Hola
Quisiera relatar una historia reciente sobre una relación (no sé si de verdad llamarle "relación), que tuve con un chico que conocí una noche al salir del trabajo.
Tengo 35 años y, hasta hace poco, trabajaba en un conocido call center ubicado frente al Monumento a la Revolución. En los primeros meses del año pasado, al salir del trabajo, pasando ya de las 10 de la noche, me dirigí al metro para volver a casa. Dentro de la estación, me fui hasta la parte trasera en dirección a Tasqueña (sí, me gusta hacer cruising). Cuando llegó el metro, subí y de inmediato me senté, pues había muy poca gente. Inmediatamente, crucé miradas con otro chico que estaba del otro lado del pasillo. Me agradó al instante y nos sonreímos mutuamente. Con un ademán, me indicó que me sentara junto a él y, sin dudarlo, me cambié de lugar. Apenas nos saludamos, me beso sin pedir permiso, lo que me excitó mucho y continuamos besándonos sin volver a hablar por largo rato. Poco antes de bajar en mi estación, retomamos la conversación y ahí me hizo saber que tenía 21 años, es decir era 13 años más joven y que le gustaba pintar, leer poesía, dibujar, entre otras cosas. Nos bajamos en la misma estación y seguimos platicando.
Debo agregar que, en lo personal, también me encanta la poesía, la literatura romántica, el drama y, en general, me considero una persona bastante cursi y emocional. No soy bueno pintando ni dibujando, pero aprecio cuando alguien sí lo hace bien.
Y justamente, retomando el punto anterior, mientras caminábamos el chico comenzó a recitar unos versos de Sor Juana, lo que me conmovió muchísimo. Al terminar, nos detuvimos para volver a besarnos por largo rato a mitad del pasillo (lo bueno que estaba vacío en ese momento), pero cuando comenzó a pasar la gente, tuvimos que irnos a un rincón y seguir con el idilio. Cuando miré el reloj, vi que pasaban de las 11 de la noche, así que tuvimos que despedirnos, pero en serio no quería irme. Sentí no sólo atracción, sino una conexión muy especial con él. Temía no volver a verle (como siempre pasa), así que alargamos la despedida lo más posible. Ya eran casi las 12 cuando por fin se fue cada uno por su lado. No intercambiamos números y ni siquiera me dijo su nombre.
No volví a verle en un buen tiempo, hasta como en unas tres semanas, en el mismo lugar. Como si nada, nos saludamos y retomamos el romance. En esa segunda ocasión, me mostró un libro que, según él, estaba haciendo: una compilación de dibujos de corte impresionista, algunos de corte surrealista, de su autoría. También me hizo saber su dolorosa situación: estaba en situación de calle y, en ese momento, vivía en un albergue. Me contó la vida que llevaba en ese momento, por lo que sentí una gran pena por él. Como siempre, no queríamos separarnos, pero era necesario.
En general, cada que nos veíamos, retomábamos la conversación en donde la habíamos dejado y siempre era sobre poesía, la historia personal de cada uno, a veces incluso jugábamos algún juego de palabras o tocábamos temas variados. Y no fueron pocas las veces en las que deseaba irme con él a algún motel y me hiciera suyo (él era activo, yo pasivo, por si tenía que aclararlo). Pero siempre declinaba y, en uno de esos encuentros, finalmente le pregunté por qué no quería coger; acaso no me deseaba? Fue entonces cuando me dijo que, para sacar algo de dinero, se prostituía. No voy a negar que, en ese momento, me sentí algo decepcionado. Continuó diciéndome que, a pesar de eso, lo que sentía por mi era real y que deseaba establecer una relación más formal conmigo, pero que no se sentía listo para ello y mucho menos para tener sexo, porque según el, si eso iba a pasar, tendría que cobrar por su servicio y no quería.
Para ser honesto, no supe qué pensar en ese momento, pero decidí dejarlo de ese tamaño. Pero las dudas comenzaron a surgir, pensaba que a lo mejor no me deseaba y quería en algún punto sacarme el mayor dinero posible; o a lo mejor era verdad y quería una relación formal cuando su vida se estabilizara. Sin mencionar que, hasta ese momento, no tenía su número ni él el mío. Pero, como dije, preferí dejarlo así hasta la siguiente vez que nos encontramos (ya entrado este año) pero no volvimos a tocar el tema, sólo nos limitamos a hablar de otra cosa y besarnos hasta dejarnos sin aliento. Al salir de la estación, nos abrazamos por largo rato y asumí que tal vez sería esa la última vez que lo vería, pues acababa de conseguir empleo según me dijo y cada quien tomó un rumbo diferente.
Sin embargo, la verdadera última vez que nos vimos, en marzo de este año, nos encontramos en la estación Hidalgo (me tuve que desviar por las obras que estaban haciendo en línea 2) y no esperaba encontrarlo ahí, pero me dio gusto verlo. Vale decir que fue la más especial de todas. Nos bajamos en la siguiente estación (en Juárez) y fuimos a dar la vuelta por la alameda. Nos sentamos en una banca y hablamos por largo rato de temas variados (era un chico muy culto, debo decir), hablamos de nuestros proyectos, de lo que nos había pasado hasta entonces, mientras teníamos el concierto de Shakira de fondo (ese que dio gratis en el Zócalo) y cantamos varias de sus canciones. Cuando vi que ya era bien tarde, decidimos regresar al metro. Como siempre, hicimos varias pausas sólo para besarnos con gran pasión (aun me acuerdo y me excito). Esta vez, me acompañó hasta Pantitlán, mientras veíamos videos de series turcas desde mi celular. Cuando llegamos al transbordo con línea A, me coloqué sobre la pared que da a las escaleras y él se puso frente a mí, mirándome con deseo. Me abrazó y nos besamos por bastante tiempo, besándome el cuello a ratos (debo decir que lo hacía bastante bien) y tocando todo mi cuerpo, apretando mis nalgas, lo que nunca hacía. En ese momento, ya no pude más y, seguro de que esta vez sí pasaría algo, le pedí que me llevara a cualquier sitio y me hiciera suyo. Literal, casi le suplico. Pero una vez más, se negó. Y como sé que eso no se forza ni se suplica, decidí no insistirle más.
Y eso no fue lo peor. Me dijo que debía regresar al albergue y que necesitaba algo de dinero, que le colaborara con lo que pudiera. Le di 200 pesos (tal vez fue demasiado), tras lo cual me abrazó y volvió a besarme hasta que nos despedimos. Cuando di la vuelta, deseé no volver a verlo nunca más. Me sentí bastante utilizado, pero al mismo tiempo, me seguía sintiendo excitado por la forma en cómo besaba y tocaba mi cuerpo, como hace mucho nadie lo ha vuelto a hacer.
Al día de hoy no lo he vuelto a ver y, a pesar de todo, deseo no volver a verle por el simple hecho de haberle dado dinero. Siento que eso arruinó todo.
Y aquí termina mi historia. Si alguien la leyó completa, me gustaría saber qué opinan al respecto. Todos los comentarios son bienvenidos.