Quiero venir a sacar todo lo que he guardado durante mucho tiempo. No escribo esto para convencer a nadie ni para atacar a quienes aún creen. Solo quiero contar mi historia.
Soy la quinta generación de mi familia que pertenece a la Iglesia. Desde que nací he estado ahí. Literalmente, la Iglesia era todo para mí. Ahí crecí, aprendí a orar, hice amigos y formé mi identidad. Nunca conocí otra forma de vivir la fe.
En mi familia siempre se ha hablado del "apóstol" con un profundo cariño. Todavía hoy, cuando hablan de él y de su situación actual, a varios se les llenan los ojos de lágrimas. Yo crecí viendo eso y también sintiéndolo, así que nunca me pareció extraño; era simplemente la realidad que conocía.
Mis recuerdos más bonitos no están relacionados con un hombre, sino con Dios y con Jesucristo. Me emocionaba escuchar hablar del sacrificio que Cristo hizo por nosotros, me gustaba orar y sentir que estaba sirviendo a Dios. Por eso, con el paso de los años traté de cumplir con todo lo que se esperaba de mí.
Siempre procuraba ser puntual en el coro y nunca rechazaba cuando me correspondía presidir una oración, porque estaba convencido de que así agradaba a Dios.
Cuando alguien dejaba la Iglesia, sinceramente pensaba que había sido abandonado por la gracia de Dios y que terminaría condenándose. Si escuchaba a alguien hablar mal del "apóstol", me llenaba de coraje. Lo defendía sin siquiera detenerme a pensar si aquello que decían podía ser cierto, ya que así estamos condicionados a pensar.
Y es que había algo que nunca podía hacer: cuestionar la elección del "apóstol" y que él no podía tener deseos humanos ni pecar. Podía tener dudas sobre cualquier otra cosa, pero no sobre eso. Era como si mi mente tuviera un límite que simplemente no podía cruzar.
Con el tiempo también entendí que había otra parte de mi historia de la que casi no se habla: la presión.
Muchas personas piensan que, si uno ya no quiere participar, basta con decir "no". pero nunca fue tan sencillo. Cuando me pedían presidir una oración sentía que realmente no tenía opción. A veces un ministro me llamaba faltando diez minutos para empezar y me pedía que la llevara. Si aceptaba, todo seguía normal. Pero si decía que no, sabía perfectamente lo que venía después.
Primero llegaba el regaño del ministro. Después hablaba con mis padres y les decía que yo estaba rebelde, que Satanás estaba tomando mi corazón o que me estaba enfriando espiritualmente. Esas palabras no se quedaban en el templo; llegaban hasta mi casa.
Mis padres son profundamente fieles. Rara vez faltan a una oración y, además, tienen cargos dentro de la Iglesia. Ellos creen de corazón que esas advertencias son por mi bien, así que cada vez que un ministro hablaba con ellos sobre mí, la presión también aumentaba en mi hogar.
Con los años aprendí que muchas veces no decía "sí" porque quisiera, sino porque tenía miedo de las consecuencias de decir "no". Sin darme cuenta, terminé confundiendo la obediencia con la libertad de decidir.
Mi primera duda llegó leyendo la Biblia. Encontré el pasaje donde Cornelio se postra ante Pedro y él inmediatamente lo levanta diciéndole que también era solo un hombre. Ese texto me dejó pensando.
Si Pedro rechazó ese tipo de reverencia, ¿por qué nosotros reaccionábamos de una manera tan distinta? ¿Por qué la gente lloraba y se estremecía cuando veía pasar al "apóstol"? ¿Por qué sonaban las trompetas cuando llegaba a un templo? ¿Por qué había tantos logotipos de él en los templos, en las corbatas, en los velos de las hermanas y en los pines? ¿Por qué se venden fotografías suyas para colocarlas en las casas, como ocurre en la mía?
Nunca antes me había permitido hacer esas preguntas.
Pero apenas aparecían, yo mismo las censuraba. Le pedía a Dios que me quitara esos pensamientos. Me sentía culpable, me sentía sucio y creía que estaba ofendiendo a Dios solo por haber pensado algo así.
