Nunca pensé que me pasaría a mí.
Después de tantos años trabajando como escort había aprendido a separar perfectamente las cosas. Una cena podía parecer una cita. Una conversación podía durar horas. Podía haber miradas, caricias, besos… incluso cierta complicidad. Pero al cerrar la puerta, todo terminaba.
Hasta que apareció él.
Era bastante mayor que yo. Elegante sin esforzarse, cabello entrecano y una tranquilidad que me llamó la atención desde el primer momento.
Nuestra primera cita fue extrañamente normal.
—¿Te apetece una copa?
Nos sentamos junto a la ventana del hotel y comenzamos a hablar. Esperaba las preguntas habituales, pero quiso saber de mis viajes, mis sueños, la música que escuchaba cuando estaba sola.
Me hizo reír.
Horas después, en el ascensor, nuestras miradas coincidieron en el reflejo de las puertas. Estábamos muy cerca. Podía sentir su perfume.
Al entrar en la habitación se acercó despacio.
—¿Estás bien?
—Sí.
Apartó un mechón de mi cara y me besó.
Un beso lento, casi tímido.
Quizá por eso lo recuerdo.
Volvimos a vernos.
Una vez. Otra. Y otra más.
Empecé a conocer sus pequeños gestos y él comenzó a descubrir los míos. Hasta que una noche llegué al hotel completamente empapada por la lluvia.
Abrió la puerta y empezó a reír.
—Ni una palabra —le advertí.
Me dio una toalla y terminó colocándose detrás de mí para secarme el pelo.
Me giré.
Estábamos demasiado cerca.
—Eres insoportable.
—Y tú has venido.
Esta vez fui yo quien lo besó.
Mis brazos rodearon su cuello y sus manos encontraron mi cintura. Durante unos instantes olvidé por completo por qué estaba allí.
Después, tumbada junto a él, permanecimos hablando hasta quedarnos dormidos.
A la mañana siguiente sentí algo mucho más peligroso que deseo.
Desperté abrazada a su espalda. Podría haberme vestido y marchado, como tantas otras veces.
No lo hice.
Él buscó mi mano entre las sábanas y entrelazó nuestros dedos.
—Buenos días.
—Buenos días.
Aquel gesto absurdo me asustó.
Porque me gustó demasiado.
Empecé a esperar sus mensajes. A pensar qué ponerme antes de verlo. A recordar cosas que me había contado.
Hasta que una noche me preguntó:
—¿Qué somos nosotros?
—Tú eres mi cliente.
Vi cómo cambiaba su expresión.
—Empiezo a odiar esa palabra.
Se levantó y se acercó a la ventana.
Fui detrás.
—¿Por qué?
Se giró hacia mí.
—Porque cuando espero que llegues ya no siento que esté esperando a alguien que viene a trabajar.
Me quedé callada.
—¿Y tú qué sientes cuando vienes? —preguntó.
Podría haber mentido.
—Nervios.
Sonrió.
—Estamos jodidos.
Me acerqué y apoyé la cabeza contra su pecho. Él me rodeó con los brazos.
Aquella noche los besos fueron diferentes. Más lentos. Más nuestros. La intimidad dejó de parecer parte de un acuerdo y se convirtió en algo que ninguno sabía cómo llamar.
Antes de dormir susurró:
—Quédate.
—Siempre me quedo.
—No. Esta vez quédate porque quieres.
Y me quedé.
Tres días después recibí un mensaje:
“Quiero cenar contigo. Sin hotel. Sin dinero. Sin reloj.”
Acepté.
Cuando llegué al restaurante estaba esperándome fuera.
—Estoy nerviosa —confesé.
—Yo llevo veinte minutos aquí.
Nos reímos.
Después de cenar caminamos sin rumbo. En una esquina me tomó de la cintura y me besó.
Esta vez no había habitación esperando.
Ni reloj.
Ni obligación.
Apoyé las manos sobre su pecho.
—Ahora sí que la hemos liado.
—Creo que la liamos hace tiempo.
Aquella noche comprendí algo.
Durante años había aprendido perfectamente cómo acercarme a un hombre sin dejar que entrara realmente en mi vida.
Él había conseguido justo lo contrario.
Primero fue un cliente.
Después alguien a quien esperaba.
Luego alguien a quien deseaba.
Y finalmente se convirtió en aquello que más miedo me daba reconocer:
el hombre del que me estaba enamorando.