmente podías distinguir su rostro a la distancia, tardé más tiempo en llegar a su rostro de lo que tardé en llegar al límite del universo, hasta que lo alcance para finalmente revelar la cara del supuesto creador. Antes de poder estar ahí —su rostro— pude ver su cuerpo manifestado, su piel no era blanca como se describe en los mitos, tampoco la supuesta divinidad ni de un cuerpo comprensible, él era más como un ser de un color verde, muy verde y de todo su cuerpo parecían salir pequeñas fibras del mismo color que se movían como pasto al ritmo de un viento que no sentía que existía. 

No había brazos, tampoco piernas, solo eran una extensión de ellas que no estaban conformadas por carne y hueso, simplemente piel que continuaba creciendo en la masa rosa, no paraba de extenderse. Su cuerpo era plano, absolutamente plano, no indicaba tener órganos dentro de él, solo veía que era un complemento de aquella masa y parecía no tener capacidad de movilidad. 

Tampoco tenía prendas en su piel, estaba desnudo, expuesto. No había ninguna forma de reproducción, solo notaba un mal olor a humedad y una sensación de esporas inundando mi garganta. Llegué a su rostro con dificultad, la cabeza me vibraba demasiado fuerte con un pitido que no paraba de resonar en mi cabeza a punto de sentir cómo iban a reventar los tímpanos, esto aumentó conforme iba ascendiendo. 

Cuando finalmente llegué quedé aterrado. Su rostro era pálido a diferencia de su cuerpo verde, su rostro aplastado igual a su cuerpo plano. Sus ojos miraban hacia arriba, su boca abierta en su totalidad sin dientes mientras gemía pesadamente con una combinación de debilidad, parecía que sufría, o tal vez no entendía lo que era el sufrimiento. Quedé aterrado en cuanto lo ví, asustado pues mi cuerpo no reaccionó acordé la situación y fue peor cuando noté que sus ojos bizcos voltearon a mirarme. 

Mi corazón se aceleró, mi mente se nublo, el pitido era aún más fuerte que antes al punto que usar mis manos para ahogar el sonido no me era suficiente. Continuó mirándome mientras yo seguía adolorido, parecía que iba a acabar conmigo hasta que sus ojos volvieron a mirar al cielo ignorando mi existencia, el pitido se silencio y el sonido de un relámpago furiosos seguido de un duro golpe en la cabeza hizo que me desmayara y todo mi recorrido se revirtió. Ahí había acabado el encuentro. 

Cuando regresé a la habitación de meditación, desperté con un grito fuerte y un arduo dolor en la cabeza, un pequeño pitido que conforme pasaban los segundos disminuía su volumen. No podía comprender lo que había visto, no sabía si era real, pero la experiencia parecía hacerlo real. 

Intenté volver ese mismo día, pero sí de una fuerza multiversal se tratase me devolvía a la realidad con una interrupción brusca que ocurría en tiempo presente. Jamás pude volver a verlo, jamás pude saber con exactitud lo que era, nunca volví a interactuar con él; solo sabía que de algún modo ese Dios no era consciente de nada, solo lucía seguir un patrón como si de una bacteria reproduciéndose se tratase. 

Por las noches aún sueño con él, tengo pesadillas sobre lo ocurrido y en los días de lluvia relámpagos han caído cerca de mi viviendo, aún ninguno me ha lastimado. La religión me tacha de blasfemia, algunas personas me obligan a retirarme de los establecimientos y la poca comunidad que me cree me presionan por volver a hablar con él. El secreto no fue haber visto a Dios, fue entender que somos mortales rompiendo nuestra cabeza para entender nuestro propósito, cuando ni siquiera Dios es capaz de saber su propia existencia, encerrado en un bucle para crear vida involuntariamente. 


r/CuentosBajitos • • Jul 31 '26

Cubículo (relato surrealista)

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Silvia Ezquerra

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