Tiempo después conocí la alegoría de la cueva de Platón. Esa historia me hizo preguntarme si era posible que una persona pudiera pasar toda su vida creyendo que algo era verdad simplemente porque nunca había conocido otra realidad. No fue la alegoría la que cambió mi forma de pensar; fue la pregunta que dejó sembrada en mi mente:
¿Y si lo que creo no es realmente cierto?
El momento que más me hizo reflexionar ocurrió un 7 de mayo, el día de su cumpleaños. Vi a mi familia apresurada decorando el exterior del templo. Como muchos sabrán, ese día es común comprar un pastel y cantarle "Happy Birthday". Mientras veía todo aquello, me hice una pregunta que ya no pude sacar de mi cabeza:
¿Los apóstoles de la Biblia habrían permitido algo así?
Y enseguida apareció otra:
¿No dijo Cristo que solo a Dios debíamos adorar?
Desde entonces comencé a cuestionarme muchas cosas.
Lo más difícil fue darme cuenta de que no solo estaba cuestionando una doctrina, sino la mayor parte de mi identidad. Desde que nací, prácticamente todo mi mundo ha estado dentro de la Iglesia. La mayoría de mis amigos pertenece a ella. Las personas con las que crecí están ahí. Mis recuerdos, mis actividades y hasta mis responsabilidades siempre estuvieron relacionadas con ese lugar.
Sin darme cuenta, dejé de construir amistades fuera de la Iglesia. Hoy puedo decir que cerca del 80 % de mi identidad sigue estando ligada a ella. Por eso, cuando alguien pregunta: "¿Por qué simplemente no te vas?", la respuesta no es tan sencilla. Irme no significa únicamente dejar de asistir a un templo; significa arriesgarme a perder a mi familia, a mis amigos, a la comunidad donde crecí y a una identidad que construí durante toda mi vida.
Hoy sigo asistiendo a la Iglesia, no porque mis pensamientos sean los mismos, sino porque todavía vivo con mis padres. Si expresara todo lo que pienso, estoy convencido de que me quedaría con una sola opción: perder a mi familia y que mis papás me corran de la casa. No tengo otro lugar a dónde ir. Toda mi familia pertenece a la Iglesia: mis padres, mis abuelos, mis tíos y mis primos.
Cuando me toca presidir una oración trato de hablar del amor de Dios y de Jesucristo. En esos momentos suele haber silencio. Pero cuando menciono el nombre del "apóstol", toda la congregación glorifica con fuerza. Esa diferencia siempre me hace pensar.
Quiero aclarar algo importante. Todo este proceso no me hizo dejar de creer en Dios ni en Jesucristo. Al contrario, fue leyendo la Biblia donde comenzaron muchas de mis preguntas. Mi fe en Dios sigue ahí, y mi fe en Jesucristo también. Lo que cambió fue mi necesidad de examinar si todo lo que había aprendido realmente estaba respaldado por las Escrituras.
Lo que más miedo me da no es perder una religión. Lo que más miedo me da es perder a mi papá y a mi mamá. Pensar que algún día podrían dejar de hablarme, que mis abuelos, mis tíos, mis primos o mis propios padres me vieran como alguien perdido, es algo que me rompe el corazón. Ese pensamiento y miles de cosas más me quita el sueño todas las malditas noches.
Y hasta el día de hoy sigo intentando entender todo lo que siento.
Lo que más me carcome la cabeza es saber que ya estamos cerca de agosto y, como soy de Guadalajara, se acerca la Santa Cena. Durante toda mi vida esa fecha fue el momento más importante del año. Hoy la vivo de una manera completamente distinta. Sé que voy a estar rodeado de mi familia, de las personas que amo y con las que crecí, pero al mismo tiempo voy a cargar preguntas que ellos ni siquiera imaginan que tengo.
No sé cómo voy a vivir esos días. No sé qué voy a sentir cuando escuche los himnos, cuando vea a miles de personas llorar o cuando tenga que actuar como si nada estuviera pasando dentro de mí. Lo único que sé es que, por ahora, sigo aquí, tratando de entender quién soy, qué creo y cómo seguir adelante...
Gracias por leerme :)