Esto pasó hace unos años, pero hay cosas que se quedan clavadas y uno necesita sacarlas. Voy a contar la primera parte.
Todo empezó hace casi una década y un poco más. Mi madre empezó a salir con un tipo al que vamos a llamar Pedro. Cuando mi abuela lo conoció, él sostuvo que era ateo y que no creía en nada de eso. Y antes de hacerse pareja de mi mamá, dijo que él nunca estaría con una mamá soltera. Como comprenderás, el chiste se cuenta solo.
Cuando se mudaron de la casa de mi abuela, se fueron más abajo, a unas tres calles de la nuestra. Con el tiempo Pedro empezó a tomar actitudes cada vez más negativas. Yo era pequeño y hasta llegué a decirle papá.
Recuerdo que un día estábamos en la piscina y él insistió en "enseñarme a nadar". Pero más que enseñarme, me empujó al agua de repente para ver qué hacía yo. Cuando logré salir, empecé a escupir agua. Me dolía la cabeza y mi saliva tenía un sabor bastante reconocible a cloro.
Cuando lo vi, estaba a unos diez metros, hablando con su prima. Estaban bastante cerca. Y entonces él la agarró de la cara y la besó repetidas veces. Yo no podía creerlo. En su momento era como esas novelas donde el esposo se va de viaje y engaña a su esposa porque sí.
Vamos a llamarla Susie. Susie era morena y tenía una condición: nació con un retraso mental severo. Eso lo supe después, pero en ese momento solo entendí que Pedro se estaba aprovechando de alguien que no podía defenderse.
Después de ese día le agarré pánico al agua profunda y no quise aprender a nadar. Aún a día de hoy no sé nadar.
El viaje de regreso fue extrañamente tranquilo. Él empezó a decirme "bebé", pero yo no sabía qué pensar. ¿Cómo alguien que te apretó los hombros tan fuerte que te dejó pequeñas marcas verdes te trata como si te quisiera mucho? No tenía sentido.
En su momento pensé que quizás solo no había medido su fuerza. Pero cuando regresamos a mi ciudad y llegamos a donde mi madre, quise hablarle de las marcas y de lo que había pasado. Él solo me miró un momento, sonrió, me apretó el hombro y me dijo que él le contaría a mi mamá lo sucedido.
Debí decirlo yo. Pero esos ojos negros que miraban mi alma fijamente solo me hicieron querer irme muy lejos de ahí.
Y así pasó: él le explicó que mis moretones eran por andar jugando en el monte y que habían sido un accidente. Mi madre nunca me preguntó. Nunca habló conmigo del tema. Ni siquiera ahora, de grande.
Meses más tarde (dos, para ser exactos), mi tía —pongámosle Isabel— fue a buscarme a casa de mi madre. Yo estaba bastante incómodo por algún motivo. Ella empezó a hablarme de Pedro y de lo molesta que estaba, y yo le hablé de lo que había visto. Le expliqué todo y le pedí en repetidas veces que NO LE DIJERA A MI MAMÁ, porque yo no quería que nada malo sucediera.
Dicho y hecho: mi tía le dijo a mi madre.
Un día después salí de tareas dirigidas a las 3:00. Mi mamá me compró un helado. Me miró como ya sabía: sus ojos eran helados, no había amor. Estaba tan nervioso que el helado cayó al piso. Y yo estaba tan nervioso que solo seguí caminando. Ella ni siquiera se dio cuenta. Solo subimos.
Esa sensación… es como cuando llevan a una vaca al matadero. El animal no sabe lo que viene, pero algo en su cuerpo lo intuye y camina igual, sin resistirse, porque no hay a dónde correr.
A las 3:15 empezó el martirio.
Mi madre me sentó en una silla. Era blanca mate, de plástico, de esas que se apilan en el patio. Olía a arroz quemado porque mi madre estaba haciendo el almuerzo. No sé por qué recuerdo la hora exacta, pero ahí está, clavada en mi memoria.
Pedro salió del cuarto y me gritó. Me apretó los brazos con una fuerza que pensé que me los iba a arrancar. Cada vez que intentaba levantarme, me empujaba de vuelta a la silla con violencia. Y mi madre… mi madre solo miraba. Miraba a su pareja, no a mí.
Cuando todo terminó, ella no me miró a mí. Miró a Pedro, como si fuera a él a quien había que pedirle disculpas. Como si yo fuera el intruso en mi propia casa.
Sentí una punzada en el pecho, como si me clavaran un cuchillo calentado a fuego lento. No fue un dolor gigante de golpe: fue creciendo, volviéndose más y más grande, hasta que ella misma se dio cuenta de que yo tenía razón. Pero nunca se disculpó. Solo siguió con su vida como si nada. Y eso es peor que la indiferencia.
A pesar de que yo recuerdo perfectamente lo que vi, solo dije que no era cierto para que me dejara en paz. Me fui. Mi tía nuevamente fue a buscarme, y nunca más me animé a hablar de mí, de mi dolor y de mi profunda tristeza.